El Encuentro
Habían pasado dos días.
El hielo del lago seguía intacto, extendido como una piel tensa sobre la inmensidad dormida. El bosque a su alrededor no parecía haber respirado en todo ese tiempo. No había huellas. No había viento. Solo el crujido ocasional de una rama muy lejos, o el eco amortiguado de su propia respiración.
Rufus volvió al mismo lugar.
Sus botas se hundieron en la escarcha y, al llegar al borde del lago, se detuvo. Se sentó sobre la roca plana que conocía ya por el tacto. Sacó la flauta que le había regalado su abuelo, envuelta en tela gruesa. No con prisa ni con temor. Sino como quien sabe que hay rituales que deben cumplirse despacio, o el mundo se quiebra por dentro.
Rufus tocó.
No una canción alegre. Ni siquiera una canción. Era algo entre un suspiro y una duda. Un sonido que no nacía de la flauta, sino del espacio que dejaba atrás.
Las primeras notas no buscaban impresionar. Solo querían existir. Ser escuchadas, quizás. O ser recordadas.
Entonces tocó más. Notas antiguas, las que su madre canturreaba mientras cocinaba o doblaba ropa. Melodías sin nombre, heredadas como las recetas, transmitidas por generaciones demasiado pobres para dejar nada por escrito.
El viento sopló débilmente sobre el lago.
Y, aunque no vio nada, sintió una presencia. No se asustó. Era como cuando uno recuerda de pronto que dejó una vela encendida. Algo tenue. Algo que lo observaba.
No detuvo la música.
Sabía que, si se giraba, si miraba demasiado pronto, la magia se desharía.
Tocó con suavidad. Cerró los ojos. Y, en ese instante, el hielo pareció tensarse bajo sus botas. Como si también escuchara.
Cuando abrió los ojos, estaba allí.
A unos pasos. No en el centro del lago, como la primera vez, ni entre la niebla. Esta vez ella se había acercado. Y lo miraba. No como se mira a alguien extraño, ni como se observa un peligro. Lo miraba como se mira algo nuevo que no se decide si merece ser tocado o dejado en paz.
Rufus fingió no verla. O, al menos, fingió que no era tan importante. No quería asustarla. No quería romper ese momento tan frágil como el hielo bajo sus pies.
Tocó una última nota, larga, sostenida, y dejó que el eco muriera lentamente. Luego bajó la flauta, sin moverse demasiado.
—Volviste —dijo, sin atreverse aún a mirarla del todo.
Ella inclinó la cabeza, igual que la vez anterior. Un gesto casi animal, como un ciervo que decide si debe huir o quedarse.
El silencio se alargó, pero no era incómodo. Era ese tipo de silencio lleno de posibilidad. Como un libro abierto en blanco.
—Puedes sentarte si quieres —dijo él, sin mucha esperanza, palmeando el hielo a su lado—. No muerdo. Y dudo que lo haga el lago.
Ella no se rio. Pero tampoco desapareció.
Dio un paso. Luego otro.
Rufus pensó que era como ver caminar al humo. O al agua. Algo que no debería tener forma y, sin embargo, la tenía. Sus pies descalzos no hacían crujir el hielo. Parecía que flotara a milímetros de la superficie. Como si el mundo físico no la reconociera del todo.
Se sentó a su lado, sin mirarlo. Como si ese fuera su sitio desde siempre.
Rufus tragó saliva. Mirarla directamente seguía siendo difícil. No por vergüenza, sino porque había algo en su rostro que no terminaba de sostenerse en la lógica. Era como observar una estrella en el agua. Sabías que no estaba allí, pero la veías igual.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, con voz baja.
—Los nombres son de los hombres —respondió ella, sin pensarlo demasiado—. Nosotros no decimos cómo nos llamamos a los extraños.
Su voz era suave, como una canción murmurada en un sueño. Ni niña ni anciana. Era una voz con edad de bosque.
—Entonces… ¿no tienes nombre?
Ella miró al horizonte del lago.
—Tengo muchos. Y ninguno.
Él rio con suavidad.
—Eso suena complicado.
—Lo es.
—¿Puedo darte uno?
Ella lo miró por fin. Sus ojos eran más claros de lo que recordaba. O quizá cambiaban con la luz. Había en ellos algo parecido a la luna reflejada en el hielo. Algo hermoso, pero no del todo confiable.
—No.
Silencio.
El aire se movió como si respirara entre ellos.
—Niña del Lago —dijo él entonces, con voz suave—. No es muy creativo, lo sé. Pero es lo más abstracto que puedo pensar. Y tampoco quiero faltarte al respeto.
Ella cerró los ojos por un instante. Y, cuando los abrió, había algo nuevo en ellos. No aceptación. Pero tampoco rechazo.
—Es un nombre peligroso. Dice de dónde vengo.
—¿Y eso es malo?
—Depende de quién lo diga. Y de a quién se lo digas.
—No hablaré de ti —prometió él.
Y lo dijo en serio.
Ella lo estudió durante un largo segundo. Luego asintió.
—Puedes llamarme así, si quieres.
Era lo más parecido a un permiso.
Rufus no quiso romper el momento con más preguntas. Sacó de nuevo la flauta, y esta vez tocó una canción distinta. Una más alegre. La que solía tocarle a su hermano cuando estaba triste.
Mientras tocaba, la Niña del Lago —si es que era niña, si es que era del lago— cerró los ojos y ladeó la cabeza. Como si escuchara algo más allá de la música.
Cuando terminó, ella no aplaudió. Solo dijo:
—Tu flauta suena mejor ahora. Como si la madera recordara para quién toca.
—¿Los instrumentos recuerdan?
—Todo lo que ha nacido de la tierra recuerda.
—¿Incluso esto? —preguntó, alzando la flauta—. ¿Un trozo de madera tallado y hueco?
Ella asintió despacio.
—La madera, el agua, los metales, el hielo… incluso el hilo con que se atan los extremos. Todo eso tiene memoria. La música no es más que una forma de despertarla.
—Mi abuelo decía que esta flauta había sido escuchada por reyes y amantes. ¿Puede ser cierto? ¿Podría recordar otras épocas?
Ella inclinó la cabeza.
—Puede. Las notas no mueren. Se esconden. En las vetas del arce, en el aliento que queda dentro del tubo, en las manos que la han tocado.
—¿Y si la flauta se rompiese?
Ella lo miró con seriedad.
—A veces, romper algo es la única forma de despertarlo. No todas las memorias cantan mientras duermen.
Él bajó la mirada.
La niña bajó la voz, como si contara un secreto.
—La madera de esa flauta proviene de un bosque que ya no existe. El árbol de donde fue cortada vio cosas que ningún humano ha recordado. Cuando tocas, no solo haces música. Llamas a todo lo que esa madera vivió.
—¿Entonces… puede oírme?
—A veces, si lo haces bien… puede que te conteste.
Rufus la observaba mientras hablaba, y cada palabra que salía de su boca parecía flotar en el aire helado como si fuera parte de una canción que solo él pudiera escuchar. Aún no sabía cómo se llamaba, ni de dónde venía, ni por qué aparecía en el lago y caminaba descalza sin que el hielo se quebrara. Pero, en su interior, Rufus sentía que esa niña —o lo que fuera— no era alguien que pudiera entender del todo. Ni siquiera alguien que perteneciera por completo a este mundo.
No era como nadie que hubiera conocido.
No hablaba como las chicas del pueblo.
No se movía como los seres humanos.
Había algo en su forma de mirar —tan directa, tan sin prisa— que le daba miedo. Y, al mismo tiempo, lo retenía como una cuerda invisible, como una melodía que no podía dejar de escuchar.
Rufus no supo qué añadir a eso. Así que decidió cambiar de tema.
—¿Qué pasaría si supiera tu nombre? —dijo finalmente.
Ella no respondió de inmediato. Miraba la superficie del hielo como si leyera en ella un libro antiguo.
—Te dolería.
—¿Por qué?
—Porque hay nombres que no solo nombran. Sostienen. Llaman cosas o personas.
Rufus no comprendió la respuesta.
—¿Cosas como tú?
Ella giró el rostro. No sonrió. No se enfadó. Pero algo en su mirada cambió.
—Cosas como yo… o cosas peores.
—Pero tú no eres una cosa. Eres una niña.
Ella no respondió. Dejó la afirmación flotando en el aire.
Rufus quería saber más.
—¿Y si ya lo hubiera dicho? ¿Y si hubiera adivinado tu nombre?
—Entonces ya estarías cambiando. Solo que aún no lo sabrías.
Él no estaba acostumbrado a hablar con acertijos. Su padre era agricultor, no filósofo, y lo más cercano que había escuchado a esa forma de hablar era su abuelo.
Y eso fue todo.
Se quedaron así un rato más. En silencio. Sin hacer preguntas. Sin respuestas. Hasta que ella se levantó y comenzó a caminar por el hielo del lago.
—¿No te da miedo caminar sobre el hielo?
Ella no respondió enseguida. Sus pies descalzos descansaban sobre la capa blanca sin dejar marca. Observaba la oscuridad que yacía bajo la superficie, como si escuchara algo que él no podía oír.
—Lo que me sostiene no es el hielo.
—¿Entonces qué es?
Ella inclinó levemente la cabeza. El cabello, pálido como la luna, se movió con el viento, pero sus ojos no parpadearon.
—Es lo que duerme debajo.
Rufus frunció el ceño.
—¿Debajo del hielo?
—Debajo del agua.
—¿Qué duerme ahí?
Ella se volvió hacia él, pero no lo miró directamente. Como si la pregunta hubiera tocado un hilo antiguo.
—Recuerdos. Promesas rotas. Vidas que ya no existen y nombres que ya no deben decirse.
Él tragó saliva. Algo en la forma en que lo dijo le hizo pensar en huesos olvidados, en ecos encerrados en botellas de cristal.
—¿Y eso no te da miedo?
—No. El miedo nace de temer aquello que no se conoce, que no se entiende.
—¿Y tú lo entiendes?
Ella lo miró a los ojos.
—Yo vengo de ahí.
El sol comenzaba a teñir el hielo de dorado pálido cuando ella empezó a alejarse. No dijo adiós ni se despidió. Solo se alejó, paso a paso, hasta volverse parte de la niebla.
Y Rufus, por primera vez en mucho tiempo, sintió una felicidad que no podía explicar.
Sentía que era peligrosa. Pero no en el sentido de los cuchillos o las trampas. Peligrosa como los secretos. Como las historias que no se deben contar.
Como las cosas que, una vez dichas, ya no pueden olvidarse.
Y, sin embargo… cuando la escuchaba hablar así, de árboles que ya no existen, de notas que aún viven en la madera, de memorias dormidas y nombres que no deben ser pronunciados… Rufus no podía evitar sentir que estaba ante algo verdadero.
Más verdadero que cualquier cosa que hubiera conocido en Eldermere.
Quizá esa niña era un eco de otro tiempo.
O un sueño que el lago había decidido tener.
Pero cada vez que hablaba, cada vez que lo miraba con esos ojos llenos de antigüedad y de ausencia, Rufus sentía que ella no solo sabía cosas.
Era esas cosas.
No la entendía, pero no podía alejarse.
Le daba miedo, pero no quería marcharse.
Y, aunque no la conocía, ya la echaba de menos incluso antes de que desapareciera.