Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El Oficio de Curar #3
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El Oficio de Curar #3

El niño exhaló un suspiro largo, como si soltara algo que había estado sosteniendo demasiado tiempo.

Su respiración se calmó de inmediato. El susurro cesó. El silencio en la habitación fue ensordecedor.

Margaret dejó escapar un sollozo y se cubrió la boca con las manos.

Pero, antes de que Owen cerrara los ojos del todo, miró a Rufus.

No a su madre.

No a su padre.

A él.

Y Rufus sintió, con una certeza tan fría como el hielo del lago en invierno, que el niño no lo estaba viendo a él… sino a algo detrás de él.

Owen susurró algo. Era solo una palabra. Una palabra en el mismo idioma en el que había estado murmurando antes.

El abuelo la entendió, y él también. Rufus entendió la palabra. No porque la conociera, sino porque la reconoció en lo más profundo de su ser.

El abuelo se quedó inmóvil. Su rostro no mostró sorpresa, pero algo en su expresión se tensó, como si acabara de ver una sombra al borde de su visión.

Una palabra antigua.

Un nombre.

—¿Escuchaste lo que dijo, abuelo?

El anciano cerró la tapa con más fuerza de la necesaria.

—Nada que nos incumba.

Antes de que volviera a preguntar, Althar respondió en el mismo idioma, con voz baja y firme, como si estuviera pronunciando algo prohibido.

—“Fáevaran lin thûr. Nolennath anûr.”

El aire pareció volverse más denso, como si la habitación contuviera más de lo que los ojos podían ver.

Rufus entendió lo que su abuelo había dicho: “No es tuyo para llamar ni para despertar.”

El susurro de Owen se detuvo. El niño exhaló un leve suspiro… y cayó en un sueño profundo.

El silencio pesó en la habitación como un aliento contenido. Un largo segundo pasó antes de que Althar apartara la mirada y guardara sus frascos en la caja con movimientos precisos.

Margaret, que había estado observando a su hijo con la desesperación muda de una madre que no puede hacer nada, levantó la cabeza con ojos enrojecidos.

—¿Owen estaba diciendo algo?

Althar negó con la cabeza.

—¡No! Son solo palabras inventadas. —Su voz era firme, pero había algo en ella que Rufus no había escuchado antes: urgencia.

Margaret no pareció convencida, pero no insistió.

El tiempo se deslizó lentamente en la penumbra de la habitación. Se quedaron allí, escuchando la respiración tranquila de Owen, como si esperaran que en cualquier momento volviera a empezar a murmurar.

Pero no lo hizo.

Más de una hora pasó en un silencio espeso hasta que Margaret se cubrió la cara con las manos y sollozó.

—¿Se pondrá bien?

Althar se tomó su tiempo antes de responder.

—Creo que sí… —dijo al fin, con una pausa que no pasó desapercibida para Rufus. Era la primera vez que escuchaba a su abuelo dudar.

—Vendré mañana por la mañana para ver cómo ha pasado la noche. Si se despierta a medianoche y sigue… hablando cosas sin sentido, venid a buscarme. Pero debería dormir del tirón.

Harland asintió, con la expresión de un hombre que ha decidido aceptar lo que se le dice, aunque en el fondo de su pecho sepa que no es toda la verdad.

—¿Cuánto te debo?

Althar agitó la mano, como si el dinero fuera la menor de sus preocupaciones.

—Haremos cuentas cuando Owen se cure.

Margaret tomó la mano de su esposo con fuerza y le dedicó a Althar una mirada que contenía más agradecimiento del que podía decir en voz alta.

Y, con eso, se marcharon.

Era ya de noche cuando salieron de la casa. El cielo estaba despejado, y la luna brillaba sobre Eldermere con su pálida indiferencia.

Rufus caminó en silencio junto a su abuelo durante un rato, escuchando el sonido de la escarcha rompiéndose bajo sus pasos.

Fue él quien rompió el silencio.

—Abuelo, ¿qué era ese idioma?

El abuelo no se detuvo, pero su paso se hizo más lento.

—Un idioma antiguo. ¿Lo entendiste?

Rufus asintió.

—Sí. Pero creo que nunca lo había escuchado. Era como recordar algo que había olvidado.

Althar suspiró, pasándose una mano por el cabello canoso.

—Si lo entendiste, es que tienes más de nuestra familia en la sangre de lo que muchos han tenido.

—¿Qué enfermedad es esa, abuelo? No se parece a nada que me hayas enseñado.

El anciano lo miró con gravedad.

—Una que Owen no debería tener.

Rufus frunció el ceño. Algo en el tono de su abuelo le hizo recordar la última vez que había sentido esa misma sensación en el estómago.

—¿Descubristeis algo en el lago con el zíngaro el otro día? —preguntó el abuelo.

—¿Está relacionado?

—Podría estarlo…

Rufus respiró hondo.

—El zíngaro cogió la barca de pesca y estuvo paseando por el lago con unas placas atadas a unos cables. Eran imanes. Estábamos a punto de irnos cuando sentí un presentimiento y le indiqué una zona del lago.

El abuelo no reaccionó, lo que significaba que estaba escuchando con atención.

—Sacamos un esqueleto del fondo. Llevaba una armadura, un yelmo y una espada. Tenía un saco con monedas de oro.

—¿Algo más?

Rufus vaciló antes de responder.

—Un relicario de plata con un mechón de cabello dentro.

El abuelo se detuvo en seco.

Rufus se giró hacia él, sintiendo cómo el frío de la noche se pegaba a su piel.

—No era un mechón normal, ¿verdad?

Rufus negó con la cabeza.

—No. Parecía un cabello recién cortado.

Althar cerró los ojos un instante.

—El zíngaro le dio más importancia al relicario que a las monedas de oro.

El anciano arrugó la frente preocupado.

—Normal. Sabía lo que era. No debería haberle hablado del lago. Ni haberte dejado que fueras con él.

Rufus sintió que algo se apretaba en su pecho.

—¿Y qué relación puede tener eso con la enfermedad de Owen?

Althar reanudó la marcha, con el rostro sombrío.

—Una que espero no tener que contarte porque solo sean delirios de un hombre anciano como yo.

Después siguieron en silencio, avanzando bajo la luna.

Esa noche, Rufus soñó con árboles que susurraban su nombre.