Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El Oficio de Curar #2
23%

El Oficio de Curar #2

Sus manos buscaron su calor como quien intenta prender una chispa en la nieve. Le frotó el rostro, las piernas, el cuello, como si pudiera convencer a la muerte de pasar de largo. Lo abrazó. Con fuerza. Con ternura. Como si pudiera intercambiar su aliento por el de él.

La noche fue larga. Inmensa. Infinita. Sus dedos perdieron su color, su forma, su voluntad. Pero siguió. No por heroísmo, no por deber. Porque había algo profundamente humano en aquel gesto: dar sin medida, amar sin cálculo.

Y entonces llegó el alba.

La luz reveló lo que la oscuridad ocultaba: solo quedábamos dos. Rodeados de cuerpos rígidos, de rostros detenidos en expresiones que nunca debieron congelarse.

Él vivió porque lo mantuve caliente.

Yo viví porque lo mantuve vivo.

—¿Ese joven fuiste tú, abuelo?

—Sí, Rufus. ¿Quieres saber un secreto? No de esos que se susurran entre conspiradores, sino de los que se graban en el corazón: cuando calientas el corazón de otro, el fuego también te alcanza. Cuando levantas al caído, tú mismo te elevas. Y cuando sostienes una vida, te salvas de las sombras.

Fue la generosidad lo que me salvó esa noche, Rufus.

El chico apoyó las manos en la mesa, mirando los frascos que habían preparado, profundamente impresionado.

—¿Fue después de eso cuando empezaste a estudiar medicina?

—La medicina es algo que corre por nuestras venas, Rufus. Por las tuyas, con una fuerza que no había visto nunca.

—¿Ha habido médicos en la familia?

El abuelo asintió.

—Muchos. Nuestra familia siempre ha estado llena de médicos y músicos… o de ambas cosas. Algunos eran sanadores. No contaban con el beneplácito de la ciencia, pero atendían a reyes y curaban lo que los doctores ni siquiera entendían.

Rufus frunció el ceño.

—Entonces, ¿por qué mi madre no siguió la tradición familiar?

El anciano dejó escapar un suspiro profundo, como si esa pregunta pesara más que todas las anteriores.

—Cuando tu abuela murió, los dos perdimos el norte. Tu madre me culpaba por no haber sabido curarla. Yo también lo hice.

Se quedó en silencio por un momento, como si sus pensamientos se perdieran en recuerdos demasiado viejos para tocarlos.

—Así que dejamos la corte y nos mudamos a Eldermere. Pensamos que aquí todo sería más sencillo. Pero después conoció a tu padre… y renunció a nuestras tradiciones.

Rufus sintió un peso en el pecho, un peso que no era suyo, sino de su abuelo. Un peso que llevaba años ahí, sin disiparse.

—¿Tú también lo hiciste?

El abuelo lo miró con una sonrisa cansada.

—No del todo. Si lo hubiera hecho… —dijo, pasando los dedos sobre la madera gastada de la mesa—, tú no estarías aquí, preparando medicinas conmigo. El conocimiento en nuestra familia no desaparece, Rufus. Solo espera a que alguien lo reclame. Tienes intuición, y sabes ver más allá de donde otros no ven.

El chico se sintió orgulloso por las palabras de Althar y decidió investigar mientras su abuelo preparaba los frascos. En un rincón de la cabaña había una caja de madera antigua. Estaba cerrada con un símbolo tallado en su superficie, algo que Rufus nunca había visto antes.

El frasco dentro de la caja era más viejo que los demás. Su líquido tenía un color extraño, un dorado profundo que parecía cambiar de tono bajo la luz.

—¿Qué es eso? —preguntó Rufus, limpiándose las manos.

Su abuelo le dirigió una mirada breve y enigmática.

—Algo que no está listo para ser recordado.

—¿Pero no me vas a decir lo que es?

—Tendrás que venir más a menudo a aprender medicina si quieres que te cuente los secretos de esta caja.

—¿Cuánto tiempo necesitaré para aprender lo que tú sabes, abuelo?

—Toda una vida, pero en algún momento entenderás, Rufus, que algunas cosas no se aprenden, se recuerdan.

Después se quedaron callados. Los golpes en la puerta rompieron el silencio del taller.

El abuelo intercambió una mirada rápida con Rufus antes de dejar los frascos a un lado y caminar con pasos pesados hasta la puerta.

Harland Oakes era un hombre de manos gruesas y espalda ancha, un curtidor que trabajaba con cuero y tenía el olor de su oficio impregnado en la ropa. Pero aquella noche no era un hombre fuerte.

Parecía más pequeño, más frágil, como si algo invisible estuviera doblando su espalda.

— Es Owen. No mejora. Tiene fiebre desde hace tres días —dijo—. No suda. No tiembla. Solo… —su garganta tembló— solo susurra. Todo el tiempo.

El abuelo asintió con gravedad y, sin preguntar más, tomó su bolsa de hierbas y se puso en marcha.

Rufus lo notó. Su abuelo siempre hacía preguntas: ¿cuándo empezó la fiebre? ¿Qué ha comido? ¿Dónde ha estado? Pero esta vez no preguntó nada. Quizá era algo que había visto antes.

—Por favor… —su voz se quebró.

Rufus se ajustó la bufanda y siguió a su abuelo y a Harland hacia la calle.

—Conozco a Owen. —Dijo Rufus.

—¿Cómo lo conoces? —preguntó el abuelo.

—Va a la escuela con nosotros —respondió Rufus—. Le gustan los acertijos, siempre quiere jugar a las adivinanzas.

—¿Y qué más?

—Nada más. —Rufus frunció el ceño—. Es un niño normal.

El abuelo no dijo nada.

Cuando llegaron a la casa de los Oakes, la puerta no estaba cerrada del todo. Solo estaba entornada, como si el padre hubiera salido con prisa y olvidado cerrarla bien.

—¡Margaret! —llamó Harland al entrar—. Han venido.

Desde el pasillo, una mujer apareció con los ojos hinchados por el llanto. Margaret Oakes tenía el cabello despeinado, recogido a medias en un moño suelto. Sus manos estaban rojas, como si hubiera estado lavándoselas compulsivamente.

—Gracias por venir. —Su voz era áspera, como si hubiera pasado horas susurrando una oración.

La luz dentro de la casa era poca, y la penumbra hacía que las sombras parecieran moverse en las paredes.

La casa tenía olor a lavanda y a algo más… algo metálico.

Rufus no supo si era su imaginación, pero sentía que la casa estaba demasiado en silencio. Como si Owen se hubiera tragado todo el sonido.

Margaret levantó los ojos vidriosos hacia el abuelo.

—No se mueve, Althar. No come, no responde. Pero sigue susurrando.

El abuelo asintió con un gesto grave y cruzó la puerta. Rufus lo siguió…

El pasillo era estrecho y frío, con el tipo de penumbra que hace que las paredes parezcan más cercanas de lo que realmente están. Rufus notó que el aire estaba denso, cargado con el olor a madera húmeda, cera derretida y algo más difícil de describir: un rastro rancio, como pan viejo o hierro oxidado.

El abuelo caminaba delante de él, y Rufus notó la forma en que su postura cambiaba un poco, como si su cuerpo reconociera un peligro antes que su mente.

Margaret Oakes se detuvo frente a la puerta de la habitación y bajó la voz.

—Deberíais abrir las cortinas. La casa está demasiado oscura.

—Owen dice que le molesta la luz.

El abuelo no respondió. Solo pasó al interior.

Las cortinas estaban cerradas y la vela en la mesilla iluminaba el cuarto. La llama temblaba de un modo que Rufus no podía explicar del todo, como si luchara contra una corriente de aire que no estaba allí.

Owen estaba acostado. Su piel estaba pálida bajo la luz mortecina, y el cabello oscuro, pegado a su frente. No temblaba ni sudaba. Su rostro no tenía la expresión de alguien atrapado en un sueño febril.

Y, sin embargo, sus labios se movían.

Rufus contuvo el aliento.

No era un murmullo errático, sin sentido.

Era un ritmo.

Un ritmo de palabras.

El abuelo se inclinó y frunció el ceño. Owen hablaba en un idioma que Rufus no debería conocer.

Pero lo conocía.

Las palabras resonaron en su mente como si siempre hubieran estado ahí, ocultas bajo capas de olvido.

“Tir'na lûth. Tir'na seilth... Anéth, anéth…”

“El sendero está abierto. El sendero espera… Vuelve, vuelve.”

Rufus parpadeó.

—Abuelo, ¿qué significa eso?

El anciano no lo miró.

—Silencio, Rufus. No es el momento.

Él sintió un escalofrío en la nuca.

El abuelo no solía dar respuestas claras, pero esta vez su silencio fue peor. Era un silencio pesado, antiguo, lleno de algo que no quería ser dicho.

Owen respiraba con lentitud. No parecía estar dormido ni despierto. Parecía estar en otra parte.

Rufus lo conocía desde hacía años. Habían jugado juntos en el bosque, habían corrido entre las casas del pueblo cuando sus madres los llamaban para la cena. Pero aquella tarde Owen no estaba allí.

Su cuerpo seguía en la cama, pero su mente… su mente estaba en otro sitio.

—¿Qué le pasa, abuelo? —preguntó Rufus en un susurro—. ¿Es fiebre por infección?

El abuelo Althar no respondió de inmediato. Observó al niño con una mirada pesada, con la misma expresión con la que alguien miraría una tormenta formándose en el horizonte.

—No es fiebre —dijo al fin.

Su tono no dejaba espacio para más preguntas.

Rufus se removió incómodo. Estaba acostumbrado a que su abuelo le dejara participar en la preparación de los remedios, a que le hiciera preguntas antes de decidir qué planta usar.

Pero esa vez el anciano no le preguntó nada.

—¿Puedo sugerirte lo que hay que darle?

—Esta vez no, Rufus —dijo Althar, con una preocupación que no trató de ocultar.

El abuelo se agachó y sacó su vieja caja de madera, la misma que Rufus había visto cientos de veces. Pero esta vez la abrió con un gesto más lento. Más cuidadoso.

De su interior sacó hojas de Saelthorn, una planta de aroma amargo que calmaba los sueños.

Luego tomó un frasco con resina de Ithren, un líquido espeso y oscuro que Rufus sabía que solo usaba en casos especiales.

Pero hubo algo más.

El abuelo deslizó la mano hasta el fondo de la caja y sacó un pequeño recipiente de cristal.

Dentro había un polvo oscuro, casi negro, con destellos azulados.

Rufus frunció el ceño.

—¿Eso qué es, abuelo?

El anciano no levantó la vista.

—No preguntes, Rufus. No es el sitio ni el momento.

Y eso fue todo.

El abuelo trabajó rápido, como si ya hubiera visto aquello antes.

El remedio olía fuerte, un aroma terroso con un deje de algo desconocido.

Margaret ayudó a Owen a beberlo, inclinando suavemente su cabeza.

Los primeros segundos no pasó nada.

Pero entonces…