Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El Oficio de Curar
22%

El Oficio de Curar

El aire dentro de la cabaña estaba cargado de aromas antiguos. Resina, flores secas, raíces desmenuzadas.

Frascos de vidrio cubrían los estantes. Algunos tenían etiquetas escritas con pulso cuidadoso; otros solo mostraban polvos de colores extraños o líquidos oscuros que se movían con lentitud dentro de los recipientes. En el centro de la mesa de trabajo descansaba un libro viejo de cuero desgastado, abierto en una página llena de símbolos y medidas escritas con tinta desvaída.

Rufus miró a su abuelo trabajar. Sus manos parecían conocer los gestos sin necesidad de pensarlos.

Molía las hierbas con paciencia, sin prisa, como si cada movimiento fuera parte de algo más grande.

—Las medicinas no solo sanan el cuerpo, Rufus —dijo el anciano sin mirarlo—. A veces sanan cosas que la gente ni siquiera sabe que ha perdido.

El mortero hizo un sonido hueco al detenerse. Después, lo mezcló en un frasco con aceite de lino y lo dejó listo para su uso. El abuelo levantó la vista y le hizo un gesto con la cabeza.

—La siguiente la harás tú.

Rufus se enderezó.

—¿Para quién?

—Para la señora Othrel. Le duelen los huesos.

Rufus frunció el ceño. Podía ser muchas cosas.

—Por su edad… —empezó a decir— podría ser reuma. O… podría ser fiebre de los humedales. O… —hizo una pausa, pensando— podría ser un desequilibrio de bilis negra.

Su abuelo sonrió. Había esperado esa respuesta.

—Y, de esas tres, ¿cuál crees que es? —preguntó su abuelo.

—¿Tiene escalofríos y piel caliente?

—No.

—¿Está débil y pálida, y dice cosas raras?

—Definitivamente no.

—Entonces es sencillo.

Rufus apretó los labios.

—La fiebre de los humedales es poco común en el pueblo. Además, la señora Othrel no pasa tiempo cerca del lago ni de los campos encharcados. Pero la bilis negra también es descartable. Es reuma, simple y llanamente.

El abuelo alzó una ceja.

—¿Y por qué estás tan seguro?

Rufus cruzó los brazos.

—Porque la fiebre de los humedales viene con escalofríos y piel caliente. Si la tuviera, lo habríamos sabido antes. Y la bilis negra hace que la gente esté pálida, débil… pero también les afecta a la cabeza. Y la señora Othrel sigue con el mismo humor de siempre. Es una afección normal con su edad y con la casa en la que vive; es húmeda y fría. La próxima vez ponme algo más difícil.

El abuelo soltó una carcajada breve.

—Exacto. El reuma. Tienes razón, debería haber probado con algo más complicado.

Althar se inclinó sobre la mesa y miró hacia Rufus.

—Prepáralo tú.

Rufus lo tomó con cuidado. Era la primera vez que lo dejaba preparar un remedio sin ayuda.

Respiró hondo. Su abuelo siempre le decía que la medicina que ellos practicaban no solo era diferente a la de los médicos. No era solo una mezcla de plantas. Era un conocimiento mucho más antiguo que los hombres.

Rufus se acercó a los estantes, donde frascos de cristal alineados con precisión guardaban polvos, resinas y cortezas que parecían haber estado allí por siglos.

Los nombres estaban escritos en una caligrafía antigua. Algunos eran familiares; otros parecían sacados de un idioma olvidado.

Rufus no dudó y cogió Raíz de Luna, Corteza de Fresno Plateado y savia de Tithrael. Luego comenzó a trabajar con ellas.

Tomó los ingredientes con cuidado y los llevó a la mesa de trabajo.

Con el mortero de piedra, empezó a moler la Raíz de Luna, que se deshizo en un polvo fino y celeste. Su textura era extraña, como si no se decidiera entre ser sólida o desaparecer como humo.

—Con suavidad, Rufus —dijo su abuelo, sin mirarlo—. Si la mueles demasiado rápido, perderá su esencia.

Después tomó la Corteza de Fresno Plateado y la sumergió en agua caliente. El líquido adquirió un tono nacarado.

—No es solo el color o el olor —susurró su abuelo, observándolo con ojos afilados—. Si aprendes a sostener una hoja en la palma de tu mano el tiempo suficiente, sabrás si te curará o te matará.

Rufus no respondió. Se quedó observando cómo la infusión cambiaba con cada segundo que pasaba.

El último ingrediente era la Savia de Tithrael. Rufus destapó el frasco con cuidado. El líquido tenía un leve brillo rojizo y se movía más lento que el agua.

Una gota bastaba.

Una gota curaba. Dos gotas podían matar.

—¿Por qué la savia de Tithrael se llama así, abuelo? Significa Sangre del Bosque, ¿verdad?

El anciano tomó el frasco con una mano firme, pero no lo destapó. Lo sostuvo un instante, como si pesara más de lo que realmente debía.

—No es un nombre poético, Rufus. Es un nombre real.

Rufus frunció el ceño.

—¿Real?

El abuelo inclinó la cabeza, con una media sonrisa.

—Dime, muchacho… ¿qué crees que pasa cuando un árbol viejo muere en el corazón del bosque?

Rufus parpadeó.

—Se pudre.

El abuelo negó con la cabeza.

—Eso es lo que pasa con los árboles comunes. Pero hay algunos que no mueren del todo.

Hizo girar el frasco entre los dedos, dejando que la luz de la cabaña se reflejara en el líquido denso y rojizo.

—La savia de Tithrael solo se extrae de árboles que no deberían seguir vivos. Árboles que han visto más inviernos de los que deberían. Árboles que siguen de pie porque algo en ellos se niega a caer.

La piel de Rufus se erizó.

—Entonces…

—Algunos dicen —continuó su abuelo, con voz baja— que la Sangre del Bosque no es solo savia. Dicen que es lo último que le queda de alma a un árbol antes de rendirse.

Se inclinó sobre la mesa, sosteniendo la mirada de Rufus.

—Y ahora dime, muchacho… si algo está hecho con el último aliento de un árbol que no quería morir… ¿crees que eso podría servir para curar?

Rufus asintió con lentitud, pero la pregunta quedó suspendida en su mente como el eco de una melodía inacabada.

—¿Qué me dices de la preparación, abuelo? ¿Está bien hecha?

El anciano sonrió con orgullo.

—Tienes unas manos de oro para fabricar medicinas. Deberías ser médico.

Rufus dejó escapar una breve risa.

—Sabes que mi familia no puede permitirse el lujo de enviarme a estudiar Medicina.

—Pero yo podría ayudarte y te ayudaré. Lo que he ahorrado a lo largo de mi vida es para vosotros.

Rufus arqueó una ceja.

—¿Tú? Si la mayoría de las medicinas que fabricas ni siquiera las cobras.

El abuelo se encogió de hombros con una media sonrisa.

—Solo cobro a quienes pueden pagarlas. Hay muchos en el pueblo que apenas tienen para comer. La agricultura y la ganadería no dan para mucho en estos tiempos. Pero otros… otros se ganan bien la vida, y a ellos sí les cobro una módica cantidad.

—Mi hermano dice que eres demasiado humilde, que deberías sacarle más partido al don de sanar que tienes y cobrar por el trabajo que haces.

—¿Y tú qué opinas? —preguntó el abuelo.

—Que ser humilde no significa ser pobre. Significa que, en la escasez y en la abundancia, eres la misma persona agradecida, feliz y generosa.

—Eso es, Rufus. Hablas con la sabiduría de un sabio a pesar de ser un niño. La humildad no es andar con la cabeza agachada ni vestir harapos para que los demás crean que eres humilde. No.

—Entonces, ¿qué es, abuelo?

—Es mantener el alma intacta… tanto cuando el cuenco está lleno como cuando solo queda agua para un sorbo. Es sonreír con la misma calma cuando tienes un banquete o un mendrugo de pan. Es dar sin pesar lo que tienes, porque sabes que lo que se guarda por miedo se pudre, pero lo que se comparte… florece.

—¿Y si uno pierde todo?

—Si pierdes todo y aún puedes mirar al otro con gratitud en el corazón y generosidad en las manos… entonces nunca fuiste ni serás pobre. El hombre que no cambia con la abundancia es el que ya era rico antes de tener nada.

—¿Y qué espacio tiene ahí la felicidad? ¿Se puede ser pobre y feliz? ¿Incluso si las personas te rechazan por ser pobre?

—La felicidad, muchacho… es saber que sigues siendo tú, sin importar cuán alto subas o cuán hondo caigas. Ser agradecido cuando tienes poco… eso es carácter. Ser generoso cuando tienes mucho… eso es virtud. Pero ser el mismo en ambos extremos… eso, Rufus… eso es ser verdaderamente grande.

Te contaré una historia. Hace años hubo una gran guerra y se transportaron cientos de prisioneros en medio del invierno. Las condiciones eran brutales, y los propios soldados que los trasladaban sabían que no sobrevivirían a aquella noche de frío.

Cuando vas a morir, eso saca de ti lo mejor y lo peor que hay en los hombres. Y una noche, un chico joven estaba preparado para algo más grande.

Nevaba. Nevaba con furia silente, con ese tipo de nevada que no canta, sino que calla. El viento no susurraba, mordía. Nos arrancaba el aliento y nos dejaba con la piel dormida, con el alma temblando en un rincón del pecho.

Éramos cientos, apretujados como ramas secas en un bosque helado. Cientos, pero solos. Sin fuego, sin agua. Sin el consuelo de una palabra cálida. El frío no nos envolvía; nos atravesaba. Se deslizaba por nuestras venas como un cuchillo lento y blanco. Congeló pensamientos, recuerdos… incluso las lágrimas que no llegábamos a derramar. Los soldados nos vigilaban junto a hogueras a las que no nos permitían acercarnos.

En aquel momento yo no lo sabía, pero cuando la temperatura corporal cae demasiado, se reducen el dolor, la ansiedad y la conciencia. Se entra en un estado de somnolencia profunda, casi de euforia o tranquilidad, seguido de pérdida de consciencia y muerte.

Algunos supervivientes de hipotermias extremas que llegaron al borde de la muerte describen esta fase como una sensación de paz, un sueño placentero o incluso alucinaciones agradables.

Junto a aquel chico estaba él. Un anciano de mirada sabia, conocido por todos en su pueblo. Había historias contadas con orgullo sobre su vida, sobre su risa fácil, sobre cómo sus manos habían sembrado y sanado. Esa noche, sin embargo, solo temblaba. Y temblar parecía ya un lujo. El chico lo sujetó con la desesperación de quien sabe que se le escapa algo irremplazable.