La niña del lago
Rufus aguantó los primeros cuatro días con Peter, tocándole la flauta y contándole cuentos.
Al cuarto día, su paciencia se agotó.
—Volveré pronto —le dijo a Peter aquella mañana—. Solo voy a ver cómo está el lago.
Su amigo murmuró algo, demasiado adormilado para protestar. Rufus se puso su abrigo grueso, se envolvió la bufanda dos veces alrededor del cuello y salió al mundo blanco y silencioso del invierno.
El lago lo esperaba, como siempre lo hacía.
El hielo se extendía hasta donde alcanzaba la vista, liso y reluciente, un vasto espejo donde las nubes se reflejaban pálidas y deshilachadas. No había huellas en la nieve, salvo las suyas, ni señales de otros niños. Solo el viento, frío y solitario, silbando entre los árboles.
Caminó hasta la orilla y dejó caer una piedra sobre la superficie congelada. El sonido fue un eco seco que se perdió en la distancia. Entonces, sin pensarlo demasiado, dio un paso sobre el hielo y sacó de la mochila la flauta que le había regalado su abuelo.
Empezó a tocar, primero con dedos entumecidos, tanteando las notas con torpeza. Pero luego su instinto tomó el control. No pensó en qué canción debía tocar. Simplemente dejó que la música fluyera.
Eran melodías antiguas, las mismas que su madre le había enseñado en los largos inviernos en casa, cuando la nieve cubría la aldea con un manto tan espeso que nadie podía salir a jugar ni a trabajar. Esos días en los que el mundo se volvía pequeño, reducido al crepitar del fuego y al tintineo de la flauta en la penumbra.
Recordaba su voz, suave pero firme, marcando el ritmo con las manos mientras él intentaba seguir el compás. Recordaba cómo, cuando aún era más niño, ella solía cantarle historias en las que los ríos hablaban, los árboles escuchaban y el viento respondía.
Ahora, el viento respondía de otra manera: con su helada indiferencia, con su canto hueco y distante. Pero él siguió tocando.
Cada nota era una llamada, un eco de aquellos inviernos en los que la música llenaba el silencio y lo hacía menos cruel. Y aunque el hielo crujía bajo sus pies, aunque el miedo le atenazaba el pecho, él siguió tocando. Porque en algún rincón de su mente, en algún resquicio de su corazón, tenía la absurda certeza de que alguien estaba escuchando.
Entonces la vio.
Al principio pensó que era un reflejo, una distorsión de la luz sobre la superficie helada. Pero, cuando parpadeó, ella seguía allí.
Era una niña, aunque no del todo. Tenía la piel pálida como la luna, y su cabello caía en ondas plateadas sobre sus hombros, moviéndose como si el viento jugara con él, aunque el aire estaba en calma. Su vestido parecía hecho de escarcha, sutil y etéreo, y sus pies desnudos tocaban el hielo sin dejar huellas.
Pero fueron sus ojos los que hicieron que el corazón de Rufus se detuviera.
Eran profundos. Demasiado profundos. No reflejaban la luz como los ojos de las personas normales, sino que parecían absorberla. Eran del color del hielo antiguo, de ese que se forma en el fondo de los lagos y nunca ve la luz del sol.
Ella lo observaba.
Y luego habló.
Pero no con palabras.
El sonido que emergió de sus labios era más parecido a un susurro de viento entre ramas secas, al crujir de la escarcha cuando uno la pisa por la mañana. Una voz antigua y extraña.
Rufus sintió cómo el frío se le filtraba hasta los huesos, pero no se movió.
Contra todo instinto, le respondió:
—Hola.
La niña ladeó la cabeza, como si no comprendiera del todo, pero entonces sonrió.
Y, con esa sonrisa, el lago entero pareció contener la respiración con él. Rufus nunca había visto una sonrisa capaz de eclipsar la naturaleza y el sol.
—Me llamo Rufus —dijo el niño, esperando una respuesta.
Pero, en un abrir y cerrar de ojos, ella había desaparecido en medio de la bruma.
Él se frotó los ojos.
—Nadie desaparece tan rápido en medio de un lago, donde la vista te permite ver hasta el otro lado.