Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El cuervo
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El cuervo

La niña pensó en lo que el cuervo le había dicho.

El Rey de Hielo no era solo el invierno. Él era la maldición.

Y su hija era la sombra atrapada en su reino helado, olvidada incluso por su propio padre.

Si quería liberarla, tenía que hacer que él recordara su nombre.

Pero ¿cómo hacer recordar a alguien que ha pasado siglos huyendo de sus propios recuerdos?

Esa noche, cuando el castillo dormía, la niña comenzó a buscar entre las cosas de la habitación donde dormía.

La habitación de su hija.

Era un lugar suspendido en el tiempo.

Las sábanas de la cama seguían dobladas, los libros sobre la mesilla no tenían polvo. Era como si alguien hubiera esperado su regreso durante siglos.

La niña recorrió el lugar con la mirada hasta que vio algo en la pared.

Un espejo.

Cubierto con un velo oscuro.

Lo descubrió.

El cristal estaba roto en el centro, con grietas que se extendían como raíces heladas. Detrás del espejo había un símbolo. Una figura circular, con líneas curvas dentro, como si representara un sol o una luna envuelta en espirales.

Pero, en su reflejo, vio algo que no esperaba ver.

No su propio rostro.

Sino el de una niña que no estaba allí.

Un rostro pálido, con cabellos largos y blancos.

Los ojos del espíritu.

Y la niña escuchó su voz.

—Él no me ve.

La niña tocó el espejo.

—¿Por qué?

—Porque no quiere verme.

Lina sostuvo el espejo con ambas manos, sintiendo la fría superficie agrietada bajo sus dedos. La niña de la habitación seguía allí, con su rostro pálido y sus ojos tristes atrapados en el reflejo.

—Voy a hacer que te vea —susurró Lina, con el corazón latiendo con fuerza.

Salió de la habitación con pasos decididos. Hati la siguió en silencio. Los pasillos del castillo eran una nevada petrificada, con candelabros cubiertos de escarcha y puertas que el hielo había sellado para siempre. Pero ella no se detuvo.

Encontró al Rey de Hielo donde siempre estaba: de pie en el gran salón, mirando a la nada, como una estatua que había olvidado cómo moverse. El cuervo blanco volaba a su alrededor, como siempre.

El aire alrededor de él era más frío que en cualquier otra parte del castillo. El hielo en sus ropas parecía parte de su piel; su corona, una extensión de su cráneo.

Lina apretó los labios y levantó el espejo.

—Míralo.

El Rey no se movió.

—Tienes que verla. —Su voz tembló, pero no retrocedió—. Está aquí. Tu hija está aquí. Pero tú la has olvidado.

Nada.

El Rey seguía inmóvil.

Lina apretó los dientes y dio un paso más.

—¡Míralo! —gritó, y giró el espejo hacia él.

Y entonces…

El espejo se oscureció.

No fue como cuando la noche cubre un lago tranquilo. Fue un apagón súbito, como si el cristal hubiera sido devorado por una sombra que no tenía derecho a existir.

El reflejo de la niña desapareció.

Las grietas del vidrio se expandieron con un sonido seco, como huesos rompiéndose bajo el peso del hielo.

El Rey de Hielo finalmente movió la cabeza… pero no miró el espejo.

Miró a Lina.

Y en su mirada no había sorpresa. No había reconocimiento.

Solo vacío.

—No veo nada —dijo. Su voz era un murmullo helado, sin eco, sin emoción.

Lina sintió un escalofrío.

—Pero… ella estaba aquí.

El Rey inclinó la cabeza con lentitud.

—No.

Lina bajó la mirada al espejo. Solo veía su propio reflejo.

El corazón le latió con fuerza.

—No… no es posible. —Giró el espejo en distintas direcciones, tratando de encontrar de nuevo el rostro de la niña. Pero no estaba.

Solo su propia imagen.

—¿Por qué no puedes verla?

El Rey la observó con algo que casi parecía curiosidad.

—Porque no existe.

Lina sintió que la habitación se volvía más fría.

—¿Cómo puedes elegir no verla? —susurró—. Claro que existe. Es tu hija…

—Hace siglos que elegí no ver. —El Rey giró el rostro hacia la ventana congelada—. No se puede mirar lo que uno mismo ha enterrado.

Lina apretó los puños.

—Pero ella sigue aquí.

El Rey no respondió.

No la veía porque se negaba a recordar.

Porque el espejo no era el problema.

Porque su mente era un castillo tan congelado como el que habitaba, y solo él tenía la llave para abrir sus puertas.

Lina bajó el espejo con los labios apretados.

—Entonces tendré que obligarte.

El Rey no la detuvo.

Solo la vio alejarse, como si ya supiera que cualquier intento de hacerle recordar sería inútil.

Pero Lina no era de las que se rendían.

Si el Rey no quería mirar…

Haría que el invierno lo obligara.

El castillo del Rey de Hielo era un mausoleo de recuerdos olvidados, un monumento a la soledad y el arrepentimiento. Pero entre sus muros congelados aún quedaban ecos de un tiempo anterior a la maldición, fragmentos de lo que había sido cuando el fuego aún ardía en las chimeneas y la risa llenaba los pasillos.

Lina lo supo la primera vez que cruzó las puertas de la biblioteca.

La encontró por casualidad, escondida tras un pasillo de estatuas de hielo, con puertas dobles de madera oscura que, a diferencia del resto del castillo, no estaban cubiertas de escarcha.

Las empujó con esfuerzo y entró.

Era inmensa.

Los estantes se alzaban hasta un techo abovedado, cubiertos de libros cuyos lomos aún brillaban a la luz de los candelabros de hierro. El hielo había tocado los bordes de algunas estanterías, pero no había destruido la biblioteca por completo.

Era como si alguien la hubiera protegido.

Lina avanzó lentamente, dejando que sus dedos recorrieran los lomos de los libros más cercanos. No todos tenían títulos legibles; algunos estaban en lenguas antiguas, otros cubiertos de una capa de polvo y tiempo.

Pero entonces encontró el libro.

Estaba en el centro de una mesa de mármol, abierto como si alguien lo hubiera estado leyendo no hacía mucho tiempo.

Las letras estaban grabadas con tinta oscura, pero no temblaban ni se desvanecían como en los libros viejos. Era como si el tiempo no pudiera tocar esas páginas.

Y allí, en una caligrafía elegante y firme, vio su nombre.

Caelum.

El Rey de Hielo había sido un hombre.

Había tenido un nombre antes de convertirse en un espectro de invierno y escarcha.

Y no solo él.

Lina pasó las páginas con cuidado, su aliento hacía pequeñas nubes blancas en el aire helado de la biblioteca.

Elya.

El nombre de la niña cuya habitación aún esperaba su regreso. El nombre que el Rey había olvidado durante siglos. Un dibujo la mostraba al lado de su padre, rubia, con cara de niña inteligente y obediente.

Y luego, con un nudo en la garganta, leyó el último nombre.

Isolde.

La Reina.

La esposa del Rey.

El cuervo que vagaba por el castillo sin que él pudiera verla, condenada a compartir su prisión sin poder tocarlo, sin poder despertarlo de su letargo de hielo, era su hija.

Los nombres eran una llave.

Pero no bastaba con conocerlos.

El Rey tenía que recordarlos.

Lina pasó las páginas con avidez, buscando más respuestas. Si Caelum había sido un hombre, si su esposa e hija habían existido, entonces ¿cómo había empezado todo aquello?

Y entonces la encontró.

La historia del hada del bosque.

La historia de la maldición.

El relato decía que el Rey la había desafiado.

Y, por ello, había sido castigado.

El invierno cayó sobre él.

Se convirtió en invierno.

Pero no solo él.

Su esposa.

Su hija.

Su castillo.

Todo lo que amaba quedó atrapado con él, condenado a compartir su maldición.

Elya, su hija, se desvaneció entre las sombras, atrapada entre la vida y la muerte.

Isolde, su esposa, también fue condenada.

Pero su maldición fue peor.

Porque, a diferencia del Rey, ella recordaba todo. Recordaba a su hija. Recordaba a su esposo antes de que se convirtiera en lo que era ahora.

Recordaba el calor.

Y no podía hacer nada.

Lina cerró el libro con manos temblorosas.

Ahora lo entendía.

El Rey no solo era el invierno. Era la maldición misma.

Y su hija y su esposa no eran solo víctimas. Eran prisioneras de su condena.

El hada del bosque lo había advertido.

Ahora, solo él podía devolverlo.

Pero para eso…

Tenía que recordar.

Aquella noche, Lina la pasó dando vueltas en la cama. Y recordó algo más.

Las canciones.

El cuervo le había dicho que el castillo había tenido música una vez. Pero ahora todo estaba en silencio.

Así que hizo lo único que podía hacer.

Se sentó junto a la chimenea y comenzó a cantar.

No era una canción de cuna, ni era una melodía conocida. Era un eco de lo que aquel castillo había sido antes de que el invierno lo reclamara. Palabras robadas de los libros congelados, de las voces perdidas en los pasillos, de los susurros de un tiempo en que el fuego aún ardía y el amor aún existía.

En la profundidad del pasillo, alguien la escuchó.

Los pasos del Rey de Hielo resonaron sobre el mármol helado.

Se detuvo en el umbral, mirándola con ojos pálidos y vacíos.

—¿Qué estás haciendo?

La niña se puso de pie y sostuvo el espejo frente a él.

—Haciendo que recuerdes.

Él frunció el ceño, pero no miró el reflejo.

—No quiero recordar.

—Pero tienes que hacerlo.

El Rey giró sobre sus talones para irse.

Pero la niña susurró un nombre.

El nombre que había leído en los libros olvidados, en la inscripción de un viejo cuadro cubierto de hielo.

El nombre que el cuervo no le había dicho, pero que ella había encontrado por sí misma.

—Elya.

El Rey de Hielo se congeló en su sitio.

El fuego parpadeó.

La nieve en las ventanas se estremeció.

La niña repitió el nombre.

—Elya.

Los ojos del Rey se abrieron más de la cuenta.

La niña dio un paso adelante.

—Mírame.

El Rey de Hielo giró lentamente la cabeza y, por primera vez en siglos, miró su propio reflejo en el espejo.

Pero no se vio a sí mismo.

Vio a su hija.

A la niña que había amado.

A la niña que había condenado.

A la niña que aún seguía esperando que él la reconociera.

El Rey de Hielo se tambaleó hacia atrás, como si la visión le hubiera robado el aire.

—No…

Su voz se quebró como el hielo bajo el peso de un río congelado.

Las grietas en el espejo se expandieron.

La niña vio la desesperación en sus ojos. Pero también vio algo más.

Un recuerdo.

El Rey cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, ya no eran solo los de un hombre maldito.

Eran los ojos de un padre que había olvidado a su hija… y que ahora la veía de nuevo.

Lina habló con suavidad.

—No importa cuánto frío haga, siempre hay algo que puede arder.

La niña extendió una mano.

El Rey de Hielo la tomó.

Y, con ese contacto, sintió algo que no había sentido en siglos.

Calor.

El hielo en su piel no se derritió. Pero se quebró.

Y dentro de él, algo que había sido olvidado se encendió una última vez.

La nieve en los muros comenzó a deslizarse como ceniza en el viento.

Las ventanas dejaron entrar la luz de la luna; su brillo se reflejó en los cristales como estrellas atrapadas.

Y entonces… el espíritu en la habitación dejó de ser solo un eco.

Poco a poco, tomó forma.

Cabellos largos y rubios. Ojos como el amanecer en invierno. Un vestido de tonos pálidos, una sombra de lo que fue. Una niña.

Elya.

La maldición se estremeció.

Pero no fue la única que despertó.

El cuervo, que siempre había estado al lado del Rey, alzó el vuelo y descendió al suelo. Sus alas blancas se expandieron y, cuando tocaron el suelo helado, ya no era un cuervo.

Era una mujer.

De piel pálida, de mirada triste. De un amor que no había podido ser correspondido en cientos de años.

La Reina.

Con un suspiro quebrado, corrió hacia su hija y la envolvió en sus brazos.

Por primera vez en siglos, el Rey de Hielo miró a su familia.

A la hija que había olvidado.

A la esposa que había condenado a su mismo destino.

Se acercó lentamente y las abrazó a ambas.

Solo un instante.

Solo un momento.

El tiempo que no pudieron tener.

Y después…

Después su cuerpo comenzó a romperse.

Los fragmentos de hielo se desprendieron de su piel como escamas de vidrio. Su cabello ennegreció durante un parpadeo… y luego se convirtió en nieve en el viento.

Sus ojos, aquellos que habían visto tanto y habían olvidado aún más, se cerraron.

Y entonces cayó.

El hielo en los muros se hizo polvo.

Las torres se desmoronaron como ruinas de un mundo que ya no debía existir.

Las ventanas se rompieron, dejando que el viento helado se llevara los últimos vestigios de su invierno eterno.

El Rey desapareció.

Pero, en su lugar, su hija volvió a vivir y el invierno retrocedió.

Y, en la tierra donde antes solo había escarcha, el primer brote verde asomó a través de la nieve derretida.

Por un instante, todo quedó en un silencio absoluto.

Elya se tambaleó hacia adelante, como si sus piernas hubieran olvidado cómo sostenerla. Su piel, que antes era solo un reflejo atrapado en un mundo congelado, ahora sentía el aire, el roce de la tela, el temblor de su propio cuerpo.

Estaba viva.

Pero el precio había sido demasiado alto.

Cayó de rodillas en la nieve derretida.

Y entonces lloró.

Al principio fue un sollozo ahogado, contenido, como si su cuerpo todavía no comprendiera lo que había perdido. Pero luego el llanto rompió en su pecho como una tormenta liberada tras siglos de espera.

—Papá…

Su voz no era un eco esta vez. Era real.

Se cubrió el rostro con las manos, temblando, y su madre la abrazó con la misma fuerza con la que una madre protegería a su hija en el último momento del mundo.

La Reina, libre por primera vez en siglos, sostenía a su hija como si temiera que el viento se la llevara de nuevo.

Y también lloró.

No como una reina. No como un espíritu condenado.

Lloró como una mujer que había recuperado lo que más amaba… pero había perdido al hombre que, a pesar de todo, fue parte de su alma.

Sus lágrimas cayeron sobre la nieve, y la nieve comenzó a derretirse.

No por la magia. No por un hechizo.

Sino porque, por primera vez en siglos, alguien lloraba en ese castillo maldito.

Porque, en el fondo de todo aquel invierno, aún quedaba algo de amor.

Las ruinas del castillo crujieron a su alrededor. El hielo en las paredes se resquebrajó, como si el mundo mismo compartiera su duelo.

Elya se aferró al pecho de su madre, con los hombros sacudidos por cada sollozo.

—Él volvió… Papá, solo por un momento… —susurró con la voz rota.

La Reina acarició su cabello, con los ojos brillando de tristeza.

—A veces, un momento es todo lo que nos queda.

Elya cerró los ojos y apretó los dientes, como si no quisiera aceptar la verdad.

Pero el invierno había sido derrotado.

Y su padre…

Su padre se había ido con él.

Peter no respondió cuando Rufus acabó el cuento.

Porque ya estaba dormido.

Y Rufus se quedó allí un rato más, observando cómo la nieve caía tras la ventana, preguntándose si los reyes de hielo realmente podían cambiar.