La enfermedad de Peter #4
El cuervo no parpadeó.
—Croak. Porque hay preguntas que no deberían tener respuestas.
—¿Has vivido aquí mucho tiempo?
—Cientos de años.
—¿Entonces conoces la maldición del Rey y del espíritu? ¿Sabes quiénes eran antes? ¿Por qué el Rey no habla con ella?
El cuervo se inclinó un poco, y cuando volvió a abrir el pico, el aire de la habitación cambió.
—Quizás.
—¿Me la contarías?
—Depende de lo que me des a cambio.
La niña miró alrededor, encontró una moneda y se la llevó al cuervo.
—Ya tengo todo lo que hay en el castillo. Quiero algo que solo tengas tú.
La niña solo tenía su ropa, sus botas y un collar.
—¿Te valdría esto? —dijo, mostrándole el collar—. A los cuervos os gustan los objetos brillantes.
—Croak, ¡seguro! —dijo el cuervo, moviendo las patas, impaciente.
—Te lo daré cuando me cuentes la historia.
—Entonces escucha… Hubo un tiempo en que este castillo tenía fuego en sus chimeneas y música en sus pasillos. Hubo un tiempo en que el Rey no era de hielo.
La niña contuvo la respiración.
—Pero el Rey hizo algo que los hombres no deben hacer. Se enfrentó a alguien que no era de este mundo e intentó tomar algo que no era suyo.
Las velas titilaron, como si la historia misma hiciera temblar la habitación.
—No puedes escapar de una maldición hecha bajo la luna. No puedes huir de lo que te reclama.
—¿Quién le lanzó esa maldición?
El cuervo guardó silencio por un momento.
—Alguien que no olvida. Alguien que espera.
La niña sintió el hielo bajo sus pies, aun con las botas puestas.
—El castillo se convirtió en su prisión, pero también en su refugio. No hay amanecer para un rey que le ha robado algo a la noche.
—¿Qué robó?
El cuervo giró la cabeza lentamente.
—¡Croak! Algo que nunca debió pertenecerle. Intentó robar un bosque lleno de vida. Un bosque en el que había una reina mucho más poderosa que él.
La niña trató de entender.
—Si está atrapado… si esto es un castigo… ¿por qué no intenta romperlo?
El cuervo se quedó en silencio.
Por demasiado tiempo.
Y luego, con la misma voz que oía, y que llenaba cada rincón de su mente, dijo:
—Porque el recuerdo de lo que hizo es demasiado doloroso y está presente junto a él cada día.
El viento rugió contra las ventanas.
Las llamas parpadearon en la chimenea.
—¿Te refieres a ella, al espíritu?
—Así es.
—¿Quién es ella?
—Es su propia hija. Condenada a vivir con él como un espíritu de hielo.
—¿Cómo se rompe la maldición?
El cuervo guardó silencio, pero en su mutismo había algo más pesado que la nieve y más afilado que el hielo.
—La maldición no se rompe con fuerza ni con voluntad.
La niña apretó los puños.
—Entonces, ¿cómo?
El cuervo giró la cabeza. Sus ojos blancos y vacíos reflejaban la luz del fuego.
—Croak. Con la única cosa que el Rey no se ha atrevido a dar desde que el invierno cayó sobre él.
—¿Y qué es?
El viento ululó tras la ventana, hiriendo la piedra del castillo como un lamento.
—Su propio corazón.
La niña se estremeció.
—¿Tiene que matarlo?
El cuervo ladeó la cabeza.
—No de la manera que piensas.
La niña frunció el ceño.
—Explícate.
El cuervo bajó la vista.
—El Rey de Hielo no es solo un hombre maldito. Él es el invierno. Es la tormenta que nunca cesa. Es el hielo que cubre la tierra y el frío que llena los pasillos de este castillo.
—Si él desaparece… ¿el invierno desaparece con él?
—Exactamente.
El fuego chisporroteó en la chimenea.
—¿Y qué pasará con su hija?
—Ella está atrapada entre dos mundos. No está viva, pero tampoco muerta. Si la maldición se rompe… ella volverá a ser lo que era. Pero solo si él la libera primero.
—¿Liberarla?
El cuervo se posó más cerca de ella, como si sus palabras fueran un peso demasiado grande para mantenerse suspendido en el aire.
—El Rey debe recordar quién fue. Debe mirar a su hija y decir su nombre. No como un espíritu. No como un castigo. Sino como lo que es: su sangre, su única familia.
—¿Solo eso? —susurró la niña, sintiendo que debía haber algo más.
El cuervo cerró el pico, como si susurrar las siguientes palabras le costara más que cualquier otra cosa que hubiera dicho hasta ahora.
—Y luego… debe entregarle lo que le queda de su alma.
El fuego parpadeó.
Las paredes del castillo crujieron, como si el propio invierno estuviera escuchando.
—¿Su alma?
—Debe devolverle su calor. Su última chispa de humanidad. Solo así ella podrá volver a vivir… y él… desaparecerá.
La niña sintió el frío subirle por la columna.
—Eso significa que el Rey morirá.
El cuervo no negó ni afirmó.
Solo la miró.
—Él ya está muerto desde hace mucho tiempo.
—Pero si no lo hace…
—Si no lo hace, el invierno nunca acabará. Y su hija seguirá atrapada aquí con él, por toda la eternidad.
El viento golpeó la ventana, arañándola como garras invisibles.
La niña bajó la mirada.
El precio para romper la maldición no era una espada, ni un hechizo, ni una llave escondida en lo más profundo del castillo.
Era una elección.
Un sacrificio.
Y ahora… ella debía encontrar la manera de hacer que el Rey recordara quién era y lo que había perdido.
—Croak. Dame el collar —dijo el cuervo.
Peter entreabrió los ojos.
—¿Entonces el rey no estaba solo? ¿Había alguien más además de Lina, Hati, el espíritu y el cuervo?
—Bueno, los pueblos que una vez florecieron bajo la protección del reino habían sido devorados por la escarcha. La gente huyó, buscando el calor de tierras más amables. Pero no todos lo lograron. Algunos murieron allí, y algunos animales sobrevivieron. Podríamos decir que también había conejos, lobos y renos en los bosques del país. Pero en el castillo solo estaban ellos cuatro.