Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La enfermedad de Peter #3
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La enfermedad de Peter #3

El aire todavía era frío, pero no el frío despiadado del exterior. Era un frío suave, contenido, como el último aliento de una llama antes de apagarse.

La habitación estaba decorada como la de una princesa de las historias. Pero no como en los teatros de su compañía, donde los escenarios se llenaban de exageraciones doradas y rojos vibrantes. No. Allí todo era más delicado, más real.

Las paredes, cubiertas con tapices bordados, mostraban escenas de bosques y lagos, de aves de alas extendidas y ciervos corriendo bajo la luna. Los colores, aunque apagados por los años, aún conservaban algo de su antigua belleza.

Había una cama grande, con un dosel de tela azul celeste, donde aún colgaban lazos de encaje y pequeñas cuentas de cristal, que tintineaban suavemente con la brisa que entraba por la ventana. La colcha era gruesa y estaba bordada con patrones de estrellas y flores, aunque el polvo y el paso del tiempo la habían oscurecido.

Junto a la cama había un tocador de madera clara, con un espejo que no reflejaba del todo bien; su superficie estaba empañada, como si una bruma se hubiera asentado sobre él hacía siglos. Sobre la mesa del tocador descansaban pequeños peines de marfil, lazos de seda y una muñeca de porcelana, con los labios ligeramente descoloridos y el cabello hecho un nudo de hilos olvidados.

Un armario de madera tallada se apoyaba contra la pared, con sus puertas entreabiertas. En su interior aún colgaban vestidos de niña, suaves como susurros de un tiempo que ya no existía.

Pero lo más extraño era la ventana.

Era la única en todo el castillo que no estaba cubierta de escarcha. El vidrio estaba limpio, intacto, mostrando el mundo exterior sin la distorsión del hielo.

Desde allí, Lina pudo ver la llanura nevada por donde había caminado. Y, a lo lejos, la tormenta que había dejado atrás, ahora atrapada en el horizonte, como si no pudiera acercarse al castillo.

El Rey de Hielo permaneció en la puerta, observándola en silencio. No entró.

—¿De quién era esta habitación? —preguntó Lina en voz baja.

El Rey tardó en responder.

Sus ojos recorrieron la habitación como si el simple acto de mirarla fuera un castigo. Finalmente habló como si recordase algo olvidado hacía siglos.

—De alguien a quien conocí hace años. No lo recuerdo.

—¿Dónde está ahora?

El Rey no contestó. Solo la miró, con esos ojos pálidos que no parecían mirar el presente, sino algo que ya no existía.

Y Lina, de algún modo, supo que en esa habitación había vivido una niña que fue importante para él.

Cuando habló de nuevo, sus palabras fueron un susurro.

—No sé dónde está. Se fue de aquí hace cientos de años.

La niña no preguntó más.

Porque entendió, sin necesidad de más palabras, por qué esa era la única habitación que no se había congelado…

Aquella noche durmió caliente por primera vez en días, bajo las mantas, con su perro. Al día siguiente comenzó a explorar el castillo con él.

—¿Te has fijado en que el castillo del Rey de Hielo no tiene ecos? —le dijo a Hati—. En un lugar donde no hay vida, el sonido no tiene a dónde ir.

El primer día intentó buscar al rey y hacerle hablar, pero este casi no le hablaba. No la miraba demasiado tiempo. No intentaba comprenderla ni preguntarle quién era o por qué había llegado hasta allí. Era como si no supiera qué hacer con ella. Se movía poco, pero cuando lo hacía su capa ondeaba, mostrando la figura de un sol rodeado de líneas curvas.

Pero el rey no la echó.

Y, para la niña, eso era suficiente.

—¿Esa figura en la capa del rey es la que vimos en el castillo en ruinas? —preguntó Peter.

—No lo sé. Podría ser la misma o solo parecerse.

Por la tarde, Lina comenzó a pensar que debía partir al día siguiente, porque vivir con él era como vivir sola.

Pero el castillo del Rey de Hielo no estaba completamente vacío.

Había algo más entre sus muros, algo que se deslizaba entre las sombras y la escarcha, un ser que no dejaba huellas pero que, de alguna manera, estaba presente en cada rincón helado.

La niña lo sintió antes de verlo.

Era un susurro en el aire, un aliento helado en su nuca cuando pasaba por los pasillos en penumbra. A veces, cuando encendía la chimenea en la única habitación que no se había congelado, las llamas parpadeaban como si algo invisible las rozara con los dedos.

Y luego, esa noche, habló.

—No deberías estar aquí.

La voz llegó desde ningún lado y desde todas partes a la vez.

La niña no se sobresaltó. Para entonces, ya lo había estado esperando.

—¿Por qué no? —preguntó con calma.

El fuego crujió en la chimenea, y la escarcha que cubría las paredes pareció estremecerse.

—Porque este no es un lugar para los vivos.

La niña no respondió enseguida. Se giró lentamente, recorriendo la habitación con la mirada. Sabía que no estaba sola, pero no podía ver quién le hablaba.

Entonces, el aire frente a ella cambió.

No fue un movimiento, sino una sensación. El aire se volvió más frío en un solo punto, como si algo estuviera absorbiendo el calor.

Y, poco a poco, la figura tomó forma.

No era completamente sólida. Su cuerpo era un velo de escarcha y viento, con fragmentos de nieve flotando en su silueta. No tenía ojos, pero Lina sentía que la observaba.

—¿Quién eres? —susurró.

El espíritu no respondió de inmediato. Su silueta era inestable, como si pudiera dispersarse en cualquier momento.

—Soy lo que queda del invierno.

—Eso no es un nombre.

—Los nombres son para los vivos.

La niña frunció el ceño.

—Si no eres un ser vivo… ¿qué eres?

El espíritu se movió. No caminaba; flotaba como una brisa fría que arrastraba nieve consigo.

—Fui una niña, una vez —dijo al fin—. O eso creo.

Lina sintió un escalofrío diferente al del frío.

—¿Fuiste humana?

El espíritu no lo confirmó ni lo negó.

—No recuerdo mi rostro ni mi nombre. Solo recuerdo la nieve… y el momento en que dejé de sentir el calor.

Lina sintió algo pesado en el pecho.

—¿La maldición del Rey de Hielo… te atrapó aquí?

El espíritu inclinó la cabeza, pensativo.

—Tal vez fui parte de ella. Tal vez fui el precio que alguien tuvo que pagar.

El viento aulló en las ventanas, y la niña se estremeció.

Pero no por miedo.

Por tristeza.

Aquella era la niña que había vivido en esa habitación antes que ella.

Además, el espíritu hablaba con la voz de alguien que no recordaba si alguna vez había sido amado.

—¿Qué crees que pasó con el rey?

—Está atrapado, como yo.

—¿Él también fue humano?

—Sí. Estoy segura —respondió el espíritu.

Los días fueron pasando y, poco a poco, Lina consiguió arrancarle algunas palabras al rey, y muchas al espíritu. Comía lo que podía encontrar en el castillo, aunque nada allí parecía realmente vivo. Sus comidas eran escasas, pero suficientes para mantenerla con fuerzas.

Hati detestaba la comida, pero el hambre le impedía protestar.

El Rey de Hielo no entendía por qué no moría de frío. Todas las criaturas de su reino sucumbían tarde o temprano; se convertían en estatuas de escarcha, en sombras congeladas bajo la luna. Pero la niña… la niña y su perro seguían vivos. Y, cada vez que él se acercaba, sentía algo en su pecho, un temblor, un calor, un recuerdo de algo que había olvidado hacía mucho tiempo.

Peter cerró los ojos.

—No lo olvidó… Lo enterró dentro de él. Pero no estaba olvidado.

Rufus lo miró con algo parecido a la sorpresa.

—Tal vez —susurró—. Pero la niña le hablaba, y su voz era como un fuego pequeño en la inmensidad del invierno.

A veces estaban en la misma habitación los tres; cuatro, si se contaba al cuervo que nunca dejaba solo al rey. El Rey de Hielo nunca le hablaba al espíritu ni se dirigía a ella.

Nunca la mencionaba. Nunca la miraba.

Pero la niña comenzó a notar que su presencia no era ignorada.

Cada vez que el espíritu aparecía en la misma habitación que el Rey, el aire se volvía más denso.

El Rey tensaba los dedos sobre el brazo del trono.

Sus ojos se oscurecían, como si viera algo que no quería recordar.

Hasta que un día, la niña se atrevió a preguntarle:

—¿Quién es ella?

El Rey no respondió.

—¿Es parte de la maldición?

Silencio.

—¿Es parte de ti?

El Rey se levantó y salió de la habitación sin decir una palabra.

Y cuando la niña miró al espíritu en busca de respuestas, vio que su forma se hacía más tenue, como si esas palabras lo hubieran debilitado.

Pero el Rey, antes de desaparecer del todo, susurró algo más:

—No todo en este castillo fue creado por el invierno. Mi maldición fue creada por mi ambición, y con ella llegó la destrucción de aquellos a los que amaba.

Entonces, la niña entendió que el espíritu no era solo una sombra cualquiera.

Era un secreto.

Un recuerdo.

Alguien que había sido importante para el rey muchos siglos antes.

Alguien que el Rey había olvidado o enterrado.

Y, hasta que lo recordara, el invierno nunca se rompería.

Una mañana, la niña despertó de golpe.

El aire en la habitación era distinto.

El frío seguía allí, como siempre, pero había algo más en la penumbra. Algo que la observaba.

Se incorporó lentamente mientras Hati ladraba hacia una esquina, sintiendo el crujido de su manta congelada.

Y entonces lo vio.

El cuervo blanco que siempre acompañaba al Rey.

Era blanco como la nieve. Blanco como los huesos enterrados bajo el hielo.

Estaba posado sobre el respaldo de una silla, sin moverse, con las garras hundidas en la madera envejecida. Sus ojos eran como dos lunas pálidas, sin pupilas, sin reflejo.

No batió las alas ni se inclinó como un ave común.

Solo abrió el pico.

Y la niña escuchó su voz.

—Croak. Al fin te has despertado.

La niña contuvo el aliento.

El cuervo ladeó la cabeza. Sus ojos blancos eran imposibles de leer.

—Has venido al lugar donde los nombres se olvidan.

La niña sintió un estremecimiento.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja.

—Soy lo que queda.

El silencio del castillo pareció ahondarse a su alrededor.

—Soy la última palabra de un juramento roto. Soy el eco de una promesa que nunca se cumplió.

La niña se abrazó a sí misma.

—Eso no me da mucha información.