Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La enfermedad de Peter #2
16%

La enfermedad de Peter #2

Incluso aquellos que lo amaban —sus amigos, su familia— no pudieron soportar el invierno eterno.

Así que se marcharon.

Y el rey se quedó solo.

Solo con su castillo de hielo, con sus torres cubiertas de escarcha, con su corona de nieve y el viento aullando en los pasillos vacíos.

El hada del bosque no volvió a verlo.

No hacía falta.

Porque el peor castigo no era el frío, ni la maldición, ni la eternidad atrapado en un cuerpo de hielo.

El peor castigo era estar solo.

Pasó siglos en soledad, olvidando lo que un día fue y a quién amó cuando era joven. La maldición ni siquiera le permitía morir, sino vivir eternamente en sufrimiento.

Estaba hecho de escarcha y viento invernal. Su piel era de nieve endurecida, su aliento congelaba el aire a su alrededor, y su corona no era de oro, sino de hielo puro, tallado con el frío del primer invierno del mundo.

El Rey de Hielo no tenía corazón. O, al menos, eso decía la gente. Vagaba por su reino blanco, donde nunca salía el sol, donde los ríos eran de cristal congelado y las montañas dormían bajo un velo de nieve eterna.

—Me gusta hasta ahora —susurró Peter, acurrucándose en las mantas.

Rufus continuó mientras asentía.

Los siglos pasaron y la historia del rey se convirtió en un recuerdo, el recuerdo en una leyenda y la leyenda en un cuento.

Aquel día, el viento aullaba entre las caravanas como un lobo hambriento, arrastrando consigo la nieve que cubría la tierra maldita del Rey de Hielo. Siglos habían pasado desde su condena, y el invierno seguía gobernando su reino con una furia implacable.

La compañía de teatro avanzaba con dificultad a través de aquel desierto blanco. Los caballos, envueltos en gruesas mantas, resoplaban con esfuerzo, y los viajeros, apiñados bajo capas de lana y pieles, temblaban con cada ráfaga helada. Las caravanas crujían con cada golpe de viento, y las ruedas, atascadas en la nieve endurecida, protestaban con chirridos agudos.

La compañía había decidido cruzar esas tierras de hielo para atajar hasta su siguiente destino, pero ahora lo estaban pagando.

En la última caravana, Lina se aferraba a su abrigo mientras observaba la tormenta a través de una rendija en la lona. No tenía más de diez años, pero su perseverancia e inteligencia eran conocidas en toda la compañía. A su lado, su perro, una criatura de pelaje espeso y grisáceo, se mantenía alerta, con las orejas erguidas y la nariz húmeda olfateando el aire.

—No podemos parar ahora. Si nos detenemos, nos congelaremos aquí.

La voz de su madre se perdió entre el ulular del viento cuando avanzó hacia la parte delantera de la caravana.

El padre tiraba de las riendas con fuerza, tratando de mantener a los caballos en movimiento. Su madre se acercó a él, con las manos aferradas a la madera helada, ayudándole a dirigir a los animales por un camino que casi no existía bajo la nieve.

Y entonces, el perro gruñó.

La niña tuvo tiempo de girarse antes de verlo saltar fuera de la caravana. Un destello de blanco sobre blanco: un conejo, casi invisible en la tormenta, brincaba por la nieve con movimientos rápidos e impredecibles.

—¡No, espera! —susurró, pero su voz se perdió en la ventisca.

El perro salió disparado tras la presa.

La niña sintió cómo el pánico trepaba por su pecho. Si lo perdía, si se alejaba demasiado, nunca lo encontraría en medio de aquella tormenta.

Sin pensarlo, saltó de la caravana, corrió tras él y se perdió en el Infierno Blanco.

El frío la golpeó como una garra invisible. Cada respiración era como tragar vidrios helados. Sus piernas se hundieron en la nieve con cada paso, pero no se detuvo.

—¡Hati! ¡Ven aquí!

El perro no la escuchó. O no le importó.

El viento rugió con más fuerza, empujándola hacia un lado. La nieve volaba en remolinos alrededor de ella, cubriéndolo todo, ocultando las caravanas como si jamás hubieran estado allí.

Y entonces, cuando finalmente alcanzó al perro, se dio cuenta de que estaba sola.

Las caravanas habían desaparecido.

No había rastro de los faroles colgados de los carros ni de las huellas en la nieve. Solo la tormenta, infinita y devoradora.

El miedo se clavó en su pecho como una estalactita afilada.

—No… No…

Miró en todas direcciones, pero todo era lo mismo: un mar blanco sin horizonte. La ventisca arremolinaba la nieve en torno a ella, envolviéndola en un silencio mortal. Sus padres ni siquiera sabían que se había perdido.

Su garganta se cerró. Nadie vendría a buscarla.

El perro, sin darse cuenta de la tragedia, movió la cola y la miró con sus ojos claros y tranquilos.

—No me dejes sola, Hati —susurró ella, con la voz quebrada.

Él inclinó la cabeza, como si comprendiera.

La niña temblaba. El frío ya no dolía tanto, y eso la asustó. Sabía lo que significaba. Su madre siempre decía que el frío primero te mordía y luego te susurraba al oído para que te durmieras. Si comenzabas a tener sueño, es que la muerte te estaba llamando.

No podía dormir. Si dormía, moriría.

—Vamos… Tenemos que encontrar un refugio.

Empezó a caminar sin rumbo. Sus pies, entumecidos, tropezaban en la nieve, pero no se detuvo. Hati la siguió en silencio, su respiración formando nubes de vapor en el aire helado.

Y entonces lo vio.

Una sombra en la ventisca.

No, no era una sombra.

Era la boca de una cueva.

Oscura. Profunda. Un agujero en la nieve, como una herida abierta en el invierno eterno.

La niña no pensó en si era segura o no. Solo sabía que, si no entraba allí, moriría.

Se tambaleó hacia la entrada y cayó de rodillas en el suelo de piedra. El aire dentro era frío, pero no tanto como afuera. No era cálido, pero al menos no la devoraría.

Hati se sacudió la nieve del pelaje y se acurrucó junto a ella.

La niña cerró los ojos y sintió las lágrimas congelarse en sus mejillas.

Había escapado de la tormenta.

Allí pasó la noche, durmiendo al fondo de la cueva, acurrucada junto a Hati y abrazada a su abrigo. Cuando despertó, no supo cuánto tiempo había dormido. La tormenta ya no rugía en el exterior. Solo quedaba un silencio inmenso, el tipo de silencio que deja el invierno después de haber reclamado su dominio.

No había rastros de la caravana. Ni huellas ni ruedas marcadas en la nieve. Como si el viento las hubiera borrado, como si nunca hubieran estado allí.

Lina tragó saliva y apretó los labios. No lloraría. No podía.

—Vamos, Hati. Debemos seguir.

Caminó durante horas.

El sol, pálido y débil, se alzaba en el cielo sin calor. El hambre empezaba a retorcer su estómago, y el frío mordía la piel descubierta de su rostro.

Y entonces, cuando la tarde comenzaba a teñirse de un azul melancólico, lo vio.

A lo lejos, emergiendo del horizonte como una montaña de hielo y sombras, se alzaba un castillo.

No era como los castillos de las historias que los actores de la compañía contaban en sus obras. No tenía muros de piedra cálida ni torres doradas.

Estaba hecho de hielo.

No de nieve apelmazada ni de cristales frágiles… sino de un hielo antiguo, inmóvil, como si hubiera sido esculpido por dioses olvidados. Sus torres eran afiladas como lanzas, sus murallas brillaban con reflejos pálidos y su gran puerta parecía tallada en un solo bloque de escarcha azul.

Lina sintió un escalofrío, pero no de frío. De otra cosa.

Algo en su interior le decía que ese castillo no debía estar allí. Que pertenecía a un tiempo que no era el suyo.

Pero no tenía opción.

Si había una esperanza de encontrar a sus padres, si existía un refugio, debía seguir adelante.

Apretó el abrigo contra su cuerpo, respiró hondo y dio el primer paso hacia el castillo del Rey de Hielo.

Era de noche cuando llegó.

El castillo se alzaba sobre las colinas como una bestia dormida, con torres de hielo que brillaban bajo la luna. No había fuego en las ventanas ni guardias en las puertas.

Solo el frío eterno.

Y, en el centro de aquel silencio, lo vio a él.

El Rey de Hielo.

De pie en la cima de las escaleras heladas, con su capa ondeando en un viento que no venía de ningún lado. No respiraba ni parpadeaba. Hati comenzó a ladrarle, asustado.

Por encima de él, un cuervo blanco revoloteaba.

Su piel era pálida como la nieve, su cabello blanco como el aliento de la tormenta. Su corona no era de oro, sino de hielo puro. Su mirada era fría y vacía.

La niña sintió miedo.

Pero no corrió.

No podía.

Porque, si se marchaba, ¿a dónde iría?

Así que levantó la vista y lo miró a los ojos mientras su perro ladraba a su lado.

Y dijo lo único que tuvo el valor de decir:

—Estoy cansada. Necesitamos refugio o moriremos de frío. Nos hemos perdido y busco a mis padres.

El rey no respondió.

El viento sopló entre ellos, arrastrando copos de nieve que nunca tocaban el suelo.

La niña sintió que la escarcha le arañaba los huesos. Pero no apartó la mirada.

Había oído hablar de él en las historias que contaban sus padres, en las obras de teatro, en los libros. El Rey de Hielo no tenía corazón.

O, al menos, eso decía la gente.

Pero, en ese momento, ella lo vio dudar. La niña le recordaba al rey a alguien, alguien a quien había perdido hacía mucho tiempo.

—Todas las habitaciones del castillo están congeladas. Todas menos una —le dijo con una voz profunda.

La niña parpadeó, con las pestañas cubiertas de hielo.

—¿Y por qué esa no?

El Rey no respondió. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar.

Ella dudó, pero lo siguió con Hati a su lado, reticente a permanecer en el castillo.

A través de pasillos blancos como huesos, de puertas que el hielo había sellado hacía siglos, de estatuas de cristal que una vez fueron fuentes de agua. El castillo estaba muerto.

Pero entonces llegaron a una puerta vieja de madera. Era la única en todo el castillo que no estaba cubierta de hielo. El Rey la empujó con un movimiento lento.

Cuando Lina cruzó el umbral, sintió que había entrado en otro mundo.

A diferencia del resto del castillo, donde el hielo lo devoraba todo, esta habitación parecía haber escapado al abrazo del invierno eterno.