La enfermedad de Peter
El invierno había llegado con una fiereza inusual aquel año, cubriendo el pueblo con una capa de nieve tan espesa que amortiguaba todos los sonidos. Rufus y Peter solían pasar los días deslizándose sobre el hielo del lago; sus risas rebotaban entre los árboles desnudos, sus alientos blancos se evaporaban en el aire helado. Pero aquella semana Peter enfermó.
No fue nada grave —al menos eso dijeron los adultos—, pero bastó para que su madre lo mantuviera en cama, lejos del frío y de la diversión. Rufus pasó los primeros días esperando a que mejorara, sentado al borde de su cama, narrándole historias de caballeros y monstruos que inventaba en el momento. Pero Peter casi no podía responder entre toses.
El viento golpeaba contra las ventanas con dedos helados, haciendo crujir la madera de la casa. Dentro, el aire era cálido, perfumado por el aroma de hierbas que la madre de Peter había dejado en una olla cerca del fuego.
Rufus estaba sentado en el borde de la cama de su amigo, con los codos apoyados en las rodillas, girando una moneda entre los dedos, imitando a la vidente que habían visitado meses atrás. No una como la de Madame Verina, pero suficiente para mantener su mente distraída.
Peter tosió. No una de esas toses ligeras que anuncian el final de un resfriado, sino una de esas pesadas, que hacen eco en el pecho y arrastran un sonido profundo.
Rufus dejó de jugar con la moneda.
—Parece que intentas morirte.
Peter lo miró de reojo, con los ojos vidriosos por la fiebre.
—No soy tan dramático. Solo es un poco de moco.
—Tú no, pero tu tos sí que es dramática.
Peter sonrió un poco, aunque le costó. Era la primera sonrisa real en días.
—Deberías salir a jugar —murmuró, con la voz ronca—. No tienes que quedarte aquí viéndome morir con estilo.
Su amigo se encogió de hombros.
—Si mueres mientras no estoy aquí, me sentiré fatal.
—Y si muero mientras sí estás, ¿qué harás?
—Pues no sé. Fingir que te dormiste y salir corriendo antes de que tu madre me haga cavar la tumba.
Peter se rio, y el sonido se convirtió en otra tos.
—Después de la visita a la vidente de la feria sé que me casaré con Mira, lo que indica que saldré de esta.
Los dos se rieron.
Rufus frunció el ceño, sin mirarlo directamente.
—No te rías tanto. Tienes el pecho muy tomado. Aunque parece que hoy toses mejor que ayer.
Peter bufó, divertido.
—Claro, me he pasado tosiendo toda una semana. Son siete días practicando cómo toser. Me estoy haciendo un profesional.
Después de unas carcajadas y unas cuantas toses, el silencio se instaló en la habitación. Rufus observó la ventana empañada, donde la nieve caía en copos gruesos. La feria ya había pasado hacía dos meses, pero el pueblo seguía vivo con los ecos de su magia.
—¿Qué me he perdido estos días? —preguntó Peter después de un rato.
Rufus giró la moneda en su mano.
—No mucho. Galen sigue practicando para cargar piedras imposibles. Elyse finge que no le importa, pero los dos buscan cualquier excusa para verse y hablar. Me da que voy a tener cuñada pronto. Mira probablemente sigue revisando su reflejo cada vez que se lava la cara. Me preguntó por ti ayer… Ya sabes cómo son las chicas: desde que la adivina le dijo que se casaría contigo, no hace otra cosa que hablar de ti.
Peter dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro.
—Perfecto. Justo lo que necesitaba para mi recuperación: fiebre, mocos y un matrimonio arreglado.
—Tranquilo, cuando estés sano podrás correr. O bueno, intentarlo. Yo te doy cinco metros antes de que ella te atrape y te arrastre al altar.
—Genial. Recuérdame dejarte fuera de la lista de invitados.
Rufus sonrió.
—Demasiado tarde, ya estoy practicando mi brindis.
Peter rio y tosió a partes iguales.
—¿Y tú? ¿Qué has hecho?
Rufus vaciló.
Peter lo conocía demasiado bien, pero estaba cansado y no le apetecía hablar de sí mismo.
—Nada. Entre el colegio y visitarte por las tardes no tengo tiempo de nada.
Rufus no dijo nada más. Solo se quedó allí, esperando a que su amigo se durmiera.
—Deberías salir a jugar —le dijo su amigo—. No tienes que arruinar tu semana por mí.
—Los verdaderos amigos llegan antes de que los llames. Como si ya supieran dónde duele. Además, ya te he dicho que no hay prisa.
—Pues si quieres quedarte, cuéntame una historia.
Rufus se acomodó en la silla junto a la cama, observando cómo Peter intentaba mantenerse despierto. Su respiración era pesada, su piel aún ardía por la fiebre, pero sus ojos curiosos todavía brillaban en la penumbra de la habitación.
—¿De verdad quieres una historia? —preguntó Rufus en voz baja.
—Si no es aburrida… —murmuró Peter, con una sonrisa débil.
—¿De qué quieres que trate?
—¿Recuerdas las pinturas que vimos en la ruta del castillo en ruinas?
—¿Cuáles?
—Las del rey maldito.
—El Rey de Hielo…
—Sí, dijiste que conocías la historia, pero que no querías contarla allí. ¿Puedes contármela?
—Vale, pero te advierto que es un cuento para niños.
Su amigo pensó un momento, dejando que las palabras tomaran forma en su cabeza antes de hablar.
—Había una vez un rey. No un rey cruel ni bondadoso, sino un rey normal, como son los reyes jóvenes: orgulloso. Amaba su reino como se ama la luz del sol en el invierno: sin saber cuánto se necesita hasta que desaparece.
Su reino era fértil, sus cosechas abundantes, y sus súbditos lo amaban. Pero, como todo monarca, tenía un defecto fatal: no creía en las cosas que no podía ver con sus propios ojos.
En los límites de su reino se extendía un bosque antiguo y oscuro, donde los árboles crecían tan juntos que ni la luna podía filtrarse entre ellos. Las leyendas decían que allí vivían seres que no pertenecían del todo a este mundo: hadas, sombras antiguas, bestias que caminaban en la niebla y que solo se mostraban a quienes estaban a punto de perderse.
El rey no temía al bosque, pero tampoco lo respetaba como habían hecho su padre y su abuelo antes. Era solo un pedazo de tierra que aún no había conquistado, un vacío en su mapa que quería llenar con caminos y ciudades.
—Si nadie lo gobierna, me pertenece.
Y así, con su orgullo como bandera, mandó a sus hombres a talar los árboles y a levantar pueblos en la frontera.
El rey había perdido a su madre unos meses antes, y lo único que lo consolaba eran su hija Elya y su mujer, a las que amaba con locura.
—No deberías invadir ese bosque… —dijo un día su hija, mientras él planificaba lo que iba a hacer con sus consejeros.
—¿Por qué, mi amor?
—El abuelo decía que ese bosque estaba encantado, y que ningún rey de la familia había osado nunca ni siquiera entrar en él.
—El abuelo siempre fue temeroso. Y mi madre siempre quiso visitar el bosque antes de morir. Construiré allí una ciudad en su honor.
Los hombres del rey partieron hacia el bosque.
Pero el bosque no estaba vacío.
Los primeros hombres que se asentaron allí tuvieron problemas. Por las noches les quemaban sus pertenencias para que se marcharan. Algunos volvieron hablando de fantasmas, duendes, brujas y aun cosas peores. Así que el rey hizo lo que suelen hacer los reyes en estos casos: mandar a su ejército a acabar con la resistencia y con aquellos que se opusieran a la civilización. En la mente del rey, la civilización era que el bosque le perteneciera, que se pudieran construir allí pueblos y que se le pagasen tributos como en otras zonas del país.
El rey partió con su ejército y un equipo de arquitectos, ingenieros y albañiles.
—¡Cualquier intento de detener la conquista del bosque debe ser aplastado! —dijo.
Pero el bosque tenía una reina, y no iba a permitirlo.
Una noche, cuando los árboles ya habían comenzado a caer y las bestias del bosque huían de las llamas, el rey se encontró con ella. Se encontraba en un claro del bosque y ningún soldado se atrevía a avanzar.
Era un ser hermoso y terrible, con ojos del color de las hojas en otoño y un cabello que brillaba con el reflejo de la luna. No era humana, pero tenía la forma de una.
La reina tenía entre los brazos el cuerpo de una criatura del bosque que había muerto atravesada por una flecha de los soldados, y lloraba.
—Habéis cruzado un umbral que no debíais cruzar. Habéis matado a mis amigos y a mis súbditos. Aquellos a los que prometí proteger —le dijo nada más verlo. Su voz era un susurro y un trueno a la vez.
El rey no se inmutó.
—Este bosque no tiene otro rey que yo. No deberíais oponeros a la civilización si queréis vivir.
Ella respondió entre lágrimas:
—Este bosque tiene su propia ley, y es la mía.
Los dos se observaron como dos fuerzas opuestas a punto de colisionar.
—Marchad atrás mientras podáis —le advirtió el hada por última vez—. No todo lo que puede ser poseído debe ser tomado.
Pero el rey era joven y testarudo.
—No temo a las sombras del bosque ni a persona alguna en esta tierra.
—Pues deberías temer a lo que las sombras protegen, porque el que a hierro mata, a hierro muere.
Y él debería haberla escuchado, porque ella no era una persona.
El rey no escuchó y ordenó a su ejército avanzar.
Así que el hada lo maldijo con la Maldición del Frío Eterno.
—Si no podéis respetar lo que vive y crece, entonces nunca más sentiréis su calor.
El frío entró en ellos como un cuchillo.
Uno a uno, los hombres y soldados que lo acompañaban se fueron convirtiendo en figuras de hielo. Algunos de ellos, al ver lo que ocurría, intentaron huir, pero era demasiado tarde.
En cuanto al rey, sus huesos se helaron. Su piel se volvió blanca como la escarcha. Su cabello, antaño oscuro, se volvió tan pálido como la luz de la luna en un campo nevado.
Se convirtió en invierno.
Y, con su transformación, su reino cambió con él.
Los ríos se congelaron.
Las cosechas murieron.
Las aves dejaron de cantar y las flores dejaron de crecer.
Uno a uno, sus súbditos huyeron del frío.
Los campesinos abandonaron los campos. Los caballeros que no se habían transformado en estatuas de hielo en el bosque dejaron sus espadas clavadas en el suelo y huyeron hacia tierras más cálidas.