El tesoro del lago #4
El yelmo seguía en su lugar, con las marcas de una antigua batalla incrustadas en su superficie. Como si la muerte lo hubiera alcanzado de pie, con la espada en la mano.
Pero lo más inquietante no era el oro ni la armadura.
Era lo que colgaba de su cuello.
Un relicario de plata, cerrado herméticamente.
Y dentro… un mechón de cabello dorado.
—Algunas cosas no se oxidan. Algunas promesas no mueren —dijo Vrenic.
—¿Es un mechón del cabello de una mujer? —preguntó Peter.
—Es de algo más antiguo que una mujer —respondió Rufus, pensativo, mientras el zíngaro asentía.
Peter tragó saliva. —Bueno… esto no me lo esperaba.
El zíngaro no sonrió. No parecía sorprendido… parecía satisfecho.
Murmuró algo en su lengua, una palabra que se deslizó por el aire como un eco antiguo. Rufus lo entendió y lo sintió.
—El agua puede guardar secretos por siglos… pero no para siempre. Siempre hay alguien que espera que regresen.
Peter apartó la vista del esqueleto y se fijó en la bolsa de cuero que aún colgaba de su cinto.
Con manos temblorosas, la desató y la abrió.
Monedas.
Oro puro.
El reflejo del sol las hacía parecer más pesadas. Más viejas.
Peter silbó. —Esto… esto es una fortuna. ¿Qué vamos a hacer con ellas?
—Qué voy a hacer con ellas, chico…
Rufus no los escuchaba.
Porque aún estaba mirando el relicario.
No era solo un objeto. Era una historia atrapada en el tiempo.
Vrenic, con su calma inquebrantable, se inclinó ligeramente sobre la barca. Con la misma delicadeza con la que un sacerdote tocaría una reliquia sagrada, tomó el relicario entre sus dedos.
El mechón de cabello aún era perfecto. Intacto.
Como si el agua nunca lo hubiera tocado.
—El agua lo guardó. El agua lo protegió.
El zíngaro lo miró durante un largo rato. No habló.
Y entonces, en voz baja, murmuró:
—Siempre hay alguien que espera que regresen.
Nadie habló en el camino de regreso.
El lago no se movió.
Ni el viento.
Ni las sombras.
Parecía que el mundo había quedado suspendido en el momento en que el guerrero emergió del agua.
Cuando la barca tocó la orilla, el silencio se rompió.
Peter salió primero, alejándose unos pasos, como si necesitara recuperar el aliento.
Vrenic desembarcó con calma. Pero sus ojos no estaban en la barca.
Estaban en Rufus.
Como si el chico hubiera hecho más que solo señalar un lugar en el agua.
Como si el lago hubiera hablado a través de él.
Pero Rufus tuvo la extraña sensación de que, en el fondo del agua, alguien seguía esperando.
—Os daré dos monedas de oro a cada uno si guardáis la boca cerrada —dijo Vrenic.
—Prefiero el relicario —dijo Rufus.
El zíngaro soltó una carcajada seca, sin rastro de sorpresa en su voz.
—Por supuesto. El relicario vale más que todo vuestro pueblo y todo el reino.
Peter frunció el ceño, pero su mirada no se apartaba de las monedas de oro en la mano del zíngaro.
—Os daré tres monedas a cada uno —continuó Vrenic, mirándolos a los dos— y no hablaréis jamás de esto a nadie. ¿Lo prometéis?
Peter no dudó ni un segundo. —Estamos de acuerdo. Habló por los dos.
Y Rufus… Rufus no lo contradijo.
Vrenic les pasó las monedas, que brillaban con un fulgor antiguo, como si hubieran estado esperando siglos para volver a la luz.
Rufus sintió su peso en la palma de la mano. Eran reales. Pero mientras Peter las examinaba con avidez, él solo podía pensar en el relicario.
En el cabello que no había envejecido.
En el lago que los había dejado tomarlo.
En la extraña certeza de que alguien —o algo— seguía esperando.
El trato estaba hecho. Pero no todas las historias terminan cuando alguien dice que deben terminar.
El camino de vuelta al pueblo fue silencioso.
Peter estaba demasiado ocupado pesando las monedas en su mano, como si quisiera grabar su peso en la memoria.
Pero Rufus no miraba el oro. Pensaba en el lago. El agua no se movía. No había olas ni reflejos distorsionados. Apretó las monedas en su puño.
Aquella noche, Rufus cenó en silencio.
Sus padres hablaron de cosas triviales. Su abuelo, de visita, fumó su pipa en la silla junto al fuego. Nadie notó que él casi no tocó su plato.
Cuando terminó, subió a su habitación, cerró la puerta tras de sí y se dejó caer sobre la cama.
Pero no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el relicario. Veía la armadura sumergida en la oscuridad. Veía el lago llamándolo.
Se giró en la cama, sintiendo el peso de las preguntas en su pecho. Preguntas que no podían responderse con tres monedas de oro.
¿Por qué el zíngaro buscaba específicamente en el lago? ¿Quién era el guerrero? ¿Cómo murió? ¿A quién pertenecía el relicario? ¿Por qué había sentido Rufus la necesidad de buscar en ese punto exacto del lago? ¿El lago realmente lo había llamado… o alguien más lo hizo?
El viento sopló contra la ventana.
El sonido era casi un susurro.
Rufus abrió los ojos.
Por un instante, creyó oír algo en la lejanía.
Un susurro en el viento.
O tal vez… en el agua.
Aquella noche soñó con el lago y el guerrero que habían encontrado en el fondo y, por primera vez, se preguntó si el lago también lo estaba soñando a él.