El tesoro del lago #3
—Sí, claro, suena como magia de feria.
—Lo es.
Después pasaron unos minutos callados. Peter golpeó el borde de la barca con la mano, aburrido.
—Si este lago tiene tanta historia, ¿qué se supone que hay aquí? ¿Tesoros? ¿Espadas? ¿Barcos hundidos?
Vrenic se encogió de hombros, con la mirada aún fija en el agua.
—Quizás. O quizás algo más viejo.
Peter levantó una ceja.
—¿Más viejo que una espada? ¿Más viejo que un barco hundido?
El hombre exhaló, como si lo que fuera a decir fuera un secreto que no se debía contar.
—Más viejo que el nombre del pueblo.
Peter soltó una risa seca.
—Por favor, otra vez con el nombre del pueblo.
Vrenic no respondió al instante. Solo sonrió.
Peter miró de reojo a Rufus.
—Vale, supongamos que hay algo aquí. ¿Por qué dices que Rufus lo puede ver y yo no?
—Algunas personas escuchan mejor que otras. Algunas ven cosas que otros pasan por alto.
—Eso no explica nada. Solo suena a misterio.
El zíngaro se volvió hacia Rufus, estudiándolo con una mirada que lo atravesó.
—¿Sientes algo?
Rufus no supo qué responder. No era un sonido ni un pensamiento. Era… una sensación. Como si el lago lo recordara.
Peter bufó.
—Eso de que Rufus ve y yo no es una forma muy elegante de decir que os estáis inventando cosas para molestarme.
Vrenic negó con la cabeza.
—No. Es una forma de decir que tú, como la mayoría de la gente, eres incapaz de comprenderlas.
El zíngaro estaba cada vez más enfadado.
—¡Varath ai dosh, kethra vola! —gritó para sí mismo, con el ceño fruncido mientras tiraba del cable sin éxito.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Peter al oído de Rufus.
—Maldito sea el día, que el hierro se esconda —respondió su amigo.
—¿Ahora hablas zíngaro?
—Se parece a una lengua que oí cuando era niño.
—¡Drekh sa volen! ¡Fashka thol ek venar! —gritó entre dientes Vrenic, apretando las cuerdas de los imanes.
Peter estaba inquieto porque no le gustaba estar en medio del lago con un extraño como aquel.
—Ha dicho: “Que se quiebre la tierra. Maldigo el agua que no suelta sus muertos” —aclaró Rufus.
—Creo que nos vamos a ir sin nada. Que los dioses duerman y el agua se abra, porque no hay paciencia en un mundo sin justicia —dijo Vrenic, visiblemente enfadado—. ¿Tú ves algo, muchacho? —preguntó, refiriéndose a Rufus.
Rufus, sin embargo, no podía explicarlo. No había ninguna razón lógica para creer que en ese punto del lago encontrarían algo. Pero lo sabía.
Lo sentía en la presión en su pecho, en la forma en que los vellos de su nuca se erizaban, en la quietud que se extendía a su alrededor como si el mundo entero contuviera la respiración.
Giró la cabeza, observando la negrura del lago.
—Muévelo más hacia allí.
Vrenic alzó una ceja. No cuestionó su tono. Solo dejó que la pregunta flotara en el aire.
—¿Por qué?
Rufus tragó saliva.
—No lo sé.
Peter soltó un suspiro exagerado, cruzándose de brazos.
—¿De verdad vamos a hacer caso a su instinto?
Pero Vrenic no se rio ni bromeó ni discutió. Simplemente obedeció.
Con un movimiento fluido, tomó los cables y giró la barca lentamente. El agua rozó suavemente los costados de madera. Los cabos crujieron. El reflejo del sol tembló en la superficie del lago.
Cuando estuvieron en el punto señalado por Rufus, Vrenic dejó caer las placas metálicas otra vez.
—El agua puede guardar un secreto… pero solo si nadie hace las preguntas correctas —susurró Rufus para sí mismo.
Peter lo miró.
—¿Tú también empiezas a hablar así?
El metal se hundió con un susurro sordo. Como si el lago supiera que estaba a punto de entregar algo.
Y entonces, el cable se tensó.
Un pequeño tirón, difícil de notar.
Peter parpadeó.
—¿Eso ha sido…?
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, el cable se tensó otra vez.
No fue un tirón cualquiera. Fue algo firme, algo que se resistía.
Vrenic apretó los dientes y envolvió el cable alrededor de su muñeca. El agua no debía pesar tanto.
Pero pesaba.
El zíngaro tiró con más fuerza, los músculos de sus brazos marcándose bajo la tela de su camisa. El cable vibró, como si algo se aferrara al otro extremo.
—Algunas cosas no quieren ser encontradas. Pero a veces el destino no les da elección.
El lago parecía respirar.
La niebla dejó de moverse.
El aire se volvió más frío.
Peter tragó saliva. Su voz sonó más pequeña de lo que le habría gustado.
—Quizás… quizás sea solo un tronco.
Pero Rufus sabía que no era un tronco.
Vrenic también lo sabía.
El zíngaro no dijo nada. Solo tiró del cable otra vez.
El agua se agitó levemente. Un círculo de ondas se formó en la superficie, pero algo estaba mal.
Las ondas no se dispersaron como deberían.
No se diluyeron con la corriente.
Se quedaron ahí.
Como si algo en el fondo del lago aún las sujetara.
El cable tembló. Algo bajo el agua se movió.
Peter retrocedió.
—No me gusta esto.
Vrenic tampoco sonreía ya.
Apretó el cable con más fuerza y, con un esfuerzo seco, tiró de él con todo su peso.
El agua cedió.
El cable subió.
Y entonces empezaron a ver lo que el lago había estado escondiendo.
—El agua puede guardar secretos por siglos… pero no para siempre —dijo Vrenic.
Primero, un fragmento de metal oxidado, un reflejo dorado atrapado en la niebla. Luego, la forma completa emergió de la profundidad. Un cuerpo envuelto en su propia historia.
La barca se inclinó levemente.
Peter se agarró al costado.
—¿Por qué pesa tanto?
Vrenic no respondió. Solo siguió tirando.
Y, con un último esfuerzo, el esqueleto se alzó sobre el borde de la barca.
Las cuencas vacías del cráneo miraban hacia la nada. Pero no parecía vacío. No de la manera en que lo son los restos olvidados.
Era un antiguo guerrero muerto en el lago con su armadura. Los otros imanes habían recogido el casco, el escudo y la espada.
La armadura aún lo envolvía, ennegrecida por el tiempo y el agua, pero no rota, ni siquiera oxidada.