Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El tesoro del lago #2
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El tesoro del lago #2

El anciano frunció el ceño, pero no lo detuvo.

Rufus y Peter lo siguieron mientras el zíngaro caminaba con pasos tranquilos, como si el tiempo no tuviera la misma prisa para él que para el resto del mundo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Rufus.

El zíngaro no giró la cabeza.

—Vrenic.

No «Lazlo Vrenic». No «Vrenic el mercante». Solo Vrenic. Como si el nombre fuera una respuesta incompleta… o una advertencia.

Rufus no supo por qué, pero la forma en que lo dijo le recordó a alguien que se niega a contar toda la historia.

—¿Para qué buscas un lugar con agua?

Esta vez, el hombre sí se volvió. Su sonrisa no fue burlona ni amable. Fue estudiada.

—Busco un lugar con agua e historia, que no es lo mismo.

La brisa pasó entre ellos.

—Ves cosas que no deberías ver, chico —continuó el zíngaro, clavando sus ojos oscuros en Rufus—. No solo tienes sangre de agricultores en tus venas. Tienes algo más.

—¿Qué quieres decir?

Pero Vrenic ya no lo estaba mirando. Solo sonrió de lado, como si hubiera dicho demasiado, o tal vez no lo suficiente.

—Algunas personas ven con los ojos. Otras ven con algo más. Y tú eres una de ellas.

El zíngaro se alejó hacia su carro, silbando una melodía que Rufus estaba seguro de haber oído antes… aunque no recordaba dónde.

Peter lo miró con el ceño fruncido.

—Gracias por sacarme del lío en el que estaba, Rufus.

—De nada. Los amigos de verdad no preguntan si estás bien. Se presentan con el silencio justo, la mirada exacta y el tiempo necesario en el momento en el que más te hacen falta.

—Eso me ha gustado —dijo Peter—. Lo que no me gusta es este hombre.

Rufus se rio con suavidad.

—Normal. Te ha sacado diez draken en cinco minutos, y te habría sacado el doble si no llego a pararte.

Pero Peter no se rio. Su mirada seguía fija en Vrenic.

—No es eso…

Peter tenía razón. Rufus también lo sentía. Algo en Vrenic no encajaba.

No era solo su forma de moverse. No era su manera de hablar.

Era algo más profundo, más viejo.

Rufus se cruzó de brazos.

—Me recuerda a alguien… pero no sé a quién.

Peter apartó la vista.

—No parece del todo humano…

Rufus chasqueó la lengua, intentando sonar despreocupado.

—Supongo que bromeas.

Pero su voz no sonó tan segura como le habría gustado.

A lo lejos, Vrenic subió a su carro y, justo antes de tomar las riendas, giró levemente la cabeza en su dirección.

Como si hubiera escuchado cada palabra.

Y entonces siguió silbando.

Rufus y Peter se subieron al carro.

—Es por allí, señor.

El carro avanzaba entre los caminos de tierra, con el crujido de las ruedas rompiendo el silencio del bosque. El aire era frío y denso, y las sombras de los árboles se alargaban con la luz menguante.

Vrenic no hablaba mucho, pero silbaba.

La misma melodía de antes. Una que Rufus sentía que conocía, aunque no recordaba de dónde.

—¿Qué es esa canción? —preguntó de pronto.

El hombre sonrió, sin apartar la vista del camino.

—No la conoces.

—Me resulta familiar.

—Eso no significa que la hayas escuchado antes.

Peter bufó, cruzándose de brazos.

—Eso no tiene sentido. Solo le resultaría familiar si la hubiera escuchado antes…

Vrenic giró levemente la cabeza, mirándolo con una media sonrisa.

—Las canciones viejas no necesitan ser escuchadas para ser recordadas.

Peter carraspeó.

—¿Por qué quería venir al lago, señor?

—Porque tiene historia.

—¿Historia de qué?

—De guerras. De espadas y hombres que lucharon. Al menos eso fue lo que dijo vuestro abuelo.

Peter levantó una ceja.

—Hay muchos lugares con historia en este pueblo. Hay ruinas en el valle, el viejo molino, hasta los campos de batalla al sur. ¿Por qué el lago?

Vrenic dejó de silbar.

—Porque el agua guarda secretos mejor que la tierra.

El carro siguió avanzando.

Rufus intercambió una mirada con Peter.

—¿Qué clase de secretos? —preguntó.

El zíngaro sonrió, pero esta vez su sonrisa no tuvo nada de amable.

—Los que esperan ser encontrados.

El viento sopló entre los árboles.

—¿Ha estado antes en Eldermere?

Vrenic inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera considerando la pregunta.

—Tal vez.

—¿Tal vez? ¿No recuerda si ha estado aquí o no?

El zíngaro chasqueó la lengua.

—Los lugares cambian. La gente cambia. ¿Cuándo un sitio deja de ser el mismo? ¿Cuando se olvidan sus historias? ¿Cuando mueren sus habitantes? ¿O cuando nadie recuerda su verdadero nombre?

Rufus sintió que algo se apretaba en su pecho.

—¿Antes Eldermere se llamaba de otra forma? —preguntó Rufus, interesado.

—Sí.

—¿Cómo se llamaba antes?

Vrenic sonrió.

—Eso deberías averiguarlo tú.

Peter resopló.

—¿Siempre habla usted en acertijos, señor?

El hombre rio suavemente.

—Solo cuando las respuestas son demasiado grandes para decirse en voz alta… Hace siglos, vuestro pueblo se llamaba Eluneth —contestó finalmente.

—¿Qué significa? —preguntó Peter.

Eluneth. Rufus conocía aquel nombre por algún motivo. Quizá lo había leído en un libro o escuchado en las historias de su madre o de su abuelo.

—Eluneth significa el Bosque Luminoso —dijo, dejando a Peter con la boca abierta mientras el zíngaro no se inmutaba.

Era un nombre derivado de «Elu-», de «Elune» o «Elanor», palabras asociadas con la luz o lo celestial en mitologías, y de «-neth», similar a palabras que evocan algo sagrado o perdido.

—Puede significar «lugar donde la luz de las hadas tocaba la tierra», sugiriendo que alguna vez fue un punto de contacto entre ambos mundos —añadió Vrenic, guiñándole un ojo a Rufus—. Antes de ser Eldermere, era Eluneth. Un nombre que los hombres olvidaron… y que las hadas dejaron atrás.

—¿Hadas? —dijo Peter—. ¿Ese es otro cuento de zíngaros para impresionar a los habitantes de los pueblos que visitáis?

El carro giró una última curva, y entonces lo vieron.

El lago.

Oscuro. Quieto. Como si esperara.

El viento sopló otra vez, helado y húmedo.

El zíngaro tomó las riendas y detuvo los caballos.

—Hemos llegado.

El lago de Eldermere no era un lago cualquiera. Era viejo. Viejo de una forma en la que las cosas antiguas lo son, no solo en años, sino en recuerdos.

Aquella mañana estaba cubierto por una niebla densa que flotaba sobre su superficie como un aliento contenido. Parecía estar esperando.

El carro se detuvo en la orilla. El sonido de los caballos y el crujido de las ruedas sobre la tierra húmeda rompieron el silencio espeso que envolvía el lugar.

Vrenic bajó con calma y caminó hasta el borde del agua. Sus botas se hundieron levemente en el barro. El lago era oscuro, pero sus aguas reflejaban el cielo como un espejo roto.

Peter saltó del carro.

—No me gusta esto —susurró—. Este tío es muy raro.

Rufus no respondió. Porque él tampoco estaba seguro de si le gustaba o no.

Pero Vrenic se giró.

—¿Hay una barca? —preguntó.

Rufus asintió.

—Sí. En el embarcadero.

El zíngaro se volvió hacia ellos con una sonrisa.

—Bien. Vamos. El agua no olvida. Solo espera a que alguien la escuche.

La barca era vieja, con la madera oscura y agrietada por los inviernos, pero aún flotaba con firmeza cuando la empujaron al agua.

Vrenic subió primero, acomodando unas placas metálicas que había sacado del carro con cuidado. Peter y Rufus se miraron antes de seguirlo.

El zíngaro desenrolló los cables lentamente. Las placas eran grandes, pesadas, más de lo que esperaban.

—¿Qué son? —preguntó Peter, inclinándose para verlas mejor.

El hombre pasó los dedos por el metal como si estuviera tocando algo vivo.

—Son imanes.

—¿Para qué?

El zíngaro le dedicó una sonrisa perezosa.

—Para atraer metal, por supuesto.

Peter frunció el ceño.

—¿Qué esperas encontrar aquí?

—Lo que el lago quiera mostrarme. Ya te dije que el agua guarda secretos mejor que la tierra.

Ya en medio del lago, Vrenic lanzó la primera placa al agua. El cable se desenrolló con un sonido seco, hasta que la placa desapareció en la negrura del lago.

No hubo salpicaduras ni sonido de impacto. Solo el agua tragándola.

El zíngaro repitió el proceso con las otras placas. Luego esperó, moviéndolas y desplazando la barca, aunque el peso de las placas hacía que la tarea resultara difícil.

Peter y Rufus lo imitaron, en silencio.

El viento sopló, arrastrando la niebla en pequeñas espirales.

El agua no se movió.

El lago estaba en calma. Demasiado en calma.

Rufus observó la superficie negra, sintiendo que había algo bajo ellos. Algo viejo, algo que el lago había guardado por demasiado tiempo.

Vrenic sostenía los cables entre sus manos, como si estuviera pescando algo más que metal. Como si estuviera esperando que el agua respondiera.

Pero, durante largos minutos, no ocurrió nada. El tiempo fue pasando y los minutos se hicieron horas.

—¿Estaremos mucho tiempo? —preguntó Peter.

—El lago no tiene prisa. El tiempo no significa nada para quien ha esperado siglos —contestó el zíngaro.

Peter se removió incómodo.

—Tal vez aquí no hay nada.

Vrenic no se movió.

—No hay un lugar en el mundo donde no haya nada. Solo hay lugares donde quedan vestigios del pasado y otros donde no. Y este es uno en el que el pasado tiene peso. Tú no lo puedes ver, pero tu amigo sí.

Peter giró y se dirigió a Rufus.

—¿Tú sí ves algo?

—Es un lugar antiguo, Peter —dijo su amigo, presionado—. Creo que tiene razón.

—Eso es lo más tonto que he escuchado —dijo Peter.

Vrenic sonrió, pero no dejó de observar el agua.

—Algunas cosas no se encuentran con los ojos. Se encuentran cuando estás listo para verlas. Y tú estás a años luz de tener una mente abierta para eso.

Pero la mañana pasó y no encontraron nada, mientras el zíngaro maldecía, o al menos eso parecía, porque Peter no entendía el idioma en el que lo hacía.

Peter frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—Si todo esto es tan importante, ¿por qué no lo buscas con algo más útil? ¿Por qué imanes y no un gancho?

Vrenic giró la cabeza lentamente, como si la pregunta le pareciera entretenida.

—Porque un gancho busca con fuerza; un imán, con paciencia. Un imán atrae lo que debe encontrar. Un gancho solo arrastra volúmenes del fondo. ¿Qué clase de pregunta es esa?

Peter rio.