El tesoro del lago
La primera señal de que los zíngaros habían llegado no fue el sonido de los carros chirriando en el camino ni la visión de sus carpas de colores brillantes entre la niebla de la mañana. Fue el olor.
El pueblo de Eldermere siempre olía a lo mismo: a pan recién horneado, a leña quemada, al inconfundible hedor de los establos. Pero ese día el aire traía algo más. Un aroma especiado, a madera vieja y extrañas flores secas, a fuego y a distancia. Como si los vientos que traían a los zíngaros hubieran pasado primero por lugares que nadie en Eldermere había pisado jamás.
Rufus caminaba junto a su abuelo, con las manos en los bolsillos y la bufanda apretada alrededor del cuello. Era un día frío, pero el pueblo hervía de actividad. Carromatos adornados con intrincadas pinturas estaban estacionados en la plaza, y los niños corrían entre los puestos de los forasteros, tocando telas extrañas y oliendo frascos de cristal con líquidos de colores inquietantes.
Su abuelo, Althar, era un viejo músico de renombre, conocido en las cortes de reyes y nobles.
Su talento con la flauta y otros instrumentos era legendario, capaz de hacer llorar a los guerreros más duros con su música. Rufus heredó su oído y su don.
Era alto, delgado y con manos largas de músico. Tenía el cabello blanco, que alguna vez fue rubio, siempre bien peinado, y ojos grises, con una mirada afilada y nostálgica.
Althar observó el brillo dorado en el cabello de Rufus y suspiró con nostalgia, recordando que el suyo había tenido exactamente el mismo tono antes de que el tiempo lo tornara blanco.
Cuando su única hija se casó con un campesino, Althar sintió una gran decepción. Su hija había sido una rebelde y no había querido continuar la tradición familiar de tocar música y sanar a los enfermos con hierbas.
—Esas enseñanzas no son propias de la Iglesia —le había dicho ella.
—Los zíngaros traen suerte y problemas —dijo su abuelo, con su tono habitual de sabiduría entrecerrada—. Y nunca se sabe cuál de los dos llegará primero.
Rufus asintió, aunque no estaba seguro de si debía tomárselo en serio o no. Su abuelo decía muchas cosas en ese tono.
—¿Crees en la suerte, abuelo? Mi padre dice que no existe, que el destino es algo que se labra uno mismo.
—Por supuesto que creo en ella, Rufus. Lo que pocos entienden es que la suerte y los problemas son como dos caras de la misma moneda. Los zíngaros la lanzan al aire, pero tú decides cómo caerá en tu mano. Y si no decides tú, alguien más lo hará por ti… y rara vez será a tu favor. La suerte se busca, a eso se refiere tu padre, pero a veces no se busca y aparece en tu puerta. He vivido muchos años y sé lo que digo.
Luego, tras una pausa para asegurarse de que su nieto escuchaba con atención, añadió con una media sonrisa:
—Si la suerte llega primero, no te confíes; la fortuna tiene la costumbre de cobrar sus favores. Y si son los problemas los que llaman a tu puerta… bueno, más vale que ya tengas una solución lista antes de que terminen de entrar. En cualquier caso, siempre ten en cuenta que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista.
El chico se quedó mirando un grupo de zíngaros que tocaban música con una guitarra, un laúd, una flauta y una pandereta. La gente del pueblo se reunía alrededor de ellos y aplaudía.
—Rufus, creo que ha llegado el momento de que deseches esa flauta barata que te compró tu madre y utilices la mía. Yo ya no la toco.
—Pero, abuelo. Sé que le tienes cariño a ese instrumento. Me contaste que los reyes más importantes de tu tiempo la habían escuchado.
—Por eso te la doy, Rufus. Porque un gran instrumento merece a un gran músico que lo toque, y yo ya no soy lo que era.
El niño no supo qué decir. Miró el instrumento que tantas veces había visto en la boca de su abuelo. Estaba hecho de madera de ébano oscura, con incrustaciones de plata y nácar en los extremos.
Era más largo y delgado que una flauta común, con símbolos tallados a lo largo del cuerpo. Aquellos símbolos no eran meramente decorativos; algunos parecían inscripciones antiguas, casi como runas olvidadas.
—Fue fabricada por un maestro lutier en una época en la que la música aún tenía magia… —le había dicho un día su abuelo—, y suena diferente en cada par de manos, como si reconociera al músico y adaptara su voz a su alma.
Rufus se metió la flauta en el bolso y se lanzó a darle un gran abrazo a su abuelo.
—No necesitas consejos porque excedes en mucho mi técnica. Pero te daré uno. En el futuro, no toques para ser escuchado. Toca para hacer que el mundo escuche su propia voz en tu música.
Mientras avanzaban por la calle principal, vieron a un pequeño grupo de aldeanos reunidos en torno a algo. Había murmullos, risas nerviosas y un tintineo metálico, como el de las monedas cayendo sobre la madera.
Rufus se estiró para ver por encima de los hombros de la gente y entonces lo vio.
Peter.
Y, por supuesto, estaba perdiendo dinero.
Su amigo se inclinaba sobre una pequeña mesa improvisada, con los ojos fijos en tres pequeños vasos de madera que un hombre movía con destreza sobre la superficie. El trilero tenía dedos largos y rápidos, manos que parecían deslizarse en el aire como si fueran independientes de su cuerpo.
—Elige, muchacho —dijo el zíngaro con una sonrisa.
Peter se mordió el labio. Observó los vasos, intentó seguir los movimientos con los ojos. Eligió uno.
El zíngaro levantó el vaso.
Nada.
Las risas se alzaron entre los espectadores. Peter gruñó, sacó otra moneda de su bolsa y la dejó caer sobre la mesa.
—Otra vez.
El abuelo de Rufus suspiró y negó con la cabeza.
—Si crees que puedes ganarle a un zíngaro en su propio juego —dijo en voz alta—, es que eres muy atrevido o muy insensato.
Peter ni siquiera lo miró. Tenía el ceño fruncido con la determinación testaruda de alguien que ya ha perdido demasiado, pero que cree que la siguiente apuesta lo cambiará todo.
—Sé que puedo hacerlo —dijo, más para sí mismo que para los demás.
—Deberías dejarlo antes de que pierdas más —le dijo Rufus.
Su abuelo le habló al oído:
—Mira bien, Rufus. No es el trilero quien le roba el dinero a Peter. Es su propio orgullo el que le vacía los bolsillos. Y, si no aprende hoy, la vida se encargará de enseñárselo las veces que sea necesario…
El zíngaro sonrió y empezó de nuevo, moviendo los vasos en un patrón imposible de seguir.
Peter observó con atención, con los ojos entrecerrados y las manos sobre la mesa.
El zíngaro detuvo las manos y levantó la barbilla.
—Ahora.
Peter vaciló un instante y luego señaló un vaso con convicción.
El zíngaro lo levantó.
Nada.
Las risas volvieron. Peter apretó los dientes y sacó otra moneda.
Rufus, que había estado observando en silencio, frunció el ceño.
Había algo extraño en la forma en que el zíngaro movía las manos. Un instante demasiado rápido. Un giro demasiado suave. Un detalle casi imperceptible, pero ahí estaba.
Cuando Peter apostó por tercera vez, Rufus dio un paso adelante y, antes de que su amigo tocara el vaso, le agarró la muñeca.
—Elige el otro —susurró.
Su amigo parpadeó, desconcertado.
—¿Qué?
—Ese no. Escoge el otro.
Peter dudó. El zíngaro alzó una ceja, curioso.
Cambió de elección y levantó el vaso.
Ahí estaba la moneda.
La multitud soltó una exclamación.
El zíngaro pestañeó, sorprendido solo por una fracción de segundo, antes de recuperar su sonrisa.
—Has tenido suerte, muchacho.
Pero había algo en su mirada cuando miró a Rufus. Algo como… reconocimiento.
Peter, embriagado por su victoria, exigió otra ronda. El zíngaro movió los vasos de nuevo, con los mismos movimientos fluidos. Pero ahora Rufus veía los patrones.
Cuando su amigo estuvo a punto de elegir, Rufus volvió a susurrar:
—El otro.
Peter cambió de nuevo y volvió a ganar.
El zíngaro dejó escapar una risa breve y seca.
—Vaya, vaya… —dijo, mirando directamente a Rufus—. Tienes ojos rápidos, chico.
Entonces, sin más explicaciones, barrió los vasos de la mesa y comenzó a recoger sus cosas.
—¡Espera! —protestó Peter—. ¡Otra más!
El zíngaro ya estaba guardando sus pertenencias en un pequeño saco de cuero.
—La suerte se puede tentar, pero no se la debe desafiar —dijo con una media sonrisa—. Y este juego ha terminado.
El abuelo de Rufus se adelantó con los brazos cruzados y la mirada afilada como el filo de un hacha vieja, pero aún letal.
—Sabio consejo… La suerte se puede tentar, pero no se la debe desafiar. Claro que eso también se aplica a quien la reparte. No puedes sacarle diez draken a un niño y abandonar cuando comienza a remontar la partida.
Peter frunció el ceño, pero Rufus sabía que el zíngaro había visto algo en él. Algo que no debería haber notado.
—Eso es. No puedes sacarme diez draken y después dejar de jugar. ¡No es justo!
—Nadie te obligó a jugar. Ni yo te dije cuánto tiempo duraría la partida.
—¡Venga! Dale una oportunidad al chico —dijo un hombre que estaba mirando—. Es justo.
El zíngaro supo que tenía que cambiar de tema rápido para evitar que la multitud se le echase encima.
—Te daré una oportunidad para recuperar tu dinero. ¿Conoces aquí, en el pueblo, un lugar con historia? —preguntó de pronto el zíngaro, dirigiéndose al abuelo de Rufus.
El anciano entrecerró los ojos.
—¿Qué clase de historia?
—Batallas. Espadas. Hombres que lucharon y murieron. Un lugar con agua, un río profundo, un lago… un lugar en el que no se vea el fondo.
Hubo un momento de silencio.
—El lago —respondió el abuelo al fin—. Si buscas historia, la encontrarás allí.
El zíngaro sonrió de lado.
—Interesante.
Luego miró a Peter.
—Si quieres recuperar cinco draken, dime cómo llegar.
Peter no dudó ni un segundo.
—Yo te llevo.
Los espectadores empezaron a dispersarse.
—Le deberías haber dado una oportunidad al chico —dijo Moll, un vecino de Peter, sacudiendo la cabeza antes de irse.
El zíngaro no contestó. Solo se quedó observando a Rufus por un instante demasiado largo.
—Voy con ellos, abuelo —dijo Rufus, viendo cómo el zíngaro se dirigía a su carro.