Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El interior del castillo #4
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El interior del castillo #4

—¿Lo veis? —dijo Peter con una sonrisa confiada, sacudiéndose el polvo de la ropa—. Nos dejamos llevar por supersticiones tontas. No había fantasmas, ni maldiciones, ni nada. Solo piedra vieja y polvo.

Rufus, que caminaba un par de pasos detrás, levantó la vista hacia las ruinas y dejó que el silencio se asentara un momento antes de hablar.

—Se llama sugestión. —Su voz era tranquila, casi distraída, como si estuviera pensando en otra cosa mientras hablaba—. Es cuando tu mente se deja influenciar por ideas externas o internas y las toma como reales, aunque no existan.

Peter se giró.

—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo eres un erudito en el tema?

Rufus se encogió de hombros.

—Desde que Mira nos metió en la cabeza que este castillo tenía algo extraño.

Mira arqueó una ceja.

—¿Yo?

—Claro. —Rufus le dedicó una mirada de soslayo—. Desde el principio, nuestra conversación giró en torno a historias sobre gente que desaparecía aquí. Nuestra mente empezó a llenar los huecos.

Peter chasqueó la lengua.

—Así que, según tú, solo nos asustamos porque Mira nos sugestionó.

—Exacto. Y además… —Rufus hizo una pausa, dándole énfasis a la siguiente parte—. La sugestión se multiplica cuando estás en grupo. Se llama sesgo de confirmación. Cuando todos esperan ver fantasmas, cualquier sombra empieza a parecer uno. Nos convencimos entre todos.

El viento sopló entre las ruinas, levantando un leve remolino de hojas secas.

—¿Entonces no sentiste nada extraño? —preguntó Elyse, observándolo con interés.

Rufus no respondió de inmediato. Pasó la mirada de nuevo sobre las ruinas, sobre las piedras desgastadas, sobre los restos de una historia que nadie parecía recordar.

Finalmente, esbozó una leve sonrisa.

—Sentí como si ya hubiera estado antes en ese castillo. Como si fuera un déjà vu. Y la sensación de que alguien nos vigilaba, pero estoy seguro de que fue sugestión.

A pesar de las bromas y la risa, nadie podía negar que habían sentido algo allá arriba.

La sensación de algo observándolos.

El eco extraño en las salas vacías.

El peso del pasado atrapado en esas paredes.

Rufus apretó los labios. Algo en él no podía ignorar la extraña familiaridad del castillo. Como si su sombra le resultara conocida, como si una parte de él hubiera estado allí antes.

Galen, que iba unos pasos por delante, giró sobre sus talones y sonrió con su clásica expresión de desafío.

—Creo que deberíamos volver otro día.

Las risas murieron un poco.

—¿Para qué? —preguntó Elyse, arqueando una ceja.

—Para explorar más a fondo.

—¿No crees que ya tuvimos suficiente? —preguntó Colette, aún con los brazos cruzados.

—¿Por qué detenernos ahora? —respondió Galen con una sonrisa—. Siento que solo tocamos la superficie de lo que hay ahí.

—O perturbamos algo que no debíamos —susurró Mira, con una expresión incómoda.

—Las salas que descubrimos en los sótanos del castillo son una de las cosas más bonitas que he visto —dijo Rufus.

Colette asintió con la cabeza.

—Estoy de acuerdo. El resto del castillo daba un poco de grima, pero las grutas eran bonitas y mágicas. Deberíamos volver.

Ella sabía que Rufus volvería, y ella se sentía vinculada a él.

El grupo siguió caminando. Nadie respondió de inmediato.

Las risas y la ligereza de antes se diluyeron en el aire frío.

Pero, antes de salir del bosque…

Rufus se giró por última vez.

El castillo aún era visible entre los árboles, oscuro y silente sobre la colina.

Por un instante, juró ver una sombra en una de las ventanas rotas.

Un par de ojos observándolo desde lo alto.

Parpadeó.

La ventana estaba vacía.

Pero la sensación no desapareció.

Respiró hondo y se apresuró para alcanzar a sus amigos.

En su interior, sabía que volverían al castillo.

Porque el castillo no había terminado con ellos.

—¿Quién era la mujer del lago? —preguntó Colette a Rufus—. Tú lo sabes, ¿verdad?

—Es una antigua historia.

—Cuéntala —dijo Mira mientras los demás se volvían hacia él.

—La Reina del Bosque es un vestigio de un mundo perdido. Antes de que los reinos de los hombres existieran, el bosque era un reino por derecho propio, gobernado por seres antiguos que no eran del todo humanos ni del todo dioses. La reina era la última de su linaje, una hija de la naturaleza misma, nacida de la savia de los árboles y del aliento del viento.

En su juventud, su pueblo y su bosque estaban en armonía, hasta que los hombres empezaron a talar los primeros árboles, a olvidar los nombres de los ríos y a reemplazar la antigua música de la tierra por el sonido de los yelmos y las espadas. Ella recordaba cuando el mundo era joven. Cuando las estaciones fluían como un río en calma y no como un torbellino de cambio forzado por la mano del hombre.

Hubo una vez un príncipe humano que vagó demasiado lejos en el bosque y encontró algo que ningún hombre debía ver: el rostro de la Reina del Bosque reflejado en un lago inmóvil, bajo la luna llena. Se amaron en secreto durante meses, en un amor condenado desde el inicio.

—Es una historia muy romántica —dijo Elyse mientras Mira y Colette asentían.

—El príncipe prometió llevarla con él al mundo de los hombres, pero cuando el momento llegó, su corazón fue débil. Renunció a ella, eligió su reino, su corona, su linaje humano. Sabía que nunca la aceptarían. La traición de ese amor fue la semilla que convirtió a la Reina en lo que fue. Desde entonces, decidió que ningún hombre volvería a poseer el bosque, porque ningún hombre era digno de su confianza.

—También es triste —dijo Colette.

—Algunos dices que esa es la historia que cuentan los hombres, pero que la realidad es que el príncipe le prometió vivir con ella en su mundo, y los seres feéricos y los hombres la traicionaron matando a su amante. Después todo fue venganza y caos. A veces las historias que cuentan los hombres no son ciertas, sino una justificación por sus errores.

No era una criatura separada de la naturaleza. Ella era el bosque. Cuando los árboles eran talados, sentía su dolor como una herida en su piel. Cuando los ríos se envenenaban, su propia sangre se contaminaba. No tenía un nombre propio, al menos conocido, porque no necesitaba uno: el viento que susurraba entre las hojas era su voz, el murmullo de los arroyos era su risa, el temblor de la tierra cuando los árboles caían era su llanto.

Era la protectora del bosque. Las primeras pinturas que vimos mostraban cómo defendió el bosque una vez contra un rey, un rey que quedó maldito para siempre…

A lo lejos, las primeras luces del pueblo de Eldermere comenzaban a brillar en la distancia, como estrellas débiles en la penumbra.