Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El interior del castillo #3
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El interior del castillo #3

Galen cruzó los brazos, inclinando la cabeza.

—Un rey, una reina y su heredero.

—Un rey joven —murmuró Rufus—. Y no es un heredero, es una chica. ¿No ves su pelo?

Nadie lo contradijo. La imagen tenía algo de imponente y trágico a la vez.

Más adelante, el paisaje cambió.

El rey, con su corona, se encontraba al borde de un bosque oscuro.

Los árboles estaban representados con líneas gruesas y enredadas, sus copas tan juntas que no dejaban pasar la luz.

Y, dentro de ellos, figuras pequeñas y alargadas observaban desde la penumbra.

No tenían rostros, solo sombras de ojos brillantes que emergían de la maleza.

Peter frunció el ceño.

—No parecen humanos.

Elyse pasó la mano sobre la pintura, sin tocarla.

—No lo son.

Mira preguntó:

—¿Un bosque prohibido?

Nadie respondió, pero todos lo pensaron.

En la siguiente imagen, el bosque ardía.

Las llamas eran de un rojo intenso, contrastando con el verde oscuro de los árboles.

Figuras diminutas corrían en la pintura, algunas cayendo, otras alzando los brazos al cielo como si gritaran.

Y el rey estaba allí.

No con su heredera, sino con una tropa de hombres armados, marchando hacia el fuego.

Rufus habló.

—Él llevó la guerra hasta allí.

La siguiente escena era distinta a todas las demás.

En el centro, una figura femenina se alzaba entre los árboles.

Su cabello era largo y fluido, y su cuerpo estaba envuelto en un vestido hecho de ramas y hojas.

Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.

No estaban pintados con líneas oscuras como los demás. Eran dos puntos dorados, relucientes incluso tras siglos de olvido.

Peter tragó saliva.

—No parece una mujer normal.

Elyse ladeó la cabeza.

—No lo es.

El rey estaba de rodillas ante la figura femenina.

Su corona yacía en el suelo, partida en dos.

Alrededor de él, sus hombres eran estatuas de hielo, con los brazos alzados en desesperación.

Y en su rostro, en el gesto que los pintores de siglos atrás habían dejado grabado en la piedra…

Había miedo.

El miedo de un hombre que nunca pensó que podía perder.

El miedo de alguien que había cruzado un umbral del que no podía regresar.

Rufus explicó:

—Él pensó que podía vencerla.

Galen se pasó una mano por el rostro, exhalando lentamente.

—Y ella lo destruyó.

Las llamas de la antorcha bailaban en el reflejo del estanque, y el eco del agua llenaba la cueva con su leve murmullo.

Mira fue la primera en romper el mutismo.

—¿Quién era él?

Rufus apretó los labios.

—Alguien que fue olvidado. Hay una historia que habla de él. Pero no la contaría en este sitio por nada del mundo. Lo llamaban el Rey del Hielo.

Elyse observó la última pintura, en la que el rey se congelaba, y su voz salió en un susurro audible.

—Es alguien que la historia no quiso recordar… como el rey de este castillo.

Un soplo de viento entró por la grieta en la pared, revolviendo el aire estancado de la gruta.

El reflejo del agua se onduló.

Y, por un instante, pareció que los ojos dorados en la pintura todavía los estaban observando.

Rufus siguió andando por la gruta. Había más escenas que parecían contar una historia diferente.

Una que no hablaba de guerra, ni de reyes, ni de maldiciones.

Era más antigua.

Más silenciosa.

Sobre la piedra húmeda, bajo las otras imágenes de reinos olvidados y castigos helados, había otra historia, grabada con la misma mano que había pintado las demás.

Un hombre y una mujer de pie junto a un lago.

Las líneas de la pintura eran más delicadas, más suaves.

El hombre llevaba una túnica sencilla, nada de armaduras, nada de espadas. No era un rey ni un guerrero.

La mujer… no era completamente humana.

Sus rasgos eran más fluidos, su cabello parecía hecho de la brisa misma. No tenía corona, pero su presencia era majestuosa.

Colette fue la primera en hablar.

—Ella es diferente.

Elyse inclinó la cabeza. Su dedo recorrió las líneas sin tocarlas.

—No hay violencia aquí.

Peter cruzó los brazos.

—Entonces, ¿qué cuenta la pintura?

Rufus no respondió de inmediato.

Porque lo sabía.

Lo supo en cuanto sus ojos se posaron en la escena, en cuanto vio el reflejo de la mujer en las aguas del lago pintado.

Lo supo porque era la misma historia que el viento susurraba en las noches de Eldermere.

El hombre estaba de pie junto al lago.

Miraba su reflejo, pero su reflejo no era el único que veía.

A su lado, en la superficie del agua, aparecía una figura que no debería estar ahí.

La mujer con cabello de agua y ojos de luna.

La Dama del Lago.

Elyse entrecerró los ojos.

—La encontró en su reflejo.

—No la encontró —dijo Rufus en voz baja—. Ella lo encontró a él.

La siguiente pintura mostraba a la mujer emergiendo del agua, con el hombre tomándola de la mano.

No había miedo en sus gestos. Solo asombro.

Colette sonrió levemente.

—Se amaban.

Pero Elyse no parecía convencida.

—Eso no va a ser una historia con final feliz.

Peter lo confirmó.

—Porque ninguna lo es.

La siguiente escena no necesitaba palabras.

El hombre estaba de espaldas a la mujer.

Ella aún estaba en la orilla del lago, esperando.

Pero él se alejaba.

Mira tragó saliva.

—Prometió algo que no pudo cumplir.

Rufus sintió un escalofrío en la nuca.

—Prometió que la llevaría con él o que él se quedaría con ella.

Elyse suspiró.

—Pero no lo hizo.

La siguiente imagen era la más oscura.

La mujer ya no estaba junto al lago.

Estaba en el bosque.

Sola.

Y el bosque había cambiado.

Las raíces se alzaban como garras, los árboles estaban torcidos, las sombras eran más profundas.

El bosque se había vuelto hostil.

Se había convertido en un reino de espinas.

Ahora, la mujer ya no tenía la forma etérea de las primeras pinturas.

Ahora parecía más real.

Más tangible.

Sus ojos, que antes eran suaves como el reflejo del agua, ahora brillaban como brasas al anochecer.

Mira cruzó los brazos.

Rufus habló:

—Se convirtió en la Reina del Bosque.

Elyse asintió lentamente.

—No por elección.

Colette se abrazó a sí misma.

—Por dolor.

Nadie habló por un rato.

El agua del estanque reflejaba las llamas de la antorcha, distorsionándolas en destellos dorados y azules.

Galen exhaló profundamente.

—Así que… ¿ella también fue traicionada?

Rufus asintió.

—Y nunca lo olvidó.

Peter frunció el ceño.

—¿Creéis que a partir de entonces empezó a odiar a los humanos?

Elyse lo miró de reojo.

—Tal vez no odia a los humanos. Hay muchas mujeres que son traicionadas por los hombres a los que aman.

—¿Entonces qué?

Rufus miró las pinturas una última vez.

Las figuras estáticas, congeladas en la piedra, eran testigos de algo que había sucedido hacía siglos.

Su voz fue un susurro cuando respondió:

—Tal vez solo tiene miedo de volver a amar.

El viento sopló por la grieta en la pared, moviendo el aire de la gruta.

El reflejo del agua tembló.

Y, por un instante, pareció que en la superficie del estanque había dos figuras.

Una, de un hombre.

Y otra…

De algo que no era completamente humano.

Las sombras de los jóvenes se alargaban y encogían sobre la piedra húmeda, proyectadas en las paredes cubiertas de pinturas antiguas.

Mira fue la primera en hablar después de un largo silencio.

—Nunca había visto algo así.

Su tono era reverente, como si temiera que el más mínimo sonido pudiera romper la magia del lugar.

—Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí —confirmó Colette.

Galen se apoyó en una roca cercana, sin apartar la vista de las pinturas. Por primera vez, no tenía un comentario arrogante o una broma. Solo observaba.

Peter, que solía llenar cualquier silencio con una palabra o un chiste, permanecía en calma, absorbiendo la escena.

Elyse levantó la vista hacia la grieta por donde entraba la luz del sol. Sus ojos reflejaban el dorado del resplandor, como si la cueva misma le estuviera confiando un secreto.

—Este lugar no es solo una ruina —susurró—. Es un santuario.

Rufus sentía la verdad de sus palabras.

El aire era distinto allí, más limpio, más puro. Como si la gruta hubiera permanecido intacta mientras el mundo a su alrededor cambiaba.

El sonido del agua era un eco suave, constante, un latido en la oscuridad de la cueva.

Era como estar en el umbral de otro mundo.

Uno que todavía recordaba lo que los hombres habían olvidado.

Permanecieron allí hasta que vieron que el sol comenzaba a ponerse.

—Hay que volver atrás y cerrar de nuevo la entrada con piedras y escombros. Este lugar es demasiado bonito para que lo destruyan —dijo Rufus.

Después de volver a cerrar la entrada, regresaron por donde habían entrado.

Tras recorrer el camino hacia atrás, llegaron al sendero de regreso al pueblo.

El sol comenzaba a descender detrás de los árboles, tiñendo el cielo de un naranja apagado con toques de violeta, mientras las sombras del bosque se alargaban sobre el sendero de regreso. El aire era más frío que cuando subieron.

El grupo caminaba sin prisa, conversando en voz baja, como si el peso de las ruinas todavía los envolviera.

—Bueno, el castillo fue menos aterrador de lo que pensaba Mira —dijo Peter con las manos en los bolsillos—. Aunque estoy seguro de que Rufus estaba a punto de gritar cuando el viento hizo ese ruido raro en la torre.

—Yo estaba como pez en el agua en ese castillo —respondió Rufus, cruzándose de brazos—. Fueron Mira y Colette las que saltaron como conejos asustados. Y no fue un ruido, fue la sensación de que alguien las observaba.

—¡No es cierto! —dijo Mira, indignada—. Fue Colette la que casi se cae por las escaleras cuando pensó que algo se movía detrás de ella. Yo estaba tranquila.

Colette sonrió con arrogancia.

—Claro, claro. Lo que tú digas. Pero yo no grité como tú.

—La única que mantuvo la calma todo el tiempo fui yo —dijo Elyse.

—Solo porque estabas demasiado ocupada agarrando a Galen —se burló Mira.

El grupo estalló en risas mientras Elyse ponía los ojos en blanco y él sonreía con suficiencia.