El interior del castillo #2
Peter suspiró y puso las manos en los bolsillos.
—Algún día volveremos de noche. A ver si los fantasmas realmente aparecen.
Rufus no pudo evitar sonreír.
—Solo si quieres ser el primero en desaparecer. No me mandes a mí a darles la noticia a tus padres.
Peter le dio un empujón juguetón.
—Por supuesto. Me sacrificaré por la ciencia.
Comenzaron a recorrer el camino inverso. Rufus era el último.
—El sitio al que nos has traído es un poco peligroso y da un poco de miedo —dijo Elyse a Galen.
—Te compensaré… —respondió él.
—¿Cómo?
—¿Con una cena, un collar, quizá un beso?
—Qué más querrías tú que yo te dejase.
—Bueno, en ese caso, te dejaré elegir.
—Tortolitos… —La voz de Peter cortó el aire, pero esta vez no tenía el tono burlón de siempre. Había algo tenso en ella—. Rufus ha desaparecido.
Mira y Colette, que iban unos pasos adelante, se detuvieron en seco.
—¿Qué? —preguntó Elyse, girándose con el ceño fruncido.
—Iba el último y ya no está con nosotros.
Por un momento, nadie habló.
El silencio del castillo se extendió como una sombra, pesado y denso.
Galen fue el primero en reaccionar. A pesar de su aire confiado, su expresión cambió.
—Maldita sea —maldijo entre dientes mientras se daba la vuelta rápidamente.
No le gustaba admitirlo, pero la idea de que su hermano hubiera caído en algún hueco de las ruinas lo inquietaba.
Comenzaron a retroceder por el pasillo. Sus pisadas resonaban demasiado fuerte contra las piedras viejas.
—¡Rufus! —llamó Colette, con la voz un poco más aguda de lo normal.
Silencio.
Demasiado silencio.
Solo el viento murmurando entre las grietas, como si algo más respirara con ellos.
Mira tragó saliva.
—Tal vez nos está gastando una broma.
—Jamás lo haría. Conozco a mi hermano —dijo Galen sin mirarla. Su mandíbula estaba tensa mientras avanzaba más rápido.
Peter hizo una mueca.
—Tienes razón. Es demasiado torpe como para hacer algo así sin ser descubierto.
Elyse le lanzó una mirada de advertencia, pero todos sabían que Peter tenía razón. Si Rufus se hubiera escondido a propósito, habrían oído el ruido de sus botas al moverse entre los escombros.
Pero no había nada.
Ningún sonido.
Ningún rastro.
Como si nunca hubiera estado con ellos.
La sensación de peligro creció en el aire. El pasillo parecía más oscuro, más estrecho que antes.
—¡Rufus, si esto es una broma, juro que te dejaré aquí! —gritó Galen, con voz firme, pero con un filo de preocupación que nadie mencionó.
Ninguna respuesta.
Solo el viento.
Mira se detuvo de golpe.
—Esperad…
Los demás la miraron.
Mira levantó la mano, con el índice apuntando hacia una grieta en la pared.
—¿Oísteis eso?
Todos contuvieron la respiración.
Y entonces lo escucharon.
Un sonido lejano.
Un roce sutil.
Como si alguien moviera una piedra en la distancia.
Galen no esperó más. Se adelantó aún más rápido, con los músculos tensos, como si estuviera listo para lanzarse a cualquier peligro.
Los demás lo siguieron.
El aire se volvió más helado cuanto más avanzaban.
Y entonces lo encontraron.
Rufus estaba en una habitación olvidada dentro del castillo. El aire estaba cargado de polvo antiguo y humedad, como si el tiempo dentro de esas paredes se hubiera quedado atrapado, detenido en un suspiro largo e inacabado.
Rufus avanzaba despacio. Sus botas resonaban en el suelo de piedra. Algo no estaba bien.
El resto del grupo había continuado andando. Pero él sentía algo raro en ese lugar, algo que no podía explicar con palabras.
Entonces lo notó.
Un susurro.
No una voz, ni un eco reconocible. Era un murmullo de aire frío deslizándose por la sala, casi imperceptible, pero presente.
Se detuvo.
No debería haber brisa allí.
El castillo estaba cerrado, sus ventanas selladas por el tiempo y las tormentas. Pero, aun así, algo movía el aire, algo que venía de un lugar que no podía ver.
—¿Rufus? —La voz de su hermano lo sacó de su trance—. ¿Qué leches haces quedándote atrás sin decir nada? Nos tenías preocupados.
Se giró hacia él, pero, en lugar de responder, se agachó y apoyó la palma de la mano en la pared de piedra.
El aire fresco se filtraba desde algún punto cercano, como un aliento olvidado en la oscuridad.
—¿Sientes eso? —preguntó en voz baja.
Galen se inclinó junto a él.
Y entonces también lo sintió.
Un aire helado escapaba de entre las grietas de la piedra.
—Viene de aquí —murmuró Rufus, pasando la mano por la pared.
El frío se intensificaba en un punto concreto, justo donde la piedra tenía una ligera hendidura, como si el tiempo hubiera tratado de borrar un secreto.
Colette y Elyse se acercaron.
—¿Qué pasa? —preguntó Colette, mirando a ambos con curiosidad.
—Hay algo detrás de esta pared —dijo Rufus, con voz firme.
Peter, que había estado observando desde la distancia, suspiró y cruzó los brazos.
—Si esto es otro truco para asustarnos, no va a funcionar.
Pero entonces Rufus dio un pequeño golpe con los nudillos sobre la piedra.
El sonido que regresó no era el esperado.
No era sólido ni era el golpe sordo de una pared normal.
Era un eco hueco, profundo, resonante.
Galen levantó una ceja.
—Eso no debería sonar así.
Colette, que hasta ahora había estado observando en silencio, tomó una piedra suelta del suelo y golpeó la pared con más fuerza.
El mismo sonido vacío.
El grupo se quedó en silencio.
Por primera vez desde que habían entrado al castillo, todos sintieron lo mismo.
No estaban en un simple cuarto olvidado.
Estaban junto a algo que no debía ser encontrado.
Rufus tragó saliva.
Esa pared no era solo una pared.
Era una puerta sellada.
—Si hay algo detrás… hay que abrirlo —dijo Peter, con voz tranquila pero decidida—. Quizá aquí esté el tesoro que estamos buscando.
—O podríamos dejarlo como está —murmuró Mira.
—¿Ahora quieres echarte atrás? —Galen le sonrió con burla.
Ella le devolvió una mirada afilada.
—Solo digo que, si algo ha estado sellado durante siglos, tal vez haya una buena razón para ello.
Pero Elyse ya estaba retirando los escombros con las manos, dejando al descubierto la forma de un arco en la piedra.
—Ayúdame —le pidió a Rufus.
Él no dudó.
Juntos empezaron a despejar la base del muro, quitando rocas y polvo acumulado. Cada piedra removida hacía que el aire se volviera más frío, como si la oscuridad detrás de la pared estuviera exhalando por primera vez en siglos.
Peter y Galen se unieron, usando una vieja barra de hierro para aflojar los bordes de la estructura.
Con un crujido seco, una losa entera de piedra cedió.
Y, de golpe, el aire helado escapó con más fuerza.
Un soplo antiguo, olvidado.
El polvo se alzó en una nube grisácea, y, cuando se disipó, todos vieron lo que habían encontrado.
Un arco de piedra, visible bajo las marcas del tiempo, se abría a un pasadizo descendente envuelto en sombras.
Era como si el castillo hubiera estado esperando que alguien encontrara aquello.
Peter, con su típica sonrisa nerviosa, fue el primero en romper el silencio.
—Bien. Ahora que hemos abierto la puerta al inframundo, ¿qué sigue?
Mira se frotó los brazos, incómoda.
—Creo que ya hemos visto suficiente.
Colette asintió de inmediato.
—Estoy con ella. Esto… no tiene buena pinta.
Pero Galen, con una sonrisa que reflejaba más emoción que miedo, dio un paso adelante con su antorcha.
—Solo una mirada.
Elyse lo miró con una mezcla de diversión y advertencia.
—Eso es lo que siempre se dice antes de que todo salga mal.
Rufus no pudo apartar la mirada del túnel.
Allí, en la penumbra, algo esperaba.
Algo olvidado.
Algo que nunca había sido encontrado.
Elyse miró el pasadizo y luego a él.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
Él tardó en responder.
—Porque lo escuché llamarme.
Nadie bromeó ni se rio.
Galen ya había comenzado a descender, y nadie quería quedarse solo en la sala, así que todos lo siguieron.
El pasadizo descendía en una suave pendiente. La piedra bajo sus pies estaba fría y resbaladiza por la humedad acumulada. El aire se sentía distinto allí abajo, más denso, más antiguo, como si hubiera estado esperando siglos a que alguien lo perturbara.
Pronto, el estrecho pasadizo se abrió en una serie de habitaciones cavernosas y llenas de escombros, donde el tiempo había dejado su huella en forma de polvo y piedras caídas.
Pero más adelante, más allá de los restos de lo que alguna vez fueron cámaras, hallaron algo inesperado.
El túnel desembocaba en una gruta.
El aire cambió al entrar otra vez. El olor a piedra húmeda y musgo fresco llenaba el espacio, distinto del polvo viejo de las ruinas superiores.
En el centro, un estanque de aguas quietas reflejaba la luz de la antorcha como si dentro de él habitara un fragmento del cielo nocturno.
Y, sobre la pared más alejada, una grieta permitía la entrada de un rayo de sol. La luz natural bañaba la superficie del agua y proyectaba destellos iridiscentes en el techo de la cueva.
Peter fue el primero en romper el silencio, aunque su voz sonó más baja de lo normal, casi en un murmullo.
—Es… bonito. Es hermoso.
Elyse avanzó lentamente hasta el borde del estanque.
—Es como si no perteneciera a este castillo.
Colette se agachó junto al agua, pasando los dedos sobre la superficie. El reflejo de la antorcha tembló en ondas concéntricas.
—Es un santuario.
Pero Rufus no miraba el agua.
Miraba las paredes.
Las paredes de la gruta no estaban desnudas.
Cubriéndolas, visibles bajo la pátina de humedad y tiempo, había pinturas antiguas.
No eran frescos detallados como los de los templos, sino figuras estilizadas, grabadas con pigmentos que aún resistían el paso de los años. Los colores, aunque desvaídos, todavía mostraban sombras de ocre, azul profundo y verde oscuro.
Cada escena era una historia.
En un extremo de la pared, una figura con una corona de picos dorados se alzaba sobre un pueblo.
Y, al lado de él, una mujer. Las tierras a su alrededor eran fértiles, los ríos caudalosos y los campos estaban llenos de cosechas.
A su lado, una pequeña figura infantil los observaba.