Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El interior del castillo
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El interior del castillo

El aire dentro del castillo era más denso, más pesado. No hacía tanto frío como fuera, pero había algo en la atmósfera que se sentía extraño, como si el aire mismo estuviera cargado de recuerdos.

Las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo y grietas, y el suelo, en algunos lugares, se hundía bajo sus pies, como si el castillo entero pudiera derrumbarse en cualquier momento.

Peter pasó la mano por una de las paredes y observó el polvo en sus dedos.

—No creo que esto haya sido tocado en siglos.

—Ni siquiera los animales parecen habitar aquí —dijo Mira en voz baja.

—Eso es lo raro, ¿no? —añadió Colette, mirando alrededor—. En cualquier otro lugar abandonado veríamos ratas, insectos, pájaros… pero aquí, nada.

Nadie lo dijo en voz alta, pero todos asintieron.

El castillo no estaba vivo. Era un lugar olvidado. Un lugar muerto.

Elyse tropezó con una piedra y estuvo a punto de caer, pero Galen la agarró primero por la mano y después por la cintura. Ella se puso roja, pero no dijo nada.

—¡Bah! Terrible lo de tu hermano y Elyse. Si quieren hacer manitas, que se vayan a pasear al bosque. Menudo espectáculo están dando —dijo Peter.

Rufus miró a su hermano. Nunca lo había visto tan contento y tan centrado.

Siguieron avanzando hasta un gran salón medio derruido.

El techo se había desplomado en un lado, dejando entrar la luz pálida del día, que proyectaba sombras largas sobre el suelo cubierto de escombros y maleza.

El grupo se detuvo en el centro, observando los restos de lo que una vez debió de ser una sala majestuosa. Algunas columnas seguían en pie, aunque cuarteadas, y en las paredes aún se veían los restos de antiguos frescos, visibles bajo la suciedad y el moho.

Peter dio una palmada.

El sonido se multiplicó y rebotó en todas direcciones, más fuerte de lo normal.

—Eso fue raro.

Mira chasqueó los dedos.

El eco volvió con más intensidad de la que debería.

Colette se cruzó de brazos, incómoda.

—Parece que el castillo quiere repetirnos lo que decimos.

—O que alguien más nos está respondiendo —murmuró Mira con una sonrisa.

Rufus se removió inquieto.

No le gustaba cómo sus propias palabras parecían tardar demasiado en morir en el aire.

Junto a la pared opuesta al derrumbe, una escalera de piedra ascendía en espiral hacia una torre destartalada.

Los peldaños estaban gastados, algunos con grietas peligrosas, pero parecían lo suficientemente sólidos para sostener su peso.

—¿Arriba o seguimos aquí? —preguntó Colette.

—Arriba —dijo Galen sin dudar.

—Tienes una obsesión con las alturas, ¿eh? —dijo Elyse.

—Me gustan las buenas vistas, aunque reconozco que no se pueden mejorar si ya estoy contigo.

—Seguro…

El grupo empezó a subir la escalera, cuidando de no pisar donde las piedras parecían demasiado débiles. La torre olía a humedad, a historia atrapada entre las paredes.

Cuando alcanzaron el piso superior, encontraron lo que quedaba de una habitación derruida.

Colette se adelantó y se agachó junto a una pila de escombros.

—Aquí hay algo…

Con cuidado, retiró algunos trozos de piedra y sacó un objeto polvoriento.

Era un fragmento de vidrio de colores, parte de un vitral roto.

Cuando la luz lo atravesó, proyectó un tenue reflejo azul sobre la pared.

Rufus se acercó a examinarlo.

En el vidrio había un símbolo grabado.

Una figura circular, con líneas curvas dentro, como si representara un sol o una luna envuelta en espirales.

—Esto perteneció a una ventana del castillo —dijo Elyse, observándolo de cerca—. Tal vez una capilla o un salón importante.

Galen tomó el fragmento y lo sostuvo contra la luz.

—Parece… conocido.

—¿Conocido? —preguntó Mira.

—Creo que vi algo similar en el pueblo.

Rufus frunció el ceño. Había algo en ese símbolo que le resultaba vagamente familiar.

Mira y Colette, que se habían quedado más atrás, se miraron la una a la otra de repente.

—¿Sentís eso? —murmuró Mira.

Colette asintió lentamente.

—Sí.

Rufus se giró hacia ellas.

—¿Qué?

Mira tragó saliva y miró alrededor.

—No estamos solos.

El grupo se quedó en silencio.

Peter soltó una risa nerviosa.

—Muy graciosa.

—No estoy bromeando.

Colette se abrazó a sí misma.

—Es como… cuando alguien te está mirando. Pero no sabes desde dónde.

Rufus miró alrededor, pero no había nadie.

Solo piedra, polvo y ecos del pasado.

Intentando disipar el ambiente tenso, Rufus se aclaró la garganta.

—Esto me recuerda a algo.

—¿Qué? —preguntó Peter.

—Las historias del lago de Eldermere.

Galen se giró hacia él con curiosidad.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre se ha dicho que el lago fue más grande, que alguna vez cubrió más tierra. Pero hay algo más en las historias antiguas…

Colette se cruzó de brazos.

—Déjame adivinar. ¿Se parecen a las historias del castillo?

Rufus asintió.

—Las historias siempre se basan en algo real, deformado por la imaginación a lo largo de los siglos. Dicen que el lago estaba en un bosque y guardaba algo. Algo que no debía ser perturbado.

Mira arrugó la frente.

—¿Como una maldición?

—Algo así. Pero nunca he escuchado bien la historia completa.

Galen se frotó el mentón, pensativo.

—Tal vez el castillo y el lago están conectados.

Elyse entrecerró los ojos.

—¿Qué te hace pensar eso?

—El lago siempre ha sido parte de Eldermere. ¿Y si el castillo también lo era?

Peter chasqueó la lengua.

—Bueno, si es así, seguro que Rufus lo sabe.

Rufus se encogió de hombros.

—El lago era mucho más grande antes. Y el castillo era de un rey que dominaba nuestro pueblo y mucho más.

Colette miró el fragmento de vitral en manos de Galen.

—Creo que ya encontramos una pista.

Rufus no dijo nada. El símbolo circular con espirales le recordaba al de alguna de las historias que había escuchado de su madre. Y algo dentro de él le decía que, si el castillo realmente estaba conectado con el lago, entonces estaban a punto de descubrir algo mucho más grande de lo que habían imaginado.

La torre en ruinas daba paso a un pasillo oscuro dentro del castillo.

Galen iba al frente, iluminando el camino con una antorcha improvisada hecha de un viejo pedazo de madera que habían encontrado en el gran salón. Las llamas titilaban con nerviosismo, proyectando sombras deformadas en los muros agrietados.

—Esto es lo más cerca que estaré de una auténtica exploración de ruinas —comentó Peter, con una sonrisa forzada, mirando alrededor.

—Sí, qué emocionante —dijo Colette—. Caminar en un castillo en ruinas, completamente a oscuras, con un suelo que podría desplomarse en cualquier momento. Se supone que esto es lo que nuestros padres nos han dicho siempre que no hagamos.

—Eso es lo que lo hace divertido —respondió Galen, dándole un empujón ligero en el hombro.

Mira, que caminaba junto a Rufus, se estremeció y se cruzó de brazos.

—¿Soy la única que siente que el aire aquí es diferente?

Elyse se giró hacia ella con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

Mira miró alrededor. Su expresión estaba más seria de lo normal.

—Es como si el castillo estuviera… escuchando.

Rufus no pudo evitar sentir un escalofrío al oír eso.

Peter soltó una carcajada.

—Los castillos no escuchan.

Pero, antes de que pudiera responder, Colette soltó un jadeo.

—Mirad eso.

Se detuvieron en un pasillo donde una gran losa de piedra estaba caída en el suelo, parcialmente cubierta por escombros y polvo. La luz temblorosa de la antorcha reveló algo tallado en su superficie.

Un nombre.

CAELUM.

Por un momento, nadie dijo nada.

El polvo en la piedra parecía haber estado allí durante siglos, pero las letras, aunque desgastadas, eran claras.

Elyse se inclinó, pasando la mano por la inscripción.

—Caelum.

Galen frunció el ceño.

—Ese nombre…

Rufus tragó saliva.

—Lo hemos escuchado antes. Es un nombre típico de rey. Conozco una historia en la que el rey se llamaba así. Bueno, más que una historia, es un cuento para niños. El rey del hielo.

Peter miró alrededor, inquieto.

—¿Dónde la encontraste?

—En los libros antiguos —murmuró Rufus—. En las historias que nadie recuerda bien.

Mira abrió la boca.

—¿Y si este fue su castillo?

—La historia que conozco es bonita. Pero dudo mucho que sea real —dijo Rufus—. Aunque puede que haya algo de historia en ella.

—¿El castillo de un rey olvidado? —Peter levantó una ceja—. Eso explicaría por qué nadie habla de él. Y eso también explicaría que haya algún tesoro escondido.

Elyse se levantó lentamente, sin apartar la vista del nombre.

—Quizás nadie habla de este rey porque nadie quiso recordarlo.

Siguiendo el pasillo, llegaron a lo que debió de ser una sala de reuniones o un pequeño salón del castillo.

Y allí, colgando de una pared medio derruida, vieron el viejo estandarte.

Los colores estaban casi desvanecidos. Pero los bordados aún eran visibles.

En el centro había un sol pálido rodeado de líneas curvas, similar al símbolo del vitral roto que habían encontrado antes.

—Es el mismo símbolo —susurró Rufus.

Galen se acercó y tocó la tela con cuidado.

—Esto ha sobrevivido al tiempo durante cientos de años…

Peter, con los brazos cruzados, miró la escena.

—Lo que no entiendo es por qué está tan bien conservado.

Colette miró la tela y luego a su alrededor.

—Tal vez alguien lo ha estado cuidando.

Sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera al grupo.

Porque el castillo estaba abandonado.

¿Quién podría haberlo cuidado durante siglos?

Mira miró hacia el pasillo que habían dejado atrás y murmuró:

—Nos están observando otra vez.

Rufus se giró de inmediato, pero no vio nada.

Solo las sombras en las esquinas, oscuras y profundas como pozos sin fondo.

—Ya hemos visto suficiente —dijo Elyse, la primera en romper el silencio.

—¿Eso significa que tenemos permiso de la princesa para irnos? —bromeó Galen.

—Significa que, si seguimos aquí cuando oscurezca, vas a lamentarlo.

Colette asintió.

—Estoy de acuerdo.

Rufus miró alrededor una última vez. No podía sacudirse la sensación de que el castillo tenía algo más que mostrarles.

Pero cuando Elyse tenía razón, tenía razón. No debían quedarse más tiempo.