Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) El Castillo en Ruinas
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El Castillo en Ruinas

El aula estaba llena de murmullos impacientes y del sonido de las gotas de lluvia repiqueteando contra los cristales. El cielo, encapotado y gris, proyectaba una luz pálida en la habitación, iluminando las filas de pupitres de madera oscura. Rufus tamborileaba los dedos sobre su mesa, lanzando una mirada aburrida a Peter, que bostezaba exageradamente con la cabeza apoyada en los brazos.

—Si esto sigue así, me dormiré aquí mismo —murmuró Colette, entrecerrando los ojos—. ¿Cuánto más va a tardar el profesor?

—Tal vez se ha olvidado de venir —dijo Mira, jugando con un mechón de su cabello castaño—. O se ha fugado. El último día parecía bastante cansado y no aguantaba ni una broma.

—Si se ha fugado, mis respetos. Nosotros deberíamos hacer lo mismo —intervino Peter, riendo.

Antes de que Rufus pudiera responder, la puerta se abrió de golpe y un alumno de cursos superiores apareció, con el cabello despeinado y la respiración agitada, como si hubiera corrido por los pasillos.

—¡No hay clases! —anunció, y el aula estalló en murmullos.

—¿Qué? —preguntó alguien desde el fondo.

—El profesor está enfermo. Su esposa también, así que nuestra clase tampoco.

Hubo un segundo de absoluto silencio. Luego, como una ola rompiendo contra la orilla, la noticia desencadenó una oleada de risas, conversaciones y sillas arrastrándose mientras los estudiantes se ponían de pie.

—¡Estamos libres! —exclamó Peter, golpeando la mesa con entusiasmo.

Rufus intercambió una mirada con Mira y Colette. Era raro tener un día libre así, sin previo aviso.

Y más raro aún era que tanto su profesor como su esposa estuvieran enfermos al mismo tiempo.

Como si el destino les hubiera concedido un respiro inesperado.

Cuando salieron del aula, se toparon con Galen y Elyse, que venían de la otra clase con expresiones similares de sorpresa.

—¿Vosotros también sin clase? —preguntó Galen, con la emoción de alguien que acaba de descubrir que el lunes es festivo.

—Tu profesora y el nuestro están enfermos —le explicó Rufus.

—Increíble —dijo Elyse, acomodando un mechón de su cabello detrás de la oreja—. ¿Qué hacemos con este pequeño milagro?

Galen no dudó en responder.

—¡Taberna! Cartas, comida caliente y, con suerte, un borracho cayéndose al suelo y otro intentando cantar. Un clásico. ¿Qué más se puede pedir?

Mira cruzó los brazos con gesto de hastío.

—Tú puedes decir eso porque eres mayor y tienes algo de dinero. Nosotros estamos más tiesos que una estatua de museo.

—¿En serio? ¿Nos dan un día libre y lo único que se te ocurre es encerrarte en una taberna a malgastar lo poco que tienes? —dijo Elyse, arqueando una ceja.

—Sería dinero bien perdido, gracias. Lo cambiaría por una sopa caliente sin pensarlo.

—Deberíamos volver a casa —dijo Rufus con tono más contenido—. Ayudar a papá con la cosecha. No es que estemos sobrados, Galen. Tus planes de acabar en la taberna son siempre un homenaje a la miseria.

La familia de Rufus no pasaba por su mejor año, si es que alguna vez hubo uno realmente bueno. Y aunque todos sabían reír, comer y bromear cuando tocaba, la sombra de la falta de dinero para comprar carbón y otras necesidades básicas estaba siempre al fondo, esperando.

—Gracias, hermano, por estar siempre ahí, como la humedad en las paredes, dispuesto a recordarnos que trabajar cansa, que el dinero no aparece solo y que hasta los días buenos tienen fecha de caducidad.

—Podríamos hacer algo más emocionante —propuso Colette, con una sonrisa traviesa—. Algo que no nos haga gastar lo que no tenemos.

—Como… ¿qué? —preguntó Peter, curioso.

Antes de que nadie pudiera responder, Galen tomó la palabra, intentando impresionar a Elyse y hacer algo con ella fuera de la escuela.

—¿Habéis pensado alguna vez en subir al castillo en ruinas?

El grupo se quedó en silencio por un momento.

El castillo se alzaba sobre la colina como un esqueleto de piedra, abandonado desde hacía siglos, visible desde el pueblo y raramente visitado.

—No está tan lejos —continuó Galen, con esa sonrisa despreocupada de hermano mayor que siempre parecía arrastrar a Rufus a situaciones peligrosas cuando Elyse estaba cerca—. Son solo unos kilómetros a pie. Llegamos en un par de horas.

Elyse arqueó una ceja, divertida.

—¿Intentas ir conmigo fuera del pueblo, Galen?

Él levantó los hombros.

—¿Tanto se nota?

Ella fingió pensar en ello, mientras sus amigas se reían entre dientes.

—Siempre quise ver el castillo de cerca —admitió Colette—. Dicen que tiene túneles ocultos y pasadizos secretos.

—Y también dicen que está maldito y lleno de fantasmas, que es un lugar donde los nombres se olvidan —añadió Mira, sin perder el tono juguetón.

Peter habló.

—Por favor, los únicos fantasmas en ese castillo son los de las ratas.

—¿Eso significa que vienes? —preguntó Galen.

Peter dudó, pero su expresión demostraba que la idea lo intrigaba.

Rufus miró hacia la colina en la distancia, visible a través de una de las ventanas del pasillo.

Algo en su interior lo llamaba. Había caminado hasta allí, pero nunca se había atrevido a entrar solo. Los mayores decían que estaba tan en ruinas que había habido muchos accidentes allí y que no debía entrar.

Pero cuando vio la emoción en los rostros de sus amigos, y la forma en que su hermano lo miraba con su habitual aire de superioridad, no pudo evitar aceptar el desafío.

—Está bien —dijo, encogiéndose de hombros—. Vamos al castillo.

Peter suspiró con resignación.

—Nos van a matar si alguien nos descubre.

—Entonces asegurémonos de que no nos descubran —dijo Galen, guiñándole un ojo.

Y así, con la confianza de quien ignora todos los signos de advertencia, comenzaron su camino hacia las ruinas.

El camino hacia el castillo serpenteaba a través del bosque, un sendero antiguo de piedras desiguales cubiertas de musgo. Las ramas de los árboles se alzaban como brazos nudosos, creando un techo verde que filtraba la luz del sol y proyectaba sombras en el suelo.

A pesar del aire de aventura, Rufus no podía ignorar el silencio del bosque.

Demasiado silencio.

Ni un solo pájaro cantaba. Ni el murmullo del viento en las hojas. Solo el crujido de sus pasos sobre la hojarasca.

—Dime que no estás pensando en eso. —La voz de Colette rompió el aire. Caminaba a su lado con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

Rufus la miró de reojo.

—¿Pensando en qué?

—En que el bosque está demasiado callado.

Él negó.

—No lo estaba… hasta ahora.

Colette se rio.

—Sabía que lo notarías.

—Gracias por ponerme más nervioso.

—Para eso están las amigas —respondió con una sonrisa burlona—. Creo que el bosque se calla cuando sabe que estás nervioso. Y este bosque te conoce y sabe lo miedica que eres.

—No lo soy…

—Te da miedo hacer cualquier cosa que se salga de la rutina.

—No es así… —dijo Rufus.

Detrás de ellos, Mira y Peter caminaban juntos, con expresiones pícaras.

—¿Estáis seguros de que es buena idea ir allí? —preguntó Mira en un tono exageradamente serio—. Dicen que los que entran al castillo no siempre salen.

Peter la miró con escepticismo.

—Claro que sí. Porque la gente desapareciendo en un castillo en ruinas en un pueblo tan pequeño pasaría completamente desapercibida y nadie la echaría de menos. Tiene toda la lógica.

Mira sonrió con malicia, intentando meter miedo.

—No desaparecen de golpe. Primero, comienzan a olvidar cosas. Su nombre, su hogar, incluso a sus propios amigos. Hasta que un día, puf, desaparecen definitivamente.

Colette se inclinó un poco hacia ella, con una expresión enigmática.

—¿Y cuántos conoces a los que les haya sucedido eso?

—Bueno, yo no conozco a nadie. Son historias que se cuentan…

Rufus se burló.

—Genial, justo lo que quería oír antes de entrar a un castillo en ruinas. Me siento supermotivado.

—No tienes que entrar si tienes miedo, Rufus —dijo Mira con una sonrisa divertida.

Peter se cruzó de brazos.

—Exacto. Siempre puedes esperarnos aquí, en el bosque, como un cobarde.

—Por supuesto que voy a entrar —respondió él, fingiendo indiferencia—. Alguien tiene que vigilar que no os rompáis el cuello explorando. Necesitáis a alguien con dos dedos de frente en el grupo.

Peter le palmeó la espalda.

—Esa es la actitud.

Más adelante, Elyse y Galen caminaban juntos, un poco apartados del resto. Cada vez que ella le hablaba, él sonreía con ese aire confiado suyo. Y cuando él hablaba, ella soltaba risas exageradas.

—¿Van a seguir con eso? —preguntó Mira con una ceja en alto, mirando la forma en que Galen inclinaba la cabeza hacia Elyse con una sonrisa.

Colette sonrió con complicidad.

—Déjalos. Es entretenido verlos jugando a la seducción.

—Da asquito verlos así de tortolitos —corrigió Peter—. Parece como si estuvieran en una obra de teatro romántica barata con presupuesto para una sola canción cursi de fondo.

Elyse, que evidentemente había escuchado el comentario, giró la cabeza con una sonrisa ladina.

—¿Estáis celosos?

Mira puso los ojos en blanco.

—Por favor.

Galen se rio y miró a su hermano.

—¿Tú también tienes algo que decir, Rufus?

—Solo que veros a Elyse y a ti embobados es más vergonzoso que cualquier cosa que Peter haya dicho o hecho jamás.

Peter puso una mano en su pecho, fingiendo indignación.

—¿Vergonzoso? Perdón, entre tú y yo, yo soy el atrevido aquí. Pero tú es que te avergüenzas hasta de respirar demasiado fuerte. ¿Qué he hecho yo que te haya avergonzado?

Elyse sonrió y le dio un leve empujón a Galen.

—Ves, incluso tu hermano menor se queja de que vayamos siempre solos en lugar de con el grupo.

—En ese caso, deberíamos quedar sin ellos para tomar algo una tarde. Así no tendrían que avergonzarse de nosotros, porque no nos verían —respondió él.

—Me puedo fiar de ti si salimos los dos solos —dijo ella con una sonrisa.

—Claro. Te trataré como lo que eres. Una princesa.

Peter hizo una mueca.

—Voy a vomitar. Esto va de peor en peor. Oye, qué romántico. Asegúrate de invitarme a la boda para que pueda hacer chistes inapropiados en el brindis.

Elyse sonrió con diversión, pero no dijo nada más.

El grupo siguió caminando, hasta que Peter cambió de tema.

—A ver, ¿alguien me puede decir qué pasó realmente con el castillo?

Todos guardaron silencio por un momento.

Finalmente, fue Elyse quien respondió.

—Dicen que pertenecía a un rey olvidado. Nadie recuerda su nombre, pero su castillo sigue en ruinas en la colina.

Peter arqueó una ceja.

—¿Cómo puede un rey ser olvidado?

—El tiempo —intervino Mira—. Y la guerra.

—Dicen que hubo una guerra que destruyó todo —añadió Colette.

Elyse asintió.

—Lo extraño es que nadie sabe exactamente qué pasó con la familia real. Unos dicen que algunos sobrevivieron y otros, que ninguno.

Rufus preguntó:

—¿Desaparecieron?

—Algo así. Hay historias que dicen que fueron asesinados en el castillo. Otras dicen que se convirtieron en sombras y siguen atrapados allí. Otras dicen que un hada los maldijo.

Peter sonrió.

—Los fantasmas otra vez.

—No es tan imposible —dijo Colette—. A veces los lugares recuerdan.

El sendero comenzaba a inclinarse cuesta arriba. Desde allí, el castillo era visible en la distancia.

Desde lejos, parecía un cadáver de piedra, con sus torres desmoronadas y sus ventanas vacías, negras como ojos sin alma. La maleza se enredaba en las murallas, como si la propia tierra intentara reclamar lo que quedaba de él. A pesar de la luz del sol, la estructura proyectaba una sombra fría sobre la colina.

Galen se detuvo en medio del camino y sonrió.

—Bien, chicos. Bienvenidos al castillo olvidado.

Un golpe de viento recorrió los árboles, y, por un instante, Rufus sintió que algo los observaba desde lo alto de las ruinas.

Pero cuando parpadeó, no había nada allí.

Colette, que lo observaba, sonrió, cruzando los brazos.

—Es más grande de lo que imaginaba… —murmuró Mira, dando unos pasos adelante, con los ojos brillando de emoción.

—Y más espeluznante —agregó Peter, aunque su tono no era de verdadero miedo, sino de alguien que intenta que los demás crean que no está impresionado.

Galen, con los brazos cruzados, observó las ruinas con expresión analítica.

—Dudo que siga en pie mucho tiempo. Fijaos en los muros. Algunas piedras se han caído y otras están a punto de hacerlo.

—Pero aún aguanta —dijo Elyse—. Como si no quisiera desaparecer del todo.

Rufus se adelantó un poco y tocó una de las piedras sueltas de la muralla. Bajo sus dedos, la piedra estaba fría, demasiado fría, como si no hubiera absorbido ni un solo rayo de sol en siglos.

Y entonces notó algo.

—Mirad esto.

Señaló una de las piedras bajas, casi oculta por la hierba. Sobre su superficie había símbolos grabados, desgastados por el tiempo.

No parecían letras. Eran más antiguos, más primitivos.

—¿Qué crees que significan? —preguntó Colette, arrodillándose para observarlos de cerca.

—Probablemente solo son marcas de los constructores.

—O maldiciones grabadas en la piedra —sugirió Mira con una sonrisa traviesa.

Peter se agachó junto a Rufus y pasó la mano por las inscripciones.

—Si hay maldiciones, apuesto a que también hay tesoros.

Mira lo miró con incredulidad.

—¿De verdad crees que hay un tesoro escondido aquí?

Peter se incorporó con dramatismo.

—¡Claro que sí! En todas las historias los castillos tienen tesoros enterrados en sus mazmorras. Oro, joyas, pergaminos con hechizos secretos… ¡Una fortuna esperando a ser descubierta!

Colette rio.

—O los huesos del último idiota que intentó buscarlos.

Rufus sonrió, pero algo dentro de él le decía que, si había algo oculto en ese castillo, no era oro ni joyas.

Elyse, que había estado observando la entrada principal, señaló las altas puertas de madera, astilladas por los años, pero aún firmes en sus bisagras de hierro.

—Hay historias sobre este castillo. Pero nadie sabe qué pasó realmente.

—¿Qué dicen las historias? —preguntó Rufus.

Ella inclinó la cabeza.

—Algunas dicen que hubo una guerra que lo destruyó. Otras dicen que la familia real desapareció sin dejar rastro. Dicen que fue una familia poderosa hasta que el rey recibió una maldición…

Mira chasqueó la lengua.

—Eso es lo que siempre dicen.

—Quizás. Pero hay algo extraño en este lugar. Nadie recuerda bien su historia.

El grupo quedó en silencio por un momento.

Rufus observó el castillo nuevamente. Las torres destruidas, los muros ennegrecidos, las sombras que se extendían en los rincones donde la luz del sol no llegaba.

Había algo olvidado en esas ruinas.

Algo que esperaba ser recordado.

Y, por alguna razón, tenía la sensación de que estaban a punto de descubrirlo.