La feria #4
Hasta que la cortina de la carpa se agitó con un viento que no debería haber estado allí.
Y Rufus supo que todo había cambiado.
—¿Hay algo más que deba saber, señora? —preguntó Colette—. ¿Para cambiar mi futuro?
—Cuando todos abandonen a Rufus, tú estarás junto a él. Eso es lo que te salvará. Pero no será fácil.
—¿Cuándo todos lo abandonen…? —Su voz sonaba más baja de lo que quería—. ¿Por qué lo abandonarían? —preguntó ella.
Madame Verina no respondió de inmediato. Tomó su moneda de cobre y la hizo girar sobre la mesa.
El sonido resonó demasiado fuerte en la carpa, como un eco que no debería existir.
—Porque él elegirá un camino que nadie más podrá seguir. Tú serás su único apoyo en este mundo.
Rufus sintió el frío en la columna antes de que las palabras terminaran de salir de sus labios.
—No entiendo… —Colette frunció el ceño—. ¿Eso significa que Rufus hará algo terrible?
—No. —Madame Verina dejó que la moneda siguiera girando entre sus dedos—. El mundo no teme lo que no entiende… Lo rechaza, lo marca y lo aparta como si al hacerlo pudiera ignorarlo. Pero lo que el mundo olvida es que aquello que rechaza es precisamente lo que más debería temer.
El silencio se hizo espeso.
—Cuando llegue el momento, todos se alejarán. Incluso aquellos que ahora le llaman hermano. Incluso aquellos que juran que nunca lo dejarían.
Los ojos de Galen se entrecerraron.
—Eso no es cierto.
La adivina sonrió con una calma que puso la piel de todos de gallina.
—Ojalá lo fuera.
El rostro de Galen se endureció, pero no dijo nada.
Colette miró a Rufus como si intentara leer algo en su expresión, pero él no tenía respuestas.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —insistió Colette—. ¿Cómo puedo cambiar esto?
Madame Verina giró la moneda una última vez y la dejó caer sobre la mesa.
Esta vez, no hubo eco. Entonces miró a Rufus.
—Cuando el hielo se rompa por primera vez, quédate. Pero cuando se rompa por segunda vez, ella no volverá. Tendrás que partir para buscarla en otra parte.
—¿El hielo? —preguntó Colette.
La adivina la observó con esa mirada que parecía ver más allá de los huesos, más allá del alma.
—Cuando todo se derrumbe y él se quede solo en la oscuridad, tú estarás ahí. Eso es lo que te salvará. Eso es lo que cambiará el destino de ambos.
La respiración de Colette se aceleró.
—¿De qué oscuridad habla?
Madame Verina sonrió, pero no respondió.
—La lectura ha terminado. Hablar demasiado sobre el futuro puede cambiarlo, y la mayoría de las veces, para mal.
El aire pareció tornarse más frío.
Y, en la luz temblorosa de las velas, el reflejo de Rufus en los ojos de la adivina no era el suyo.
Era otro.
Algo más antiguo.
Algo que esperaba.
Galen intentó protestar, pero Elyse lo sujetó de la muñeca y tiró de él con firmeza.
—Vámonos —susurró—. Este lugar tiene algo… raro.
No era solo la predicción. Era la forma en que el aire parecía espesarse dentro de la carpa, el modo en que las sombras parecían moverse incluso cuando no había viento.
—¿Cómo conocía nuestros nombres? —gruñó Galen, mirando de reojo a la adivina mientras Elyse lo arrastraba hacia afuera—. ¿Se informa antes de llegar a cada pueblo?
Pero Madame Verina ya no le prestaba atención.
Su mirada estaba fija en Rufus.
Y entonces, sin apartar los ojos de él, extendió la mano.
—Rufus.
El chico ya estaba cruzando la cortina de la carpa, pero algo en su nombre, pronunciado de esa manera, lo detuvo en seco.
Giró la cabeza.
En la mano de Madame Verina había una tarjeta.
Rufus no quiso volver a tomarla al principio. Pero el aire pareció volverse más denso a su alrededor, como si la carpa misma esperara su decisión.
Al final, se acercó, extendió la mano y la tomó.
La tarjeta era negra y gastada, con letras plateadas que reflejaban la luz de las velas de un modo antinatural.
El nombre que figuraba en ella no era solo «Madame Verina».
«Verina, la que camina entre sombras».
Debajo, había una dirección.
«Calle del Horizonte Perdido, n.º 7. Vareth».
Rufus frunció el ceño.
Nunca había oído hablar de la ciudad de Vareth. Quizá solo fuese un pueblo o una aldea.
Y, sin embargo, la palabra le resultaba inquietantemente familiar.
Como si ya hubiera escuchado ese nombre en un sueño.
Cuando levantó la vista, Madame Verina lo estaba mirando con la certeza de alguien que ya sabía qué haría él con esa tarjeta. Como si supiese que, años después, lo vería cruzar el umbral de su puerta buscando respuestas a sus preguntas.
—Serás el puente entre dos mundos —dijo, con la voz cargada de algo imposible de nombrar—. Si llega el día en que camines solo, no será porque hayas elegido mal, sino porque los demás nunca estuvieron listos para seguirte. Y cuando eso ocurra, muchacho, la única pregunta que realmente importará será si tú sigues estando listo para seguir adelante.
El fuego de las velas se apagó de golpe.
Y, por un instante, Rufus tuvo la certeza de que algo invisible se había deslizado entre ellos y había tocado su espalda.
Algo que venía del otro lado del espejo.