Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La feria #3
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La feria #3

Los ojos de Madame Verina parecieron tornarse más oscuros; las llamas de las velas titilaron como si alguien hubiera susurrado dentro de la carpa.

—Mira. —El nombre salió con un eco, como si su voz viniera de más de un solo lugar—. La que ve más de lo que debería.

Mira tragó saliva.

—¿Qué significa eso?

Madame Verina no parpadeó.

—Ya has elegido con quién te casarás —dijo, mirando a Peter, mientras ambos se ponían rojos—. No será tu primer marido, pero el destino ya os ha unido y no hay nada en el mundo que podáis hacer para separaros. Viviréis en la ciudad, lejos de aquí, en una casa grande con sirvientes. Tendréis un hijo que será un político destacado en la corte.

—Señora, sus predicciones son previsibles —dijo Galen—. ¿Qué nos habría dicho si llegamos a venir solo mi hermano y Peter?

Las velas titilaron de nuevo, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia en las paredes de la carpa. Madame Verina giró lentamente su moneda de cobre entre los dedos y miró a Galen con una sonrisa enigmática.

—Ah, muchacho… Si crees que el destino cambia solo porque tú decides quién escucha sus palabras, entonces no has entendido nada.

Galen arqueó una ceja, pero no respondió de inmediato.

Madame Verina volvió la vista a Mira y Peter, quienes todavía seguían rojos por la revelación.

—El destino de uno no depende de la presencia de otro. La historia ya ha sido escrita. Si hubieran venido solos, les habría dicho lo mismo. Pero… —y aquí sus ojos adquirieron un brillo extraño— la diferencia es que no lo habrían creído.

Peter frunció el ceño.

—¿Y por qué lo deberíamos creer ahora?

La adivina inclinó la cabeza y, por primera vez, sonrió de verdad.

—Porque las palabras que uno ignora en soledad se vuelven más reales cuando se dicen frente a testigos, frente a aquellos que forman parte irremediable del futuro.

El grupo se removió incómodo.

Mira, aún con el estómago revuelto por lo que acababa de escuchar, intentó no mirarlo a él, a Peter, al chico con el que aparentemente pasaría toda su vida, pero no en el primer intento.

—Eso no responde a lo que he preguntado —insistió, tratando de concentrarse en otra cosa—. ¿Qué significa eso de que veo más de lo que debería?

La sonrisa de Madame Verina desapareció.

—Algunas personas tienen ojos para el presente. Otras, para el futuro.

Su mirada se volvió más intensa, como si viera dentro de Mira en ese instante.

—Tú… ves cosas que no deberías. Eso te ayudará en los negocios y llegarás a ser una mujer muy rica con tu marido. Pero un día mirarás algo que cambiará tu vida para siempre.

El aire se volvió más pesado.

—¿Algo bueno o algo malo? —preguntó Mira en voz baja.

Madame Verina dejó caer la moneda sobre la mesa. El sonido metálico pareció retumbar en el aire cerrado de la carpa.

—Algo que no debería ser visto en absoluto.

La piel de Mira se erizó.

—¿Cómo lo evito?

—Quizás puedas. Pero la curiosidad es un hilo del que, una vez que tiras… —Madame Verina giró la moneda sobre la mesa con un dedo—, todo lo demás se deshace.

Mira sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Peter, queriendo sacarla del apuro, resopló y se pasó una mano por el cabello.

—Bueno, eso de la casa con sirvientes suena bien, ¿no? —intentó bromear.

Pero nadie rio.

Porque, aunque nadie lo decía en voz alta, todos sintieron que Madame Verina no hablaba en metáforas ni en vagas advertencias de feria.

Estaba describiendo algo real.

Y a partir de esa noche, Mira nunca miraría un reflejo sin preguntarse qué estaba viendo realmente.

Colette se preparó mientras miraba a Rufus, aquel chico introvertido, pero guapo e inteligente. Era su turno, y seguramente ella tendría un futuro similar al de sus amigas, casada con ese chico a su lado. La vidente la miró profundamente y se dirigió a ella.

Las velas en la carpa parpadearon, proyectando sombras retorcidas sobre las paredes de tela. Colette respiró hondo, lista para escuchar su destino.

Ella miró a Rufus de reojo, como si ya supiera lo que Madame Verina iba a decir. Él no lo notó —su mente aún estaba atrapada en las palabras que la vidente le había dicho a Mira—, pero Colette sí lo había notado a él desde hacía tiempo.

A veces, cuando hablaban en grupo, Rufus se perdía en pensamientos. Su mirada se deslizaba hacia lugares lejanos, como si viviera a medias en este mundo y a medias en otro. Pero él era listo, amable en su manera reservada, y cuando hablaba, sus palabras tenían un peso extraño, como si cada una hubiera sido pensada antes de ser dicha.

Ella no podía evitar imaginarlo a su lado.

Seguramente, la vidente le diría que se casaría con un hombre bueno. Que sería amada. Que tendría hijos y una vida tranquila. Algo similar a lo que le había predicho a Mira.

Pero cuando Madame Verina la miró, la sonrisa en los labios de Colette se apagó de inmediato.

Porque los ojos de la adivina se llenaron de una tristeza que no había mostrado antes.

—Tú… —susurró con voz apagada—. Tú serás la que será olvidada.

El corazón de Colette se encogió de golpe.

—¿Qué?

El grupo se removió inquieto.

Mira frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Madame Verina dejó caer su moneda sobre la mesa. El sonido metálico resonó demasiado fuerte, como un eco que se prolongó más de lo debido.

—Tu nombre… tu historia… un día desaparecerán. Serás repudiada por tus amigos.

La piel de Colette se erizó.

—Eso no tiene sentido.

—No para ti. Aún.

—Pero… —Colette intentó reír nerviosa, pero nadie más reía.

Incluso Galen, que siempre encontraba la manera de hacer una broma, se mantuvo en silencio.

—¿Voy a morir? —preguntó con la voz más baja de lo que hubiera querido.

—No de la forma en que crees. Pero un día caminarás entre quienes amas y ellos no sabrán quién eres, o no querrán saberlo.

El aire se volvió más denso, como si la tela de la carpa los encerrara en algo más que un simple espacio físico.

Peter tragó saliva.

—Está exagerando…

Pero Madame Verina no apartó la vista de Colette.

—El destino de cada uno de vosotros ya ha sido marcado, pero el tuyo… el tuyo es distinto.

Colette sintió la urgencia de decir algo, de negarlo, de exigir otra respuesta, pero sus labios se quedaron secos y en silencio. Estaba asustada y triste.

Rufus protestó:

—El futuro lo hacemos nosotros. No hay nada inamovible, nada que no se pueda cambiar. Si vas a maldecir a una niña, al menos dale un consejo que pueda usar. No basta con decirle que perderá lo que ama… Dile cómo asegurarse de que, cuando llegue el día, aún tenga algo por lo que luchar.

Entonces, la vidente se giró hacia él.

La moneda de cobre rodó sobre la mesa y se detuvo de golpe.

El fuego de las velas parpadeó violentamente.

Y Madame Verina sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—Ah… tú.

El tono de su voz cambió. No era el tono teatral con el que había hablado antes, no tenía la misma cadencia hipnótica con la que tejía los destinos de los demás.

Esta vez, su voz era otra cosa.

Más honda.

Más antigua.

Los ojos de Rufus se clavaron en los de ella, y por un instante fugaz vio algo moverse en su reflejo, algo más allá de la luz de las velas, algo más allá de su propia forma.

Algo que lo reconocía.

Madame Verina inclinó la cabeza, observándolo como si acabara de ver algo que los demás no podían comprender.

—Cierto, chico… —su voz era un murmullo, un susurro que parecía deslizarse entre los pliegues del tiempo—. Ningún destino es imposible de cambiar… pero hay algunos que ningún viento, ningún océano, ningún truco de los dioses podría torcer.

La moneda que giraba entre sus dedos se detuvo de golpe, sin que ella la tocara.

—La chica y tú no os casaréis.

Colette bajó la mirada, incapaz de ocultar la sombra de decepción en su rostro.

Pero Madame Verina no le prestó más atención. Toda su atención estaba en Rufus ahora.

—Tu futuro está reservado, muchacho. Marcado en un lugar que no pertenece a este mundo. Tú ves mucho más lejos aún que Mira. Tu vista no solo es buena para los negocios, sino que alcanza mucho más allá. Tú ves aquello que otros ni siquiera podrían llegar a intuir.

Las palabras fueron como un latigazo en su pecho.

Madame Verina sonrió con un aire casi indulgente, como si hubiera leído sus pensamientos con claridad.

—La que te espera no camina por este mundo, pero un día cruzarás el umbral.

Las velas parpadearon violentamente y, por un momento, Rufus sintió el hielo bajo sus pies. El hielo del lago.

Sintió el reflejo de la luna en la superficie congelada. Sintió un susurro en el viento, una voz que no pertenecía a los mortales.

Madame Verina se inclinó un poco más hacia él.

—La perderás y volverás a encontrarla. Antes de reencontrarla, caminarás entre sombras y estrellas. Correrás donde ningún hombre ha corrido antes. Verás cosas que nadie en este mundo ha visto y, cuando el momento llegue, estarás ante la única elección que de verdad importa.

El aire se volvió más denso, como si algo antiguo y vasto acabara de inclinarse sobre ellos para escuchar.

—Pero escucha bien, Rufus… Solo tú podrás ayudar a Colette a cambiar su destino.

Mira, que hasta ese momento había estado demasiado inquieta con su propia predicción, levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

Madame Verina se enderezó lentamente, como si su trabajo estuviera hecho.

—El destino es una telaraña. Hay hilos que se entrelazan sin remedio… —sus ojos se fijaron en él, brillando con un azul imposible—. Y hay quienes pueden romperlos. Tu destino y el de Colette están enlazados.

Entonces se volvió hacia Colette.

—No temas a lo que vendrá. Teme no estar lista cuando llegue.

El silencio en la carpa se volvió casi insoportable.

Rufus sintió que su corazón latía demasiado rápido.

Las velas parpadearon una última vez.

Y entonces, Madame Verina recogió su moneda, sonrió con esa expresión que él ya nunca olvidaría y dijo, en un tono ligero, casi burlón:

—La lectura ha terminado.

Nadie se movió.

Nadie respiró.