Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La feria #2
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La feria #2

Mientras avanzaban, un coloso de dos metros levantaba un tronco enorme sobre su cabeza y la multitud aplaudía. Marek, el Gigante del Norte, desafiaba a los más valientes del pueblo a cargar piedras de la montaña en una plataforma de madera.

Galen, con su competitividad natural, no pudo resistirse.

—Os doy un saco de trigo y dos cabras si lo superas —le dijo el presentador al divisarlo con una sonrisa burlona.

—Inténtalo —lo animó Elyse—. Estás fuerte de trabajar en la granja.

—¿Cuánto cuesta la prueba?

Peter, a su lado, negó con la cabeza.

—Rufus, dile algo a tu hermano antes de que se le reviente la espalda.

Pero su amigo solo sonrió.

—Déjalo. Mi hermano prefiere una hernia a admitir que alguien es más fuerte que él, sobre todo con Elyse a su lado.

El presentador sonrió con aire de zorro astuto y golpeó la plataforma de madera con su bastón.

—Cinco draken por intento, muchacho. Si superas el peso de Marek, duplicamos la apuesta: te daremos dos sacos de trigo y cuatro cabras.

Cinco draken no eran una fortuna, pero tampoco un precio bajo. Galen sacó las monedas de su bolsa mirando a Elyse sin dudar y las dejó caer en la mano del presentador.

—Vale la pena —dijo con confianza, lanzándole una sonrisa a la chica.

Ella cruzó los brazos, divertida.

—Veamos si la fuerza te dura más que las palabras.

El público alrededor comenzó a animarlo. Marek, el Gigante del Norte, observó la escena con una sonrisa indescifrable.

—Vamos, muchacho. Veamos de qué estás hecho.

El presentador señaló un conjunto de piedras grandes y gastadas por el uso.

—Escoge la que quieras. Solo tienes que levantarla sobre tu cabeza y aguantar cinco segundos.

El chico pasó la vista sobre las piedras y, con una mezcla de orgullo y estupidez, eligió la más grande.

Peter se tapó la cara con la mano.

—Ya está muerto.

—¡Bah! —dijo Rufus con una media sonrisa—. Galen preferiría morir antes que dejar que Elyse lo vea fracasar.

—Justo por eso digo que ya está muerto.

Galen se posicionó, flexionó las piernas, tomó la piedra con ambas manos y tiró con todas sus fuerzas.

El primer intento fue desastroso.

No movió la piedra ni un centímetro.

El público estalló en risas.

—Vamos, Galen, no es un saco de harina —se burló Elyse con una sonrisa divertida.

La mandíbula del chico se tensó. No podía perder así.

Respiró hondo, ajustó su postura, apretó los dientes y lo intentó de nuevo.

Esta vez, la piedra se levantó.

Pocos centímetros. Pero lo suficiente para que la multitud contuviera la respiración.

Galen apretó aún más los dientes, sus músculos temblaron bajo el esfuerzo, la cara se le puso roja… y entonces, con un ruido seco, sus pies resbalaron en la madera y cayó de espaldas, con la piedra rodando a un lado.

El silencio duró dos segundos.

Luego, Elyse, Mira y Colette explotaron en carcajadas.

Peter se dobló de la risa, golpeando la rodilla de Rufus.

—¡Dioses, fue peor de lo que imaginé!

Rufus solo sonrió y se inclinó sobre su hermano caído.

—Galen, ¿quieres que avise a mamá o escribo directamente tu epitafio?

Él soltó un gruñido, aún tirado en el suelo.

—Vete a la mierda, Rufus.

El presentador, entre risas, lo ayudó a levantarse y le habló al oído.

—Bien intentado, muchacho. Si te sirve de consuelo, al menos lograste despegarla del suelo. Ya es mucho más de lo que consigue la mayoría.

—No me sirve de consuelo.

Marek, el gigante, se acercó con calma y, sin esfuerzo aparente, levantó la misma piedra por encima de su cabeza con una sola mano.

—Buen intento, chico. Pero la fuerza no es solo músculos. Es técnica. Es paciencia.

Galen lo miró con el ceño fruncido, aún tratando de recuperar el aire.

—Y tú… ¿qué tienes?

Marek sonrió con una tranquilidad casi filosófica.

—Tiempo. Tiempo para aprender a hacer bien las cosas… y fuerza para levantar lo que no pueden levantar diez hombres.

Elyse le dio una palmada en la espalda a Galen y un beso en la mejilla.

—Vamos, granjero. ¿Te levantas o necesitas que carguemos tu orgullo?

Galen resopló y se puso de pie con torpeza, pero contento por el beso.

—Necesito un trago.

—Y una pomada para la espalda —añadió Peter.

El grupo estalló en risas y, entre bromas y burlas, continuaron caminando por la feria, dejando atrás la plataforma, a Marek y al presentador, que todavía sonreía, disfrutando de su oro fácil.

—¡Vean a la Mujer Serpiente y el Hombre de los Huesos Huecos, señores! —gritaba un hombre delante de ellos.

En una jaula dorada, una mujer de cabello negro y piel aceitunada se deslizaba con una agilidad imposible. Nezha, la Mujer Serpiente, doblaba su cuerpo hasta formas que parecían de otro mundo.

A su lado, un hombre alto y delgado llamado Soren se subía a una estructura de cuerdas y maderas, doblando sus huesos como si no existieran, encogiéndose y alargándose en ángulos que ningún ser humano normal podría replicar.

Los espectadores murmuraban:

—Ese cuerpo no debe tener ni un solo hueso real. Debe estar hecho de algo más. Algo flexible, algo que no pertenece a este mundo.

—Eso no es normal. Los huesos no hacen eso —decía una señora.

Rufus, con los ojos fijos en la escena, asintió en silencio. Había algo demasiado fluido en la forma en que el hombre se movía, como si no hubiera carne, ni músculos, ni hueso real bajo su piel.

—Tal vez no tiene huesos de verdad —susurró Mira a Peter con un escalofrío, abrazándose los brazos—. Tal vez es como un… saco de piel con algo dentro.

Peter hizo una mueca.

—Por los dioses, Mira, gracias por la imagen mental.

Colette, más divertida que asustada, ladeó la cabeza.

—Dicen que cuando duerme, su cuerpo se desarma, como si pudiera dividirse en piezas más pequeñas.

—Eso es imposible —murmuró Elyse, aunque su tono no sonaba del todo convencido.

—Nada en esta feria parece muy posible —añadió Rufus en voz baja.

A su lado, Galen silbó con admiración cuando Nezha, la Mujer Serpiente, se dobló hasta que su espalda tocó el suelo sin esfuerzo alguno.

—Bueno, ella sí que es interesante.

Elyse lo fulminó con la mirada.

—Por supuesto, sabía que te fijarías en eso.

—¿Cómo no? —exclamó Galen, riendo—. ¡Mira lo que hace!

Peter negó con la cabeza.

—En serio, Galen, ¿alguna vez piensas con otra cosa que no sea tu instinto básico?

—Solo cuando Elyse está cerca. Entonces me comporto como un caballero, porque ella lo merece.

—¡Pasen al Carrusel de los Destinos! —decía un tipo más adelante.

Rufus se fijó. Un tiovivo con caballos de madera, pero cada uno era diferente. Un lobo, un ciervo, un dragón. Y, en el centro, un caballo.

—Si subes a él y cierras los ojos, cuando abras los párpados verás un destello de tu futuro —seguía diciendo el hombre.

Algunos niños se bajaban riendo. Otros, en silencio.

Un hombre mayor subió, y cuando bajó tenía lágrimas en los ojos.

Rufus siguió caminando, seguido por sus amigos, que hablaban a su espalda. De repente, se quedó parado delante de una tienda.

«La Carpa de los Milagros y las Maldiciones. Bruja Adivinadora y Lectura del Futuro».

Estaba escrito con letras doradas sobre fondo verde desgastado.

Era una tienda oscura, más alta que las demás, con cortinas de terciopelo negro y rojo. Más abajo, otro letrero grabado también con letras doradas decía:

«¿Buscas respuestas? ¿O prefieres ignorarlas?».

—¿No me digas que te quieres gastar el dinero en esta chorrada? —dijo su hermano—. Dame el dinero a mí y yo me inventaré algo sobre tu futuro que te divierta.

Pero Rufus ya estaba entrando.

—Padre nos dio dinero para gastar.

La carpa de Madame Verina estaba envuelta en sombras y humo perfumado. Dentro, el aire olía a incienso y a algo más… algo metálico, antiguo, como el filo de un cuchillo olvidado en la tierra.

Una mesa de madera oscura ocupaba el centro de la tienda, cubierta por un paño de terciopelo negro. Velas parpadeaban a su alrededor, proyectando sombras que parecían moverse por sí solas. En un lateral había un gran espejo de pie.

Los seis entraron, todavía riéndose por las tonterías de Galen y Peter, pero el ambiente dentro de la tienda hizo que las risas se desvanecieran poco a poco.

Detrás de la mesa, la vidente los esperaba.

No los observó como lo haría una vendedora esperando clientes. Los miró como si ya supiera exactamente quiénes eran, qué habían hecho y qué harían.

—¿Cuánto cuesta que nos hable del futuro, señora? —preguntó Rufus.

—Dos draken por persona —dijo ella sin inmutarse.

—¡Pero eso es un robo! —dijo Galen—. Le pagaremos cinco por todos nosotros.

—¿Ese valor le das a saber lo que te depararán los años?

—¿Nos dará usted garantías de que lo que nos cuente pasará de verdad?

La mujer soltó un resoplido y finalmente asintió.

Galen puso cinco monedas sobre la mesa.

Y entonces, habló.

—Ah… tú. —Sus ojos, de un azul demasiado profundo para ser real, se posaron en él. Giraba lentamente una moneda de cobre entre los dedos, como si jugara con el destino mismo—. Tú, el que juega, el que ríe, el que siempre gana…

Galen levantó una ceja y sonrió.

—Me gusta cómo suena eso.

Madame Verina entrecerró los ojos y giró la moneda una última vez antes de atraparla en su palma.

—Te casarás con la chica a la que ahora más disfrutas provocar.

Galen parpadeó.

—¿Perdón?

La adivina alzó la vista hacia Elyse, que, al notar la mirada, bajó la suya y cruzó los brazos.

—Eso es ridículo.

—¿Lo es? —murmuró Madame Verina con una leve sonrisa.

—Demasiado fácil. Nos ha visto entrar juntos y se ha imaginado el resto.

—Tendréis dos hijos y una niña. La niña tendrá problemas de salud al nacer y tendréis dudas sobre si sobrevivirá, pero vivirá más de lo que ha vivido antes ningún hombre o mujer en esta aldea.

La moneda volvió a girar entre sus dedos.

—Un consejo, muchacho. La risa y el amor son buenos compañeros, pero el orgullo y el amor no lo son. Aparta de ti esa soberbia o acabará por destruirte.

Galen bufó y se reclinó en la silla.

—Mejor dime algo emocionante.

La adivina no le respondió. Simplemente miró más allá de él.

A Mira y Colette.

El ambiente cambió.