Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1) La feria
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La feria

Eran dos, siempre dos. El más pequeño se llamaba Peter; era el que siempre perdía en las carreras. El otro se llamaba Rufus ; era el que nunca aprendía a quedarse quieto, y su cabello rubio, despeinado por el viento, parecía atrapar la luz del sol incluso en los días nublados.

Se conocían tanto que podían hablar sin hablar. Se conocían desde que tenían memoria. Jugaban a los héroes en verano, con ramas como espadas y escudos de madera.

Aquel día iban a la feria anual del pueblo. Con Rufus iba su hermano, Galen.

Era el mayor de los dos, unos cinco años más que él, lo suficiente como para que, cuando eran niños, Galen siempre fuera más fuerte, más rápido, más listo en casi todo. Y aunque a veces Rufus lo encontraba insoportable, nunca lo vio como un enemigo, sino como un reto a alcanzar.

Era práctico, trabajador y con un carisma natural; alguien que siempre encontraba la forma de salir de problemas… o de hacer que otro los solucionara por él. Mientras Rufus era más introspectivo y soñador, su hermano era el tipo de persona que sabía cuándo hablar, cuándo golpear y cuándo sonreír para salirse con la suya.

Edric, su padre, solía bromear diciendo:

—Uno de mis hijos se convertirá en un hombre de bien. El otro… en un problema. Solo que aún no sé cuál es cuál.

A diferencia de Rufus, que pasaba más tiempo en el bosque y el lago, Galen siempre se sintió más cómodo en la granja y en el pueblo. No tenía los mismos deseos de aventura que su hermano.

—Lo que cuenta no es lo lejos que puedas llegar, Rufus, sino cuánto puedes sostener en tus manos sin que se te escape.

El pueblo más cercano a su granja se llamaba Eldermere.

Un nombre antiguo, con un eco de algo olvidado en el tiempo. «Elder», por los árboles viejos y nudosos que bordeaban los caminos, y «Mere» porque, según los ancianos del pueblo, antes de que existieran casas o caminos, el terreno estaba cubierto por un lago inmenso, uno que desapareció con los siglos, dejando solo el lago más pequeño donde Rufus y Peter jugaban.

Eldermere no era grande ni bullicioso. No era un lugar donde pasaran cosas extraordinarias.

Era un pueblo de gente trabajadora, con manos curtidas por el frío y la tierra. Las casas eran de piedra y madera, con techos inclinados para soportar las fuertes nevadas invernales. Había una plaza central donde el comercio tenía lugar cada semana: panaderos, curtidores, leñadores y granjeros vendían lo poco que tenían de sobra. Un lugar donde todos conocían a todos, donde los rumores viajaban más rápido que el viento que bajaba de las montañas.

Había una taberna llamada El Roble Torcido, un nombre que le venía de un árbol retorcido que crecía junto a la entrada. Su dueño, Harlan, era un hombre grande y bonachón que siempre tenía historias sobre tiempos mejores y un ojo atento para las peleas de borrachos.

La iglesia de San Aureliano era el edificio más antiguo del pueblo, con una campana que sonaba tres veces al día y un sacerdote de edad avanzada, el padre Tobias, que siempre tenía un consejo o una advertencia sobre el bosque y sus misterios.

Los niños crecían escuchando historias sobre lo que se escondía entre los árboles, sobre los espíritus del agua y las luces que a veces se veían en el lago. Pero los adultos solo hablaban de ellas en voz baja, como si temieran darles poder al mencionarlas.

Eldermere era hogar, seguridad, rutina.

Y por eso Rufus sentía que, con cada año que pasaba, encajaba menos en él.

Cada año, en las mismas fechas, se hacía la feria del pueblo, y cada diez años el pueblo se transformaba por una sola noche para atraer un circo digno de las ciudades más grandes del reino.

Las calles, normalmente tranquilas y oscuras, se iluminaban con faroles y antorchas. Las risas de niños y adultos resonaban en el aire, entremezcladas con el sonido de tambores, flautas y violines. El aroma de caramelo, pan caliente y especias flotaba por el aire, envolviendo a los visitantes en una mezcla de nostalgia y asombro. Los vecinos de todos los pueblos de la región venían a visitar este acontecimiento excepcional.

Lo que hacía que esta feria fuera única era el Gran Circo de Vorthen, un espectáculo que solo pasaba por el pueblo una vez cada diez años. Llegaba con su caravana de carpas multicolores, carruajes tallados con figuras enredadas y faroles que ardían con un resplandor demasiado cálido para una simple feria ambulante.

Rufus, Peter y Galen caminaban entre la multitud, oliendo el dulce aroma del caramelo y la madera quemada, sintiendo la energía de la gente que reía, gritaba y aplaudía ante los espectáculos que desafiaban lo ordinario.

Había quien decía que los artistas del circo no eran del todo humanos. Que viajaban con la luna, que desaparecían sin dejar rastro cuando la feria terminaba. Pero la gente de Eldermere prefería no hacer preguntas.

Porque, en el fondo, todos querían ser parte del espectáculo, aunque solo fuera por una noche.

Como era costumbre, Galen comenzó a hablar de chicas.

—¿Viste a Lina Grayweather en el puesto de manzanas? —dijo con una sonrisa autosuficiente—. Me guiñó un ojo.

Peter resopló.

—Seguro que tenía algo en el ojo que le molestaba.

—Por favor. Tú viste lo mismo que yo. Las chicas me adoran.

—Las chicas adoran las monedas que gastas en ellas —murmuró Rufus, sin poder evitarlo.

Peter se echó a reír.

—Ese es el secreto de tu hermano. Tiene el bolsillo más generoso que el corazón. Gasta dinero con facilidad para impresionar a las chicas.

Galen se enfadó un poco.

—¡Qué injusticia! ¿Acaso crees que todo en la vida se compra? Las chicas se dejan invitar solo si les gustas.

—O si tienen hambre o sed —corrigió Peter—. No creo que Lina Grayweather vaya a casarse contigo solo porque le compres un vaso de hidromiel en la feria. Pero si me compras uno a mí, te daré un beso.

Galen se encogió de hombros.

—¡Puaj! ¡Qué asco…!

—En la mejilla, claro… —aclaró él.

—No me interesa casarme con Lina. Me interesa verla sonreír. No me importaría que me besara…

Peter negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír también.

—Eso es imposible.

—Qué sabéis vosotros, si sois solo niños…

—¿Qué opinas tú, Rufus?

Rufus se quedó en silencio, observando las luces de la feria reflejadas en los charcos de agua en el suelo.

—Si una mujer se ríe contigo, puedes tener esperanzas, hermano. Si se ríe de ti, solo puedes tener suerte. Pero si acepta tus regalos sin siquiera mirarte a los ojos, más te vale dejar de gastar tus monedas, porque solo eres el tonto que paga la comida y la bebida. Pero adelante, sigue repartiendo dinero como si te sobrara.

Galen estaba acostumbrado a escuchar hablar a su hermano con una sabiduría que estaba muy por encima de su edad. Así que se quedó pensando en esas palabras mientras seguía caminando.

—Rufus, eres un gruñón. Eres el pequeño de la familia. ¿Por qué no te relajas?

—Sabes que venimos de una familia pobre. Y vas tirando el dinero por ahí —dijo él.

La feria seguía llena de vida cuando tres chicas se cruzaron en su camino. Dos de ellas eran de la edad de Rufus y Peter, pero la tercera, Elyse Marwood, era mayor, de la edad de Galen. Hija del comerciante de telas, siempre había sido de las más populares del pueblo, con su cabello castaño largo y su sonrisa, que podía hacer que hasta los curas olvidaran sus votos de castidad.

Galen vio la oportunidad y no la dejó pasar.

—Elyse. —Su voz adoptó un tono más profundo, más confiado—. ¿Es mi vista o acaso la feria acaba de iluminarse al entrar tú en ella?

Ella se cruzó de brazos, arqueando una ceja.

—¿Siempre hablas así a las chicas o solo cuando intentas impresionarlas?

Él sonrió.

—Solo cuando te veo a ti.

Elyse soltó una risa, pero no confirmó si su intento de aproximación estaba funcionando o no.

Mientras tanto, Rufus y Peter ya estaban atrapados en otra conversación con las otras dos chicas, Mira y Colette, ambas del pueblo.

—¿Ya fuiste al Carrusel de los Destinos? —preguntó Colette, con los ojos brillando de emoción—. Dicen que si cierras los ojos y te dejas llevar, puedes ver tu futuro.

—Eso son tonterías —dijo Peter, encogiéndose de hombros—. Seguro que es solo un truco para que la gente entre y les saquen el dinero.

—¿Entonces por qué no lo pruebas? —se burló Mira, cruzándose de brazos—. ¿Tienes miedo de lo que puedas ver?

Peter resopló.

—No tengo miedo de nada.

—¿No? —dijo Colette, con una sonrisa traviesa—. ¿Y qué tal si ves que terminas casado con Mira?

Mira puso cara de horror fingido.

—¡Qué terrible destino!

Peter negó con la cabeza, sonriendo.

—Dudo que el carrusel sea tan cruel.

Las chicas rieron, y Rufus observó la escena en silencio, entretenido, pero con la mente en otro lugar.

—¿Y tú, Rufus? —preguntó Colette—. ¿Has visto algo interesante en la feria?

Rufus tardó en responder.

—Todo es interesante.

—Esa respuesta es muy ambigua —dijo Colette.

—Es lo que hay... Acabamos de llegar. Todo parece interesante.

Mira lo miró de reojo.

—¿Qué queréis ver?

Rufus sonrió.

—Todo lo que nos dé tiempo. A mí sí me gustaría ver mi futuro. No me da miedo.

Las chicas se rieron, y Galen, que había estado escuchando de fondo mientras intentaba encantar a Elyse, levantó la mano en gesto de aprobación.

—¡Esa es la actitud, hermano!

Su compañera giró los ojos y se cruzó de brazos.

—Apuesto a que esa frase que me dijiste al llegar la usaste con otras antes.

Él se puso una mano en el pecho con fingida indignación.

—Elyse, por favor. Yo jamás repetiría una frase que he usado contigo, y no usaría contigo una frase que haya usado con nadie más, ni siquiera con mi familia.

—¿Ah, no?

—Por supuesto que no. Tú mereces algo mucho mejor. Tú mereces atención, a alguien que vaya por delante de ti besando el suelo por donde pisas.

Ella parpadeó, sin poder evitar sonreír.

—Hmm… Puede que tengas algo de talento después de todo.

Galen sonrió, triunfante.

Peter suspiró.

—No puedo creer que esto le esté funcionando.

Rufus solo se encogió de hombros.