Sylvae (La Memoria Bajo el Agua 1)
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Prólogo
Afuera, la nieve de Eldermere caía con el peso del invierno más duro que se recordaba en años, pero dentro de la granja el fuego era un refugio contra el olvido.
Rufus tenía entonces seis años y era un niño que nunca había aprendido a quedarse quieto. Observaba las manos de su madre, Elsha, mientras ella cosía un paño de lino gris con un hilo de plata que parecía brillar con luz propia.
—Cuéntame la historia de la Dama del Lago, mamá —susurró el niño, acurrucado junto a la chimenea.
Elsha se detuvo. Miró las brasas y, con una voz suave y cálida, una voz hecha para atravesar inviernos largos, comenzó el relato:
—Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y el cielo y la tierra aún estaban unidos por juramentos, vivía un príncipe guerrero llamado Edrion. Era un hombre fuerte y justo. Decían que conservaba la sangre de los hombres antiguos, de aquellos que aún no habían olvidado la nobleza del primer mundo. Un día, mientras cazaba en la orilla de un gran lago, vio a un ciervo hermoso que bebía junto a su cría. Edrion, que tenía el corazón limpio, bajó el arco y perdonó la vida al animal, pues no tenía hambre.
Rufus abrió mucho los ojos, imaginando la situación.
—Fue entonces cuando el agua se abrió —continuó Elsha, y su aguja trazó un círculo en el aire—. Del espejo de cristal emergió la Dama del Lago, también llamada la Reina del Bosque. Era hermosa y temible, con ojos del color del hielo antiguo, cabello dorado y la piel pálida como la luna. Era una Guardiana de los Bordes, hija del agua y de la raíz, y aquel día eligió amar a un príncipe humano más allá de toda ley.
—¿Estaba prohibido? —preguntó el pequeño Rufus.
—Lo estaba, hijo mío. Ningún ser feérico debe entregar su nombre verdadero a un mortal. Pero hay nombres que nacen para ser guardados por otro corazón. Se amaron en secreto mientras el mundo conspiraba. Y la ambición de los hombres es un hambre que no se sacia. Los reyes de la tierra y el Consejo de Raíz unieron sus miedos para destruir aquel lazo.
Elsha suspiró, y por un momento las sombras de la habitación parecieron alargarse.
—Enviaron mercenarios en la negrura de la noche para matarlo, y fracasaron. Pero volvieron una segunda vez y le tendieron una emboscada de la que no pudo escapar.
La sangre del príncipe manchó la orilla que ella debía proteger, y Edrion cayó en el barro, cerca del lago, buscando la mano de la Reina del Bosque. Entonces ocurrió el Quebranto. En su dolor, la Dama dejó de ser solo guardiana y se convirtió también en castigo. El bosque se volvió hostil. Las raíces se alzaron como garras contra ambos mundos, el feérico y el humano. Desde esa noche, el nombre antiguo del bosque, Eluneth, fue borrado de los mapas, y el lago aprendió a guardar secretos mejor que la tierra.
La madre acarició el cabello rubio de Rufus y lo miró con una intensidad que el niño no comprendería hasta muchos años después.
—Recuerda esto, Rufus: lo que duerme, recuerda. Algunas promesas no mueren; solo esperan a que alguien vuelva a pronunciar su nombre en la orilla correcta.
Rufus se quedó dormido escuchando el chisporroteo del fuego, soñando con un príncipe que bajaba su arco y una reina que lo esperaba bajo el hielo.
Y, mientras la nieve seguía cayendo sobre Eldermere, el lago, más allá de los campos dormidos, guardó silencio.