14. Nubia #5
Con el pasar de los minutos, un hombre tras otro se fueron viniendo en mi rostro, teniendo que cerrar los ojos para que no me cayera su leche en ellos, sintiéndome aún más vulnerable y desprotegida cuando lo hice, porque si bien no se veía nada en ese lugar, algo tan simple como eso logró que experimentara esa sensación de que salir de ahí sería mucho más complicado de lo que lo supuse, pues para poder cumplir la orden de mi maestro dependería de que alguien quisiera ayudarme a escapar de ese tenebroso sitio cuando todo terminara, un hecho que me hizo llorar ante la inseguridad que me provocó pensar en ello y ante ese caótico mar de sensaciones tan contradictorias que no dejaban de abrumarme, porque por un lado aquello era humillante y aterrador, pero por otro lado, estaba tan excitada que mis bragas ya se sentían tan empapadas como lo estuvieron cuando esos tipos en el salón de billar me usaron con el permiso de mi maestro.
¿Cuántos minutos pasé en ese cuarto oscuro?
¿Cuántos hombres derramaron su leche en mi rostro?
¿Cuántas vergas recibí entre mis labios y cuantas tuve en mis manos?
No sabría decirlo, pero la experiencia que viví en ese lugar, en algún momento se convirtió en algo desesperante, porque cuando creía que todo había terminado, alguien más ocupaba el lugar del tipo que acababa de venirse en mi rostro, provocándome mucha frustración y esa sensación de intranquilidad que me agobió cuando sentí que aquello no terminaría nunca, hasta que mis nervios se quebraron y mi llanto se hizo muy evidente, tanto que alguien de entre aquella pequeña multitud hizo que todo se detuviera.
- ¿Estás bien, pequeña? - preguntó, logrando un silencio absoluto en aquel cuarto.
- No… no puedo más… por favor… sáquenme de aquí - susurré, sintiendo cómo una cantidad obscena de semen se escurría por mi rostro, experimentando la forma como algo de esa leche se me metía en la boca, viéndome obligada a tragármelo mientras dos sujetos me ayudaban a levantarme del suelo, tomándome de las axilas y conduciéndome a la salida, donde alguien de pronto me tomó de la mano sin que yo pudiera abrir los ojos ante esa abrumadora cantidad de semen que los cubría.
- Ma… ¿Maestro? - pregunté con inseguridad.
- Sí, soy yo - respondió, antes de que empezara a recoger todo el semen que tenía en la cara con mis dedos para llevarlo a mi boca, cumpliendo diligentemente la orden de mi maestro a pesar de lo humillante que fue y de lo asqueroso que resultó tragarme la leche de quién sabe cuantos hombres, en medio de aquel lugar en el que estaba segura de que muchas personas me estaban mirando, una tarea que me llevó varios minutos hasta que sentí una toalla húmeda limpiando mi rostro y al fin pude abrir los ojos, encontrándome con la sorprendida expresión de mi maestro a quien al parecer le costaba un poco de trabajo creer que aquello en verdad acababa de pasar.
- Por… por favor, maestro… lléveme a la habitación…
necesito sentirlo dentro de mí… necesito estar con usted y sentir su calor - le supliqué, derrumbándome en aquel momento en el que Jorge me apretó la mano y me condujo fuera de ese lugar, quitándose la camisa que llevaba encima para cubrir mi cuerpo, quitándome aquel collar de mi cuello, sin decir nada mientras caminábamos por las entrañas del hotel hasta que llegamos a la habitación y sin desnudarse se metió a la regadera conmigo para ser él quien limpiara mi piel y lavara mi cabello, minutos antes de que me llevara a la cama, de que se desnudara frente a mí y nos recostáramos juntos para quedarnos abrazados por unos minutos, antes de que me permitiera tenerlo en mi boca, mamando su miembro con toda la pasión que ese hombre me inspiraba, sintiendo cómo me acariciaba la cabeza de esa forma condescendiente como felicitándome por haber hecho un buen trabajo, provocando que me esmerara más en complacerlo, que me metiera los dedos en el coño al ver que ese hombre estaba satisfecho por haberlo obedecido, sintiendo cómo mi mano se mojaba ante la sola perspectiva de volver a tener dentro de mi vientre al novio de mi mejor amiga.
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - uno y otro gemido se me escapó mientras me montaba en el cuerpo de Jorge, sintiéndome en el cielo cuando lo tuve por completo adentro, cuando mis caderas se movieron en un baile sensual y cadencioso que me hizo estremecer al experimentar cómo mi coño se estrechaba con la presencia de ese hermoso y delicioso miembro que me invadía y me hacía gemir enloquecida de placer y algo que no podía, o que quizás no quería decir en voz alta hasta que ese hombre me aceptara como su mujer, una resistencia que por desgracia no duró demasiado tiempo, pues tras aquel primer orgasmo que explotó entre mis piernas con Jorge entrando y saliendo de mi vientre, el solo verlo a los ojos me hizo decir aquellas palabras que estuvieron navegando en mi pensamiento durante todos esos días, las mismas con las que me lo jugaría todo, desde mi relación con Juan, mi amistad con Sam y quizás incluso mi amistad con Cas y Johana, palabras tan intensas que me hicieron dejar de moverme mientras lo miraba con una solemnidad con la que logré que toda su atención descansara en mi rostro y en aquello que estaba por decirle en susurros, en secreto, como si alguien más pudiera escucharnos a pesar de que estábamos solos en aquella habitación - ¡Quiero que seas mío!
¡Quiero tenerte todos los días para mí! ¡Quiero que solo seamos tú y yo!
¡Sin Sam! ¡Sin Juan! ¡Sin ningún otro intercambio!
Jorge me miró con los ojos muy abiertos, quedándose muy quieto, sin disimular el impacto que le provocó aquella clase de confesión, pero sin decirme nada durante varios minutos, dejando que el momento se prolongara por un tiempo que se me hizo eterno, hasta que escuché aquellas palabras que lo cambiaron todo en las vidas de cada una de las personas que estuvimos involucradas en ese último y estremecedor intercambio.