14. Nubia #3
- Amigo, ¿Me harías el favor de castigar a mi zorra?
Creo que sacudirle el culo con algunas nalgadas estará bastante bien - comentó mi maestro mientras el hombre a mi lado me tomaba de la nuca para hacerme mantener empinada y comenzaba a nalguearme, sin mucha fuerza, solo la suficiente para que sintiera esas sacudidas con las que logró excitarme aún más de lo que ya lo estaba.
- ¡Carajo! Esa chica… esa zorra, parece estar dispuesta a hacer lo que sea con tal de complacerte, amigo - comentó el flacucho, quien desde hacía algunos minutos había dejado de prestar atención al juego mientras Jorge seguía tirando una y otra vez.
- ¿Saben algo? Si se ponen un condón, pueden probar qué tan lejos podría llegar mi sierva para obedecer mis órdenes - comentó mi maestro, haciendo que en aquel momento abriera mucho los ojos mientras lo miraba, sin dejar de gemir ni parar de sentir la asombrosa y algo angustiante cantidad de fluidos que en aquel momento mojaban mis piernas, tan profusa que incluso pude notar cómo algunas gotas mancharon la alfombra de ese lugar.
- ¿Es en serio? - preguntó el tipo flacucho, recibiendo de mi maestro nada más que una expresión maliciosa y un asentimiento de cabeza, antes de que el tipo flacucho recargara su taco en una pared y se acercara a mí, sacando una tira de preservativos de su bolsillo, haciéndome tragar saliva cuando vi que aquello iba en serio, mientras mi maestro me observaba desde lejos.
- Quiero que uses tu boca y tu vagina para complacer a mis amigos.
No puedes besarlos en los labios ni tampoco puedes dejar que te toquen con sus penes si no están cubiertos por un preservativo.
No te detengas hasta que se vengan y tienes…
- hizo una pausa mientras hacía algo en su celular, antes de que me mostrara una cuenta regresiva en la pantalla de su móvil - tienes 10 minutos para hacer que ambos se vengan, de lo contrario, el castigo que te espera será uno particularmente humillante ¿Entendiste?
- Sí, maestro - dije con la voz temblorosa mientras esos tipos se desnudaban, dejando sus penes a la vista, sorprendiéndome cuando aprecié aquel peculiar miembro del tipo bajito que no medía más de unos diez centímetros, pero cuyo grosor era tan importante que hacía parecer que ese tipo tenía una bola entre las piernas, a diferencia del hombre flacucho, cuyo pene era bastante largo y con un grosor un poco mayor a cualquier miembro que hubiera tenido antes dentro de mí.
- Veamos qué puedes hacer con nosotros, zorra - dijo el flacucho, desatando mi correa del soporte, antes de que me obligara a arrodillarme para luego colocarse detrás de mí, viendo cómo el tipo bajito me ponía su pene en la cara, enfundado con un condón de color rojo que lo hacía lucir como si frente a mis narices tuviera una paleta de caramelo enorme.
- Es de sabor cereza. Estoy seguro de que nos divertiremos, zorrita - dijo ese desgraciado, antes de que yo cerrara los ojos y abriera la boca tanto como podía sin lograr engullirlo por completo, sintiendo cómo comenzaban a escaparse algunos gemidos de mi boca mientras el hombre en mi trasero hacía a un lado mis bragas, me sacaba el juguete y comenzaba a penetrarme de inmediato, de una manera poco considerada, sacudiéndome con fuerza, embistiéndome con la confianza que le brindaba el haber notado lo empapada que me encontraba, deslizándose entre mis labios con una facilidad estremecedora a pesar de que el grosor de su miembro desafiaba la elasticidad de mi coño.
- ¡Así, pequeña puta! ¡Ahhh! ¡Sabía que te iba a caber todo en la boca!
¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Se ve que tu maestro te ha entrenado muy bien!
¡Ahhh! ¡Ahhh! - exclamó entre gemidos el tipo al que se la estaba chupando, quien me tenía bien agarrada del cabello y comenzó embestirme en cuanto logró forzar su miembro al interior de mi boca, haciéndome llorar al sentir una y otra vez que me sofocaba, agachándose de tanto en tanto para tocar mis senos, los cuales para ese momento ya se encontraban fuera de mi sostén y eran constantemente manoseados por el tipo que tenía a la espalda, quien empujaba su pene cada vez con más fuerza conforme el tiempo avanzaba, nalgueándome, pellizcando mis pezones, diciéndome lo puta que era y lo buenas que tenía las tetas.
- Dos minutos - me advirtió mi maestro, haciendo que hasta ese momento notara que el muy cabrón no había dejado de jugar billar, motivándome a mover la cabeza y las caderas con vigor en mis intentos por hacer que esos dos se vinieran antes de que el tiempo se agotara, pues a pesar de lo mucho que en realidad estaba disfrutando de ser usada por dos extraños, en aquel instante sentí mucho miedo ante la clase de cosas que podrían ocurrírsele a mi maestro para castigarme si no cumplía con sus órdenes a tiempo.
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Hija de puta! ¡Ahhh! ¡Ahhh!
¡Ahhh! - gritó el hombre en mi boca, saliendo de mí solamente cuando terminó de correrse, dejándome en la lengua ese sabor a cereza con el que estaba recubierto su condón, viendo con asombro la cantidad tan inmensa de semen que había dentro de aquel pedazo de látex, mientras el tipo en mi trasero me abrazaba con fuerza, llevándome a su pecho, apretándome las tetas una y otra vez mientras gemía cerca de mi oído hasta que terminó de venirse y noté cómo mi maestro detenía la cuenta regresiva, mostrándome de inmediato su móvil, haciendo que mi estómago se contrajera cuando noté ese signo de menos al inicio de los números que aparecían en su pantalla.
- Casi lo logras. Dos segundos hicieron la diferencia - comentó mi maestro al tiempo que dejaba su taco sobre la mesa y los tipos que acababan de usarme se ponían de pie y se vestían, para luego caminar hacia mí, sintiendo el agresivo palpitar de mi pecho a la vez que trataba de controlar mi respiración, antes de que mi maestro me levantara tomándome de las axilas, me acomodara el sostén y las bragas, tomara el juguete que me quitaron esos tipos y se guardara el control en el bolsillo para después levantar mi vestido sin que me lo diera, manteniéndolo en su mano mientras tomaba el extremo de mi correa.
- Fue un placer jugar con ustedes, amigos - se despidió mi maestro.
- Hermano, el placer fue todo nuestro - respondió el tipo flacucho, antes de que recorriéramos las entrañas del hotel, caminando en ropa interior, bajo las miradas cómplices que algunos hombres le dedicaron a mi amo, mientras algunas mujeres me observaban con sorpresa y curiosidad.
***
Tomar una ducha con Jorge fue apenas un pequeño aliciente para seguir con aquello de cederle mi voluntad, y no es que no me hubiera gustado lo que pasó, porque en realidad fue asombroso el ser usada por esos dos como parte de una orden de mi maestro, no obstante, hubiera querido que él también participara, que después de que esos dos me usaron él me hubiera metido su hermosa verga sin condón para demostrar su dominio sobre mí frente ese par de idiotas.
- Maestro, ¿No va a penetrarme? - pregunté decepcionada y un poco desconcertada cuando salió de la ducha después de haberme tocado hasta provocarme un orgasmo acariciándome el clítoris y metiéndome sus dedos en el coño.
- Por ahora es todo lo que recibirás de mí - respondió, haciendo que su indiferencia lograra calentarme aún más de lo que ya lo estaba, resignándome a terminar de bañarme para luego salir y secar mi cuerpo frente a él, reclinándome con la intención de mostrarle mis senos desnudos en un intento desesperado por seducirlo para que me cogiera en aquel instante, pero lamentablemente la tentación no fue suficiente y el hombre no cayó ante mis encantos - quiero que te pongas el conjunto de lencería más atrevido que hayas traído.
Iremos a ese sótano en cuanto terminemos de vestirnos y quiero que todos me envidien por tener una mascota tan interesante conmigo ¿Entendido?
- Sí, maestro - respondí, estremeciéndome de pies a cabeza ante esa forma tan seductora como me dijo aquellas palabras, pensando de inmediato en ese conjunto de lencería semitransparente que tenía en la maleta, sabiendo que con él haría que mi maestro perdiera la cabeza y lograría llamar la atención de cualquiera que se cruzara con nosotros en ese club donde, al parecer, cerraríamos la noche antes de regresar a la habitación y al fin poder tener a ese hombre entre mis piernas, de poder besarlo y sentir su leche en mi boca e inundando mi vagina.
- Y también quiero que te pongas esas sandalias de tacón que vi en tu maleta - comentó minutos más tarde mientras terminaba de arreglarse, sin observar mi cuerpo por uno de los muchos espejos que estaban distribuidos por los muros de la habitación, logrando que me sintiera deseada ante esa insistente manera como me observaba y ese brillo lujurioso que pude detectar en sus ojos.
Lo admito, caminar por los pasillos del hotel, con aquel collar en mi cuello y esa cadena que terminaba en la mano de mi maestro era muy humillante, pero él sabía cómo hacer que dentro de esa humillación me sintiera muy excitada por la forma como me trataba, ante la manera como caminaba lleno de orgullo sabiendo lo hermosa que era la mujer que lo acompañaba, una actitud que me hizo sentir cada vez más entregada al trato que hicimos para esa noche y que, por otro lado, también me dio una esperanza de que mi plan llegara a buen puerto, de que la noche pudiera terminar sabiendo que al otro día amaneceríamos en aquel hotel siendo él mi hombre y yo su mujer.