14. Nubia #2
- Por supuesto, caballero, por favor acompáñeme - nos indicó, haciendo que camináramos detrás de él mientras nos explicaba algunas cosas con respecto de la estructura del lugar y las reglas de convivencia - como podrán notar, todas las instalaciones son cerradas, esto no es accidental, pues el resort está diseñado para brindar la mayor comodidad y privacidad a nuestros huéspedes, siendo este un sitio donde prácticamente todo está permitido siempre que ambas partes den su consentimiento.
Los únicos lugares donde están prohibidas las relaciones sexuales son el comedor y la sala médica, fuera de eso, siéntanse libres de expresarse en cualquier lugar que se les antoje - comentó, antes de que nos mostrara la sala de entretenimiento donde un par de hombres jugaban billar, en la cual también había mesas para juegos de cartas, algunos sillones que lucían muy cómodos y una decena de pantallas enormes donde en aquel momento se proyectaba un evento deportivo; posteriormente nos mostró de pasada el bar y el restaurante, finalizando aquel recorrido con el área acuática, en la cual había una piscina enorme rodeada por no menos de una decena de jacuzzis, uno de los cuales estaba ocupado por un par de parejas, en el cual tenían empinada a una mujer en dirección de la entrada, quien nos miró con una sonrisa en los labios y una expresión turbada por el placer que le hacía sentir el tipo que la estaba penetrando con tanta fuerza que los senos se le sacudían con descaro.
- Y bien, esas son nuestras instalaciones, caballero, le mostraría el club del sótano, pero me temo que por ahora está cerrado al público, esa parte del establecimiento abre hasta las nueve de la noche, así que tendrá que esperar un par de horas para poderlo conocer, ¿Tiene alguna duda, caballero?
- Ninguna, muchas gracias por esta introducción.
- Un placer, de cualquier forma, si se les ofrece algo solo tienen que marcar 0 en cualquier teléfono del resort y se les brindará lo que necesiten.
- Gracias.
- Que tengan una muy placentera estancia - se despidió el hombre, dejándonos al borde de la piscina, mirando a esa mujer a quien parecía encantarle tener algo de público mientras se la cogían.
- ¿Y bien, maestro? ¿A dónde le gustaría ir? - pregunté con timidez, manteniendo mi cabeza agachada, demostrándome tan sumisa como podía hacerlo.
- Me apetece jugar una partida de billar - respondió, tomándome por sorpresa con esa respuesta, pues de entre todos los lugares a los que pudimos haber ido, aquel jamás hubiera aparecido en mi lista de probabilidades, no obstante, a pesar de lo aburrido y anticlimático que pudiera haberme resultado su elección, pronto entendí por qué lo hizo.
- ¡Rayos! Es la tercera vez que me ganas - dijo uno de los hombres que jugaban billar cuando llegamos a la sala de entretenimiento, un tipo más bien bajo de estatura, pero cuyos músculos se le marcaban por toda la ropa.
- ¡Eres muy malo para este juego, hermano! - respondió el otro, un tipo alto y flacucho con manos enormes que en aquel momento acomodaba las bolas de billar dentro de un triángulo.
- Buenas tardes, caballeros, me permitirían unirme a su partida - preguntó mi maestro, llamando la atención de los dos hombres, quienes en cosa de un instante notaron mi presencia y me miraron de una forma extraña, porque al mismo tiempo que me demostraban el deseo que les provocaba, también hacían gala de mucha elegancia.
- Por supuesto, amigo - dijo el tipo flacucho - ¿Ella es tu…?
- Mascota, sí - respondió mi maestro antes de que el hombre terminara de preguntar.
- Estupendo - susurró el tipo bajito mientras mi maestro amarraba mi correa al soporte de una pantalla, como si fuera una perrita que se echaría a correr si no tomaba esa clase de medidas.
- No te muevas de aquí, no quiero que te sientes, no quiero que digas nada ni hagas un solo ruido, solo quédate muy quieta, mirándome todo el tiempo, con tus manos entrelazadas al frente de tu cuerpo ¿Entendido? - me ordenó con la voz baja, pero no tanto como para que esos hombres no lo notaran.
- Entendido, maestro - respondí, notando aquella mirada y esas sonrisas que compartieron esos sujetos, quienes trataron de comportarse lo mejor que pudieron al fingir que aquella situación no tenía nada de especial, aunque en realidad les costaba mucho trabajo no prestarme atención.
- Parece que tu mascota está muy bien educada, amigo - comentó el tipo flacucho mientras mi maestro analizaba los tacos a su disposición.
- Una zorra sabe responder a una mano firme, amigo - contestó mi maestro, logrando que me sintiera muy humillada, haciendo que mi rostro se sonrojara como nunca mientras sentía ese temblor ansioso de mis piernas y mis bragas comenzaban a humedecerse.
- Tienes toda la razón, hermano - comentó el tipo bajito mientras tiraba, descomponiendo aquel triángulo en el centro de la mesa, provocando que las bolas se dispersaran por todos lados e iniciando de esa manera la partida, un juego que en un principio tuvo lugar entre charlas de deportes y cualquier clase de cosas, donde mi maestro, por lo que pude entender, no estaba teniendo un buen desempeño, algo que al parecer lo motivó a hacer un primer movimiento con el objetivo de desconcentrar a sus adversarios, poniendo sobre la mesa de billar, cerca de una de las tizas, el control del juguete que en aquel momento tenía entre las piernas.
- ¡Carajo! - exclamó el tipo bajito mientras los ojos le brillaban de lujuria y morbo - ¿Es lo que creo que es? - preguntó, mirando en aquel momento en dirección de mi entrepierna, como si tratara de encontrar algo que hasta ese momento no hubiera notado.
- Tendrás que averiguarlo - respondió mi maestro, fingiendo que no prestaba mucha atención al hecho de que el tipo bajito tomara el control para analizarlo - ¡Demonios! ¡Volví a fallar! - se quejó.
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gemí cuando sentí las intensas vibraciones de aquel juguete, llamando la atención de los tres hombres que jugaban billar, de entre los cuales mi maestro me miró con mucha severidad.
- ¿No entendiste que debes permanecer en silencio?
- preguntó, haciéndome apretar los labios y abrir mucho los ojos para mirarlo mientras asentía, apretando las piernas para tratar de contener todo lo que sentía, notando lo mucho que ese tipo musculoso y bajo de estatura se divertía al jugar con mi cuerpo y desafiar mi capacidad de mantenerme en silencio.
Tuve que morderme los labios para no volver a gemir, a pesar del inmenso placer con el que ese bribón me estaba torturando, sintiendo cómo me temblaban las piernas y las manos, experimentando una sensación de peligro cuando noté que las rodillas se me doblaban ante las oleadas de electricidad que las recorrían con ese peligroso e incesante subir y bajar de la intensidad con la que mi juguete vibraba, viendo a ratos esa expresión morbosa y excitada de mi maestro cuando me miraba y me veía retorciéndome de placer, obstinada en cumplir su voluntad al pie de la letra, dejando que los minutos pasaran mientras el juego avanzaba y el fingía que no le importaba lo que ese chaparro de mierda hacía conmigo, quien al parecer tenía mucha experiencia con esa clase de juguetes, pues siempre que estaba a punto de venirme reducía la intensidad al mínimo hasta que me relajaba y la volvía a subir.
- ¡Una derrota más, amigo! - exclamó el tipo flacucho, mofándose de mi maestro, quien solo negó con la cabeza.
- Eres demasiado bueno en esto, pero veremos si en el próximo juego logras concentrarte lo suficiente - comentó mi maestro con presunción, antes de acercarse a mí y pararse a un metro de distancia - quítate el vestido - ordenó y yo lo obedecí, a pesar de que en aquel momento mi juicio estuviera tan comprometido con todo el placer que estaba sintiendo y el morbo que me provocaba notar el hecho de que mis bragas estuvieran tan empapadas que mis fluidos comenzaban a escurrirse por mis piernas - como no me gusta perder, los dejaré tocar a mi zorra durante algunos minutos cada vez que uno de ustedes me ceda su turno - les ofreció mi maestro, motivando ese intercambio de miradas de complicidad entre los dos hombres, antes de que el tipo chaparrito dejara su taco en uno de los soportes.
- Tienes todos mis turnos, hermano - comentó, caminando de inmediato en mi dirección, mirándome los senos de una forma que me hizo sentir en peligro y tragar saliva ante el miedo que de pronto embargó todo mi cuerpo, sin que dejara de vibrar esa cosa que tenía metida en el coño y que me estimulaba el clítoris de una manera estremecedora.
- ¡Este wey! - se quejó el flacucho mientras su amigo ponía una de sus manos en mis tetas, sin que yo dejara de tener mis manos entrelazadas por el frente de mi cuerpo.
- Solo se puede tocar, ¿Cierto?
- Sí, solo eso - respondió mi amo mientras tiraba de nuevo, sonriendo cuando en esa ocasión acertó aquel tiro, mientras el flacucho no dejaba de mirar la forma como su amigo metía su mano en mi sostén, acariciándome un pezón, logrando que se pusiera muy duro en un instante mientras su otra mano me sobaba las nalgas con la libertad que le otorgaban esas diminutas bragas que me puse para la ocasión.
- Vamos a subir un poco más la apuesta, preciosa - comentó el tipo que me manoseaba mientras escuchaba el sonido que producían las bolas de billar chocando entre sí, antes de que sintiera cómo mi cuerpo se tensaba mucho y me doblara por la mitad cuando la vibración de mi juguete se convirtió en algo inmanejable.
- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gemí con todas mis fuerzas cuando esa porquería me provocó un orgasmo muy intenso, obligándome a sentir el impulso de quitármelo, uno que apenas fui capaz de resistir cuando mi mirada y la de mi maestro se encontraron.