Swing hacia ti (El juego del amor 3) Capítulo 37. Lily
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Capítulo 37. Lily

Lily

Reviso a Ander; no puedo no hacerlo. Quiero comprobar que está bien.

Camelia es la que dirige todo, pero conmigo cerca.

Ander me lo agradece. Lo han obligado a hacer ejercicios que no eran adecuados para él.

Hank hace experimentos de vez en cuando, aunque en este caso creo más bien que quería forzar el pasar más tiempo aquí.

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que quería usar a Ander para tener una excusa para venir y tenerme controlada.

Reviso todo y no me gusta un pelo lo que veo. Porque descubro muchas cosas que no cuadran. Cuando tengo una idea clara se lo digo al padre de Camelia.

—No podemos fichar a más jugadores que no acepten a nuestro equipo médico al completo. O llevamos todo, o nada. Porque, por culpa de eso, ahora tienes un jugador que va a estar de baja, y yo hubiera podido remediar esto.

Mira todas las pruebas y asiente. Lo peor es que con este caso ya no podemos hacer nada, y me sabe mal por Ander.

Salgo hacia mi despacho para revisar todo y a medio camino veo a Hank; ha debido de coger uno de sus aviones privados para poder estar aquí y tocarnos los huevos.

—No tengo nada que hablar contigo —le digo mientras me dirijo a mi despacho.

—¿Que no? ¡Todo esto es por tu culpa! —Lo miro agitada y nerviosa. Odiando el poder que este hombre horrible tiene sobre mí.

Pero después de estar meses lejos de él me siento más fuerte que nunca, ya no le tengo miedo. Lo miro y lo enfrento.

—Esto no es mi culpa, es culpa de un hombre que usa a las personas para sus propios fines.

Primero a mí, que en vez de prestar el dinero a mi padre quisiste que yo entrara en el trato para destrozarme la vida y tenerme controlada, y ahora a Ander.

¡Tengo pruebas de que no habéis hecho todo lo necesario!

—Y yo de que eres una inútil. Y, dicho sea de paso, una puta que con tal de joderme y demostrarme que nunca te tendría se iba con el primero que pillaba. ¿Acaso crees que no lo sé? Eres una cualquiera… —No acaba de hablar, porque Brenan le cruza la cara.

Miro horrorizada a Brenan por si se ha lesionado la mano. Esa mano que usa para batear. Lo demás deja de importarme. Que a Hank le sangre la nariz me da igual.

—¡Pienso denunciarte por esto! —Cojo la mano de Brenan y ambos miramos a este ser horrible.

Estoy harta, harta de tenerle miedo.

—Tal vez yo haga lo mismo. —Deja de mirar a Brenan y centra su atención en mí—. Tengo vídeos y conversaciones. Los grabé para tener pruebas de que no inventaba nada. Y ahí están cada una de tus miradas lascivas, y tu forma de tratarme y humillarme.

—Eras mi prometida, nadie verá nada raro en que un prometido desee a su futura mujer.

Entonces lo veo claro: usó ese vínculo para tener una excusa si alguien lo pillaba. Para poder mirarme así y, si alguien decía algo, alegar que yo era su prometida y lo llevábamos en secreto.

—Eres un ser despreciable.

—Tal vez lo sea, pero llevo años en esto y no puedes hacer nada contra mí.

¿Este es el nuevo idiota al que te follas?

—Brenan quiere ir hacia él, pero lo detengo—.

Que sepas que esta zorra solo hace eso para joderme.

Para que sepa que nunca la follaré. No lo hice porque no me gustan las cosas tan usadas.

Brenan va hacia él, pero me pongo delante.

—Tal vez no pueda ir contra ti por tu forma de destrozarme. Pero eso no es todo lo que tengo contra ti. —Se queda lívido—. Has ido demasiado lejos. Ahora todo el mundo sabrá quién eres.

Viene hacia mí dispuesto a pegarme, pero Brenan se pone delante de mí y lo mira amenazador desde su altura.

—Como te atrevas a ponerle un solo dedo encima, te juro que te destrozo. —Solo yo noto a Brenan temblar. Le doy la mano mientras miramos a este ser despreciable y nos enfrentamos a este matón de pacotilla que se cree superior por tener dinero.

—Y fin. —Miramos a Kadet—. Este ha sido el directo de hoy, chicos, de cómo un cabrón se aprovecha de su posición para acosar con miradas lascivas a mujeres de su empresa. Y, por si no lo habéis notado, es ese. —Kadet señala a Hank.

Hank nos mira con odio y se marcha diciendo que nos piensa denunciar a todos. Kadet corta el directo. Meto a Brenan en mi consulta y le miro la mano. Está roja, pero no parece grave. Noto el peso de las lágrimas en mis mejillas.

—Eres tonto, si te lesionas la mano por mí no podrás jugar.

—Eso es lo que menos me importa ahora.

—¡Pues debería! —Me seca las lágrimas con la mano libre—. Voy a pedir pruebas de todo. —Me besa—. ¡¿Quieres parar?!

—Quiero saber cómo estás.

—Mejor cuando vea que tu mano está bien. Ese ser no se merece privarte de todo por lo que estás luchando.

—No lo hice por él, lo hice por ti.

—Dijiste que pegar no era la respuesta.

—No lo es, pero siempre hay excepciones. Y estoy bien. Sé pegar puñetazos. Kadet me enseñó.

—Por si algún capullo merecía un buen derechazo —dice el aludido.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

—Vine a traer unos papeles y me contaron el panorama. Y que Hank estaba por aquí. Escuché las voces, sabía que este ser no iba a parar, y ahora las cosas se hacen por las redes. La gente denuncia antes por ellas que en los juzgados.

Lo miro agitada y nerviosa. Brenan me abraza como si supiera que lo necesito.

—Dudo que ese ser se acerque más por aquí —añade metiendo la mano entre mi pelo.

Tocan a la puerta y vemos a Jeb y el resto de los amigos, que quieren saber cómo estoy.

—Estoy bien. Y Brenan parece que también. —El aludido sonríe.

Aun así le pido pruebas. Lo de Hank está dando la vuelta; dejo de callarme lo que descubrí de él y lo mando a la prensa mientras espero a ver cómo está la mano de Brenan tras las pruebas. Estoy cansada de tener miedo. De esconderme. Que cada cual pague por sus propias decisiones.

Hank pasó los límites porque no esperaba que yo hiciera nada. Porque en el fondo tenía poder sobre mí. Pero ese poder se ha roto. He dejado de temer las consecuencias. De temer las represalias de Hank. Que venga, estaré preparada.

Como ya intuía, Brenan no tiene nada malo. Solo algo de magulladura en los dedos. Pero eso se le irá en unos días.

Mis padres me llaman cuando llego a casa con Brenan, que no se despega de mí, y el resto de mis amigos.

—Nos hemos enterado, hija…

—Nunca debisteis usarme como moneda de cambio —corto a mi padre—. Yo no tenía la culpa de tu falta de liquidez, de que las empresas fueran mal. Pero a una hija no se la entrega a un desgraciado.

—Hija, yo…

—Tú no querías perder tu posición social y esa gente tampoco su trabajo. Y lo entiendo, pero me dejaste sola con un ser horrible. Y os quiero, papá, pero no sé cómo perdonaros esto —admito.

—Yo tampoco me lo perdono. Cuando quise hacer algo, ya era tarde. Hank tenía muchos contactos y quiso destruir tu carrera. Sabía lo feliz que te hacía ser la mejor fisioterapeuta deportiva y esperé… Lo siento, hija, no sé cómo remediar todo esto.

—Tal vez necesitemos tiempo.

—Sí, espero que sí.

Mi madre se pone y me dice lo mismo, que lo siente. Que por culpa de esto no saben cómo acercarse a mí. Es cierto que esto nos separó; aunque entre gente de nuestra sociedad no son descabellados matrimonios así, nunca esperé que mis padres lo hicieran, y menos con un hombre como Hank.

Les digo que tienen que venir a verme; si no trazo puentes entre nosotros, nunca avanzaremos.

Cuando cuelgo veo a Brenan sentado en el sofá, esperándome paciente. Odio ver su mano magullada y pensar en lo que podría haber pasado, pero nunca olvidaré cómo le golpeó la cara y lo desplazó hacia atrás.

Brenan odia la violencia y enfrentarse a sus demonios, pero por mí lo hizo. Tal vez solo seamos mejores amigos…, tal vez pueda seguir sellando mis labios para no decirle te amo cuando lo mire, y recordar que a los amigos se los quiere, pero el amor está reservado para los amantes.

—¿Qué necesitas? —dice pasando su nariz por mi cuello y dejándome besos ahí.

—A ti, así, solo quiero sentirte antes de enfrentarnos a la realidad.

—Por suerte, Kadet no grabó el puñetazo.

—Hubiera estado bien verlo en bucle. —Nos reímos—. Pasé mucho miedo por ti.

—Y yo por ti. No soporto cómo te mira. Cómo te haces pequeña a su lado. Cómo te anulas.

—Te entiendo, porque es lo que me pasa a mí cada vez que tú haces lo mismo. —Nos miramos sin decir nada. Solo sabiendo que todo tiene que cambiar. Nadie puede hacernos pequeños, ni tan siquiera nosotros mismos.

Nos quedamos abrazados y quietos. Sin querer movernos de nuestra burbuja.