Capítulo 35. Brenan
Brenan
El partido empieza y doy lo mejor de mí.
Intento que no me importe cómo me graban y tantos ojos fijos en mí.
Tengo que ser más fuerte que eso. No dejar que mis miedos dominen mis pasos.
El miedo nos protege, pero a veces le damos demasiado poder y, aunque nunca dejará de existir, porque gracias a eso muchas veces estamos vivos, no podemos dejar que rija cada uno de nuestros movimientos.
Pero eso no quita que ahora mismo, mientras tomo aire para hacer un gran lanzamiento, no esté nervioso.
Hago lo que me dijo Marta: centrarme solo en la jugada, en lo feliz que soy en este instante. En las caras de mis compañeros esperando que dé lo mejor de mí. Me centro en todo lo bueno y dejo que lo malo se quede a un lado.
Golpeo la bola y corro escuchando los gritos de alegría de la gente. Hago una carrera y la celebro. Lo hago hasta que veo que le dicen algo a Kadet y este se queda pálido.
Seguimos jugando. Kadet se marcha. Jeb nos dice que demos lo mejor, pero mi cabeza está con mi amigo. Con su mujer y su hijo.
—¿Todo bien? —pregunto a Jeb.
—Ofelia está de parto. Le prometí que se lo diría… —Intuyo que a Kadet. Va a decir algo, pero este regresa.
—No hay vuelos hasta el nuestro de mañana. —Todos vemos el dolor en sus ojos azules.
La impotencia de no poder estar ahí. De no ser de los primeros en ver a su hijo.
De no poder dar la mano a su mujer y prometerle que todo irá bien.
El miedo brilla en sus ojos. El miedo a que salga mal, a que algo no salga como se espera.
El pequeño va a nacer unas semanas antes.
Es normal su miedo. Aunque, por lo grande que es, dudo que lo metan en incubadora.
—Tenemos que seguir. Todos. —Jeb mira a Kadet—. No puedes estar con ellos, pero nosotros también somos tu familia y no estás solo. Y mañana iremos todos a ver a tu hijo y decirle que su padre hizo su mejor partido y se lo dedicó.
—Te estás aprovechando de eso para que dé lo mejor de mí.
—Sí, porque no puedes hacer nada. Pero sí puedes jugar bien y dedicarle cada buena jugada. Y cuando sea mayor y vea este partido, le dirás que él estaba ahí contigo. Porque era tu forma de demostrarle lo feliz que eres de tenerlo en tu vida.
Kadet toma aire para contener las lágrimas.
—Eres un cabrón. —Da unas palmadas en la espalda de Jeb—. Vamos a jugar. Este partido lo tenemos que ganar por mi mujer y mi hijo.
Jeb asiente y el resto, igual. Era lo que Kadet necesitaba para no venirse abajo por los nervios. Jeb sabía que necesitaba este reto para jugar como el mejor y luego ver la forma de llegar a tiempo.
No es fácil ser padre y además una estrella del deporte. Porque tu deporte, tu carrera, es una gran parte de ti que te va a tener lejos de muchos momentos de la vida de quien más quieres.
* * *
Ganamos el partido y Kadet hizo gestos de bebé mirando a la cámara. Casi no hemos dormido. Cogimos las cosas y vinimos al aeropuerto a ver si conseguíamos un vuelo antes. Pero nada. Estamos ya casi llegando y al salir hay prensa, y muchos niños que quieren vernos.
Kadet y Dugan siempre se paran, pero hoy dudo que puedan hacerlo. Dugan va a llevar en su coche a Kadet, porque este no puede conducir. Lo último que sabemos es que no ha nacido aún. Se está retrasando.
Voy hacia los niños y, nervioso, poso con ellos para permitir que mi hermano y Dugan se marchen sin tantos problemas. Me quedo rodeado de la gente, la prensa y todo el que quiera acercarse. Siempre evito acercarme tanto, pero hoy me tocaba a mí.
Una niña me abraza con fuerza y me tiende una pelota.
—Eres el mejor. —Se sonroja agitada y tan nerviosa como yo.
—¿Tú también estás nerviosa? —Asiente y me mira sofocada. Sé lo que se siente—. Yo también. Conocer a mis fans me pone nervioso —admito—. Tal vez porque no sé cómo ser ante ellos.
—¿Eres tímido como yo? —pregunta la niña, y asiento sabiendo que puedo ser referente para niños como yo y que vean que no podemos dejar que nuestros miedos venzan.
Cuando los de seguridad vienen a por mí para que me marche, estoy temblando. Jeb me espera.
—Lo has hecho bien —dice en su coche.
—Dame un momento. —Estoy demasiado agitado y nervioso. Como si absorber tanta energía de la gente me dejara falto de la mía—. Me siento bien.
—Ya se nota —bromea mientras conduce hacia el hospital.
—Poco a poco.
—Sí, llevas años. Un poco más no importa —me pica—. Y ahora, vamos a conocer al nuevo integrante del grupo.
* * *
Llegamos a la clínica donde está Ofelia. En la sala de espera no cabe más gente, de todo el mundo que hay esperando. Veo a los padres de Ofelia, nerviosos, y a los míos. Sienten a este niño como si fuera su primer nieto y me encanta que sea así, porque para mí Kadet es un hermano más.
—Hijo, lo has hecho genial. —Mi madre me abraza—. Y esa niña no va a olvidar nunca el gesto. Que normalices la timidez.
—Eso espero. —Busco a Lily.
—Ha salido a tomar un café. Está en la cafetería.
Mi padre sonríe, dejando claro que sabe de quién hablamos mi madre y yo. Al menos ahora está aquí, no perdido en su mundo. O tras sus escudos. Romper con lo conocido es aterrador. Yo lo sé bien.
Voy a buscar a Lily y la veo empujando un carrito lleno de cafés humeantes para todos.
—Llego justo a tiempo. —Alza la cabeza y al verme sonríe.
—Eso parece. —Me acerco a ella y la beso—. Alguien puede vernos…
Se aparta y estoy a punto de decirle que no me importa, pero no lo hago. No estoy listo para dar otro nombre a lo nuestro. La sigo y repartimos los cafés. Al poco sale Kadet, orgulloso y con los ojos rojos de llorar. Pero su mirada es de felicidad. Nunca lo he visto tan feliz.
—Me ha esperado. He estado ahí…, con ellos, y es el niño más bonito que he visto en mi vida. Ian ya está aquí para dar mucha guerra.
—Si es como su padre, seguro. —Mi hermano abraza a su amigo—. Enhorabuena, papi.
—Joder, cómo suena eso. —Va a decir algo, pero se queda callado al ver a alguien en el pasillo.
Miramos hacia allí y vemos a sus padres. Kadet los mira sin saber qué decir al cabo de tantos años sin hablarse. Su madre le tiende una cesta de pañales. Azules. Está claro que saben que es un niño. Que lo han visto en redes y por eso están aquí. Tal vez sí estaban pendientes de su hijo.
—Nunca quise regalos —les dice Kadet serio—. Pero si habéis venido a algo más que comprar a mi hijo con regalos…, podéis quedaros.
Con esto Kadet demuestra que es mil veces mejor que ellos y que será un gran padre. Uno de los mejores.
Sus padres asienten y entran en la sala donde todos esperamos conocer al pequeño y ver a Ofelia. Nos dicen que está bien, que el parto ha sido muy largo y está descansando. El niño ha pesado casi tres kilos y medio, y eso que se ha adelantado. Casi mejor así.
Mi madre va hacia los padres de Kadet y les habla del gran hijo que tienen.
Por la mirada de ambos sé que les ha costado estar aquí, pero quieren intentarlo.
Tal vez no sea tarde tampoco para ellos.
Tal vez cuando lo dejaron ir luego no sabían cómo salvar la distancia entre ellos y han usado esto para acercarse, por un pequeño que se merece todo y es parte de ellos.