Capítulo 26. Brenan
Brenan
Mi idea era cenar con Lily a solas tras lo de esta mañana, pero ha sido la idea de todos.
Jeb estaba aquí cuando llegué, y Marta, la psicóloga.
Esto no lo esperaba, pero al parecer Jeb y ella son…
amigos especiales. Quedan fuera del trabajo y quiso pasarse con él para esta cena improvisada de amigos.
Nos conoce a todos. Dugan y Camelia llegaron poco después, y Ofelia, que está agotada.
El embarazo le está dando problemas, vomita cada dos por tres, y eso hace que Kadet esté distraído, hasta el punto de que casi no comenta en el grupo, y en él es raro.
Y no es para menos; ellos lo son todo para él.
—Tenemos que hacer un plan de juego —dice Kadet—, si vemos entrar al cabrón avisamos para que Lily sepa por dónde ir y cómo moverse sin verlo.
—Me encanta lo del cabrón —añade Lily—. No creo que haga nada, nunca hizo nada.
—Una mirada puede ser acoso si se repite y te incomoda. Y más en el trabajo —interviene Marta—. Además, si a ti te molestaba, no hay más que hablar. Ninguna emoción, por pequeña que sea, es menos válida.
Jeb la mira con admiración, hasta que se da cuenta y centra su mirada en Lily.
Preparamos algo de cenar y cenamos juntos. Lily quiere hacerles creer que está bien, pero la conozco lo suficiente para saber que no lo está. Por eso me marcho a mi casa cuando se van todos y al cabo de unos quince minutos toco a su puerta.
—Puedo pasar la noche contigo… —Levanto un par de libros iguales—. Son de aventuras.
—Solo si prometes no roncar. —Me río y entro en su casa.
Vamos hasta su cama y entramos en ella. Cogemos un libro cada uno y se apoya en mi hombro.
No decimos nada mientras leemos, pero compartir esto con ella me calma mientras recuerdo lo inútil que me sentí esta mañana.
No podía moverme. Estaba abriendo y cerrando la boca, incapaz de decir nada.
Era como volver al instituto, donde la gente se reía de mí y me quedaba paralizado.
Donde no era capaz de decir que pararan, de exigir que me dejaran en paz.
Mucha gente me admira por ser famoso, por jugar bien, pero ignoran cómo tiemblo fuera y dentro del campo de juego. Estoy cansado de ser así.
Por eso a primera hora voy a hablar con Marta y me da cita al final del día. Y cuando me pide que le cuente cómo me sentía de niño al ser menospreciado, le digo la verdad:
—Inútil…, como si fuera todo lo que ellos me decían.
—¿Sabes una cosa? —La miro a la espera—.
El cerebro no entiende de verdades o mentiras, si tú te dices todos los días que eres tonto, se lo va a creer, aunque no lo seas.
Si cada día de tu infancia te repetiste que no eras capaz de superar eso, tu cerebro piensa que no lo es.
¿Por qué crees que los niños creen en la magia, a pesar de que en los tiempos que corren hay tanta información a la que podrían acceder para saber la verdad?
—Porque los adultos les decimos que es verdad.
—Sí, ellos creen a las personas que los rodean.
Si les dices que existe Papá Noel, creen sin preguntarse nada.
Pues tu cerebro es igual. Si tú le dices que es un inútil, no se para a pensar que no lo es.
Porque cree en ti sin cuestionarse nada hasta que tu mismo digas: «no, joder, no lo soy».
Yo puedo darte las armas, Brenan, pero tú eres el que debe empuñar la espada y luchar.
La miro nervioso, agitado y ansiando la seguridad de lo que ya conozco.
—Quiero luchar —mi voz es casi un susurro.
—Podemos empezar con eso.
Sonríe y entiendo por qué Jeb la ha dejado entrar en su vida. Hay algo cálido y reconfortante en ella.
Al salir, veo a Jeb cerca. Me mira y espera que le hable.
—Voy a intentar dejar de huir…
—No digas eso. Lo de intentar, joder, si dices vas a intentar es que no vas a luchar con fuerza. Lo vas a lograr. ¿Entendido?
—Sí.
—Vale, y ahora vamos a entrenar con una cámara enfocándote. Pienso hacer de ti el mejor.
—Es tu tiempo libre.
—Por eso lo invierto en mis amigos.
Vamos hasta el campo iluminado con las luces. Dugan está ahí y me dice todo lo que espera de mí. Kadet está tras una cámara antigua.
—¿Sabes que existen móviles, no? —le digo.
—Me la suda, esta te impone más. Y la he conectado a las del campo. —Miro a la pantalla y me veo. Joder, odio cuando me enfocan.
Pienso que si me equivoco todo el mundo se reirá de mí.
—Mira que sales guapo. —Miro hacia el banquillo y ahí está Lily con mi camiseta y, joder, creo que solo la lleva por cómo se ven sus largas piernas.
—Vamos a ello —digo, y miro a la pantalla, donde solo se me ve a mí. Kadet sonríe, disfrutando con esto.
Vale, solo tengo que no pensar. Solo tengo que no pensar…
No ser mi propio verdugo.