Capítulo 2. Brenan
Brenan
Lily me intriga y a la vez me pone jodidamente nervioso.
Sé un montón de cosas de ella. O al menos lo que cuenta Camelia.
Sabía cómo era, de pelo cobrizo largo y grandes ojos esmeralda.
Lo sabía, pero fue verla y quedarme sin palabras.
Es mucho más guapa en persona. Y es la típica persona que donde está se hace notar.
Todo lo contrario a mí, que a veces parezco un mueble, porque no sé cómo integrarme entre los demás.
Por suerte, con mis amigos no me pasa.
Y ahora, tal vez vivamos pared con pared.
Jeb se ha mudado a otro piso de nuestro edificio.
Vendió el suyo y ahora vive dos plantas por encima de nosotros.
Aunque pasa mucho tiempo en mi casa. Él y los demás.
Aunque Kadet cada vez menos, porque está pendiente, y asustado, por cómo va la evolución de su bebé.
Nunca hubiera creído que él sería el primero en sentar la cabeza, pero sí sé que es el que más lo merece.
Kadet no sabe lo que es una familia feliz.
No sabe lo que es un hogar. Por eso siempre se ha sentido perdido.
Hasta que llegó Ofelia y le dio todo lo que siempre soñó.
Me alegro mucho por él.
Estoy en el portal, abriendo el buzón y mirando el correo, cuando veo el ascensor abrirse y a Lily saliendo a gatas.
Espera, no entiendo bien esta imagen. La miro mientras se levanta jadeante.
Y luego saluda a la cámara de vigilancia.
Cuando me ve plantado ahí con mi correo se sonroja más de lo que ya está.
—¿Cuánto debo pagarte para que olvides esto?
—No hay oro suficiente para que quiera olvidar algo así.
—Mierda. Recuérdame que ignore las escaleras de por vida.
Cuando la vi ir hacia las escaleras tan contenta pensé que era para ir a casa de mi hermano, no para bajar hasta aquí. Ella debió de notar en algún punto la locura que era y pidió el ascensor.
—Lo haré.—Sonríe y su sonrisa ilumina su cara pecosa.
No lleva nada de maquillaje, pero tampoco creo que le haga falta. Sobre todo en la boca. Sus labios en forma de corazón son rojos como las fresas maduras.
—Mucho correo, ¿no?
—Son cartas de niños de un colegio…, me escriben.
—¡Oh! ¿En serio? —Se me acerca y me las quita de las manos. La miro divertido mientras pasa de una a otra sin abrir. Algunas tienen dibujos—. ¿Y cómo empezó esta historia? ¿Vas a tu casa? —Asiento—. ¿Me invitas a un café y me lo cuentas?
—Eh…, supongo que sí.
—Vamos a ser vecinos. Tenemos que llevarnos bien, sobre todo por si tenemos que esconder secretos sexuales. —Se ríe y luego hace una risa de cerdo, la miro, se sonroja y echa a correr—. ¡Ahora subo!
No sé bien qué acaba de pasar, pero empiezo a entender cómo Camelia se dejó arrastrar por Lily. Ella no da opción a otra cosa.
* * *
Jeb entra en mi casa como si fuera suya, usando sus llaves, cuando estoy preparando café. Entra en la cocina y ve que he preparado dos tazas.
—¿Has quedado con alguien?
—Sí y no. Lily me ha visto y se ha autoinvitado.
—Ah, vale, eso es muy típico de mi amiga. —Sonríe con cariño. Se nota que la quiere mucho—. Él mío con leche, por favor.
—Tienes dos manos, échate tú la leche. Aquí no eres mi entrenador para darme órdenes.
Jeb sonríe. Va a ser nuestro entrenador único, ya que su padre ha decidido ser él quien viaje buscando jugadores con su mujer y disfrutando de la vida.
Este año ha empezado con muchos jugadores nuevos veteranos.
La mayoría, en sus últimos años de carrera.
Yo seré capitán con Kadet y este año seré el jugador de posición más destacado.
La temporada pasada no se me nombró el mejor de la liga por poco.
Pero este año quiero serlo. Destacar, dejar de tener miedo a ser el centro de todas las miradas.
Sé que tengo mucho para dar, pero cuando llega el momento la ansiedad ante el exceso de miradas me abruma y doy lo justo.
Esto tiene que cambiar; no puedo quedarme siempre con la duda de qué hubiera pasado si mis inseguridades y mi timidez no me hubieran anulado.
Suena la puerta y Jeb va a abrir a su amiga. Esta entra menos sofocada que antes, aunque cuando me mira está sonrojada. ¿Le gustará Jeb? Cuando lo abraza con fuerza los dejo solos y voy a por algo de comer.
Mi madre siempre nos trae comida que sobra en su cafetería.
Y si no, Ofelia. Saco a la mesa algunas cosas y los veo hablar de algo referente a su exprometido.
Cojo mi café y me lo tomo mojando una galleta mientras Lily le cuenta a su amigo su falsa historia con su prometido.
Un capullo de manual, por lo que parece.
Yo miro el móvil, porque no sé qué decir.
Ni se han enterado de que estoy aquí, podría irme y ni se darían cuenta, de hecho es lo que hago. Voy a mi cuarto a leer las cartas.
—¿Adónde vas? —pregunta Lily—. ¿Te aburre lo que cuento? A ver, sé que es una mierda de historia. Pero bueno…
—No es eso. Os daba intimidad.
—Ah. —Lily me mira—. Si estoy contando esto delante de ti es porque no me importa que lo sepas.
—Vale. —Regreso a la mesa sin saber qué más decir.
Lily sigue hablando con Jeb y, aunque no lo parece, tal vez sí me tienen en cuenta.
—Me tengo que ir —le dice Jeb y se despide de ella. Espero que Lily se marche, pero se sienta a mi lado y coge una galleta.
—¿Abrimos esas cartas? Dime que sí, sé que soy un poco intensa, y pesada, y…
, bueno, todo eso —de golpe me mira sonrojada—, pero tu hermano y Camelia están…
, bueno, follando y esas cosas. No quiero estar ahí y sentirme una intrusa.
Por suerte creo que esta semana podré tener mi casa, o si no, pronto.
Lo espero de verdad. Al final los voy a ver como dos conejos… —Habla a trompicones.
—Las abrimos —digo sin más para que deje de hablar como si tuviera que convencerme.
Voy a por ellas. Preparo papel y boli junto con pegatinas.
—Qué adorables son.
Son pequeños, tienen unos ocho años y cuentan poco, pero les hace ilusión recibir mis cartas.
Su profesora lo hace cada año con sus nuevos alumnos.
Antes de que acabe el curso les pide que me escriban una carta y se las mandan a ella durante el verano.
Cuando las tiene todas, me las envía. Y cuando vuelven de las vacaciones les entrega mis respuestas para animarlos con el nuevo curso.
—¿Cómo conociste a la profesora? —me pregunta tras contarle la historia.
—Era hermana de una chica con la que tuve una cita.
—Oh, la historia se pone interesante. —Sus ojos brillan.
—No —respondo cortante. No sé cómo explicar que me dejó por callado.
—Ah, vale, pues nada.
La miro y veo como coge las cartas y las lee. Luego escribo y ella les pone pegatinas. Las comenta todas. Como si esta no fuera la primera vez que hacemos esto, o que está en mi casa. Entiendo por qué Camelia la dejó entrar en su vida. Era imposible detenerla.
—Me voy a marchar. Gracias por un rato tan agradable.
Creo que lo dice de broma hasta que miro sus ojos y los veo brillar sinceros. La acompaño a la puerta y cuando se va no sé muy bien cómo explicar lo que ha pasado aquí. A mí estas cosas tan locas no me suelen pasar. Presiento que con Lily aquí no nos vamos a aburrir.
Sonrío con ganas de descubrirlo, aunque sea desde la distancia mientras ella habla con mis amigos.