SUYO 24 #2
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24 #2

Antes de seguir con el movimiento, lo tomé con firmeza por la cintura con ambas manos y me incliné hacia su rostro para besar su boca con una dedicación absoluta, sintiendo sus labios calientes unirse con los míos en una promesa silenciosa.

Estaba perdido en el placer cuando sentí mi cuerpo liberarse y eyacular con fuerza en su interior.

Jairo soltó un grito ahogado y se vino unos cuantos segundos después sobre nuestros vientres, mirándome fijo a los ojos con una devoción aterradora.

El mejor orgasmo de toda mi existencia. Llevé mi mano derecha hasta su rostro sudoroso y lo acaricié con ternura.

—Te amo, Jairo... —susurré al oído de mi sumiso, cayendo rendido de cansancio sobre su pecho.

Me revuelvo el cabello con desesperación con la mano izquierda mientras las primeras gotas de una lluvia gélida comienzan a caer sobre el estacionamiento de la universidad.

De pronto, un dolor punzante me revuelve el estómago por la ansiedad; una reacción física que se complementa con una opresiva sensación de mal presagio que me asfixia el pecho.

Aún peor que mi malestar físico es el hecho de que Jairo no haya contestado ninguna de mi últimas llamadas al celular. Suponía en mi mente que él debería haberme llamado luego de marcharse de mi porche la noche anterior.

La realidad que nadie en este campus sabía era otra muy diferente. Jairo había ido a mi casa una última vez en secreto por la parte trasera y, después de hacer el amor por tercera vez en la madrugada, estábamos decididos a ejecutar nuestro plan de escape.

—¿Estás seguro de lo que dices, Jairo? —le había preguntado yo horas antes, mientras él yacía recostado con confianza sobre mi pecho desnudo—. Una vez que crucemos esa línea con tu familia, no habrá vuelta atrás para ninguno.

—Nunca he estado tan seguro de algo en toda mi vida, Axael —había respondido él con una sonrisa madura.

De regreso al presente del estacionamiento, noto un movimiento inusual al alzar la cabeza hacia la entrada principal; observo cómo un par de patrullas de la policía local se habían estacionado con las luces apagadas fuera del edificio de la universidad.

Ese detalle visual termina por dejarme sin el último gramo de aliento.

¿Qué pasa aquí realmente?

¿De qué cosa me perdí?

—Profesor Axael James... —se dirige a mí el oficial de mediana edad, Otto, con su pequeña libreta y bolígrafo en manos—. ¿Le molestaría contestarnos algunas preguntas de rutina ahora mismo?

—Sería un placer ayudarles. ¿Sobre qué asunto se trata? —indago con una voz cautelosa y ensayada.

—Respecto a la denuncia por la desaparición de un alumno de esta facultad: el joven Jairo Spring.

◆◆◆

Los oficiales de policía son entes fáciles de engañar y manipular cuando eres un hombre respetable de leyes, un profesor intachable que ante la sociedad no aparenta haber roto un plato en su vida.

Y sobre todo, son fáciles de evadir cuando te has tomado el tiempo de construir la coartada perfecta junto a tu sumiso.

Hacía tiempo que yo venía hablando de forma pública en las salas de profesores sobre mi inminente cambio de trabajo a una universidad en otra ciudad costera; así que nadie en el campus sospecha nada raro cuando mi carta de renuncia oficial llega de golpe al escritorio del viejo Lin.

Nadie se extraña cuando mis armarios de la oficina quedan vacíos o cuando mi automóvil deja de estar estacionado en la entrada de mi casa de la colina.

Conduzco durante un par de horas hasta llegar a un paradero de autobuses apartado en los límites de la ciudad; allí, bajo la lluvia fina, veo la silueta de Jairo sosteniendo una pequeña valija de viaje con una sonrisa en los labios.

—¿Me daría un aventón hacia el sur, profesor? —bromea con picardía y se mete de inmediato en el asiento del copiloto.

En cuanto cierra la puerta, lo tomo por el cuello y lo beso de forma prolongada y profunda, con una necesidad implacable; porque lo amo con locura y lo necesito para existir.

Mientras nos besamos, el asiento del copiloto se hace hacia atrás un poco por el peso y el ambiente del habitáculo se torna caliente, lleno de nuestra esencia.

Él coloca su mano firme en mi hombro para frenarme un poco y tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano de control de Dom para no desnudarlo y hacerle el amor una vez más allí mismo, sobre el tablero del automóvil.

Tenemos por delante un camino largo que seguir en la carretera hasta llegar a la próxima ciudad costera.

Jairo me dijo anoche en la cama que su mayor sueño era tener una casa pequeña frente a la playa y sé muy bien que la tendrá; en ese lugar tranquilo, lejos del veneno de Sara y de la moral de la alta sociedad, podrán crecer en el futuro nuestros hijos adoptivos.

La buena noticia del caso policial es que los oficiales de la ciudad dejarán de buscar su rastro en un par de días, en el momento en que encuentren la carta manuscrita que Jairo le dejó oculta a su familia.

Después de todo, él es un adulto ante la ley y no necesita más que su propio permiso y voluntad para mudarse y empezar su vida desde cero. Con el pasar de los meses, hablaremos con los demás a través de llamadas, cuando podamos acomodarnos mejor a nuestra nueva vida juntos.

Por mi parte, yo también le he dejado una carta de despedida clara a mi exesposa sobre la mesa del comedor de la casa abandonada:

Querida Sara:

Espero que tengas la capacidad mental de saber que, con tus bajezas y tus amenazas en el estacionamiento, solo me diste el valor definitivo que me faltaba para arriesgarme por la única persona que amo y que amaré por el resto de mi vida.

En Jairo encontré todo lo que necesito en este mundo para ser feliz como hombre. Espero de corazón que algún día puedas encontrar esa paz tú también en tu propio entorno y dejes de ser una persona tan vacía.

P.D: Te dejo la propiedad de la casa de la colina entera a tu nombre en los papeles legales; al menos así tendrás algo de valor material que sostener en tu solitaria vida.

Teníamos en nuestras cuentas bancarias los ahorros de nuestros futuros; lo suficiente para costear una pequeña propiedad frente al mar y empezar de nuevo. Pero lo más importante de todo es que teníamos las ganas infinitas de estar con el otro, de amar las marcas del otro, de ser libres.

—¿Por qué no contestaste mis llamadas al celular anoche mientras te esperaba en el punto de encuentro? —le pregunté con una sonrisa preocupada una vez que nos apartamos del beso para tomar aire.

—Olvidé el teléfono móvil sobre la mesa de Justin con los nervios de la huida y ya no había tiempo de regresar a buscarlo sin arruinar el plan. Lo siento mucho, mi amor... —pidió disculpas con un tono tan tiernamente sumiso que no me quedó más opción que besarlo con devoción en la frente.

—No pasa nada, ya está solucionado. Solo estaba preocupado por ti en el auto. Ponte el cinturón, ya nos vamos de aquí —aclaré con mi tono protector, y le sonreí con complicidad mientras me acomodaba firme en mi asiento del conductor—. ¿Estás listo para el viaje, Jai?

—Vámonos de una vez —respondió risueño y feliz, observando bajo la luz del tablero el anillo de plata que su futuro esposo le había obsequiado en la intimidad.

Un beso rápido más sobre sus labios antes de empezar una nueva vida...

Completamente juntos.