SUYO 24
95%

24

Subí con pasos silenciosos hacia la segunda planta de la casa con el único propósito de ir al baño del pasillo.

Había aguantado durante más de veinte minutos las ganas físicas de orinar mientras me obligaba a conciliar el sueño en el sofá; todo por el terror de subir las escaleras y quedar parado frente a mi propia puerta como un vulgar acosador nocturno,

perdiendo el control al pensar que Jairo estaba allí dentro, descansando en mi colchón.

Aunque me repetí mil veces que no lo hiciera, que bajo ninguna circunstancia mirara en esa dirección, al pasar por el umbral giré el rostro hacia la penumbra.

Intenté engañar a mi conciencia diciéndome que solo quería cerciorarme de que él estuviera bien tras la borrachera.

Jairo estaba tumbado en mitad de la cama matrimonial, sin ropa en la parte superior del cuerpo.

Descansaba boca abajo, mientras una de mis sábanas de color gris cubría el contorno de sus caderas y dejaba al descubierto la línea de sus piernas desnudas bajo la luz de la luna.

Con esa sola imagen, bajé al infierno de un definitivo tropezón.

La posición de su cuerpo era tan sugestiva en la oscuridad que mi miembro se removió con violencia dentro de mi ropa interior.

De no ser porque sabía con certeza que Jairo me odiaba por lo ocurrido en la facultad, hubiera llegado a pensar que lo hacía adrede para provocar que entrara a tomarlo.

Quizás era una provocación inconsciente para decirme en silencio: «Mira todo lo que te pierdes por cobarde». Quién sabe cómo funciona su mente.

Seguí de largo a paso rápido hasta el cuarto de baño y cerré la puerta detrás de mí.

Mis ojeras se veían enormes y oscuras en el espejo; mi piel lucía una absoluta falta de color.

Me arrojé agua fría en el rostro para quitarme la pesadez mental de encima.

Los azulejos azul marino de la pared hacían que mi imagen se viera aún más lúgubre y demacrada de lo que estaba ayer.

Pensé que lo mejor era darme una ducha completa para quedarme despierto el resto de la madrugada, debido a que ya eran casi las 6:00 am en el reloj y tenía la obligación moral de llevar a Jairo de regreso en cuanto abriera los ojos.

La alta temperatura del agua corriendo por mi piel fue lo único que me alivió el estrés en este amanecer; bajo el chorro hirviendo, mis músculos tensos se relajaron de golpe.

Estaba enjabonándome el cabello con los ojos cerrados por seguridad para que no entrara el champú, cuando escuché con nitidez el sonido de la puerta del baño al abrirse.

Me enjuagué el rostro a toda prisa. Lo primero que registraron mis ojos a través de la mampara transparente fue a Jairo, parado fuera de la ducha, vestido únicamente con unos bóxers negros.

Su piel lucía más perfecta, blanca y tersa que nunca; un tono frío que contrastaba de forma idílica con esa marca azulada, ya casi extinta, que llevaba grabada en la curva de la cadera.

Me ruboricé al recordar con un espasmo de posesión cómo se la había hecho yo mismo con mis manos la última vez que nos acostamos de forma salvaje en aquel hotel.

Cerré la cortina de la ducha de golpe para ocultar mi erección y mi cuerpo desnudo, pero él no movió un solo músculo. Solo me miraba a través del plástico con una intensidad que me quemaba.

—Pensé que estabas durmiendo en mi habitación —le dije con la voz rota, intentando recuperar mi postura de control.

—No puedo dormir, Axael. Mi mente no dejaba de pensar en esto.

—¿En qué pensabas exactamente? —pregunté, conteniendo el aliento bajo la lluvia de agua.

—En que podrás ser un sádico hijo de puta con tus decisiones... pero yo soy un masoquista de mierda que te necesita.

Me quedé perplejo ante la crudeza de su confesión.

Él no esperó una réplica; caminó con paso firme hacia la ducha, abrió la puerta y se metió descalzo junto a mí, ubicándose bajo la violenta lluvia de agua caliente.

Me arrancó un beso desesperado con sabor a alcohol y a lágrimas retenidas.

De repente, todos mis sentidos anestesiados volvieron a la vida con la fuerza de un rayo.

En un movimiento instintivo de Dom, lo acorralé contra la pared de azulejos. Sus labios presionaban mi boca con fuerza, el agua empapaba nuestros rostros y su trasero, ya libre del bóxer del que se había despojado, se friccionaba contra mi erección palpitante.

Jairo se movía con lentitud, restregándose contra mí; me necesitaba tanto en ese momento de quiebre como yo lo necesitaba a él para seguir respirando.

Estaba jodidamente duro; quería follarlo contra la pared hasta cansarme, hasta perder el conocimiento y correrme en el fondo de su ser como un enfermo corrompido por su sumisión.

Él me había corrompido el juicio, tanto como yo a él en nuestra dinámica.

E irónicamente, mientras el agua nos ahogaba, jamás me había sentido tan sano en toda mi vida.

Mis manos descendieron con brusquedad hasta el hueso de su cadera; presionaron con fuerza exacta sobre la marca azulada de mis dedos anteriores y él soltó un grito ahogado de dolor mezclado con puro placer.

Quería más castigo; pronto colocó su propia mano temblorosa sobre la mía, apretándola contra su piel para darme a entender de forma física que necesitaba sentir el rigor de mi posesión.

Me arrodillé bajo el chorro de agua hasta quedar frente a su trasero mojado; abrí sus nalgas con ambas manos para dejar al descubierto su ano y lo lamí con devoción.

En respuesta a mi lengua, Jairo soltó un gemido agudo y desgarrador; eso para mi mente fue la gloria misma.

Sus labios se abrieron por completo para dejar salir esos sonidos obscenos y sumisos que yo tanto glorificaba en la intimidad del cuarto de juegos.

Continué comiéndolo sin piedad bajo el agua mientras lo escuchaba maldecir entre dientes por el exceso de estimulación.

—Sí... Dios, papi... umm —jadeó con fuerza y escondió el rostro avergonzado contra los azulejos fríos de la pared porque le dio una pena repentina que yo lo viera así; sin embargo, continuó suplicando—: Mierda... me voy a correr ya mismo en tus manos y no quiero hacerlo todavía.

—No te vas a correr hasta que yo te lo ordene, Jairo —dije con una seguridad implacable y continué estimulándolo con los dedos y la boca sin darle tregua.

—Entonces fóllame de una vez... Fóllame ahora, Axael, donde sea que quieras. Por favor, te lo ruego.

Me levanté del suelo de la ducha con la respiración entrecortada y cerré de golpe la llave del grifo; el baño quedó sumido en un silencio denso.

Jairo tenía el rostro rojo por el calor, los ojos desenfocados por la sumisión, la boca semiabierta y la punta de la lengua afuera buscando aire.

Sentí un impulso posesivo de follarle la boca ahí mismo contra el lavabo.

—En la cama, cachorro. Muévete —ordené con mi verdadera voz de mando, para luego tomar una toalla grande y envolver su cuerpo tembloroso.

Fui detrás de sus pasos apurados por el pasillo hacia la habitación.

Mi mente aún no caía en la realidad de la situación; pensaba en la posibilidad de estar dormido en el sofá y soñar todo esto por el cansancio, o en que existía algo metafísico y mucho más fuerte que nos unía como para no dejarnos permanecer separados por mucho tiempo.

Llegamos a la cama y Jairo se dio la vuelta para enfrentarse a mí; su cabello azabache estaba mojado, revuelto sobre su frente, y se veía más hermoso que nunca en nuestra historia.

Él me envolvió con la misma toalla y yo lo tomé con firmeza por la cintura, mientras nuestras erecciones desnudas se acariciaban con suavidad debajo de la tela húmeda.

—Quizás me patee mentalmente con culpa después de que hagamos esto... Cuando amanezca y vea que al final del día vas a irte de la facultad con ella —habló con una profunda tristeza en los ojos—. Pero aunque sea por esta última noche, Axael... déjame fingir que eres completamente mío.

Respiré profundo, sintiendo que el pecho me estallaba de amor y culpa.

Lo miré fijo a los ojos, lo recosté con delicadeza en el centro de la cama y me posicioné sobre su cuerpo.

Él miró hacia abajo, evitando el contacto visual directo por el pudor del momento, pero sus piernas se acomodaron de forma experta y sumisa para que mi masculinidad rozara su entrada.

—¿De verdad crees esa estupidez, Jairo? —Me moví hacia adelante, simulando una embestida lenta sobre su intimidad, y él soltó un gemido largo—. ¿De verdad piensas que voy a irme con alguien más en esta vida después de haber probado esto contigo?

Él asintió con la cabeza sobre la almohada, aunque su mente estaba ya envuelta por el placer del roce; su erección estaba dura y presionada entre nuestros estómagos calientes. Volví a embestir sin introducirme y él sufrió un poco más por la deliciosa espera.

—Prefiero perderlo todo en esta maldita profesión, Jairo... antes que perderte a ti una sola vez más.

Alcancé con la mano libre el frasco de lubricante de mi mesa de noche y preparé su ano; primero con un masaje circular y luego introduciendo dos dedos con suavidad.

Era un ritmo diferente a la rudeza de la sumisión de siempre y al mismo tiempo se sentía tan familiar para los dos, como el acto de hacer el amor con devoción después de haber estado separados por mucho tiempo.

Sin más preámbulos, empujé mis caderas y estuve dentro suyo de un solo golpe limpio.

Cubiertos a medias por una sábana desordenada, coloqué sus manos sobre su cabeza y las tomé con fuerza con una sola de mis manos. Jairo gemía fuerte, perdiendo el control de su propia voz mientras echaba la cabeza hacia atrás, exponiendo el cuello.

—Más, Axael... dame más, por favor —era lo único que alcanzaba a suplicar entre espasmos y eso era lo que yo hacía desde arriba: darle más velocidad y más profundidad.

Porque por más que yo fuera el Dom en esta dinámica, mi psicología siempre obedecía a sus necesidades más profundas.

Al final del día, el centro de mi universo era Jairo.

Estaba embistiendo con fuerza rítmica contra él, sintiendo las paredes de su cuerpo aprisionarme, cuando sentí que estaba a punto de alcanzar mi orgasmo definitivo; podía escuchar por sus espasmos que Jairo también estaba cerca del límite.