23
Llegué al club nocturno tan rápido como me lo permitieron los límites de velocidad de la ciudad.
Me había puesto a las apuradas unos jeans desgastados, una camisa oscura arrugada y los primeros zapatos que encontré a la mano en el vestidor.
No pretendía encajar con la onda juvenil o alternativa del lugar; en ese instante de crisis no me interesaba nada más que la seguridad física y emocional de la persona que realmente me importaba de verdad.
Cuando estacioné y bajé del vehículo, lo primero que vi en la acera fue a Justin.
El chico se abrazaba a sí mismo para protegerse del frío de la madrugada y lucía una expresión preocupada bajo las luces de neón parpadeantes, justo enfrente de la puerta principal de metal.
Cerré la puerta del auto con un golpe seco y caminé a paso firme hacia él.
—En verdad es usted, profesor James... —dijo de inmediato, mirándome con una profunda incomodidad reflejada en el rostro.
—Sí, Justin, soy yo. Ya habrá tiempo de sobra para contarte la historia completa. ¿Dónde están ahora?
No alcancé a recibir una respuesta. Las puertas del club se abrieron de golpe y Jairo salió con torpeza. Venía con una sonrisa vacía y sostenía un vaso de plástico con alcohol en la mano derecha.
—Dono... ¿dónde carajos te has me-...? —Su frase quedó suspendida en el aire en el preciso instante en que su mirada nublada se topó conmigo.
Su semblante se llenó de una rabia inmediata y visceral, mientras yo sentía que mi corazón volvía a la vida tras horas de pura asfixia—.
¿Qué carajos haces tú aquí? —escupió con desprecio—.
¿No deberías estar en este mismo momento en la cama con tu adorada mujer?
¿O es que acaso viniste con ella al club?
Sus reclamos dolían, pero eran justos dada la humillación a la que lo había sometido en mi despacho.
—Vine porque no voy a dejar por ningún motivo que te hagan daño, Jairo. No voy a permitir que te vayas de este lugar con ese tal Donomie —sentencié con firmeza, dando un paso al frente.
—¿Qué? ¿De qué mierda hablas ahora? —preguntó confundido y enojado, arrastrando las palabras debido al alcohol.
Miré a Justin en busca de respaldo, pero el chico evitó el contacto visual y bajó la vista por la culpa.
—Bien... yo ya hice mi parte del trato al llamarlo, profesor. Ahora hagan ustedes la suya —respondió Justin avergonzado por la situación y, antes de dar la vuelta para marcharse hacia la esquina, miró a su amigo—: Por favor, Jai... necesitas arreglar las cosas de una vez. Habla con él.
En cuanto nos quedamos solos en la acera, el ambiente se tornó denso. Estuvimos sumidos en un silencio sepulcral por unos minutos, mientras la música del club vibraba bajo nuestros pies.
—Bien, si no vas a decir nada, yo me largo —Jairo se dio la vuelta para regresar al interior, pero antes de que pudiera dar el segundo paso, lo atrapé con firmeza por la muñeca derecha.
—Vamos a casa, Jairo —le dije con una voz que pretendía ser una orden de Dom, pero que sonó como un ruego desesperado.
—Suéltame. No voy a ir contigo a ninguna parte —se zafó con un tirón brusco—. Lo único que quiero es que desaparezcas para siempre de mi vida, Axael.
Soltó una risa seca y amarga, pero vi con nitidez cómo un par de lágrimas traicioneras comenzaban a asomar en sus ojos oscuros.
—Me lastimas demasiado, Axael... —Se limpió el rostro con el dorso de la mano—. Y yo no puedo con ese nivel de sadismo que manejas conmigo.
—¿Qué quieres decir con eso, Jairo? —inquirí, con un frío punzante en el estómago.
—Que a pesar de que te pido con claridad que te detengas, tú sigues adelante con tu juego.
Cuando más me duele la situación, no te importa si me hace daño; solo te importa lo que quieres obtener de mí.
Tenías todo mi cuerpo en la habitación para lastimar y marcar a tu antojo, Axael...
pero te obsesionaste con herirme directo al corazón. Y eso te vuelve un verdadero sádico.
—¿De verdad quieres que me detenga? —indagué con un nudo insoportable en la garganta, sintiendo que perdía el control de la escena—. ¿De verdad quieres que lo haga de forma definitiva?
—Voy a decírtelo en un idioma que entiendes a la perfección: rojo, Axael. Rojo.
Me quedé petrificado. Había usado nuestra palabra de seguridad.
El límite absoluto.
El freno de mano de nuestra dinámica.
Con los ojos acuosos por el llanto retenido, Jairo giró sobre sus talones y comenzó a caminar lejos de mí, adentrándose en la neblina de la calle.
Cuando estaba a punto de imitarlo y aceptar mi derrota, la luz del poste me mostró cómo su cuerpo se rendía y se desmoronaba.
Sus rodillas cedieron ante el peso del alcohol y el desgaste emocional al que había sido sometido en las últimas horas.
Mis reflejos funcionaron al instante; logré atraparlo en el aire y su cuerpo cayó directo en mis brazos.
—Estoy bien... suéltame, estoy bien... Solo me mareé un poco por el frío —aclaró con un hilo de voz, con los ojos cerrados. Su piel se sentía helada y blanca bajo la luz artificial.
—No estás bien en lo absoluto, Jairo —lo sostuve con fuerza contra mi costado y avanzamos a paso lento hacia mi auto mientras él arrastraba los pies—. Santo Dios... ¿cuánto alcohol bebiste en esa barra?
—Bebí tanto como para tener el valor de decirte todo lo que siento en el pecho desde que empezó esta mierda entre nosotros —susurró contra mi hombro.
Abrí la puerta del copiloto con una mano y lo acomodé con delicadeza en el asiento de cuero.
El chico estaba casi dormido por el bajón de la bebida.
Cuando me acerqué para abrocharle el cinturón de seguridad, su respiración cálida y con olor a licor golpeó mi mandíbula.
Hacía horas que no probaba sus labios y deseé besarlo en ese microsegundo con una locura desesperada.
Sin embargo, contuve mis impulsos, salí de allí y me dirigí al asiento del conductor.
—Te llevaré directo a la casa de tu madre —avisé, al encender el motor.
—No puedo ir allá... —susurró sin abrir los ojos, apoyando la cabeza contra el cristal de la ventana—.
Mi madre piensa que duermo en la casa de Justin, le mentí diciéndole que iba a estudiar para el examen de historia de mañana...
—Jairo soltó una pequeña risa ahogada—. Ni siquiera cursamos esa materia este semestre, Axael.
—Está bien... —respondí en un tono bajo, consciente del único lugar seguro al que podíamos ir a estas horas de la madrugada.
A mi casa.
◆◆◆
Llegamos a la casa de la colina. Cargué a Jairo sobre mi hombro derecho, el cual comenzaba a dolerme por el peso muerto de su cuerpo. Él se despertó de un sobresalto al sentir el cambio de ambiente y observó el vestíbulo con recelo.
—No pienso quedarme a dormir en esta casa contigo —advertió con una voz firme que intentaba ocultar su vulnerabilidad.
—No tienes otra opción viable esta noche, Jairo.
Podrás irte a donde quieras mañana, en cuanto se te pase el efecto del alcohol —le advertí con mi habitual tono autoritario—.
Dormirás en mi cama de la planta alta —y ante su mirada defensiva, aclaré de inmediato—: Yo me quedaré abajo, en el sofá de la sala.
Él pareció conforme con el trato y me dejó ayudarlo a subir los escalones de madera hacia la habitación principal.
Cuando pasamos por delante de la puerta cerrada de nuestro cuarto de juegos, un escalofrío de tensión recorrió su espalda.
Pero él lo ignoró con orgullo y siguió caminando con la vista al frente.
La cama matrimonial estaba deshecha, en las mismas condiciones lúgubre en que la había dejado a causa de mi insomnio.
Jairo se arrojó sobre las sábanas sin decir palabra.
Se removió un poco en el colchón, se quitó los zapatos con torpeza usando los pies y se metió entre las cobijas con evidente pereza física.
—¿Te molesta si me quito los pantalones para dormir? —preguntó un poco avergonzado, mirándome desde la almohada—. Están demasiado ajustados y no puedo conciliar el sueño así.
—En esta habitación puedes hacer lo que te plazca, Jairo. Yo te dejaré solo; debo bajar a intentar dormir algo también —expliqué de forma monocorde y me di la vuelta.
Cuando estuve tumbado en el sofá de la sala, con la mirada fija en las sombras del techo alto, no pude dejar de dar vueltas obsesivas a la ironía de mi situación.
Jairo estaba durmiendo en mi propia casa, en mi propia cama, y yo no tenía el derecho de tocarlo; no podía hablarle como quería, ni besar su piel para pedirle perdón.
Moralmente no debía hacerlo tras haber activado el código rojo.
Ese escenario de abstinencia forzada constituía el peor castigo de todos los que Sara hubiera podido planear.