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Me revuelvo el cabello con desesperación mientras las primeras gotas de una lluvia gélida caen sobre el estacionamiento de la universidad. Un dolor punzante me revuelve el estómago por la ansiedad, una reacción física que se complementa con una opresiva sensación de mal presagio en el pecho.

Aún peor que mi malestar físico es el hecho de que Jairo no haya contestado ninguna de mis llamadas. Suponía que me llamaría tras marcharse destrozado de mi porche la noche anterior, pero mi teléfono móvil muestra la casilla de mensajes vacía.

Y es más perturbador aquel extraño mensaje que llegó a mi pantalla esta mañana desde un número desconocido; contenía únicamente un espacio en blanco.

Sin letras.

Sin remitente.

De repente, noto un movimiento inusual al alzar la cabeza hacia la entrada principal; observo con horror cómo un par de patrullas de la policía local se estacionan con las luces apagadas fuera del edificio. Ese simple detalle visual me deja sin el último gramo de aliento.

¿Qué está pasando aquí realmente?

¿De qué me perdí mientras intentaba descifrar cómo salvar mi carrera?

—Profesor Axael James... —se dirige a mí un oficial de mediana edad que sostiene una pequeña libreta de notas y un bolígrafo negro; en su placa policial se lee el nombre de Otto Norris—. ¿Le molestaría contestarnos algunas preguntas de rutina en este momento?

—Sería un placer ayudarles. ¿De qué asunto se trata? —indago con cautela, intentando ocultar el temblor de mis manos.

—Respecto a la denuncia por la desaparición de un alumno de esta facultad —responde el oficial Norris con tono burocrático, para luego aclarar el panorama con una frase que me destruye por dentro—: El joven Jairo Spring.

◆◆◆

Dos días antes

Ella apareció en mi campo de visión apenas unos segundos después de que Jairo abandonara mi oficina corriendo y con el rostro empapado en lágrimas. Sara caminaba con una sonrisa triunfal, luciendo un retocado labial color carmín intenso en sus labios delgados.

Lo primero que pensé fue en el pasado; cuando me abandonó hace dos años, creí que no podría odiarla más de lo que ya lo hacía. Es increíble comprobar cómo hoy se ha superado al destrozarme la existencia y alejarme a la fuerza de la única persona que me importaba en este mundo.

—¿Cómo se encuentra el chico? —preguntó con una soberbia insoportable, mientras una sonrisa de autosuficiencia le inundaba el rostro—. No te preocupes tanto por él, Axael; ya encontrará a alguien más de su nivel. El mundo es demasiado enorme para esa clase de oportunistas.

Saqué fuerza de mi interior para no perder los estribos y gritarle que se fuera a la mierda; pero mi mente de Dom sabía que debía ser más listo si quería ganarle el juego de control. Fingí frente a ella y le di una media sonrisa cómplice.

—Él estará bien... solo fue un drama universitario —caminé hacia su posición y la tomé de imprevisto por la cintura—. Tenías razón, Sara. Yo solo era orgulloso y estúpido al usarlo como un escudo contra ti.

Sara soltó una risa feliz al escuchar mis palabras y apoyó con total confianza ambas manos sobre mi pecho.

—Lo sabía, mi amor. Yo te conozco mejor de lo que tú mismo te conoces —dijo con una voz cargada de felicidad victoriosa.

Respiré hondo para tragarme el asco que me provocaba su cercanía.

—Hice una reservación especial en aquel restaurante francés que tanto te gusta para esta misma noche, Sara.

Quiero que estés allí puntual a las 7:00 pm; podríamos hablar con calma sobre nuestra reconciliación —le avisé con un tono falsamente protector y me aparté para acomodar el nudo de mi corbata—.

Ahora ve a arreglar tus cosas con el decano; tengo que quedarme a trabajar en algunas revisiones de la facultad.

Al verla partir por el pasillo con su andar elegante, me adentré en mi oficina y cerré la puerta con llave.

Saqué el teléfono para llamar al restaurante; la realidad era que no había tal reservación y aquel comentario solo era una táctica para ganar unas horas de tiempo libre.

Tiempo para pensar con la cabeza fría en cómo hablar con Jairo y enmendar el desastre.

Fingir ante Sara que la quería de vuelta y que ella había ganado el pulso era lo más inteligente; necesitaba crear un plan para sacarla de mi vida de forma definitiva sin que su maldad afectara mi estatus profesional o la integridad de la persona que amaba.

Si conocía a Sara, sabía que no estaba enamorada de mí; su ego de mujer dominante no soportaba la idea de perder el control de su propiedad frente a un estudiante.

En cuanto colgué, decidí marcar el número de Jairo; pero el sistema indicó que no atendió la llamada. Era obvio que si quería que me escuchara, debía hablar en persona con él en un lugar privado; así como era obvio que no podía presentarme en su casa para hablarle frente a su madre neurótica.

—¿Por qué todo en mi vida tiene que ser tan complicado? —me quejé en voz alta mientras golpeaba el escritorio con el puño herido.

◆◆◆

Luego de soportar una cena insípida llena de conversaciones hipócritas, llegué a mi casa a altas horas de la noche sintiéndome hecho polvo.

Sara se había quedado en la suite de su hotel y yo no podía evitar pensar que la velada entera había sido un castigo divino, recordando las mil excusas falsas que inventé sobre mi carga laboral para lograr que no viniera a pasar la noche conmigo en mi casa.

Tras tomar una ducha corta de agua fría y ponerme algo de ropa cómoda, me recosté en mi cama y alcancé mi iPad con el único propósito de revisar Facebook.

Me había creado una cuenta anónima hace meses solo para intentar obtener información sobre la vida cotidiana de Jairo; pero para mi desgracia, el perfil del chico estaba configurado en modo estrictamente privado.

La única buena noticia fue que Justin Tate, a quien conocía por los expedientes como su único amigo cercano de la facultad, no era igual de hermético con sus redes.

A través del perfil público de Justin me enteré de que esa misma noche los chicos irían a un club de música alternativa en la zona centro de la ciudad; estaban muy emocionados en las fotos previas.

Todo ese escenario me transmitía desconfianza y peligro, sobre todo al recordar con culpa que pocas horas antes Jairo estaba deshecho y llorando en mi despacho, tal como yo lo estaba ahora en mi cama.

Una vez más tomé el celular y lo llamé; pero él volvió a ignorar la línea.

Así pasaron las horas de la madrugada con el insomnio intacto, repensando de forma obsesiva en cómo hacer que Jairo me perdonara mi cobardía y en cómo lograr que Sara nos dejara en paz. No conseguí dormir ni un minuto y las horas se fueron en la penumbra de la habitación.

Cuando noté en el reloj de mi mesa de noche que eran las 3:40 de la madrugada y aún sentía una energía nerviosa que me impedía descansar, decidí cerrar los ojos con fuerza para engañar a mi propio cerebro.

Volví a marcar su número por pura inercia; pero él no contestó.

El tono sonó de forma larga y duradera por varios minutos en el auricular, una señal de que Jairo no solo no quería responder por el enojo, sino que deseaba que yo esperase en la línea hasta ver el tono desaparecer para ser reemplazado por la fría grabadora de su voz. Cosa que nunca sucedió.

En respuesta a mi insistencia, la pantalla de mi móvil se iluminó por una llamada entrante; contesté por el impulso de la adrenalina sin detenerme a mirar el identificador.

—¿Jairo? ¿Eres tú? Por favor, habla... —rogué.

—Parece que siempre vas a tener una ridícula esperanza en los casos perdidos, Axael... —habló la voz de Sara con una vivacidad impostada, un tono que usaba para ocultar su frustración al notar a quién esperaba yo en la línea—. No, mi amor. Soy yo... tu esposa.

En ese microsegundo quería morir de la humillación.

—Es que... recibí un mensaje de texto de él más temprano, por eso creí que se trataba de su número —mentí, mordiéndome el labio inferior para contener la rabia—. Quiero dejarle claro de una vez por todas que ya no hay nada entre nosotros.

Qué asqueroso montón de mentiras tenía que decir para protegerlo.

—Me alegra que al fin hayas podido ser honesto contigo mismo y con tu estatus, Axael. Ese niño probablemente se esté acostando con cualquiera en el baño de algún club en estos momentos, y tú ya no significas nada en su mente —sentenció con veneno.

Aquella frase colmó mi paciencia y corté la llamada de golpe. No necesitaba escuchar más de su basura; si el objetivo de Sara era lastimar mi orgullo, lo había logrado en un par de segundos. Sin esforzarse.

Mi teléfono volvió a sonar a los pocos minutos; cuando contesté con la rabia revolviéndome la sangre por la interrupción, mi respiración se disparó al igual que mi pulso.

No había ninguna voz del otro lado de la línea; solo se escuchaba una música electrónica muy alta y distorsionada en el fondo.

Supe el origen del ruido, aunque el número reflejado en la pantalla era desconocido.

—¿Jairo? ¿Jai? ¿Estás ahí? Habla, por favor...

Nadie habló del otro lado. Volví a insistir con un hilo de voz desesperado, pegando el aparato a mi oído.

—Por favor, escúchame, sé que no lo entiendes ahora mismo, pero todo esto es mucho más difícil y peligroso de lo que piensas. Te amo con toda mi alma y eso es lo único que necesito que sepas por ahora... responde, por favor.

—Profesor James... —contestó una voz masculina que no era la tonalidad suave de Jairo—. Es bastante agradable hablar con usted a estas horas de la madrugada.

Maldición. Joder.

—Justin... —hablé con la voz pendiendo de un hilo—. ¿Qué significa esto?

—Mire, profesor, yo no soy quién para juzgarlo a usted ni a su vida privada —se escuchó el ruido de sus pasos, como si el chico saliera del club hacia un callejón más calmado para poder hablar—.

Entiendo que no siempre las cosas salen como uno quiere en las relaciones, y que eso es algo muy difícil de comprender para los demás desde fuera.

—Sí, entiendo tu punto, Justin... ¿pero qué sucede con Jairo? —pregunté, sintiendo un vacío enorme en el estómago; no sabía qué más decir ante el descubrimiento de mi secreto.

—Jairo... bebió de más esta noche en la barra y actuaba de forma extraña.

Al principio todo parecía normal porque planeábamos tomar un taxi para ir a casa; pero en el momento en que fui al baño del club, desapareció de la mesa.

Lo busqué por todo el lugar y, cuando pensé que se había ido solo, lo encontré afuera hablando con Donomie...

—su voz a través de la línea parecía nerviosa y asustada.

—¿Quién es ese tal Donomie? —inquirí con severidad.

—Claro, es lógico que usted no tenga idea de quién es —respondió Justin, consciente de mi ignorancia, y procedió a explicar el trasfondo—.

Él es una escoria humana, profesor. Fuimos juntos a la escuela secundaria y era conocido en las calles por venderle drogas a los chicos de los grados inferiores.

Ese tipo arruinó muchas vidas en el pasado; y también estaba obsesionado de forma enferma con Jairo.

Justin se detuvo y suspiró.

—Jairo nunca le había correspondido en nada; pero hoy tomó de más por el despecho y está a punto de subirse a su auto para irse con él a no sé qué lugar de la ciudad...

ya no sé cómo retenerlo aquí. Jairo me habló antes de perder el conocimiento sobre lo que tenía con un tal “Axa”, pero nunca imaginé que se trataba de usted.

Solo llamé a este número porque estaba guardado como emergencia en su móvil.

—Pásame la dirección del club, Justin. Voy en camino de inmediato.

—Está bien, profesor. Se la envío por texto. Venga de prisa.