21
Pese a cualquier pronóstico lógico o advertencia de mi propio sentido común, me sentía incapaz de alejarme de Jairo.
Durante toda la noche me resultó imposible conciliar el sueño; en cada segundo de silencio recordaba la fragilidad de su rostro, sus ojos vidriosos, y mi mente daba vueltas obsesivas sobre cuál sería el mejor camino para protegerlo.
La mañana llegó por la ventana y yo me encontraba fatal por no haber pegado un ojo en la madrugada. Me levanté pesadamente y caminé por el pasillo frío hasta el baño; allí me esperaba una necesaria ducha de agua caliente para disipar la neblina de mi cerebro.
Bajo el chorro de agua hirviendo analicé las posibilidades una y otra vez. En medio de ese bucle mental, me topé con una palabra que golpeó mi orgullo.
Cobarde.
Eso era: un cobarde que se alejaba del chico por el puro temor neurótico a salir lastimado en el futuro, cuando ni siquiera estaba seguro de que esa traición fuera una posibilidad real.
Si algo conocía de Jairo, era que en el fondo de sus ojos se reflejaba un amor puro, sin condiciones ni juegos de poder; si de verdad lo quería en mi vida, era un insulto compararlo con Sara.
Jairo era mucho mejor persona de lo que ella jamás fue.
Sara me abandonó cuando las cosas se pusieron difíciles.
Jamás en mis años de matrimonio vi el amor en los ojos de Sara de la forma devota en que lo veía en los de Jairo; ese magnetismo era mi único cable a tierra en esta existencia gris.
Al salir de la ducha, cepillarme los dientes y afeitarme frente al lavabo, el espejo empañado me devolvió un reflejo lúgubre.
Tenía unas ojeras violáceas muy marcadas y lucía demacrado por la falta de sueño y el exceso de problemas acumulados.
De pronto, noté una marca roja, casi amarillenta, en mi hombro izquierdo y recordé el momento exacto en que Jairo me la había hecho con los dientes en el punto más alto de su sumisión.
Él se hundía en el placer de tal modo que, a veces, me dejaba alguna marca en la piel; solo él lograba que el dolor físico en mi cuerpo se volviera placentero.
Incluso, en mis noches de mayor intimidad mental, me había replanteado la posibilidad de ser switch en el sexo, pero con la estricta condición de que fuera única y exclusivamente con él.
Me rodeé la cintura con una toalla limpia y regresé a la habitación; sobre la cama estaba extendido el traje formal que me pondría hoy para dictar mis clases en la facultad.
Observé las sábanas con fijeza y me percaté de que era una cama que nunca había utilizado con él.
Es casi divertido pensar que una vez creí que entre más lejos lo tuviera de mi hogar, menos me importaría su ausencia; ahora, con la mente fría, me arrepentía.
Si lo hubiera traído aquí para hacerle el amor en este colchón, como aquella noche salvaje en el hotel y como deseé tantas veces en secreto, ninguna duda habría cruzado mi mente al ver a Sara en mi porche.
Entonces comprendí la realidad entera: si Jairo era capaz de verme con esa devoción implacable aun cuando siempre le di un lugar poco favorecedor en mi entorno, cuando lo tomé de forma externa casi como un objeto de desahogo y lo alejé por mis miedos...
Entonces me amaba mucho más de lo que yo merecía.
Y era el momento de empezar a actuar para merecer ese amor.
◆◆◆
El motor de mi auto se apagó al estacionar en el espacio reservado de la universidad.
Tomé mis notas de literatura, mi maletín de cuero y bajé del vehículo con una determinación nueva; necesitaba ver a Jairo antes de su primera clase para decirle que al fin había decidido nuestro futuro, y que quería que fuera algo mucho más importante en mi vida que solo mi sumiso de juegos.
—Axael... —llamó una conocida voz femenina a mis espaldas y, en el acto, sentí la presión de una mano fría sobre mi hombro—. Necesitamos hablar a solas ahora mismo.
Me volteé con fastidio.
Sara lucía como si no hubiera dormido en toda la noche; tenía una expresión cansada, frustrada y hastiada que contrastaba con su elegancia habitual.
—Tú y yo ya hablamos todo lo que teníamos que hablar ayer, Sara. Ahora lo único que quiero es que te comuniques con mi abogado para los papeles —sentencié con dureza.
Ella soltó una pequeña risa seca, negó con la cabeza y su lenguaje corporal me dio un mal presentimiento.
—Tú no me vas a dar el divorcio tan fácilmente, Axael —respondió con una convicción que me heló la sangre.
—¿Estás segura? —la desafié con la mirada al dar un paso al frente.
Ella se relamió los labios con lentitud, transformando su semblante cansado en una expresión de falsa satisfacción y victoria.
—Tan segura como que si no vas ahora mismo al despacho y dejas de forma definitiva a ese chico, todos en este maldito campus se van a enterar hoy mismo de su romance secreto, Axael.
Dime... ¿qué crees que pensaría el decano Lin al saber que uno de sus profesores se acuesta con su único nieto varón y heredero?
El mundo pareció detenerse. Sentí una oleada tan inmensa de ira y frustración que pensé, por un microsegundo, en cometer una locura contra ella.
¿Esta mujer me chantajeaba con la vida del chico?
—Maldita víbora —mi voz salió como un gruñido—. ¿Qué quieres de mí exactamente? —demandé ante el peso real de su amenaza.
—Quiero la casa de la colina entera a mi nombre —se acercó peligrosamente a mí y plantó un beso helado en mi cuello—.
Y te quiero a ti de vuelta conmigo, mi amor.
Sé que si me pruebas otra vez en la cama, vas a entender que todo esto con ese crío es solo un capricho porque herí tu ego de Dom al marcharme.
—Nunca, Sara. No siento nada por ti más que desprecio —respondí.
Ignoré el contacto de sus labios y el hecho de que su mano derecha descendía con osadía hacia mi entrepierna; le sujeté la muñeca con fuerza y la aparté sobre su propio hombro mientras la miraba con un odio puro—.
Destrúyeme a mí si quieres, déjame en la calle, pero con Jairo no te metas. Con él no, Sara.
Ella volvió a reír con malicia y se mordió el labio inferior, complacida por mi desesperación.
—Tengo todo previsto, Axael... A ti te echarán con deshonra de la facultad, tu legado como escritor quedará manchado por el escándalo de estupro y no podrás volver a ejercer como profesor en ninguna institución del país —habló con aires de grandeza—.
Pero, mirándolo bien, a ti te espera un mejor futuro que a él.
Cuando el viejo decano Lin se entere por mis pruebas de que su adorado nieto es homosexual, y que encima es un masoquista sumiso que se deja hacer todo lo que tu mente quiere, va a terminar encerrándolo en un instituto privado de salud mental.
Un psiquiátrico donde el dolor de los tratamientos va a ser muy poco placentero para su frágil mente.
—Eres peor de lo que imaginé en mis peores pesadillas, Sara.
—Solo me convierto en esto cuando la gente intenta meterse con lo que legítimamente es mío.
Y tú, mi amor, siempre serás de mi propiedad —se alejó un par de pasos y se acomodó el abrigo—.
Despídete de él hoy mismo; ve ahora a la sala de profesores, búscalo y déjale bien claro que ya no lo quieres en tu vida. Que vas a volver conmigo.
—No puedo hacerle eso... —Mi entorno se volvió un agujero negro de desesperación—. No puedo lastimarlo de una forma tan cruel. Él no lo va a soportar.
—Pues lo vas a hacer ahora, Axael, porque no estoy bromeando. Ese chico va a sufrir el triple por tu culpa si te niegas a hacer lo que te digo. Tú decides.
Asentí con la cabeza de forma autómata, acorralado, y me dirigí a los pasillos sin saber cómo articularía tales palabras de desprecio. Sabía con dolor que Jairo me odiaría para siempre y que yo tendría que quedarme encadenado junto a una persona a la que no amaba para salvarlo.
◆◆◆
—Lo siento, Jairo. No quiero volver a verte...
Cuando Jairo se dio la vuelta y se marchó dando un portazo en mi despacho, sentí que mi única razón de vivir se iba con él por ese pasillo.
Cada una de sus palabras de desprecio y dolor me presionaban el pecho como el filo de un puñal; me apoyé de espaldas contra el borde del escritorio de madera para evitar que mis piernas cedieran, porque todo en mi cuerpo dolía.
Lo peor y lo más desgarrador de esta farsa era que mis palabras hacia él eran ciertas; cuando le dije que necesitaba terminar con esto y que ya no podía seguir, mi mente no hablaba de nuestra relación de amor.
Hablaba de que ya no podía sostener esa maldita mentira frente a sus ojos vidriosos; me dolía hasta el desmayo verlo llorar por mi culpa.
Justo hoy, el día en que mi corazón decidió elegirlo por encima del pasado, el destino se volvía en mi contra a través de las amenazas de Sara.
Ahora Jairo me odiaba con justa razón; y yo me odiaba con la misma intensidad al mirarme las manos.
Jamás debí exponerlo a mi mundo enfermo.
Jamás debí enamorarme de él sabiendo de antemano todo lo que iba a sufrir a mi lado.
—Lo siento tanto, mi amor... —susurré al aire del despacho vacío, conteniendo las lágrimas que quemaban mis ojos—. Algún día, cuando toda esta tormenta pase, vas a entender por qué tuve que romperte el corazón.