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—¿Y si te digo que yo no te pediría que ese chico se fuera de tu vida?

Ella sonrió al instante, con una desmesurada confianza en sus propios hilos de marionetista.

La conocía tanto en la intimidad que entendía a la perfección que lo último que deseaba era un trío real con Jairo; Sara solo buscaba recuperar a toda costa el control que ya suponía perdido sobre mí.

Estaba dispuesta a colarse por la puerta trasera con tal de adueñarse otra vez de la propiedad.

—No creo que él esté de acuerdo con esa clase de arreglos tuyos, Sara —le devolví la sonrisa con su misma picardía ácida, intentando ser tan irritable como ella lo era conmigo—. Aunque yo tampoco tengo expectativas en tu propuesta. Siempre odiaste compartir y los tríos en el cuarto de juegos.

—Ciertamente los odiaba, pero él... él podría ser mi tipo de juguete —arremetió con tono provocativo mientras se relamía los labios.

—No voy a dejar por ningún motivo que te acerques a él —respondí con la mirada vaga y distante, en un esfuerzo por ocultar el violento brote de molestia que me recorrió el pecho.

Para mí, esa frase defensiva no significó demasiado; sin embargo, el peso de la declaración golpeó de lleno el orgullo de Sara, porque su expresión perfecta cambió en un microsegundo de la confianza al dolor evidente.

—¿Y eso por qué, Axael? —preguntó, fingiendo no entender el rechazo.

—Porque envenenas todo lo que tocas, Sara —me dirigí con firmeza hacia la entrada y abrí la puerta de par en par para indicarle que debía marcharse—.

Otros hombres más fuertes se habrían acostumbrado a tu veneno con el tiempo...

Pero Jairo es un chico tan inocente que tu toxicidad lo mataría en un segundo.

Sara arrastró los pasos detrás de mí, consciente de la humillante indirecta.

Camino al pasillo, tomó su abrigo del perchero y se lo puso con elegancia; recuperó la postura altiva de siempre, esa fachada dominante ante el mundo que ocultaba su verdadera naturaleza: la de una sumisa necesitada de guía.

—Pediré el divorcio definitivo a través de mis abogados ahora que por fin vuelvo a verte en la ciudad —avisé con voz monocorde en el umbral.

Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.

—¿Es que aún no lo entiendes, Axael? —Sara se cruzó de brazos con arrogancia frente a mí—.

No voy a dejarte todo nuestro patrimonio en bandeja de plata solo porque lo pidas.

Vine aquí porque quiero mi vida de vuelta, tal como estaba antes de irme, y no me marcharé de esta ciudad para dejarle el camino libre contigo a ese niño.

—¿De verdad piensas en tu mente enferma que toda esta separación es por él? —Me enfurecí tanto ante su cinismo que mi voz se alzó con violencia—. ¡No quiero volver a verte en mi vida, Sara! Te odio con todas mis fuerzas.

—¡¿Me vas a negar que es por él?! —gritó ella, despojada de su compostura diplomática—.

¡Perfecto! Bien sabes en el fondo que para ese mocoso solo eres un entretenimiento nuevo y una figura de autoridad que le causa morbo.

Cuando se canse de ti y de tus traumas, conseguirá a un hombre mucho más joven, de su edad, y tú te quedarás en la nada.

—No sería la primera vez... Ya generé los anticuerpos necesarios para el abandono —sentencié y, sin darle tiempo a replicar, le cerré la puerta en la cara.

No fue el mejor momento para tener un adorno de vidrio fino junto a mi mano en la mesa del recibidor.

En un arranque de rabia ciega, mi puño impactó contra el objeto; los restos de cristal estallaron en el suelo y mi mano derecha quedó marcada por un enorme corte rojo que manchó de sangre mi brazo desnudo.

Deseaba llorar en ese instante de soledad; sin embargo, las lágrimas no brotaban, como si estuviera seco por dentro desde hacía meses.

La dolorosa verdad era que no sufría por ella; esa cicatriz del divorcio cerró hace mucho tiempo.

Dolía por mí, por la maldita forma destructiva en que suelo apegarme a las personas, aferrándome a ellas como si fueran lo único vivo en mi mundo, para que luego me suelten al vacío como si yo no fuera nada.

Por más que me negara a aceptar ante el espejo que Jairo ocupaba un lugar importante en mi vida, el chico ya estaba muy adentro de mi sistema; me dolía de forma física la posibilidad evidente de que, tarde o temprano, él también se fuera de mi lado.

En algo tenía razón Sara: cuando Jairo madurara y se marchara, yo me quedaría en la nada.

Peor que eso: me destruiría como hombre.

Debía detener este vínculo antes de que él tuviera el poder absoluto de destruirme.

Al mismo tiempo, me sabía incapaz de dejarlo ir por voluntad propia; lo quería en mi cama y en mi vida, doliera lo que tuviera que doler.

Me senté en el sofá de la sala a oscuras con un vaso de whisky en la mano herida.

Con mis pensamientos hechos una densa nube negra, debatí internamente si debía renunciar a la facultad y recuperar la poca dignidad de Dom que me quedaba, o quedarme e intentar ser feliz junto a la única persona que amaba.

Tomé el teléfono con los dedos temblorosos y marqué su número privado; necesitaba hablar con él, saber qué quería de mí y aclararle que, aunque tal vez yo no fuera lo que desearía para siempre, intentaría con todas mis fuerzas ser lo que necesitaba ahora.

Por lo menos, deseaba oír su voz para calmar la ansiedad.

El tono de marcar sonó frío en la línea.

—Dios... por favor, dame una sola señal de que esto vale la pena.

Tono de ocupado.

La llamada cayó directo al buzón.

El destino me decía que era el momento de retirarme de la mesa de juego antes de perderlo todo.