SUYO 19
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El día avanzaba de una forma terrible y la única explicación que encontraba en mi mente era que el profesor Axael no había llamado, ni enviado un solo mensaje de texto desde que me despidió anoche en el porche.

Lo que en la madrugada comenzó como un enojo infantil se transformó, con el paso de las horas, en una preocupación profunda.

Un presentimiento oscuro me decía que ella se había vuelto loca. Pensaba que, después de que Axael le aclarara que no deseaba regresar con ella, Sara habría decidido que si él no era suyo, no sería de nadie. Llegué a imaginar que lo tenía retenido o herido en su propia casa.

—Está bien, Jairo... eso suena absurdo e irracional. Tengo que calmarme de una vez.

—¿Jairo? ¿Eres tú?

Me giré en el pasillo del campus y encontré a Justin parado a mis espaldas.

Pensé que él se encontraría en un estado similar al mío, ya que la conversación por teléfono que tuvimos la noche anterior me dejó una mala impresión. Sin embargo, para mi sorpresa, Justin lucía radiante; parecía haber salido de un descanso prolongado antes de entrar a la facultad.

—Justin... —saludé, intentando mostrar un semblante relajado para ocultar el agotamiento por no haber dormido ni dos horas debido a la ansiedad.

—¿Traes mi libro de Gramática? —preguntó con una sonrisa brillante.

—Espera un segundo... —Giré mi mochila hacia el pecho y saqué el pesado ejemplar, cuidando que mis manos temblorosas no tiraran mis útiles al suelo—. Aquí tienes.

Él soltó un suspiro de alivio y tomó el libro como si fuera un objeto frágil y valioso.

—Jairo... anoche me quedé con una mala sensación por lo que te respondí antes de colgar. Siento que fui un...

—No te preocupes, eso ya no importa —interrumpí su disculpa con un gesto, aunque por dentro la duda me seguía carcomiendo—. Aunque no te voy a mentir; sí me sentí un poco mal al principio.

—Lo lamento de verdad; es que acababa de discutir fuerte con mi madre por un asunto de la iglesia y estaba de un humor terrible —confesó mientras se rascaba la nuca con timidez—. Siento si te causé algún malestar con lo que respondí.

Él se aclaró la garganta y miró con discreción hacia ambos lados del transcurrido pasillo.

—Yo estaba mal, Jairo. Pero Olivier me llamó más tarde y todo cambió. Lo amo demasiado y, aunque no sé con certeza si me va a herir en el futuro, a veces vale la pena correr ese riesgo por estar con él.

—Me alegro mucho por ustedes —dije con una sonrisa triste, experimentando la enorme distancia que había entre su situación y la mía.

—¿Te pasa algo hoy? —preguntó él, extrañado por mi aspecto demacrado.

—No, nada en absoluto. No te preocupes por mí. Oye... ¿de casualidad has visto al profesor James hoy?

—Pensé que ya habías aprobado su materia el mes anterior... —Justin me miró con desconfianza, pero yo carecía de la energía mental necesaria para formular una nueva mentira creíble. El peso de los secretos empezaba a asfixiarme.

—Sí, así es. Lo busco por un asunto personal.

Él encogió los hombros, restándole importancia a mi búsqueda.

—Creo que lo vi hace unos diez minutos en el estacionamiento de la facultad. Estaba hablando con una mujer, muy cerca de ella —se detuvo un instante a recordar—. Una mujer rubia, por cierto.

—Tengo que irme. Adiós, Justin.

Apuré el paso por el campus con la urgencia de encontrar a Axael.

Todo esto parecía un chiste de mal gusto.

No entendía cómo no tuvo el tiempo de hacer una llamada de dos segundos para hablar conmigo, pero sí para llegar acompañado de ella a la universidad.

Los ojos se me llenaron de lágrimas y sentí un dolor agudo en el estómago.

—¿Buscas con tanta prisa a Axael? —preguntó una voz femenina detrás de mí.

Su sonrisa perfecta reflejaba burla y superioridad; lo peor de todo era verla tan feliz.

Nadie que estuviera en proceso de divorcio o abandono luciría como si hubiera obtenido una victoria importante.

Pero ahí estaba ella, con la misma ropa elegante del día anterior, como si ni siquiera hubiera ido a su casa a cambiarse, como si hubiera pasado la noche entera en la propiedad de Axael.

—Sabes que sí lo busco —respondí en un tono severo, haciendo un esfuerzo enorme por contener el llanto—. ¿Qué haces aquí en la universidad?

—Axael me trajo en su auto esta mañana; vine a hablar con el decano y a firmar unos documentos importantes —declaró con suficiencia.

—¿Qué tipo de documentos?

—Mi reincorporación académica, Jairo —contestó ella como si explicara algo evidente—. Regresaré a mi puesto de profesora adjunta de literatura. Al parecer, todo vuelve a ser como antes entre nosotros.

—Te felicito —dije, conteniendo el impulso de reaccionar con violencia. Así fue como Axael y ella se conocieron en esta facultad; el panorama completo me resultaba absurdo—. Ahora dime, ¿dónde está Axael?

Ella se apoyó con parsimonia en la pared trasera con los brazos cruzados, mostrando una mueca de autosuficiencia insoportable. En ese preciso momento comprendí con claridad que la odiaba con toda mi alma.

—Está en la sala de profesores, Jairo. Justo te estaba buscando hace un momento para decirte algo importante.

Sin añadir una palabra, me di la vuelta y caminé a paso veloz. Sin embargo, Sara me sujetó del brazo un microsegundo antes de que me alejara.

—¿Sabes una cosa, Jairo? No me caes tan mal —me tomó de los hombros, acercando su rostro frío al mío—.

Quiero evitarte un sufrimiento innecesario; pareces un chico frágil.

Te va a doler mucho cuando descubras que Axael solo te quería para entretenerse en la cama mientras no tenía otra ocupación.

Él ya se aburrió de ti... Aunque, a decir verdad, lo noté aburrido de tu presencia desde anoche.

—Vete al demonio —me solté de su agarre y me alejé sin mirar atrás.

Tenía deseos acumulados de insultarla, pero me contuve; lo prioritario era hablar frente a frente con Axael.

Necesitaba que ese hombre me dijera las cosas de forma directa.

No iba a dudar de él por los comentarios malintencionados de alguien que solo buscaba perjudicarnos.

Fui directo a su encuentro y lo divisé en el pasillo solitario de la sala de profesores.

Traté de contener el llanto, pero las lágrimas ya rodaban por mis mejillas.

—¿Quería hablar conmigo, profesor James? —pregunté, forzando un tono distante, como si nuestro vínculo se limitara a las paredes académicas.

—Sí —respondió él con un semblante serio y lejano—. ¿Podemos ir a un sitio más privado, Jairo?

Asentí con la cabeza y él me guió de inmediato hacia su despacho.

Colocó una de sus manos firmes en mi espalda baja, un contacto que pareció sostener mi cuerpo para que no se desplomara.

Estaba tan enamorado de ese hombre que sentía que cualquier palabra suya tenía el poder absoluto de destruirme o de reconstruirme en un instante.

Al entrar al despacho, él abrió las ventanas para permitir la entrada del aire y me indicó que me sentara en la silla frente al escritorio.

—¿Y bien? —lo presioné con la mirada, permaneciendo de pie—. Dime.

—Quiero terminar con esto, Jairo. Ya no puedo seguir —sentenció sin mirarme a los ojos.

Por un segundo, sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Comencé a llorar en silencio porque sus palabras, por más que mi mente las anticipara con terror, dolían con fuerza en el pecho.

Era verdad: me estaba dejando de forma definitiva por Sara.

Me utilizó como un reemplazo y, ahora que la persona que realmente quería estaba de vuelta, me apartaba sin piedad para regresar con ella.

Él se levantó de su asiento y me sujetó de los brazos, tal vez al notar que experimentaba una crisis física, aunque yo sentía el corazón en llamas.

Solo quería que se alejara; jamás me había sentido tan irrelevante y desechable para alguien.

No hubo explicaciones complejas ni muestras de dolor de su parte; finalizó todo con una frialdad absoluta, como si concluyera un trámite cualquiera.

—Amor... por favor, escúchame —pidió Axael, intentando calmar mi llanto.

—¡Suéltame! ¡No entiendo cómo te atreves a llamarme “amor” cuando me dejas de esta manera!

—grité, sin importarme si alguien en el pasillo escuchaba el reclamo.

Me separé de él empujándolo con los brazos—.

Regresa con ella. Ve, sé feliz con tu esposa y deja de actuar como si te importara lo que siento.

Pero cuando ella te vuelva a dejar por otro, Axael, porque te juro que lo hará, no me busques nunca más.

Me giré y salí corriendo de su despacho con una profunda opresión en el pecho, decidido a borrarme de su vida para siempre. Una vez que estuviera en la soledad de mi habitación, me desharía de sus libros, de su collar y de todo objeto que llevara su nombre.

Desde ese instante, Axael, Axa o quien hubiera sido ese hombre para mí, pasaría a estar muerto y enterrado.