18
Tras la abrupta partida de Jairo, invité a Sara a sentarse en la sala con la misma mala gana que reservaba para cualquier visitante indeseado.
Ella tomó asiento en uno de los pufs cuadrados de cuero negro situados frente a la mesa de centro; mientras tanto, me dirigí a paso lento hacia la cocina con el único propósito de preparar café caliente para mediar la insoportable tensión del ambiente.
Una vez allí, golpeé mis mejillas con las palmas de las manos para reaccionar ante el impacto de su presencia. Afuera, a través del cristal, el clima de la capital se mostraba como siempre: frío, gris y cubierto de una neblina densa que evocaba una vieja calle de Londres.
Cargué la cafetera eléctrica con agua fría y café molido. De pronto, un deseo abrumador y casi violento de fumar me invadió el pecho, una adicción que no se manifestaba en mí desde hacía mucho tiempo.
Caminé de forma autómata hacia uno de los cajones inferiores de la alacena, el lugar exacto donde guardaba un paquete de cigarrillos que abrí el año pasado.
Lo saqué del fondo y coloqué uno de los cilindros blancos entre mis labios; sin embargo, al buscar con torpeza en mis bolsillos, noté con frustración que no llevaba un encendedor conmigo.
Di unos pasos de regreso con el cigarrillo apagado en la boca. En ese instante, la fina punta de unos zapatos de diseñador se interpuso en mi camino.
Sara sostenía un encendedor plateado que había sacado del bolsillo de su abrigo.
Al parecer, previó mis movimientos tal como solía hacerlo en el pasado, y encendió el cilindro de nicotina frente a mi rostro.
Como un golpe directo a mi mentalidad de Dom, distinguí con total nitidez el accesorio que llevaba puesto.
Su collar de sumisa.
—¿Está bien encendido así, mi amo? —preguntó ella con un tono de voz dócil y sumiso, idéntico al que recordaba de nuestros mejores años de matrimonio.
Mi mirada analítica continuaba clavada en la tira de cuero negro que rodeaba su cuello pálido. Ella avanzó un poco más en el espacio cerrado de la cocina hasta alcanzar mis hombros con sus manos delgadas. Su mirada felina se fijó en la mía.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo aquí, Sara? —cuestioné, desviando los ojos a propósito para no ceder terreno.
—Te extraño demasiado, Axael... —dijo en un susurro, reduciendo la distancia entre nuestros cuerpos—. Mucho más de lo que imaginas.
Sin previo aviso, plantó un beso húmedo y lento en la piel de mi cuello. Se acercó a mi oído y continuó con voz ponzoñosa:
—Él no ha sabido manejarme en absoluto en la cama... Necesito regresar con un verdadero Dom. Con mi amo.
La aparté de mí con un movimiento brusco y tajante, usando el brazo para marcar el límite.
Me apoyé en la pared de azulejos a mi lado y observé con frialdad cómo su rostro perfecto adoptaba un gesto de molestia, abandonando por completo la falsa sumisión de hace un instante.
Ella siempre fue una mujer hábil y calculadora para manejar las emociones ajenas a su antojo.
—Es por él, ¿verdad? —demandó molesta, cruzándose de brazos con arrogancia.
—No tengo la menor idea de lo que hablas —fingí con una voz monocorde mientras me daba la vuelta hacia la cafetera, que ya despedía un denso vapor blanco.
—Ese chico de rasgos andróginos que acaba de salir huyendo —Sara bufó y soltó una risa seca—. Puedo reconocer a un sumiso cuando lo tengo enfrente, Axael. Y ese mocoso grita a los cuatro vientos que está desesperado.
—Es un joven muy hermoso, ¿no crees? —presumí con cierto orgullo, tal vez más para herir su ego que por otra cosa; aunque la realidad era que yo no dudaba de la belleza natural de Jairo.
—Jamás imaginé que tus gustos hubieran caído tan bajo —respondió ella con una lengua afilada y llena de veneno—. De cualquier forma, me alegra saber que al menos no se trata de otra mujer de nuestra edad.
Cuando terminó de hablar, me giré para encararla.
Años atrás, cuando ella representaba mi todo en este mundo, el collar de cuero que portaba en este instante habría bastado para ponerme de rodillas.
En el pasado no habría concebido esta escena: yo frente a ella sin tocarla y, lo que era peor, sin el menor impulso biológico de querer hacerlo.
Era exactamente como contemplar el cuerpo de una desconocida.
—¿A qué te refieres con eso? —inquirí con frialdad mientras apagaba el cigarrillo contra el fregadero. El tabaco se había consumido casi por completo debido a mi abstracción.
—No puedes entablar una relación seria con otra mujer porque no tienes la capacidad mental de reemplazarme, Axael. Crees que al salir con... con eso —sonrió con malicia y señaló hacia la dirección por la que se había ido Jairo—, podrás olvidarte de mí y de lo que tuvimos.
Una vez más, rompió la distancia con osadía y rodeó mi torso con sus brazos delgados.
Jugó su carta más arriesgada en esa estrategia de manipulación y buscó mis labios de golpe.
Fue un beso frío y suave, idéntico al que guardaba en mis recuerdos de casados, pero tan fugaz como el inicio del contacto.
Y ahí apareció la revelación.
Ya no sentía absolutamente nada por ella.
Ni dolor, ni deseo, ni odio. Nada.
Solté una carcajada genuina; a veces la excesiva confianza de una mujer de mundo es su peor enemigo táctico.
Ella me miró de inmediato con una profunda confusión en los ojos y con un evidente resentimiento en sus facciones.
Sara podía poseer la autoestima más alta del país, pero nadie pasa por alto un beso desprovisto de conexión eléctrica, en especial cuando recordaba que, tiempo atrás, un solo acercamiento suyo me rendía a sus pies.
—¿De qué te ríes, Axael?
—¿De verdad viniste a mi casa el día de mi cumpleaños solo para intentar esto? —pregunté con desdén—. Ya es demasiado tarde para los dos, Sara.
—No puedes haberte enamorado de ese crío universitario... No tú.
Sus palabras me golpearon como un impacto directo en el estómago, pues yo no había formulado ese concepto hasta ese instante.
El beso de mi exesposa careció de significado porque simplemente no eran los labios carnosos de Jairo; no era su cuerpo pequeño, cálido y tembloroso, ni su sonrisa avergonzada después de entregarse a mí en la cama.
Recordé mis ganas perversas de atarlo a la madera y usar la disciplina en la habitación de juegos, y al mismo tiempo, el deseo protector de besar su rostro mientras descansaba sobre mi pecho tras alcanzar el clímax. Jairo lo había cambiado todo.
—No siempre un clavo saca a otro clavo, Sara —respondí con un deje de amargura—. Tú me doliste en el alma más que mil clavos juntos el año pasado.
—Mi amor... —Sara suavizó su semblante en el acto, mostrando una apariencia de inocencia y desamparo—. Sé que hice las cosas mal en el pasado.
—¿Mal? —reí con amargura ante su cinismo—. “Mal” es un eufemismo que usas para limpiar tu conciencia. Destruiste nuestra vida y nuestro matrimonio en un solo mes.
—Lo sé, pero déjame explicarte...
—Además, en este momento tengo a un sumiso real que atender, y no tengo la intención de dejarlo por alguien como tú —sentencié con firmeza.
Ella guardó un silencio denso en medio de la cocina mientras asimilaba mi negativa. De pronto, su rostro se iluminó con lo que parecía ser una retorcida idea de control.
—¿Y si te digo... que yo no te pediría que ese chico se fuera de tu vida?