17
Abrí la puerta principal de la casa con una sonrisa en los labios, pero lo primero que encontré de frente fue el rostro de aquella mujer extraña.
Tenía el cabello rubio cenizo, lacio y peinado a la perfección.
Algunas líneas de expresión se marcaban en el contorno de sus ojos y en su piel.
Vestía un abrigo largo de paño color vino que le llegaba justo hasta las rodillas y unas botas de invierno de cuero negro texturizado.
A pesar de que sostenía una botella de vino costosa en la mano derecha, parecía rota por dentro. Lucía como si hubiera sido la invitada de honor a una cena formal, pero se estuviera enterando en ese mismo segundo de que el dueño de la casa había muerto.
Me volví sobre mis talones y observé a Axael.
Él la miraba con una rigidez espantosa, como si se enfrentara cara a cara al mismísimo demonio al que le había vendido el alma años atrás.
Por una extraña razón, me sentí pequeño en mis propios zapatos de golpe.
Experimenté la abrupta sensación de que yo no pertenecía en absoluto a la escena que se desarrollaba en el porche.
El aire se volvió denso, y el contraste entre mi juventud y la presencia de esa mujer cavó un abismo bajo mis pies.
—Entonces... ¿me dejarás pasar de una vez, Axael? —preguntó ella con una calma que me pareció helada, y supe de inmediato el nivel de familiaridad que compartían—. ¿O es que acaso ya no soy bienvenida en esta casa ni siquiera como una visita de cumpleaños?
Me dolió que actuara con tanta naturalidad, como si yo no fuera más que una sombra invisible. Axael continuaba sumido en una petrificación absoluta, hasta que asintió con la cabeza de forma mecánica e indicó con un gesto que pasara al interior.
La mujer caminó a paso sigiloso por el pasillo hacia el perchero de madera.
Se quitó la prenda color vino con elegancia y la depositó allí.
Pude observar en ese instante su anatomía madura y bien formada, acentuada por un pantalón negro ajustado y una camisa blanca inmaculada.
Se giró sobre el suelo pulido y se acercó a Axael, abriendo sus brazos delgados en un intento por forzar un abrazo de reencuentro.
Axael respondió al gesto al apartarse de ella con brusquedad.
Caminó directo hacia mí y me sujetó la mano derecha; la apretó con más fuerza de la necesaria por los nervios, pero yo sentí de igual manera el revuelo en mi vientre, como cada vez que su piel tocaba la mía.
Ese agarre firme era mi único anclaje en medio de la tormenta.
—Oh, pero qué grosera he sido con los invitados —comentó ella con una falsa sorpresa en la voz—. Un gusto...
—Jairo —me presenté de inmediato, intentando sonar entusiasmado y firme—. Soy... soy un alumno de la facultad del profesor James.
—¿Ahora te dedicas a dar clases privadas, Axael? —Aquello sonó como un reclamo pasivo-agresivo mientras ella dirigía su vista analítica hacia el rostro de Axael para luego volver a mirarme—. Mucho gusto, Jairo. Soy su esposa... Sara.
—Tú no eres mi esposa, Sara. Estamos separados desde hace dos años —gruñó Axael con una voz ronca que me erizó la piel—. Te fuiste de esta casa por tu propia voluntad.
Un leve ceño fruncido se dibujó en el rostro de la mujer por un microsegundo, pero volvió a sonreír con una diplomacia impecable.
Podría ser la villana de una novela si se lo propusiera; era bella por fuera, pero en su mirada podías detectar algo muy parecido a la maldad pura, una total ausencia de inocencia en esos ojos claros.
Me observó fijamente por un segundo y apretó los labios, como si reprimiera una gran cantidad de comentarios despectivos sobre mi presencia.
—Necesito hablar a solas con mi es... con mi exesposo —me dijo Sara, y sus palabras fueron una demanda autoritaria más que una cortesía—. ¿Podrías hacernos el favor de dejarnos solos en la casa?
En ese instante, toda la introversión y timidez que habitaban en mí se transformaron en una intrepidez salvaje.
Fue un llamado de la sangre a defender lo que consideraba legítimamente mío, como si una extraña se metiera sin permiso en mi territorio sagrado.
Me molestó en lo más profundo el desprecio con el que me borraba del mapa sin saber quién era yo en la vida del profesor.
Me planté con firmeza ante ella con la cabeza en alto; aunque era más alta por sus tacones, no sentí cobardía y la miré directo a los ojos.
—Lo siento mucho, señora, pero yo acabo de llegar a esta casa y no tengo intención de irme ahora —respondí con voz clara—. Usted es la persona que llegó aquí sin aviso previo. Yo, en cambio, estoy invitado por el dueño.
Mientras tanto, Axael parecía un decorado más de la sala.
Callado, estático y pensativo, mantenía la mirada fija en el suelo.
No me movió de mi sitio y no hizo falta que dijera nada para defenderme; yo sabía que tenía la razón.
Esperaba que en cualquier momento le pidiera que se marchara de su propiedad, lo que me permitiría reafirmar mi lugar como su pareja actual.
No tenía por qué sentirme menos que nadie por su pasado legal o la historia de amor que hubieran tenido.
Eso era parte del pasado muerto; él mismo lo había dicho.
Él me quería a mí, me deseaba en su cama, me quería.
—Jairo... puedes irte a casa por hoy. Más tarde te llamo —habló finalmente Axael.
Sentí que me congelaba sobre la alfombra. Fue como si Sara me golpeara con fuerza con un objeto de metal y me lanzara lejos, a un planeta desolado. El pecho me dolió físicamente ante lo que percibí como una traición.
—¿Qué...? —susurré.
Él me tomó con firmeza del brazo y me apartó hacia un lado del pasillo, lejos de la vista de Sara.
Puso sus largos dedos fríos sobre mi mandíbula y la elevó con suavidad para obligarme a conectar nuestros ojos en la oscuridad.
Mis labios picaban por un beso suyo en ese instante; lo deseaba con locura para calmar los celos y para que ella nos viera marcar territorio.
—Hay muchas cosas del divorcio que tenemos que hablar a solas, Jairo.
No es nada malo contigo, solo terminaré de una vez con los asuntos que quedaron inconclusos.
Te prometo que ella se irá hoy mismo y no volverá nunca más a mi vida —me habló con una voz calmada, y ese tono fue el sedante que mi cerebro necesitaba para no perder el control.
Lo observado fijamente a los ojos, sosteniendo la mirada con dureza antes de bajarla hacia el suelo por la impotencia. Él volvió a levantar mi rostro con sus dedos.
—Te recompensaré por esto, te lo juro —prometió, y me besó con lentitud justo en la comisura del labio—. Te llamaré luego.
Me hubiera sentido peor de no ser porque noté que Sara observó toda la interacción desde un rincón de la entrada.
Desplazada y fría, la expresión de su rostro me devolvió una chispa de poder.
Querido por el amo. Seguramente la mujer creyó que volvería después de un año y tendría a Axael en la palma de su mano, pero se equivocaba; no tenía una invitación válida para esta celebración.
Me despedí de Axael con un abrazo cerrado mientras la miraba de reojo; ella se mantenía con los brazos cruzados frente a la puerta.
Le dediqué un adiós corto y seco, y salí del lugar.
◆◆◆
De regreso en mi propio hogar, subí las escaleras de madera con un evidente pesar en el cuerpo.
Intentaba llegar con rapidez a la seguridad de mi habitación, pero mi madre me detuvo a medio camino en el pasillo.
Parecía alterada, fiel a su humor neurótico habitual.
Me reclamó a gritos dónde había estado metido todo el día y, como siempre en estos casos, le mentí sin pestañear.
Le respondí que perdía el tiempo en la casa de Justin, el único ser con el que compartía algo más que un saludo frío en la universidad.
La señora Spring lo toleraba en mi vida solo porque era el hijo de una de las mujeres devotas de su misma iglesia.
Justin Tate era el prototipo del chico perfecto ante la sociedad: manipulable, callado y educado; todo lo que mi madre deseaba que yo fuera.
Ella ignoraba por completo que Justin mantenía una relación sentimental y oculta con Olivier, el hijo de otra de sus amigas de la parroquia.
Yo era la única persona en el mundo que sabía ese secreto, aunque él desconocía mi romance con el profesor James.
Si mi madre se enterara de lo nuestro, sería el motivo perfecto para encerrarme en mi habitación para siempre y cortarme la comunicación con el exterior.
Andar a escondidas era nuestro precio. Y si supiera que Axael me dominaba en su cama y me hacía llamarlo “señor” o “amo”, me recluiría en un hospital psiquiátrico.
Ella no era una mala madre, solo se frustraba con violencia ante aquello que su mente cerrada no podía entender.
Subí los últimos escalones hacia mi habitación y me encerré con llave.
Me tendí de espaldas sobre la cama, buscando una distracción en el techo blanco.
Tenía que confiar en Axael; no era posible que, solo por aparecer en su cumpleaños, se pusieran a jugar en aquella habitación que consideraba mi hogar. Pensar en eso no me ayudaba en nada.
—Él ya no la quiere. Eso se terminó hace mucho tiempo —me dije como un mantra para evitar sentirme miserable.
Mi teléfono celular sonó sobre el colchón.
Pensé con alegría que Axael cumplía su promesa tras echar a Sara, pero al tomar el aparato con manos temblorosas, vi que era una llamada de Justin.
Sentí una mezcla amarga de decepción y preocupación, además del miedo irracional a que la línea estuviera ocupada si Axael intentaba comunicarse conmigo. A pesar del riesgo, contesté.
—¿Jai? —saludó él desde el otro lado.
—Justin —me acomodé en mi lugar y quedé sentado en el borde de la cama—. ¿Cómo estás? ¿Pasa algo?
—Bien, todo bien. Oye, llamaba rápido para preguntarte si tienes mi libro de Gramática Avanzada. Se me perdió y pensé que pude haberlo olvidado en tu habitación la noche en que hicimos los ensayos de la facultad.
—A ver... —observé a mi alrededor y lo vi sobre mi escritorio—. ¡Sí, aquí está! Quédate tranquilo, mañana te lo llevo a la clase.
—Muchas gracias, amigo. Nos vemos, adiós.
—¡Espera un segundo, Justin! —lo frené antes de que colgara—. ¿Puedo hacerte una pregunta hipotética?
—Seguro, dime.
—¿Qué harías si una expareja de Olivier apareciera de la nada en su vida para intentar reclamarlo o volver con él?
—Supongo que no haría nada del otro mundo, Jairo. Olivier me quiere a mí ahora —respondió con una voz tranquila y confiada.
—Obvio, pero debes recordar que ustedes tienen una relación secreta. Nadie sabe lo suyo.
—¿Andas buscando problemas donde no los hay? ¿Eso qué tiene que ver con el amor que nos tenemos? —Su voz sonó molesta por mi insistencia, pero ignoré su tono defensivo.
—¿No te cansas de ser siempre el incógnito en la vida de alguien? —preguntó mi voz temerosa, mientras me sentía una basura por asignar mis propias inseguridades a su noviazgo.
Él no contestó durante unos largos y densos segundos.
—Tengo que colgar, Jairo. La cena con mis padres está lista. Llévame el libro mañana, por favor.
Escuché el tono sordo que indicaba el fin de la comunicación. Mis preguntas tontas habían lastimado a Justin y eso me hacía sentir peor, pero los nervios me dominaban y el teléfono todavía no mostraba el nombre de Axael.
Intenté relajarme por mi cuenta bajo las sábanas para apagar la ansiedad.
Sin embargo, en el momento en que mis dedos rozaban la piel de mis pezones buscando encender el deseo, mi mente se llenaba con los recuerdos de Axael y la figura de Sara en su sala.
El estímulo se apagaba al instante; me sentía incapaz de conectar con el placer mientras la incertidumbre me carcomía por dentro. Dejé caer las manos, frustrado y frío.
Me sentía vacío y con unas ganas enormes de dormir para no pensar.
Axael no llamó en toda esa noche de cumpleaños, y tampoco recibí los mensajes cortos que solía enviarme al despertar.
A esas alturas, solo esperaba con terror que en la universidad no me deparara una sorpresa, que no me apartara en el pasillo para decirme con voz fría que todo había terminado, que ya no me quería en su casa ni en su cama porque su verdadera alma gemela había regresado,
y que ya no necesitaba a su querido estudiante para desahogarse.
Me sentía desahuciado, muchísimo peor que el suelo que pisaba.