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La mañana me despertó de golpe cuando unos leves y difusos rayos de sol se filtraron con timidez por la ventana del cuarto.

Junto a mí, sobre el colchón, la brillante pantalla de mi teléfono celular me indicó que eran las siete menos cuarto; exactamente quince minutos antes de que la alarma programada comenzara su ruidosa tarea habitual.

Me giré con lentitud sobre las sábanas y contemplé a Jairo, que dormía profundamente a mi lado.

Tenía el cabello desordenado sobre la almohada y vestía una camisa blanca lo bastante grande como para que cualquiera supiera que no era suya, sino mía.

Mantenía los ojos cerrados con fuerza en un gesto involuntario, fastidiado por la luz que invadía el ventanal.

De pronto, el panorama me resultó tan surrealista que me costó creer que no seguía atrapado en medio de un sueño húmedo. La calidez de su piel y la paz que transmitía contrastaban demasiado con el caos que solía albergar en mi mente.

Con un movimiento rápido y silencioso para no perturbarlo, tomé mis pantalones del suelo, me acerqué a la gran ventana y corrí las cortinas para bloquear la luz.

Noté, con una sutil satisfacción, cómo las facciones del chico se suavizaban al instante ante la oscuridad.

Bajo mi protección, continuó con su plácido descanso.

◆◆◆

La ducha matutina fue rápida y helada, un recurso necesario para despejar mis pensamientos.

Para el desayuno, me limité a tomar un café expreso amargo de la máquina del vestíbulo; nada pretencioso ni sofisticado.

De inmediato, me encaminé a toda prisa hacia el Ministerio de Educación para una reunión técnica que sabía de antemano que era un simple trámite de la rutina burocrática.

Las calles de la capital durante un lunes por la mañana estaban repletas de una masa gris de gente; un panorama estresante que me hizo preguntar por qué alguien elegiría vivir en un lugar tan ruidoso en vez de cualquier otro sitio del país.

En un trayecto de apenas tres calles, choqué de forma torpe con unas cinco personas apuradas que evidentemente corrían para no llegar tarde a sus oficinas.

—¡Axael! ¡Por aquí, hombre! —exclamó un sujeto de voz potente en cuanto crucé la puerta de roble del edificio.

Al observar sus facciones angulosas, reconocí a Jackson, un brillante arquitecto a quien conocía desde mis inicios en la docencia universitaria. Había sido un amigo muy cercano antes de mudarse de forma definitiva a la capital tres años atrás.

—Hola, Jackson —respondí con una sonrisa y me acerqué para estrecharlo en un fuerte abrazo de camaradería—. No te veía en persona desde hace... ¿dos años ya?

—Las niñas pequeñas absorben todo tu tiempo libre, te lo aseguro —rió con ganas mientras se acomodaba los anteojos.

—¿Niñas en plural? ¿Quieres decir que finalmente se te dio el milagro?

—Gemelas, Axael. Idénticas —respondió con un orgullo desbordante. Sacó una foto impresa de su billetera para mostrarme la imagen de dos bebés sonrientes—. Se llaman Lauren y Loreen. Están enormes.

—Te felicito de corazón, Jackson. Sé muy bien que siempre habías deseado ser padre.

—¿Y cómo van las cosas contigo? ¿Qué hay de ti? —preguntó el arquitecto cuando nos sentamos en la gran mesa de juntas—. Sara siempre me pareció el tipo de mujer que querría tener muchos niños corriendo por la casa.

Mi rostro reflejó mucho más de lo que pretendía expresar en aquel incómodo momento.

De inmediato, Jackson cambió su expresión alegre por un gesto de profunda culpa, consciente de haber cometido un grave error táctico.

Para apaciguar la tensión del ambiente, tomé un largo trago del vaso de agua que estaba frente a mí.

—El año pasado terminamos de forma definitiva —respondí con voz fría y directa, sin mirarlo a los ojos.

—Oh... —dijo Jackson, rascándose la nuca con evidente incomodidad—. Lo siento... Me pareció extraño no verla aquí contigo en el congreso. Pero, ¿por qué se separaron, Axael? Ustedes parecían una pareja muy feliz.

—Ya sabes cómo son estas cosas de la vida moderna, Jackson. No hay matrimonio formal que soporte la intromisión de un instructor de yoga de veintitrés años y buen físico —intenté bromear con una ironía ácida, mostrando mi mejor sonrisa improvisada para proteger mi orgullo de hombre.

—De verdad lo siento muchísimo, amigo —añadió, y extendió la mano sobre el mantel para darme ánimos.

—Eso fue hace más de un año, Jackson. Estoy perfectamente bien ahora —dije con un tono hastiado, cansado de que me tratara con condescendencia, como si fuera de cristal.

◆◆◆

La reunión ministerial siguió su curso entre gráficos y estadísticas de aprendizaje, pero, de vez en cuando, se me escapaba alguna mirada ajena en la mesa.

Tuve que soportar el escrutinio de los pocos que sabían la verdad; miradas de lástima que me hacían sentir otra vez como el hombre herido y patético que fue abandonado sin piedad por la persona que supuestamente lo amaba.

No sé por qué demonios intenté sincerarme con Jackson.

Prefería mil veces sostener la mentira social de que Sara se había marchado a Francia para desarrollar su pasión por la pintura.

Eso era notablemente mejor que decir en voz alta que la persona con la que prometiste ante un altar amar en las buenas y en las malas te dejó por otro en el primer año de casados, destruyéndote por dentro y dejándote expuesto al ridículo.

Luego de ese traumático divorcio, mi existencia se redujo a una estricta gama de grises.

Me involucré en encuentros de una sola noche con desconocidas para llenar el vacío, mientras continuaba con mi rutina monótona en la facultad.

Al cuarto de juegos no volví a entrar por meses; mi práctica del BDSM se limitó a lo que mis palabras inventadas en las novelas podían plasmar en el papel.

Corté mi cabello de manera radical y cambié de lugar los muebles de la casa, obsesionado con eliminar cualquier vestigio material de su paso por mi vida.

No quería que nada me trajera de vuelta el recuerdo del error más importante de mi historia.

Todo ese esquema rígido estuvo bajo mi absoluto control hasta que comenzó el año lectivo y un chico callado entró al aula, robándose mi atención analítica por completo.

No quería rendirme a él, porque temía no soportar el dolor cuando también se cansara de mí y decidiera que yo ya no era suficiente para su vida.

Me convencía a mí mismo de que tenía todo bajo control con Jairo.

Pero... ¿realmente lo tenía bajo control? Aquellos pensamientos intrusivos me persiguieron durante todo el viaje de regreso a casa.

◆◆◆

Unos días más tarde, las manos cálidas de Jairo cubrieron mis ojos desde la espalda.

Con su voz serena me indicó el camino en el pasillo, mientras se le escapaban algunas risas contenidas, como si fuera un niño que cometía una travesura prohibida.

Aunque resultaba un gesto absurdo porque era mi propia casa y conocía cada rincón a la perfección, disfruté tomar el papel inusual de sumiso y dejarme llevar en la más mínima de las acciones cotidianas.

—No vayas a ver por nada del mundo —dijo Jairo al oído, con un tono risueño.

—No veo nada, te lo juro —respondí, y experimenté una inusual vivacidad en el pecho.

—Aquí vienen los escalones, así que ten cuidado —advirtió el chico, sujetándome con firmeza de la cintura con ambas manos—. No quiero que te mates en la escalera antes de ver mi sorpresa.

—Lo tomaré en cuenta, asistente —comencé a subir a ciegas, confiado en su guía. La presión de sus manos en mi cuerpo despertó una chispa de anticipación que encendió mi sangre.

Unos pasos más adelante, cuando nos detuvimos cerca de la entrada de mi habitación de juegos, imaginé con intriga de qué se trataría el regalo. ¿Un látigo nuevo? ¿Un arnés de cuero fino?

—Ya puedes quitarte la venda —anunció Jairo, retirando las manos.

La venda cayó al suelo y tardé unos segundos en acostumbrarme a la luz ambiental del pasillo.

Frente a mí, colocada con cuidado sobre la mesa de madera, se encontraba una hermosa máquina de escribir Olivetti Studio en perfectas condiciones estéticas; una pieza clásica de color azul pastel.

Con auténtico entusiasmo de escritor me acerqué para apreciarla.

Parecía casi nueva, como recién salida de fábrica.

Estaba asombrado; no porque esa pieza de colección fuera imposible de adquirir, sino por el enorme detalle.

Jairo recordó algo insignificante: mi deseo de tener una para mi colección, solo porque me evocaba, en mis inicios, el amor puro por escribir y ver las anotaciones plasmadas en el papel mediante la tinta.

—¿Te quedaste mudo? ¿Y bien? —preguntó Jairo con una sonrisa ambiciosa y expectante—. ¿Qué te parece el regalo?

—Es perfecta... —lo observé con un profundo orgullo—. No tenías necesidad de gastar en esto, Jairo.

—Quise hacerlo porque me importas —se acercó y me abrazó con ternura por el cuello—. Feliz cumpleaños, mi amo.

—Muchas gracias, de verdad. ¿Y esto qué significa? —tomé una pequeña nota de papel colocada junto a los rodillos de la máquina y comencé a leer en voz alta—: “Para un gran escritor...”

—No, por favor, no lo hagas —suplicó de inmediato, avergonzado y con las mejillas coloradas. Me quitó la nota con rapidez—. Léela después, cuando ya no esté en la casa. Es una tontería lo que escribí.

—Está bien, lo haré luego —posé mis labios con suavidad en su frente tibia. Después, observé la modesta decoración con globos de colores oscuros y la botella de champagne con dos copas de cristal a un costado—. ¿A qué se debe todo este despliegue, Jairo?

—Bueno, como sé muy bien que eres un hombre sombrío y huraño que vive recluido en una enorme casa —sonrió con picardía y continuó animado—, y sé que por tu cuenta no festejarías tu cumpleaños con nadie... decidí traerte tu propia celebración privada.

—Eres increíble, Jairo... de verdad eres...

El ruidoso e insistente sonido del timbre de la entrada principal interrumpió mis palabras de agradecimiento.

Aquello me salvó en el último segundo de decir algo demasiado meloso y blando, algo ajeno a mi carácter.

Sin embargo, la preocupación se instaló en mi pecho; Jairo no debía estar en mi casa a estas horas.

Si alguien de la facultad lo veía allí, tendríamos graves problemas legales y profesionales con el decanato.

—Voy a bajar a abrir. Tú quédate aquí arriba, escondido —advertí con tono serio.

—No seas tan paranoico conmigo, Axael —me detuvo con rapidez y me sujetó del brazo con una risa juguetona—. Es el repartidor con el pastel que ordené, y también es una sorpresa para ti; así que te quedarás aquí esperando como el cumpleañero que eres.

—¿No será un pastel erótico con alguna forma obscena? —me burlé de su entusiasmo.

—Oh... qué pesado eres —bufó—. Muchas gracias por arruinar el misticismo del momento, Grinch —añadió con un tonto mohín en los labios.

—El Grinch arruina las festividades navideñas, Jairo; no los cumpleaños de los profesores.

—Eres un maldito sabelotodo, Axael.

El timbre volvió a sonar con insistencia y Jairo corrió escaleras abajo.

Su entusiasmo era contagioso, propio de la alegría de su edad.

Fui detrás de él a paso lento, observándolo desde lo alto.

Era gracioso pensar que, cuando estaba con él, las cosas insignificantes de la vida se transformaban en eventos memorables.

Me pregunté si él sentiría ese mismo calor en el pecho cuando estábamos juntos en la intimidad; esa maravillosa sensación hogareña que jamás tuve con nadie en el pasado.

Porque más que mi sumiso o mi alumno, Jairo era mi mejor amigo.

Estaba agradecido con el destino por ello.

El simple hecho de jugar una carrera tonta por ver quién abría la puerta primero se convertía en mi remedio infalible contra el mal humor.

—Bueno, ya ganaste. Abre tú la puerta de una vez —dijo él, riendo por el firme agarre de mis manos en su cintura—. Y hazme el favor de soltarme, porque si el repartidor nos ve así, pensará algo extraño.

En ese preciso microsegundo, sentí como si el cielo entero se hubiera nublado sobre mi cabeza.

La amplia habitación se transformó en un cubículo asfixiante cuando, al abrir la puerta de entrada, vi a aquella mujer parada frente a mí.

Sostenía una botella de vino en la mano derecha y sonreía con una familiaridad pasmosa, como si no hubieran pasado años de silencio desde la última vez que estuvo en ese mismo porche.

—Axael... —dijo Sara, clavando sus ojos en los míos—. Ha sido un largo tiempo... Feliz cumpleaños.

Jairo observó la escena en el umbral, confundido e intrigado. La palidez de mi rostro debió decirle en ese instante más que mil palabras explicativas, por lo que se limitó a guardar un tenso silencio detrás de mi figura.

—Tú definitivamente no pareces un repartidor —habló el chico finalmente, rompiendo el denso hielo del ambiente.