SUYO 15
71%

15

Mis manos sujetaron a Jairo con firmeza por la cadera. Elevé su cuerpo lo suficiente para deslizar una almohada mullida bajo su columna vertebral, usándola como un soporte anatómico que exponía su figura ante mí.

Él sonrió con timidez en la oscuridad, una reacción nerviosa que delataba su ansiedad.

Me acerqué para depositar un beso suave en el costado derecho de su ombligo, sintiendo el calor de su piel.

Poco antes, le había retirado la corbata que restringía sus muñecas para que se sintiera más seguro ante cualquier movimiento imprevisto, aunque la venda permanecía sobre sus ojos por decisión suya.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto, Jairo? —pregunté con tono sereno, mientras mis dedos trazaban caricias lentas sobre el hueso prominente de su cadera—. Sabes que podemos detenernos en el instante en que lo desees. Solo tienes que decirlo.

Sin articular palabra, negó con la cabeza sobre la almohada. Un suspiro profundo, cargado de entrega, escapó de sus labios húmedos.

—Lo deseo tanto, señor... de verdad. No hay ninguna razón para que se detenga ahora —respondió al fin, con una nota de impaciencia vibrando en su voz.

—Pero debes recordar que tienes el poder de hacerlo. Necesito que lo comprendas a la perfección antes de que avancemos.

Él asintió de nuevo en silencio. Su respiración, hasta entonces errática, pareció estabilizarse en una calma relativa. Una vez que Jairo recuperó su centro, comencé la preparación física.

Pocas personas ajenas a este entorno comprenden que, en las prácticas estrictas del BDSM, lo fundamental no es el dolor, el castigo o los roles establecidos.

Lo crucial es la confianza ciega y la creación de un vínculo consensuado.

Muchos creen que el dominante posee el control absoluto, pero en realidad es el sumiso quien tiene la última palabra.

Él dicta el ritmo, el modo y el límite. Cualquier acción que ignore el acuerdo previo de seguridad y sensatez no es otra cosa que una transgresión.

Si en algún punto de la escena el dominante escucha la palabra de seguridad, debe detenerse de inmediato, sin importar su nivel de excitación o qué tan inmerso esté en su papel. En ese instante, su rol se transforma en uno de protección y soporte emocional para restablecer la confianza.

Esa es la teoría que más ruido genera en mi mente. Ya fuera por la activación de una palabra clave o en mitad de una sesión intensa, mi prioridad absoluta siempre era que Jairo se sintiera a salvo, tranquilo y en pleno goce.

Lo sujeté de nuevo por las caderas y lo atraje hacia mí.

Posicioné la punta de mi sexo erecto en su entrada, notando la humedad del lubricante y cómo el calor de la zona aumentaba al contacto.

Jairo soltó un suspiro tembloroso; aunque estaba preparado de forma mental, la falta de visión agudizaba sus otros sentidos.

Al verlo aferrarse a las sábanas revueltas, supe que ansiaba la intromisión definitiva con una urgencia casi desesperada.

Logré traspasar el primer esfínter, estirando el tejido al límite.

Lo escuché contener un grito mientras se mordía el labio inferior con tal fuerza que la piel se tornó pálida.

Mantuve mis manos firmes en su cadera, sosteniéndome mientras recuperaba el aliento.

El esfuerzo se hizo evidente; la presión que ejercía su cuerpo era tan intensa que rozaba lo doloroso.

Jairo comenzó a jadear y sus facciones se endurecieron, soportando la invasión inicial.

—¡Ah… Dios! —exclamó, arqueando la espalda en un arco de tensión.

—¿Quieres que me detenga ahora mismo, Jairo? —pregunté con cautela, deteniendo mis movimientos para no lastimarlo.

—No… no se detenga —dijo, humedeciendo sus labios secos con la lengua—. Es que… es realmente grande, amo.

—Puedo parar si es necesario —insistí, deslizándome con lentitud hacia atrás para aliviar la presión—. Puedo…

—No, no lo haga —me sujetó la muñeca derecha con fuerza y, con la mano libre, se arrancó el antifaz. Me dedicó una mirada cargada de devoción absoluta—. Por favor, continúe. Quédese dentro de mí.

Asentí ante su petición y volví a empujar con suavidad. Para mi sorpresa, el camino ya estaba cedido y el ingreso fue mucho más fluido esta vez.

—Amo… ¿podría abrazarme con fuerza mientras lo hace? —suplicó con voz quebrada—. ¿Por favor?

—Yo… —dudé un segundo, pues aquel contacto rompía el protocolo del rol, pero cedí—. Está bien.

Uní nuestros cuerpos sudorosos en un abrazo estrecho y continué el movimiento rítmico.

Sus piernas delgadas rodearon mi cintura y sus uñas se hundieron en mi espalda.

A pesar del escozor de los arañazos, no quise retirarme; disfrutaba de esa intimidad inesperada.

Con un movimiento espasmódico, Jairo ocultó su rostro en el hueco de mi hombro y, en ese instante, alcancé el fondo de su anatomía.

Esperé a que se adaptara a mi tamaño. Nos quedamos inmóviles, pecho contra pecho, sintiendo cómo nuestros corazones se sincronizaban en aquella habitación de hotel que guardaba nuestro secreto.

—Muévase… por favor, amo… —susurró contra mi oído.

El calor de su aliento me erizó la nuca. Comencé a moverme de forma pausada y él se aferró más a mi espalda, emitiendo gemidos que ganaban volumen con cada embestida. Jairo giró el rostro y, cuando nuestras miradas se cruzaron, fue imposible mantener la distancia.

Nos fundimos en un beso profundo y necesitado. Su lengua buscaba la mía con frenesí mientras mi mano se enredaba en su cabello desordenado.

—Mmhn… —gimió contra mis labios, perdiendo cualquier rastro de compostura—. No puedo más… la presión es demasiada, amo.

—Córrete para mí, amor… hazlo ahora —pedí en un susurro, arrastrado por la intensidad del momento.

Sus caderas se sacudieron en espasmos violentos. El calor de su eyaculación bañó mi vientre, al tiempo que un escalofrío eléctrico recorría mi columna y yo también me liberaba dentro de él.

—Ahh… ahhh… —gruñó Jairo con los ojos en blanco, mientras el placer lo dominaba por completo.

Cuando el acto terminó, tomé pañuelos de la mesa de noche y lo limpié con delicadeza.

Él soltó algunos murmullos de queja; la zona seguía sensible por la fricción.

Tras asearnos, nos pusimos la ropa interior en silencio y él se recostó de inmediato sobre mi pecho.

La atmósfera se volvió densa y acogedora, envuelta por el ritmo pausado de nuestra respiración.

De pronto, Jairo dejó escapar una risa breve, nacida más de la incredulidad que de la gracia. Lo observé y noté que me miraba con ojos pesados, llenos de sueño.

—Conque así se siente de verdad… —comentó, rompiendo el silencio.

—¿A qué te refieres, Jairo? —mi voz sonó ronca por el esfuerzo.

—A hacer el amor con alguien.

—¿Qué has dicho? —pregunté, saliendo de mi ensimismamiento.

—Tener sexo de verdad —rio de nuevo, ocultando parte de su rostro con las sábanas en un gesto de timidez—. No como las simulaciones de antes.

—No creo que lo que hacíamos en el pasado fuera mentira, Jairo —respondí con seriedad, apartándome un poco para buscar mi espacio en el colchón. Él bufó ante la repentina pérdida de contacto.

—¿Pasa algo malo? —se giró de costado para buscar mi mirada. Yo preferí fijar la vista en el techo blanco.

—No, no es nada.

—¿Estás muy cansado, Axael?

—Un poco. Deberíamos dormir; mañana será un día largo —dije con tono neutral.

—Tienes razón —admitió rascándose la nuca con incomodidad—. Iré a mi habitación entonces.

En cuanto hizo el movimiento para levantarse, mi brazo reaccionó por puro instinto y lo atraje de vuelta hacia mí.

—Quédate aquí conmigo.

—Pero… ¿y si alguien nos ve salir juntos por la mañana? —preguntó, temiendo la reacción de su abuelo.

—Saldré muy temprano. Debo revisar el itinerario con Edward antes de la ponencia. Podrás irte después. Solo asegúrate de que el pasillo esté despejado.

Jairo sonrió con ternura y se acomodó sobre mi pecho como si fuera un refugio seguro.

—Buenas noches, amo —susurró, entregándose al sueño.

—Buenas noches, Spring.

Mis reflexiones no estaban erradas. Aunque lo vivido había sido de una intensidad física abrumadora, no se había parecido en nada a una escena real de BDSM.

Había sido, lisa y llanamente, sexo convencional.

Vainilla en toda regla. Lo fue desde el instante en que lo abracé.

La corbata y el antifaz solo eran accesorios estéticos que me servían para fingir que aún mantenía el control de mis impulsos como dominante.

Al caer esas barreras, solo quedamos Jairo y yo. Ni el sumiso abnegado, ni el amo severo. La última vez que había tenido sexo de esa forma yo tenía dieciséis años; era una experiencia lejana e inmadura.

¿Qué tenía este universitario que estaba logrando alterar mi mundo estructurado sin que yo pudiera evitarlo? Justo ahora, cuando mi vida profesional parecía más estable que nunca, el suelo bajo mis pies comenzaba a mutar. Y ese pensamiento me aterraba más que cualquier otra cosa en el pasado.