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Para Jai:

¿Ah, sí? ¿Y qué clase de literatura lees a estas horas de la noche?

️Jai:

Um... un libro de muy mala calidad literaria, la verdad. Creo que se llama... ah, sí, ya me acordé: La Biblia.

️Para Jai:

No te creo nada de ese comentario, Jairo. Habla en serio.

️Jai:

Es la verdad, señor... jaja. Estaba leyendo en realidad La Metamorfosis de Franz Kafka.

️Para Jai:

Un excelente libro para la mente. Oye, una pregunta... ¿están todos los de tu habitación dormidos ya?

️Jai:

Sí, todos están durmiendo desde hace una hora.

️Para Jai:

Ven a mi habitación entonces. Me encuentro solo aquí.

Los suaves e intermitentes toques en la madera de la puerta no se hicieron esperar esa noche en el pasillo.

Pasaron escasos minutos cuando fui a recibir mi visita y lo vi parado allí, con el cabello levemente acomodado hacia un lado, al portar un pantalón corto deportivo con unas medias blancas largas que cubrían por completo la zona de sus rodillas.

Siempre me había preguntado si su escasez de vello corporal en las piernas era un asunto genético de su familia o algo premeditado y estético por su parte.

También traía su collar de cuero consigo en la mano y vestía un pequeño suéter de lana color rosa que lo hacía ver desprotegido.

Lo sujeté con firmeza de las muñecas en cuanto dio un paso hacia el interior, cerré la puerta de la habitación al colocarle el seguro de metal y, acto seguido, procedí a arrancarle un beso hambriento.

Él se derritió sobre mi anatomía en cuanto mis manos frías lo sujetaron con posesión de las caderas. En ese microsegundo supe con certeza que lo había extrañado demasiado en las pocas horas en que no lo tuve conmigo en la facultad.

—Vamos directo a la cama —le invité en un tono ronco, al acercarlo con imperio hacia mi cuerpo mientras nuestras erecciones rígidas se friccionaban de forma salvaje a través de la ropa.

Una corriente fría de aire proveniente del ventanal de la habitación me hizo cosquillas en la columna vertebral cuando él me miró desde abajo con esos hermosos ojos tan hermosos que tanto apreciaba contemplar en la intimidad.

—Axael... amo... —dijo en un suspiro y luego su mirada nerviosa viajó hacia el suelo, solo para regresar rápido a clavarse en mis ojos—. Esta noche... podemos... ya sabes... podemos intentar la penetración si tú quieres.

Yo sabía lo que el chico había querido decir con ese “podemos” desde el primer instante; de repente, la sangre de mi cuerpo pareció acumularse con violencia en mi erección y no supe en qué momento exacto llegué a estar tumbado en el colchón de la cama con Jairo posicionado a gatas sobre mí.

Su boca se entretuvo de inmediato con mi pezón derecho, al ensalivarlo de modo que el aire frío de la habitación lo puso duro y sensible.

—Espera un momento, Jairo... detente —lo frené con suavidad por los hombros—. Dame solo un minuto.

Torpemente, corrí hacia el mueble donde estaba mi equipaje de viaje, de donde saqué un antifaz negro para dormir y una elegante corbata color azul marino; también me llevé de vuelta al colchón una pequeña caja de terciopelo oscuro en la que Jairo centró de inmediato su atención visual.

—¿Qué es eso que traes ahí, señor? ¿Un nuevo plug anal? —Jairo se saturó de curiosidad, al sentarse sobre sus talones en la cama con una mirada cargada de picardía.

—No, estás muy equivocado —me reí con ganas porque aquella expresión lo hacía ver como un niño inocente en Navidad, pero su hablar era el de un auténtico ninfómano—. Esto es un regalo para tí, Jai.

Justo cuando se lo alcancé a las manos, lo tomó entre sus dedos, algo dudoso pero astuto para abrir el empaque con facilidad.

Con una mirada de ensueño y los ojos brillantes, observó el collar de cuero de alta calidad que llevaba una placa de plata grabada con su propio nombre, justo por encima de la frase: “Propiedad de Axa”.

—Mi collar definitivo... —habló con la emoción pura entrecortándole la voz—. Yo... ¿de verdad cree que ya estoy listo para portarlo, señor?

—Siempre estuviste listo para llevarlo, mi cachorro.

De un momento a otro en la cronología de la noche, me encontré al moverme sobre su cuerpo desnudo y jadeante.

El collar nuevo brillaba con orgullo en su cuello de piel nívea, la tira de la corbata azul marino envolvía con firmeza sus wrists y lo ataba a la cabecera de la cama, y el antifaz que lo sometía por completo a la oscuridad volvieron el panorama algo simple pero perfecto para mis deseos de Dom.

Mi mano derecha cubrió ambas erecciones al mismo tiempo y las comenzó a bombear de modo que el roce se volvió ruidoso en la habitación silenciosa.

Jairo gimió con fuerza y su boca se abrió en una forma de «O» que me animaba a dejársela roja e hinchada por mis besos; una mordida leve de mi parte que reventara algún capilar periférico y la dejara con un rastro de sangre para marcar territorio.

Entonces, pensé en algo mejor cuando, con mi mano libre, apreté con fuerza su pezón izquierdo y sentí su erección endurecerse bajo mi toque.

—Mmm... ahh... señor... —resopló el chico, al arquear la espalda sobre las sábanas—. Por favor... se lo suplico.

—¿Quieres que te folle de una vez por todas, Jairo? ¿No es eso lo que tanto me estás pidiendo?

Él asintió con la cabeza de forma desesperada detrás del antifaz.

—Separa tus piernas lo más que puedas y eleva tu cadera hacia mi posición —lo guié con una voz firme y autoritaria. Él obedeció la orden al instante sin oponer resistencia.

El lubricante frío se escurrió en abundancia entre las mejillas de su trasero y yo imaginé de forma vulgar y explícita cómo se vería una dosis de mi propio semen al derramarse en su lugar.

Sucio pero ansiado por mis instintos, esparcí el líquido con la palma de mi mano y un primer dedo estiró con cuidado su carne rosada y apretada.

—No... —se quejó el chico ante la invasión—. Quiero tenerlo a usted adentro de una vez.

—Lo sé, mi bebé... pero tengo la obligación de prepararte de forma adecuada primero. Aún no estás listo para recibirme por completo sin lastimarte.

Continué con mi deber de Dom con paciencia y en pocos minutos Jairo estaba hecho un desastre de placer en el colchón; tiraba con desesperación de la corbata de modo que la piel de sus muñecas estaba en un tono rojo ardiente,

y en cierto modo el dolor físico de la restricción combinado con el placer de ser dilatado lo estaba llevando lejos de la realidad de las cuatro paredes entre las que nos encontrábamos.

—Amo... por favor... lo... lo necesito adentro ahora mismo... se lo ruego —suplicó en un llanto de puro éxtasis.

Me retiré de su entrada y me tomé unos cuantos segundos para prepararme y colocarme la protección. Era la primera vez en mi vida que iba a tener sexo anal real con alguien inexperto en la práctica, y ese hecho me ponía un poco nervioso, pero con la ansiedad y el deseo corriendo por todo mi cuerpo.

Él no era un sumiso cualquiera de mi pasado; era Jairo, el chico que llevaba meses enteros mirando en las aulas de clase como un objeto prohibido e inalcanzable, y ese día se encontraba desnudo en mi cama a punto de cruzar la línea definitiva conmigo.

—Sabes cuál es tu palabra de seguridad en caso de que sientas dolor —dije en un tono serio, al posicionar la punta de mi masculinidad en su entrada. Él asintió con firmeza.

—Sí, señor... lo sé.

Parecía que el tiempo de tener que corregirlo por no responder de manera respetuosa había quedado en el pasado de nuestra relación; Jairo ya estaba listo en su psicología para entender el arte complejo del BDSM.

Para ser un sumiso al pie de la letra en cada sesión.

Para ser única y exclusivamente mi sumiso.

Mío para siempre.