SUYO 13 #2
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13 #2

—¿Quién demonios es Jairo? —se burló desde abajo con insolencia y terminó por desabrochar el impedimento de tela de mi cremallera hasta liberar mi erección.

—Jairo, hablo en serio... —repetí, ya sin rastros de paciencia en mi sistema.

—Buenas noches, señor James —interrumpió de golpe una voz femenina muy conocida para mí, al aparecer al lado de la mesa.

La reconocí en el acto. Era Hanna, una de las camareras más eficientes de aquel prestigioso lugar, a quien conocí dos años atrás durante mis cenas del congreso.

En aquel entonces ella tenía el cabello mucho más largo y de un brillante color anaranjado.

Ese día llevaba una apariencia notablemente más madura, pero sofisticada, con un corte recto de color oscuro; aun así, algo en ella no cambiaba: su amplia sonrisa profesional seguía intacta ante mi vista.

—Hanna... qué gusto verte de nuevo —saludé de inmediato con una sonrisa forzada y la voz tensa, al tratar de mantener la compostura de hombre respetable—. Te ves muy... muy bien con ese nuevo estilo de cabello.

En ese mismo instante, un golpe rápido y doloroso me impactó en la parte interna de la pierna. Juraría que fue una mordida con saña por parte del chico, lo que me provocó un ahogado grito de dolor que tuve que sofocar al apretar los dientes.

—Señor James, ¿qué sucede? ¿Se encuentra bien? —ella lucía preocupada por mi espasmo físico.

—No es nada... un simple calambre muscular —me froté la zona afectada por encima de la tela, para después estirar la mano por debajo del mantel y darle un sutil golpe de advertencia a Jairo en la mejilla para que se quedara quieto de una vez.

Él se quejó ante el correctivo y tuve que fingir una tos fuerte para cubrir el ruido de su quejido debajo de la mesa.

—¿Sabes qué, Hanna? Tráeme de inmediato alguna entrada para dos personas, por favor —demandé con amabilidad para apartarla del lugar.

—¿Una entrada para dos personas, señor James? Pensé que estaba solo.

—Sí, es que mi cita de esta noche se encuentra en este momento en el baño de la recepción —mentí sin parpadear.

Ella lució desilusionada por un breve momento ante la mención de mi supuesta pareja, pero asintió con profesionalismo al llevarse la orden escrita en su libreta.

Jairo aprovechó la retirada de la mujer para subir de nuevo a su lugar en la silla y comenzó a acomodarse la vestimenta desarreglada.

No estaba feliz con mi reacción defensiva.

—¿Quieres tener la amabilidad de explicarme por qué diablos me mordiste de esa manera bajo la mesa? —pregunté, al sujetar su rostro con firmeza por el mentón para obligarlo a mirarme fijo.

—Su propia saliva y su baba me ahogaban ahí abajo por culpa de la presión, señor —torció la boca con un gesto de desdén y desvió la vista hacia otra parte del salón.

—Ya veo —me acerqué a su rostro y le di un beso tierno en la mejilla para aplacar su berrinche—. Pero esa no es una razón válida para morder a tu amo en público, cachorro. Vuelve a atreverte a hacer algo parecido en el futuro y te aseguro que te castigaré muy duro en la habitación.

Con habilidad, lo sujeté con fuerza de la gargantilla de su collar de cuero y lo atraje hacia mi cuerpo para arrancarle un beso sucio, posesivo y profundo en medio de la oscuridad del sitio.

Jairo se dejó hacer por completo, al entregarse al contacto mientras yo, con una de mis manos, lo acercaba más a mi cuerpo; al mismo tiempo, deslicé la otra mano por debajo del mantel, al introducirla de forma directa dentro de su pantalón para acariciar la suavidad de su estrecho ano.

Él gimió de forma sorda sobre mis labios en el acto.

Abrí los ojos y vi sus pupilas suplicantes pidiéndome de forma muda que me adentrara un poco más en su carne.

Así que, atento a sus peticiones silenciosas de sumiso, me retiré para buscar algo de lubricación en la mesa.

Jairo se quejó con un berrinche infantil al perder el contacto de mis dedos.

Estaba a punto de aplicar mi propia saliva en mi mano para continuar, hasta que un objeto brillante me robó la atención: se trataba de la pequeña botella decorativa de aceite de coco que estaba colocada sobre el mantel para las ensaladas.

Logré zafarme del agarre de Jairo para alcanzarla y verter algo de su contenido sobre mis dedos, de modo que estuvieron brillantes y resbaladizos para la penetración.

—Desabrocha tu pantalón por completo ahora —le ordené en un tono imperioso, y el chico obedeció de forma sumisa como siempre—. Ahora procede a desabrochar el mío.

Su respiración se volvió irregular, como si el aire le faltara en los pulmones debido a su propia excitación descontrolada. La excitación que llevaba encima lo hacía actuar como un animal necesitado de frotarse con urgencia contra cualquier superficie.

—Masturbame con fuerza... —dejé salir con una voz ronca y cargada de lujuria.

Mis dedos empapados en el aceite iniciaron su recorrido directo hasta su entrada, la cual se humedeció por completo con la loción de coco e invitó la intromisión de mis dedos.

Primero fue uno solo, que pasó la barrera sin dificultad debido a la lubricación.

Jairo tomó con más fuerza mi miembro erecto con sus manos y lo bombeó de arriba hacia abajo con desesperación; propinaba por momentos más fuerza que en otros, motivado por el hecho de que mis dedos acariciaban de forma directa su próstata en esos momentos de fricción.

Entonces, el segundo dedo pasó la barrera de los músculos y el chico se desesperó, al empujarse contra mi mano.

—Tranquilo, quédate quieto —le ordené con un tono firme y autoritario—. Estás muy apretado esta noche, Jairo; pareciera que no fueras la misma putita elástica que ama recibir mis dedos en la intimidad de la casa.

Jairo solo pudo emitir un gemido ahogado en respuesta a mi humillación, al bombear mi miembro cada vez más rápido.

En ese momento agradecí la profunda oscuridad del reservado, debido a que aquella escena prohibida parecía sacada de una película erótica; de no ser porque ambos nos controlábamos al máximo para no hacer ruido, el restaurante entero estaría lleno de sus gemidos de placer.

—A... Axael... —llamó con desesperación.

—¿Qué es lo que deseas de mí en este momento, bebé? ¿Acaso quieres que introduzca otro dedo más en tu interior?

—Fóllame de una vez, amo. Aquí mismo. Ahora.

Me retiré de su cuerpo para hacerlo de inmediato, al aprovechar la viscosidad del aceite de coco residual de mis dedos para aplicarla en toda la longitud de mi erección doliente.

Él se bajó aún más los pantalones sobre la silla y yo consideré el hecho de que nunca en mi vida había estado tan excitado como para no controlarme y pensar seriamente en follarme a un alumno en un lugar público rodeado de gente.

Pero Jairo lucía tan hermoso con esas mejillas calientes y coloradas por la lujuria, y mi miembro me dolía tanto por la presión que solo quería meterme en su cuerpo como siempre había querido hacerlo.

De repente, un sonido molesto, agudo e intermitente comenzó a taladrarme la cabeza con insistencia, como si sonara dentro de mi cerebro.

Mis ojos se abrieron de golpe, al llevarse aquella intensa escena erótica lejos de mí.

Me percaté en el acto de que todo lo vivido hasta ese segundo había sido producto de un sueño húmedo de mi mente.

Observé la cama deshecha a mi alrededor y la luz tenue de las lámparas, al enterarme de que era de noche en la ciudad. El ruido molesto era la pantalla iluminada de mi celular y la llamada entrante era de Edward.

—¿Sí? ¿Qué sucede? —contesté con la voz ronca, al intentar quitar con la mano los rastros de sueño de mi rostro.

—Axael... amigo... —respondió Edward del otro lado de la línea y, por la manera arrastrada en que pronunciaba cada sílaba, el infeliz estaba ebrio—.

Solo llamaba a la habitación para avisarte que no iré a dormir al cuarto esta noche.

Estaré en... sigue haciendo... eso... ¿Um?

Ah, sí... estaré dando una caminata nocturna por ahí, no me esperes.

—Estarás pasando la noche entera en la habitación de Leonardo, Edward. Claro que sí, no me mientas.

—¿Qué? ¡No, no es lo que crees! —intentó defenderse de forma torpe a través del teléfono.

—Está bien, no me importa tu vida privada, solo hazme el favor de no volver a despertarme por una tontería. Estaba... —dejé salir un largo suspiro de frustración—. Estaba soñando algo muy bueno antes de tu llamada.

—Bien, lo siento. Nos vemos mañana en la ponencia.

Luego de finalizar la llamada, dejé caer el celular sobre la mesa de noche a mi diestra.

La leve luz que cubría la habitación del hotel la hacía ver grande y vacía; al lado de mí, la cama asignada a Edward se encontraba impecable y tendida, en un marcado contraste con la mía, que lucía revuelta y deshecha producto de una tarde de descanso obligatorio.

Noté por las manecillas del reloj de pared que se acercaba la medianoche, por lo que habría dormido unas cinco horas seguidas luego de la excursión al Museo de Bellas Artes que tuvimos esa tarde con el grupo.

Excursión en donde Jairo me había ignorado de forma abierta una buena porción del tiempo, hasta que tuve la oportunidad perfecta y lo arrastré del brazo fuera del grupo de estudiantes para reducirlo contra la pared de un pasillo vacío con un rudo beso en los labios.

Entonces todo el conflicto del baño parecía haber quedado olvidado o al menos un poco más manejable entre los dos.

—Hago todo esto de mantener la distancia en público porque quiero mantenerte conmigo a largo plazo, Jairo —le había explicado en ese pasillo cuando parecía prestarme atención—.

Si tu familia o tu abuelo supieran lo nuestro, te pondrían de inmediato lejos de mi alcance.

No queremos que eso suceda bajo ninguna circunstancia.

Volví a tomar el celular junto a mí para escribir un mensaje rápido directamente a mi pequeño cachorro.

Para Jai:

¿Te encuentras dormido ya, Jairo?

️Jai:

No puedo conciliar el sueño, profesor. Estaba leyendo un rato en la cama.

️