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Ensimismado en mis propios pensamientos, recorrí el largo pasillo alfombrado de vuelta a la recepción del hotel.

Decidí ignorar el hecho de que Jairo volvía a comportarse de aquella manera errante, huraña y distante sin un motivo real; como si cualquier palabra lógica que saliera de mi boca fuera suficiente para desatar sus inseguridades infantiles.

Quien se atreva a decir que solo las mujeres son seres complicados en sus dinámicas afectivas es porque no sabe nada sobre la compleja psique de un sumiso en pleno proceso de instrucción.

En el enorme salón de la recepción los estudiantes del contingente estaban ausentes debido a la hora. Leonardo, el único colega al que divisé entre la marea de turistas extranjeros, sostenía una intensa pelea mental con una vieja máquina expendedora de sodas.

—¡Vamos, maldita sea, entrega la lata de una vez! —apresuró el hombre, al darle un golpe seco al vidrio.

—Parece que el profesor Edward no es el único en este viaje que logra sacarte de quicio —bromeé en un tono pausado, al recostarme en la pared contigua de mármol.

El de ojos saltones expresivos había sido, más que un simple compañero de departamento académico, un gran amigo desde el instante en que inicié mis labores como profesor titular en la universidad.

Aunque tenía defectos de carácter, aquello quedaba compensado por la bondad y empatía que emanaba de sus acciones diarias.

Conocí a Leonardo siete años atrás, cuando un almuerzo imprevisto en el comedor del campus nos juntó por azar en la misma mesa con un grupo de compañeros que hablaban sobre la burocracia estatal.

Por ese entonces, él no era abierto con respecto a su orientación sexual de manera pública; más que una negación personal, era del tipo de actitud que rechaza explicar la vida privada a los extraños. Un hombre reservado.

Alguna vez en el pasado lo vi coquetear de forma sutil con Yuki, la encargada de la biblioteca central, justo después de terminar sus clases vespertinas.

Ocurría en el instante en que el sol caía sobre los edificios y los administrativos regresaban a sus hogares.

Sin embargo, ver su manera de actuar con la bibliotecaria era un gesto casi fraternal si partíamos de la base de que, apenas cinco minutos antes de ese encuentro,

Leonardo mostraba las piernas gelatinosas y las manos sudadas de puros nervios al hablar con el profesor Edward de simples cuestiones laborales en el pasillo.

Andaban juntos en secreto.

Aunque quisieran negarlo ante el decanato con excusas profesionales, los docentes sabíamos que la tensión sexual entre esos dos estaba presente y viva en cada reunión de profesores.

Fue cuestión de verlos llegar una mañana al aula con una clara expresión de insomnio, ojeras marcadas y la misma ropa del día anterior para que dejáramos de hacer preguntas e invitaciones incómodas, al aceptar la realidad de su romance.

—No, estás muy equivocado, Axael. Edward me saca de quicio mucho más que cualquier otra cosa en este mundo —bufó Leonardo con frustración, al devolverme a la realidad—. A veces, de verdad desearía poder...

Se detuvo a mitad de la frase, consciente de con quién hablaba. Una de sus manos se posó con pesadez en su nuca, al frotarla para calmar los nervios.

—Desearía poder cambiar de trabajo y mudarme de ciudad —continuó con una sonrisa forzada.

—No creo que tu cuerpo soporte la abstinencia de ver su rostro todos los días —me reí con ironía ante su respuesta evasiva—. ¿Me alcanzas una soda de la máquina si es que ya funcionó?

—Sí, toma —ofuscado por mi comentario, usó el brazo para lanzarme una lata fría—. Solo desearía que el amor no fuera tan complicado, Axael.

—Dímelo a mí... no tienes la menor idea —hice un ademán de brindis silencioso en el aire y me llevé el líquido a los labios para beber un sorbo.

—Hoy tenemos el resto del día y la noche libres de adolescentes —me avisó Leonardo, al imitar mi gesto con su propia bebida—. Quizás vayamos a cenar más tarde con algunos profesores del comité en un restaurante cercano. Si deseas acompañarnos...

—¿Y qué pasará con los estudiantes de la delegación? —pregunté, al fruncir el ceño.

—¿Acaso quieres que esos chicos vengan a cenar con nosotros a un lugar elegante? —se carcajeó—. No creo que sea la mejor idea para el descanso de nadie.

—Me refiero a que no tendrán ningún tipo de supervisión en el hotel durante horas.

—¿Te preocupa eso? ¿Qué importa, Axael? Son adultos ante la ley, tienen dieciocho años o más; pueden irse juntos a un motel de paso si quieren y armar una orgía en esta ciudad.

Al escuchar la palabra, el líquido burbujeante me produjo una repentina quemazón en las vías respiratorias, al punto de que me atraganté de forma ruidosa en medio de la recepción.

Maldita fuera mi propia imaginación de escritor.

La sola mención de una orgía trajo a mi mente la imagen de Jairo al ser tocado por otros estudiantes, y la sangre se me subió a la cabeza.

—Tranquilo, hombre —Leonardo me golpeó la espalda con firmeza—. ¿Te encuentras bien?

—Sí... estoy bien —contesté, al recuperar el aire y aclarar la garganta—. Creo que me quedaré en la habitación esta noche. Necesito terminar algunas correcciones en mi discurso de apertura de mañana.

—Como quieras, Axael. Tú te lo pierdes.

◆◆◆

Conocí ese exclusivo restaurante la primera vez que llegamos a la ciudad para un evento nacional.

Asistí en aquel entonces con un grupo reducido de colegas del cual, con los años, solo quedaron Leo y Edward en mi círculo cercano.

Por ese entonces, en mis veintitantos años de edad, todo aquel despliegue de alta cocina me parecía algo petulante y costoso para mi limitada experiencia.

Incluso me recordé a mí mismo de mal humor por no poder comerme una hamburguesa común como los demás estudiantes, al evitar estar rodeado de gente de la alta sociedad para consumir una ración diminuta de arroz con especias extrañas.

Fue necesario probar el menú para que se convirtiera, desde el primer bocado, en mi lugar favorito de la ciudad. Desde entonces, cada año aprovechaba el congreso para comer allí, ya fuera solo o acompañado por alguien especial.

Esa noche me encontraba solo en la mesa, debido a que los otros profesores optaron por irse en grupo a un local de comida italiana tradicional.

Yo no estaba de ánimos para consumir platos con salsas pesadas que arruinaran mi digestión.

Una sutil sonrisa de victoria se dibujó en mi rostro cuando me acerqué con paso firme a una de las mesas situadas en la parte más privada, oscura y reservada del lugar, frente a la barra de tragos y a corta distancia de la recepción del hotel.

—Veo que recibiste mi mensaje a tiempo —sonreí con abierta lascivia al ver quién estaba sentado allí—. ¿Tengo tu autorización para sentarme a tu lado?

—No estoy del todo seguro, profesor... usted mismo dijo que deberíamos mantenernos lo más lejos posible el uno del otro por el momento —respondió el chico, al mirarme fijo y desafiarme con la postura de sus hombros.

—Es un sacrificio que mis deseos no pueden cumplir —le contesté. Una sonrisa fugaz se dibujó en sus facciones y se movió sobre el asiento acolchado para invitarme a ocupar el espacio a su lado derecho.

Llevaba puesta una camisa de tela fina color rojo sangre que, en perfecto contraste con la palidez de su piel y la oscuridad de su cabello, resaltaba su hermosa fisonomía.

También se había aplicado un sutil delineado negro en los párpados y un brillo de labios transparente que captaba la luz; un detalle estético que me invitaba a morderlo de una forma tan obscena como depredadora.

Lo que más llamaba mi atención era su collar de cuero negro, el mismo elemento que le entregué semanas atrás en mi mazmorra.

Esa noche no era el estudiante de la facultad; esa noche era Jai, mi sumiso. Mi cachorro.

Por pura inercia física, me ubiqué a su costado, al tomar la copa de agua que estaba situada delante de nosotros para darle un rápido sorbo.

Observé el sitio con ojo analítico; el ambiente era agradable, la música era tenue y la falta de luz artificial directa era nuestra mejor ventaja estratégica para la intimidad.

Jairo imitó mi acción y se llevó la copa de cristal a sus labios carnosos.

Resultaba una escena erótica la forma en que el líquido pasaba por su garganta, al hacer mover su marcada nuez de Adán con cada trago, un recorrido visual que me llevaba a contemplar su pecho brillante por la apertura de los botones superiores de la camisa.

Mi mano se movió por debajo del mantel hasta posarse sobre su pierna, hasta sentir la tela de su pantalón sobre su piel cálida.

—¿Ya ordenaste algo para cenar? —pregunté sin retirar el contacto de mis dedos sobre su muslo.

Él hizo un suave gesto de negación como única respuesta y, al apartar el vidrio de sus labios, dejó en evidencia la humedad reluciente de su boca. Me acerqué con lentitud para retirar con la yema de mi dedo pulgar el resto de agua que había quedado allí depositado.

—Será mejor que tomes la carta del menú de una vez entonces... —sugerí en un susurro.

Jairo, al dar un vistazo rápido a los alrededores del restaurante, dejó salir una risa contenida; una reacción que solo pudo explicarse cuando su cuerpo se deslizó hacia abajo, al esconderse por completo debajo de la mesa.

—Pero qué demonios... ¿Qué crees que haces, Jairo? —preguntó mi voz en un tono exaltado pero contenido, al enderezar la espalda sobre la silla.

—Mi plato principal ya llegó a la mesa, amo —respondió su voz entre risas ahogadas desde la oscuridad del suelo, y sus manos hábiles llegaron a la hebilla metálica de mi pantalón de vestir para abrirla.

—Jairo... detente ahora mismo —lo llamé, al sentir los nervios crispados por el peligro de ser descubiertos.

Este no era el lugar adecuado para intentar una escena de ese tipo, menos cuando la mitad de los empleados me conocían debido a mis visitas recurrentes. Ahora, por culpa de su osadía, tenía a un jovencito entre mis piernas que intentaba follarme a la fuerza en un espacio público.