SUYO 12
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️Jai:

Me encuentro aquí, con mi nuevo amo de viaje, señor. En este preciso momento estaba poniéndome el arnés corporal de cuero que compramos.

️Para Jai:

Está bien. Dile que te entregue a mí para esta tarde, pero asegúrate de que lo haga sin ponerte el cinturón de castidad metálico. No tengo tiempo para buscar las llaves.

️Jai:

¿Acaso mi profesor se encuentra celoso de mi imaginación?

️Para Jai:

Deja de decir tonterías, Jairo. Los celos son una debilidad humana inútil para mí. Pero fue un buen intento. Repito la orden, ¿dónde estás ahora?

Jai:

Estoy en el baño principal de la recepción.

Para Jai:

No te muevas de ese sitio por ningún motivo. Voy para allá de inmediato.

Era gracioso e irónico volver a estar a solas en el interior de un baño público con Jairo, al recordar aquella primera vez en la facultad en donde yo me negaba a seguir el juego de sumisión que él me proponía.

No solo terminé por ceder por completo, sino que me volví un adicto a su entrega y a su cuerpo.

Caminé con paso firme por el pasillo estrecho del vestíbulo hasta dar con el cartel cromado en una puerta de madera que decía “Caballeros”. Resultaba conveniente compartir género en esta situación, pensé al abrir la puerta de un solo empujón.

Jairo lavaba sus manos de forma pausada en el lavabo de mármol y, en cuanto notó mi presencia a través del espejo, sonrió al mirar mi reflejo en el cristal.

—Deseaba con todas mis fuerzas verte con ese arnés corporal en este baño —bromeé con frialdad al cerrar la puerta detrás de mí—. ¿Se puede saber dónde está metido tu amo ahora, mi pequeño cachorro?

—Me abandonó a mi suerte en este hotel —lloriqueó con exageración, al hacer un puchero con los labios—. ¿Acaso el profesor James desea adoptar a un sumiso desamparado el día de hoy?

—Es una oferta interesante, Jairo, pero creo que mi harén privado de sumisos ya se encuentra lleno en este momento de mi vida —le respondí, al seguir el hilo de la provocación.

—Vete a la mierda, Axael. Todo esto era divertido hasta que lo arruinaste con tus comentarios lógicos —dijo con el ceño fruncido, al intentar pasarme de largo para salir del baño.

Como era más veloz que sus movimientos, estiré el brazo, lo tomé con firmeza de la muñeca y detuve su marcha en el acto.

—Déjeme ir de inmediato, profesor. Sus otros sumisos se van a poner celosos si nos ven juntos.

—Creo que el sumiso más lindo y berrinchudo de todos ya está bastante celoso por su cuenta —dejé salir una carcajada, lo que lo hizo enojar aún más.

—¿De verdad tienes a otros sumisos ahora mismo, Axael? —preguntó de repente, al bajar la guardia y mirarme con los ojos fijos como un cachorro mojado por la lluvia—. ¿Cuántos son?

—Mira nada más... querías darme celos con tus mensajes del arnés y terminaste más verde de envidia que nunca —lo fastidié, al tocar de forma suave la punta de su nariz con mi dedo índice—. Contándote a ti en mi historial, son cuatro personas en total.

—Ya suéltame de una vez, Axael. Me quiero ir —gruñó por la frustración, al intentar zafarse de mi agarre.

—Solo eres tú, Jairo —me reí de su reacción infantil, al pegarlo a mi pecho—. En mi vida actual solo existes tú. Solo tú.

—¿Para qué querías verme con tanta urgencia aquí adentro entonces? —continuó el chico, al ignorar mi respuesta afectiva para proteger su orgullo—. ¿Mhn?

—Tenemos que hablar de un asunto grave que nos concierne a ambos, Jairo.

—¿Otro problema? ¿Qué pasó ahora?

—Tu abuelo cree que tú me pagas dinero en secreto para que te otorgue créditos universitarios y mejore tus calificaciones.

Eso es lo que dicen las malas lenguas en los pasillos de la facultad.

Son una sarta de idiotas envidiosos, pero la situación real es que será peligroso para ambos estar juntos durante el congreso sin levantar sospechas.

Es mejor mantener una distancia en público a partir de ahora.

—Ya veo cómo están las cosas... —murmuró con un tono de voz apagado, al perder el brillo en los ojos—. Si es de esa manera, quizás lo mejor sea que nos alejemos por completo en lo que resta del viaje, profesor. No quiero causarle problemas con el decano.

—Jairo, espera, no me refería a eso...

Sin darme tiempo a responder ni a sujetarlo de nuevo, el chico se soltó de mi agarre con un movimiento brusco y salió del cuarto de baño a paso apresurado, lo que me dejó solo frente al espejo.

—Muy bien hecho, Axael... eres un imbécil —me recriminé en voz alta, al golpear la pared con frustración.

Estúpido.