SUYO 25
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El sonido rítmico e interminable de las olas al romper contra la orilla se había convertido en la nueva banda sonora de mi existencia.

Ya no quedaban sirenas de policía que cortaran la madrugada, ni pasillos universitarios cargados de miradas hipócritas y murmullos negativos.

Tampoco persistía el perfume asfixiante y costoso de Sara, ese aroma que solía quedarse impregnado en las paredes de una casa que siempre se sintió como una jaula de oro.

Ahora, el aire que llenaba mis pulmones a las seis de la mañana traía un aroma limpio a sal, a libertad y a pinos húmedos.

Me apoyé contra el marco de madera de la barandilla del porche, mientras sostenía entre las manos una taza de café negro humeante que templaba mis dedos contra el frío del amanecer.

Frente a mí, el océano se extendía como un manto de tintas oscuras que empezaba a aclararse con los primeros rayos de un sol dorado y tímido.

Nuestra casa no era enorme, pero poseía ventanales altos que miraban de frente al acantilado y un jardín rebelde que Jairo se empeñaba en cuidar cada tarde.

Era su rincón preferido al regresar de la pequeña academia de artes del pueblo, donde trabajaba como instructor de ilustración digital, un oficio que le había devuelto la chispa y el orgullo.

Unos pasos descalzos y perezosos resonaron sobre las maderas crujientes del interior de la casa, lo que interrumpió mis pensamientos.

No necesité darme la vuelta para saber quién era; mi cuerpo entero reaccionaba a su proximidad con la misma intensidad magnética del primer día, un magnetismo que los años no hicieron más que consolidar.

Unos brazos delgados y familiares rodearon mi cintura desde atrás, y una frente tibia se apoyó con total confianza entre mis omóplatos. Jairo respiró hondo, con el cuerpo aún templado por el calor de las sábanas.

—Estás pensando demasiado otra vez, Axael —murmuro con la voz ronca por el sueño, al tiempo que apretaba un poco más el agarre—. Puedo escuchar el ruido de tus engranajes desde la habitación.

—Solo recordaba —contesté en un tono suave.

Dejé la taza de café a un lado para girarme dentro de su abrazo y rodear su cuerpo con el mío. Jairo alzó la vista.

A sus veintitrés años, sus facciones andróginas habían madurado y adquirido una elegancia serena que me seguía pareciendo la obra de arte más perfecta del mundo.

Su cabello, ahora un poco más largo, caía alborotado sobre sus ojos, esos ojos que antes albergaban tormentas y que ahora reflejaban calma.

Debajo de la camisa de lino blanco que me había robado del armario, la luz del amanecer delineó la curva de su clavícula.

Un poco más abajo, en su muñeca izquierda, destacaba el brillo sutil de una banda de cuero negro que simbolizaba nuestra eterna y privada promesa de sumisión.

—¿Recordando el pasado? —preguntó, al tiempo que alzaba una ceja con una pizca de esa ironía que tanto me fascinaba—. Pensé que el profesor James no miraba hacia atrás.

—El profesor James se quedó en aquella ciudad gris, Jairo. Aquí solo soy el hombre que te pertenece —le recordé, e incliné la cabeza para dejar un beso pausado y devoto en la comisura de sus labios.

Él suspiró contra mi boca y permitió que mi mano descendiera de forma posesiva hasta su cadera, justo en el lugar donde los fantasmas de las viejas marcas habían sido reemplazados por el tacto diario de mi adoración.

◆◆◆

Nuestra transición hacia esta nueva vida no había sido un camino idílico o libre de espinas.

Los dos primeros años en la costa requirieron un esfuerzo monumental por parte de ambos.

Tuvimos que aprender a desmantelar, pieza por pieza, los mecanismos de defensa que el miedo y la clandestinidad nos habían impuesto durante tanto tiempo.

Al principio, la paranoia nos pisaba los talones.

Cada vez que un auto desconocido frenaba cerca de nuestra propiedad o cuando el cartero traía alguna correspondencia, el pulso de Jairo se disparaba.

Sus ojos buscaban los míos en un mudo ruego de protección, un temor silencioso que me partía el alma.

Yo, por mi parte, tuve que aprender a canalizar mi instinto de Dom. Entendí que, en este espacio seguro, Jairo ya no necesitaba un escudo implacable contra el mundo, sino un puerto firme donde descansar, un hombre que supiera sostenerlo sin lastimarlo.

La justicia de los hombres, tal como lo predije en su momento, se olvidó de nosotros con el paso de los meses.

El archivo de la supuesta desaparición de Jairo Spring se cerró de forma definitiva cuando él mismo, un año después de nuestra huida y ya establecido con una identidad legal y tranquila, envió un video privado a su madre.

En la grabación le explicaba que estaba vivo, casado y feliz en algún lugar del continente, pero que no regresaría jamás a un entorno que casi lo destruye por completo.

Su madre lloró y mandó amenazas a través de correos electrónicos, pero la distancia y la firmeza de Jairo la obligaron a aceptar la realidad: el chico frágil de la facultad se había convertido en un hombre dueño de su propio destino.

De Sara supimos muy poco, y eso significaba una auténtica bendición para nuestra paz mental.

Un abogado de la vieja ciudad nos notificó que había vendido la casa de la colina por una suma ridícula y que se había mudado a Europa.

Su ego nunca pudo recuperarse del hecho de haber sido derrotada; no por otra fortuna o por una mujer de la alta sociedad, sino por el amor absoluto e inquebrantable que yo sentía por un estudiante.

Al final, se quedó con el dinero, pero vacía de todo control.

—Hoy llega el arquitecto para revisar los planos de la ampliación de la planta baja —comentó Jairo mientras nos sentábamos en los escalones del porche, de cara al calor de la mañana—. El cuarto del fondo tiene que estar listo antes del invierno.

Mis ojos se posaron en él y una calidez indescriptible me inundó el pecho.

La ampliación de la casa no era un capricho arquitectónico.

Hacía seis meses que habíamos iniciado los trámites legales de adopción internacional, un proceso largo y burocrático que despertaba mis peores ansiedades, pero que despertaba también nuestras mayores ilusiones.

La idea de construir una familia real, de ver a niños que corrieran por el jardín y jugaran en la arena, era un concepto que en el pasado me habría parecido una locura lejana e inaccesible.

Sin embargo, ver a Jairo tan entusiasmado, al elegir colores pasteles para las paredes y organizar carpetas con documentos, me hacía entender que nuestra historia pasada había mutado en algo constructivo, en un hogar de verdad.

—Estará listo, te lo prometo —respondí, tomé su mano y entrelacé nuestros dedos—. El arquitecto hará exactamente lo que tú ordenes.

Jairo soltó una risa limpia, esa risa que me había devuelto la cordura en los momentos más oscuros del pasado.

—Vaya, parece que el Dom está perdiendo su autoridad frente al mar —bromeó, y recostó la cabeza en mi hombro.

—Nunca —susurré cerca de su oído, al tiempo que ejercía una ligera presión en su muñeca—. Sabes que mis reglas siguen intactas entre las paredes de nuestra habitación. Solo que ahora me complace concederte cada uno de tus caprichos en el mundo exterior.

Él se estremeció bajo mi toque, un reflejo condicionado que el tiempo no había borrado y que yo atesoraba como el recordatorio más puro de nuestra complicidad.

Jairo giró el rostro para mirarme, y en el fondo de sus ojos ya no quedaba rastro de aquella mirada rota y deshecha que presencié en mi oficina de la facultad.

Había paz. Había una seguridad inquebrantable que se alimentaba de nuestra cercanía diaria.

—Rojo... —susurró con picardía.

—Esa palabra ya no tiene poder para alejarnos, Jairo —le contesté, tomándolo de la barbilla para obligarlo a sostener la mirada—. Ahora estamos en un territorio donde el único color que importa es el de nuestras vidas juntos.

Nos quedamos allí, inmóviles, mientras veíamos cómo el sol terminaba de alzarse sobre el horizonte e iluminaba las huellas que nuestros pies habían dejado marcadas en la arena la tarde anterior.

Eran huellas profundas y firmes que el mar intentaba borrar de vez en cuando, pero que siempre volvíamos a trazar al caminar tomados de la mano.

Habíamos corrompido las normas, habíamos desafiado a la ley y al pasado, pero, al final del día, en este rincón apartado del mundo, Jairo y yo encontramos la única verdad absoluta: éramos el uno para el otro.

El sádico y el masoquista, el maestro y el alumno, convertidos en dos hombres libres dispuestos a amarse hasta el último aliento de sus vidas.

Este libro es, en esencia, una rendición. Pero no la derrota que temía, sino la victoria que nunca supe que necesitaba.

Agradezco a quienes fueron mis cómplices en la oscuridad de sus habitaciones, a quienes dieron voz a mis fantasías cuando ni yo mismo me atrevía a pronunciarlas en voz alta.

Gracias a Jairo, mi alumno, mi lector más voraz y, finalmente, mi más grande amor, por obligarme a romper la tiza y descubrir que mi verdadero talento no estaba en los libros de texto, sino en la piel.

¿Quién iba a decirme que aquel chico que observaba con ojos curiosos desde su pupitre terminaría siendo quien dictara mis días y mis noches? ¿Cómo explicarle al mundo que, a veces, la mayor libertad se encuentra bajo el control de alguien que sabe cómo mover tus hilos?

Hoy, nuestra historia continúa. Jairo y yo hemos aprendido a vivir en esa felicidad ruidosa y caótica que tanto nos costó alcanzar, lejos de los juicios y las aulas.

Mis novelas han seguido fluyendo, volcando en papel todo lo que él me enseña a diario, y ver estas palabras ahora impresas, sosteniéndolas tú entre tus manos, es el cierre perfecto para este círculo.

Gracias a ti, por haber dado una oportunidad a mi historia y a mis locuras de profesor. Gracias por no juzgar al hombre detrás de la pluma y por permitirme entrar en tu espacio más privado.

¿Te ha gustado el recorrido? ¿Te has quedado con ganas de más, o quizás te has sentido identificado con alguno de mis deslices? Me gusta pensar que, al terminar este libro, ya no soy un desconocido para ti, sino alguien que, al igual que Jairo, ha dejado una marca imborrable en tu lectura.

Gracias por permitirme ser, por un momento, tu autor y tu guía en esta aventura.

—Axael.