SUYO 9
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️Para Jai:

¿Ah, sí? ¿Qué cosa podría ser? ¿Una paleta de caramelo dulce? Jaja.

️Jai:

Su pene, señor. Eso es lo único que quiero.

️Para Jai:

Más tarde, cuando vengas a mi casa, podrás tenerlo tanto como quieras, como siempre lo haces... Pero para eso, primero debes demostrarme que eres un buen chico en la facultad.

El vínculo psicológico y físico que había logrado entablar con Jairo avanzaba por encima de mis expectativas como dominante. Incluso al admitir que, cuando se trataba de ser dócil y sumiso, el estudiante no era una pieza sencilla de manejar debido a su rebeldía.

️Jai:

Pero es que yo quiero hacerlo ahora mismo, señor... :(

️Para Jai:

No vas a obtener nada de mí si comienzas con una pataleta de niño consentido en los mensajes. Y tú sabes que soy un hombre que siempre cumple su palabra en los castigos.

Era visible a través de la pantalla su brío constante por ser castigado, sobre todo cuando preveía que la fusta de cuero se encontraba cerca de su piel pálida.

Provocarme era algo de lo que no se privaba en todo el día; hasta podía asegurar que, para mi sumiso, la mejor parte de la dinámica era el castigo posterior, al poner un empeño consciente en comportarse de mala manera solo para obligarme a usar la fuerza.

️Jai:

No quiero nada entonces.

Eso era otra cosa que me irritaba en exceso últimamente: Jai había tomado como un pésimo hábito diario llenar su boca con una serie de groserías y palabras vulgares, a pesar de mis constantes advertencias de que los niños buenos no hablan de ese modo en mi presencia.

Era consciente de que no se trataba de simples faltas comunes, sino de un repertorio de expresiones obscenas.

Jamás me imaginé que alguien con una apariencia física tan angelical pudiera conocer esa cantidad de términos vulgares, e inclusive no lograba imaginar de dónde los habría sacado; pero allí estaba él, al repetirlos con vehemencia sobre todo en los momentos más intensos de la sesión carnal.

Frases subidas de tono y exigencias rudas eran lo más suave que salía de sus labios en el clímax.

Me había cansado de reprenderlo de forma verbal sin que nada cambiara en su actitud insolente.

Por lo tanto, la última vez que vino a mi casa tal como estaba pactado en nuestro acuerdo, decidí que era la hora de enseñarle a ser mucho más respetuoso con la figura de su amo.

Una vez que estuvimos dentro de la habitación privada, lo guié con firmeza hacia la estructura de madera que dominaba la esquina.

Situé sus manos por encima de su cabeza, al elevarlas cerca de un aro metálico que colgaba del techo, y las até allí con unas esposas de acero forrado, lo que lo fijó por completo en aquel soporte superior.

Él me observó con los ojos abiertos y expectantes, sin oponer la menor resistencia física a mis movimientos.

Jai adoraba esta parte del proceso de restricción y, a lo sumo, elegía quejarse con un susurro, pero nada más allá de eso.

Bajé las manos, al acariciar la suavidad de sus piernas desnudas, solo para proceder a colocar unos grilletes de cuero grueso alrededor de sus tobillos.

Estos elementos se encontraban afianzados a un par de cadenas de hierro confinadas al suelo y colocadas separadas entre sí.

De este modo tan restrictivo, sus pies y sus piernas quedaron distantes la una de la otra; lo suficiente para resultar una postura incómoda a largo plazo sin llegar a ser dolorosa, lo que me brindaba un acceso visual y físico perfecto a todo su cuerpo desprotegido.

—¿Qué es lo que me hará ahora, señor? —preguntó el chico, al jugar de forma descarada con un tono exigente que me encendió la sangre. Tenía los ojos grandes y la boca de un color intenso de tanto morderse los labios debido al nerviosismo antes de la escena.

—Te advertí que no me gustaba que utilizaras esas palabras tan sucias conmigo —le dije con un marcado atisbo de burla, al caminar por detrás de su posición—. Los niños buenos no dicen malas palabras frente a su amo, Jai.

Entonces, me dirigí hacia su rostro con una venda de seda negra con la finalidad de privarlo por completo del sentido de la vista. Ahora, debido a las leyes de la anatomía, él sería mucho más sensible a cualquier estímulo táctil por la ausencia obligada de uno de sus sentidos principales.

—Perdóneme la falta, señor... se lo suplico —repitió, al removerse sobre la estructura y hacer sonar las cadenas metálicas que reducían su movilidad—. Pagaré cualquier penitencia si es lo que desea de mí.

—Eso es lo que quiero escuchar... adoro cuando te comportas de forma obediente, Jai —me acerqué para besar la piel de su cuello y él jadeó al instante, al echar la cabeza a un lado para dejar libre más piel para mis labios.

Aquella zona erógena en particular era la favorita de Jai; se volvía loco cuando ponía mis labios sobre ella y depositaba besos húmedos.

Al rodear su cintura con mis brazos, posicioné mis manos sobre su vientre plano para acariciar la piel cálida con dedicación.

Jai se movió ante las caricias y, de manera automática, restregó su trasero desnudo contra la notable erección que presionaba mis pantalones.

Aquello constituía una tortura porque, a diferencia de Jai, quien se encontraba desvestido bajo las cadenas, yo llevaba unos pantalones de vestir rígidos que ejercían una opresión dolorosa sobre mi miembro.

En mi mente de escritor, fantaseaba con liberarme de la ropa, situar toda la longitud de mi erección en medio de sus nalgas firmes y deslizarme entre ellas con fuerza.

Imaginaba tomar mi miembro para insertarme en una sola estocada profunda en su entrada estrecha, al unirme a él hasta que el fluido se escurriera por sus piernas, una de mis imágenes eróticas favoritas.

No sabía en ese instante que la sesión no terminaría con un final convencional.

Habían pasado algunos días desde que me convertí en el tutor de Jairo, al prepararlo en cada sesión para que fuera digno de obtener su propio collar permanente de sumiso; sin embargo, la penetración anal aún no había sido culminada con éxito.

Intentamos el acto unas dos o tres veces en el pasado, pero el chico se ponía nervioso en el último segundo, lo que provocaba una contracción muscular severa y un dolor agudo que no resultaba satisfactorio para su cuerpo.

Como un dominante responsable, elegía frenar la escena en cuanto él pronunciaba su palabra de seguridad.

Entonces era el momento de parar todo, de tomarme algunos minutos para tranquilizarlo en mis brazos y demostrarle que se encontraba seguro conmigo, que jamás lo dañaría. Esa era una conexión íntima que existe entre un dominante experimentado y su sumiso.

Jairo debía comprender en su psicología que no había prisa por concretar el acto; nos estimulábamos lo suficiente en las sesiones como para que el sexo anal fuera un requisito excluyente.

Sobre todo cuando tenía el privilegio de explorar su anatomía con mis dedos y sentir la calidez de su carne contraerse alrededor de mis falanges.

—Jai, dime en este momento cuál es tu palabra de seguridad para verificar tu estado —dije, al acariciar su vientre bajo para confirmar su plena conciencia ante la situación de restricción.

—Ro... rojo, señor —entrecortó el muchacho, al respirar con dificultad detrás de la venda negra.

—Recuerda que el juego termina en el instante exacto en que lo desees, cachorro —le avisé con suavidad, al dirigirme a la zona de sus pezones para ceñirlos con fuerza entre mis dedos.

Él dejó escapar un lloriqueo agudo de dolor y placer—.

Ahora... —liberé uno de los pezones para buscar en mi bolsillo lo que necesitaba para su lección—. Abre la boca de inmediato, Jai.

Saqué un paquete de caramelos macizos de cereza, los cuales sabía que eran sus favoritos, y situé uno sobre sus dientes inferiores.

—Muerde el caramelo con fuerza —él obedeció la orden—. Vas a sostener el dulce entre tus dientes delanteros. Tienes prohibido tragarlo o dejarlo caer. —Retiré mis dedos de su boca, a la espera de su confirmación—. ¿Quedó entendido, Jai?

—Sí, señor... —abrió más la boca y, antes de colocar el dulce de forma definitiva, aproveché la postura para besar su labio inferior con fuerza.

—Buen chico.

Jai sostuvo el caramelo, al acatar mis órdenes.

Como a veces me gusta ser un sádico severo con mis sumisos, pensé que eso no sería suficiente castigo si quería enseñarle una lección inolvidable de modales lingüísticos a mi alumno.

Caminé unos cuantos pasos lejos de su cuerpo restringido para observar el panorama; vi su vientre expandirse por la respiración, lo que expuso sus costillas bajo la luz tenue.

Guardé el paquete en mi pantalón, no sin antes colocar un dulce idéntico en mi propia boca para saborearlo.

Con una sonrisa, me detuve frente a un mueble de madera oscura, el sitio donde reposaban los instrumentos diseñados para estimular los sentidos en formas profundas.

Visualicé el objeto más adecuado para la lección: tomé un pequeño dispositivo anal de silicona color morado que funcionaba con un potente motor vibrador integrado a control remoto, junto a una botella de lubricante espeso a base de agua.

Por el reducido tamaño del juguete, su entrada no sentiría una diferencia física en comparación con el grosor de mis dedos, ya que lo primordial era estimular sus terminaciones nerviosas.

Con el caramelo sostenido en la boca, representaría un sobreesfuerzo físico y una tensión no poder gemir con facilidad sin correr el riesgo de escupir o tragar el dulce, lo que anularía su obediencia.

Cuando volví a su posición, escuché a Jai tragar saliva con dificultad detrás de la venda. Sus glándulas salivales trabajaban debido al sabor de la cereza, lo que hizo brillar un hilo de saliva sobre su barbilla pálida. Caminé por detrás de él, al admirar la forma de sus glúteos expuestos.

—¿Te resulta un juego difícil de mantener, cachorro? —me mofé de su estado—. No te preocupes, tu amo va a ayudarte a relajarte.

Embadurné mis dedos con el lubricante frío.

Al colocar una de mis manos en su cadera para fijar la posición, dirigí la otra hacia su contraída entrada.