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Unos cuantos días más tarde, mientras disfrutaba del habitual descanso de mis horas laborales en la facultad, decidí ubicarme en una de las mesas del fondo de la cafetería central con el único propósito de relajarme y beber un café cargado.
A pesar de que aquel no era el mejor lugar de la universidad para buscar un descanso óptimo, debido a que quedaba demasiado cerca de la entrada principal y el insistente abrir y cerrar de las puertas vidriadas me alteraba los nervios, el sitio me otorgaba una ventaja estratégica inigualable.
Tenía una vista panorámica de una persona a la que quería admirar en la distancia.
Jairo caminaba por el recinto con un aire sereno en sus movimientos.
Era el porte justo y característico de una persona que se encuentra sexualmente conforme en todos los aspectos de su vida privada.
En cuanto las imágenes nítidas de su figura desnuda y jadeante de la noche anterior nublaron mi mente, experimenté el impulso primitivo de moverme unas cuantas mesas hacia adelante, tomarlo del brazo y llevarlo a un lugar mucho más privado de la institución.
Resultaba insólito pensar en lo esclavo de su deseo que me había vuelto este chico de apenas dieciocho años, al hacerme sentir de forma ridícula como un adolescente inexperto.
Cerca de la barra de la cocina, Jairo almorzaba junto a un compañero de su mismo año, un exalumno mío también, que no paraba de hablarle de forma enérgica. El muchacho parecía no darse cuenta de que la atención real de su interlocutor estaba depositada en un lugar diferente. Específicamente en mí.
Algo importante que debía destacar de su comportamiento era que, tras comenzar esta aventura secreta y oscura conmigo, Jairo se notaba más abierto y sociable con sus compañeros de aula; incluso daba la ligera impresión de que aquel chico parlanchín podría convertirse en un amigo cercano para él.
Indudablemente, aquello era un vínculo que no sobrepasaba los límites de la discreción.
Jairo parecía mantenerlo lejos de su espacio personal, lo que de alguna manera tranquilizaba mis demonios internos.
Contrariamente a lo que cualquier observador casual pudiera entender sobre mis motivaciones, esto no se trataba de un ataque vulgar de celos.
Era el hecho analítico de que si otra persona se sumaba a su vida sexual o romántica en el plano público, aquello se traduciría en una vigilancia más detenida de la vida diaria de mi alumno por parte de un tercero, algo que pondría en un riesgo severo nuestra relación de sumisión.
No estaba dispuesto bajo ninguna circunstancia a poner en amenaza mi beneficio carnal. Con el paso del tiempo encontraríamos una forma adecuada de manejar su libertad, pero ahora él aún era instruido y moldeado por mis manos.
Por un breve segundo, lo noté desviar la mirada para observarme a la distancia, hasta que volvió su atención a la comida de su plato con un sutil rubor en las mejillas.
Dejé salir una corta carcajada silenciosa ante su repentina timidez en público, sobre todo porque yo sabía lo desvergonzado, ruidoso y atrevido que era en la intimidad de mi mazmorra.
“Siempre fuiste un experto al guardar las apariencias frente a la sociedad, mi pequeño cachorro”, pensé con malicia.
De súbito, saqué el teléfono móvil del bolsillo con la intención de recordarle quién poseía el control verdadero sobre sus reacciones corporales, al teclear un mensaje rápido.
️Para Jai:
¿No deberías prestarle más atención a la compañía que tienes sentada frente a ti, Jairo?
A la distancia, observé cómo Jairo se acomodó en su asiento de plástico y sacó su celular del bolsillo para leer el texto.
Algo muy parecido a la felicidad pura se instauró en sus facciones juveniles cuando, con una sutil sonrisa, comenzó a teclear una respuesta a una velocidad impresionante, clara muestra de su naturaleza.
️Jai:
No me culpe de mi distracción, profesor. Tengo algo mucho más interesante que ver al fondo del salón... Además, justo ahora estoy imaginando algo que me encantaría tener entre mis labios.