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A estas alturas del proceso, las endorfinas y la dopamina ya habían hecho su efecto en su sistema nervioso, por lo que su cuerpo se encontraba relajado, al igual que su mente libre de tensión académica.
—¿Jai? ¿Me escuchas? —llamé en voz baja.
Al no obtener sonido o movimiento, supuse que se había quedado dormido debido al cansancio del llanto.
Intenté moverme sobre el sillón para acomodarlo en otra posición, pero el muchacho reaccionó para detener mi marcha al aferrarse con fuerza a mi cintura, mientras dejaba salir un quejido sutil de sus labios perezosos.
—¿Acaso quieres dormir en este sillón, Jairo? —pregunté, al detener mis movimientos para no incomodarlo.
—No, nada de eso, señor —negó con la cabeza, al abrir los ojos de golpe.
Se quedó en absoluto silencio durante un breve segundo para comenzar a deslizar su mano delgada de forma descendente por mi abdomen hasta alcanzar la zona de mi bragueta. Ahuecó con sus dedos mi firme erección a través de la tela del pantalón, al apretar con suavidad.
—Quiero recibir mi premio de una vez, señor... me lo he ganado —soltó con unos labios perezosos que destilaban una malicia poco inocente.
Mi miembro se retorció ante semejante declaración directa.
Comenzaba a acalorarme en el cuarto cuando el chico se movió sobre mi regazo y comenzó a besar una de mis clavículas expuestas, para luego propinarme un mordisco intenso en la piel.
Aunque me encontraba sin camisa en ese momento, el calor interno que experimentaba era inminente y abrasador.
Jairo deslizó la mano con la que no se sostenía por dentro de mi ropa interior, lo que le permitió tomar posesión directa de mi miembro, el cual se encontraba duro debido a su audacia. Al acariciar la piel venosa, caliente y húmeda de mi sexo expuesto, repitió al mirarme desde abajo:
—Béseme de nuevo, profesor... se lo suplico.
—Para ser un sumiso de internet, debo admitir que resultas ser un chico demasiado demandante con tu amo, Jai —me reí por un momento antes de inclinarme para alcanzar su boca y humedecer sus labios con la punta de mi lengua.
Acto seguido, mordí con fuerza aquel labio inferior suyo que resultaba tan grueso como pecaminoso.
Él se quejó por el dolor del mordisco, pero reaccionó al sacar su propia lengua para profundizar el beso, al tiempo que aplicaba una fuerza rítmica, pero constante en su movimiento manual sobre mi miembro.
Con cada vaivén de sus dedos calientes, el beso continuaba profundo en la penumbra de la mazmorra, donde intercambiamos mordidas húmedas y jadeos calientes en espacios reducidos de tiempo.
—Espera un segundo, detén el movimiento —lo detuve, al sujetarlo de las muñecas para separarlo de mi cuerpo.
Lo observé con una lujuria insostenible en la mirada, al sentirme como un depredador que acecha a su desprotegida presa en la oscuridad.
—Ponte de rodillas en la alfombra —ordené con una voz que denotaba mi absoluta excitación.
Jairo me observó con los ojos confundidos, debido a la inmensa sobrecarga de excitación que experimentaba su propio cerebro en ese punto; pero asintió con impulsividad ante mi mandato.
Se movió fuera del sillón hasta quedar de rodillas frente a mí en el suelo, al apoyar ambas palmas en la superficie en una postura de sumisión absoluta.
—¿De verdad quieres recibir tu premio en la boca en este momento, Jai? —indagué, al acomodarme en el borde del asiento.
—Sí, señor... lo quiero con todo mi ser. Deme mi premio, señor —afirmó con la respiración entrecortada, al mirar mi miembro con fijeza.
—Acércate más a mí —al deslizar la bragueta de mi pantalón hacia abajo, liberé la totalidad de mi dureza, la cual ya se encontraba húmeda en la punta debido al líquido preseminal que mi cuerpo expulsaba de forma continua.
Observé complacido cómo el muchacho obedecía mi orden, al acercar su rostro hasta estar pegado a mi entrepierna.
—Saca la lengua por completo —le mandé, al tomarlo del cabello con suavidad.
Al mirarlo sacar la lengua de su cavidad bucal, acerqué con firmeza su cabeza hacia mí y di unos cuantos golpes suaves pero firmes con mi miembro sobre la superficie de su lengua, la cual se volvió aún más húmeda y pegajosa a causa del fluido.
Cuando separé el sexo de su rostro, un fino hilo de saliva se formó entre ambos en la penumbra.
Jairo intentó acercarse para introducir la carne en su boca; sin embargo, yo lo detuve al colocarle dos dedos sobre los labios antes de que pudiera posarse de forma definitiva.
—¿Realmente eres capaz de hacerlo de forma correcta sin lastimarme, Jairo? ¿De verdad puedes contener el tamaño en tu garganta? —indagué con una sutil duda en la voz para picar su orgullo.
—Sí, señor... yo de verdad puedo hacerlo... déjeme demostrárselo —gimió el muchacho, con el pecho alterado mientras cerraba ambos ojos para concentrarse en la tarea.
—Déjame ver primero esos dientes —moví mi mano libre y usé los dedos para jalar la piel de sus labios hacia atrás, lo que expuso su sonrisa blanca en la oscuridad—.
Sabes que si llegas a rozar o tocar la piel de mi miembro con el borde de tus dientes durante la felación, tendré la obligación de castigar de forma severa tu falta de técnica, ¿no es así, Jai?
—Sí, señor... lo sé. Déjeme complacerlo de una vez, se lo ruego —suplicó en un susurro, aún sin abrir los ojos, en una postura de entrega total.
—Está bien... adelante, toma mi miembro, mi pequeño cachorro.
El chico succionó en primer lugar la zona del glande con suavidad, para luego bajar el recorrido hacia el interior de su cavidad bucal.
Mientras tanto, los dedos de su mano derecha sostenían con firmeza el eje de mi sexo para guiar el ritmo, mientras que su mano izquierda permanecía apoyada en el suelo de la alfombra,
al luchar contra sus propios impulsos por no llevar la mano hacia su propia masculinidad para manosearse tal como deseaba en su mente.
—Tienes mi autorización para tocarte en este momento, pequeño cachorro. Mastúrbate para mí —dije con voz ronca, aunque no supe si mi orden verbal fue clara para su entendimiento, puesto que mi propia respiración ya se encontraba hecha un desastre de excitación debido al calor de su boca húmeda.
Jairo obedeció la orden al instante: comenzó a masturbarse de forma rítmica en el suelo mientras continuaba con la felación con los ojos cerrados.
Pude sentir cómo la punta de su lengua acariciaba de una forma dulce la venosidad y el calor de mi carne.
Experimenté la necesidad imperiosa de que el miembro fuera mucho más adentro de su garganta; tomé un buen mechón de su cabello oscuro entre mis dedos y tiré de este con firmeza hacia mi entrepierna, lo que forzó la profundidad del recorrido de forma paulatina.
—Voy a joder tu boca en este instante, Jairo... necesito forzar tu garganta —repetí con el ritmo cardíaco acelerado por la adrenalina del momento—. Dime antes de empezar: ¿rojo, amarillo o verde en este juego?
Al sacar la totalidad de mi erección de su cavidad bucal, él me miró desde el suelo.
Su rostro se encontraba rojo por el esfuerzo físico y las hebras de cabello que caían sobre su frente estaban húmedas debido al sudor.
Contemplé el panorama extasiado; aquello resultaba mil veces mejor que cualquier producción comercial.
La escena era explícita, y Jairo encarnaba la sumisión misma sobre mi alfombra.
—Verde, mi señor... continúe, se lo suplico —gimió con los labios brillantes por la saliva.
Moví las caderas hacia adelante con un ritmo firme, al tirar de su cabello oscuro para forzar mi miembro más profundo en el interior de su garganta.
Aquel movimiento activó de inmediato su reflejo nauseoso, lo que provocó que sus ojos se llenaran de lágrimas; pero solo obtuve una serie de gemidos y jadeos calientes en respuesta.
El cuero cabelludo se sentía caliente entre mis dedos y la textura de sus rizos solo me generaba más deseos de tirar de ellos para profundizar las embestidas.
El chico continuaba con su estímulo de forma frenética en el suelo cuando noté que su cuerpo comenzaba a retorcerse de manera espasmódica.
Jairo abrió los ojos, me observó con la mirada perdida y gritó de forma ahogada alrededor de mi erección en el momento exacto en que liberaba su eyaculación sobre la alfombra.
Aquella visión de su clímax sumiso fue el detonante suficiente para mi sistema; con un movimiento rápido retiré mi miembro de su boca y continué con una estimulación rápida frente a su rostro.
Jairo sacó la lengua de forma voluntaria como un cuenco y yo la usé como apoyo mientras continuaba el movimiento de mi carne con la mano. Su mirada se encontraba desenfocada y sus pupilas dilatadas lo hacían lucir como si estuviera bajo los efectos de una sustancia potente.
Empujé las caderas una última vez hacia adelante y me vine dentro de su boca.
La descarga fue recibida de forma obediente y sumisa por mi alumno, quien pasó el líquido por su garganta hasta que mi miembro quedó blando entre sus labios.
Lo sacudí un poco para limpiar los restos y lo volví a guardar en mis pantalones de vestir, al subir el cierre metálico.
—Eso estuvo increíble —exhalé el aire acumulado en mis pulmones, al dejarme caer en el respaldo del sillón—. Ven aquí conmigo de inmediato, mi pequeño cachorro.
Mi alumno se limpió los restos de saliva y semen de la comisura de la boca con el dorso de su mano pálida.
Acató mis órdenes sin rechistar, al subirse al sillón para caer en mis brazos abiertos y acurrucarse en mi pecho como si fuera un felino satisfecho después de una jornada de juego.
Dejó salir una respiración tranquila contra la piel de mi cuello.
—Mañana por la noche... ¿qué tienes que hacer exactamente después de que terminen las clases en la facultad, Jai? —hablé con dificultad y la voz ronca debido a la exaltación que aún dominaba mi sistema.